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—¡No puede ser! —exclamó Karl, juntando las manos como si rezara, cuando le conté la historia de Bolzano y lo que significaba para mí aquel poema.

Y que, en el lugar más inesperado, me habían recordado que llevaba años eludiendo la gran promesa que me había hecho a mí mismo—.

Esas líneas están en el baño de mi casa desde que yo era un chaval.

—Se levantó, fue hasta un tablón de anuncios que había colgado al lado de la puerta y sacó una foto de entre un montón de notas—.

Ese soy yo, con veintitantos años —dijo Karl sonriendo—. ¿Me reconoces?

—La foto la tomaron poco después de mi liberación —dijo mientras cortaba dos trozos enormes del pastel de mantequilla que había en la bandeja, y luego continuó hablando.

Karl vivía entonces en una pequeña localidad del sur del país, donde había casas pintorescas con entramado de madera, bicicletas en lugar de reglamentos, callejuelas agradables y cafeterías con encanto.

Había elegido el lugar a propósito: tranquilo, asequible, lejos de su tierra y con más del doble de días soleados al año que el factor de protección solar más alto.

Le gustaba su vida independiente, el flirteo con la libertad.

—Karl el pequeño y ahora también el grande. —Soltó una carcajada—. La imagen tenía solo un error —bajó la voz—. En cuanto a lo profesional, había seguido las expectativas de mis padres, no las mías.

Karl lo contó con prudencia, no quería ofender a nadie.

Habló de su cariñosa madre, un ama de casa que hacía la mejor ensalada de pasta del mundo.

De su padre, un funcionario comprometido al que le apasionaba jugar al minigolf.

De una familia cálida, muy unida, pero donde también había grandes miedos.

Eran de cenas ligeras, aconsejaban ser precavido y hacían hincapié en la dedicación y el deber.

Todo lo nuevo, cualquier cambio, cualquier atrevimiento era para ellos una amenaza y no una oportunidad.

—Eso te marca, como te imaginarás. Por un lado, estaban las intromisiones de mis padres y, por otro, tenía los latidos del corazón de un adolescente que intuía cuánta vida había ahí fuera. Por eso, al terminar el colegio, más que ser un soñador, estaba desorientado.

Karl me contó que ya de niño no le apasionaba nada más que estar en la naturaleza, pasar cada minuto libre en un árbol del bosque o entre las balas de paja en el campo vecino a la casa de su infancia.

Pero la idea alocada de convertirse en guarda forestal o en agricultor al terminar la secundaria parecía quedar más lejos que su tierra natal de Hollywood.

Karl siguió el deseo de sus padres y tomó el camino supuestamente seguro.

Terminó el instituto, se formó como perito industrial y su primer empleo fue en el departamento de nóminas de una fábrica de maquinaria.

—Era muy desdichado.

Karl nos sirvió agua de una jarra de barro.

—¿Quién o qué te salvó? —le pregunté.

Bebió despacio y respondió enseguida:

—Anette, mi ángel de la guarda.

Anette era enfermera, tenía unos diez años más que Karl y, como ambos tenían poco dinero —siguiendo el lema «pequeño, pero mío»—, se repartieron los cincuenta y cuatro metros cuadrados de una vivienda de patio interior con un suelo de madera que crujía y un balcón cubierto de hiedra. El clásico piso compartido.

Se habían conocido por un anuncio en el periódico, como se hacía en aquel entonces.

Enseguida se hicieron amigos y a menudo pasaban noches enteras en la cocina que tenían en común.

Con una copa de vino tinto delante y la vela titilando en la botella donde estaba metida, filosofaban sobre las cosas que les preocupaban a ellos y a su pequeña comunidad.

Anette no tardó en darse cuenta de que algo le pasaba a Karl.

Observó que por las mañanas se arrastraba por las escaleras como un viejo gato doméstico para ir, pálido, en autobús al trabajo.

Una tarde le habló sin rodeos sobre su estado.

Indagó cada vez más porque quería entenderlo de verdad, quería saber cómo había acabado sentado en una silla giratoria gris en el despacho 205, tecleando durante ocho horas al día para ganarse un sueldo.

—¿Y cómo te ayudó? —quise saber.

—Puede que ahora suene trivial —contestó—.

Anette esa noche habló de su trabajo, de lo que había experimentado y observado en sus años en el hospital, de lo que los enfermos le habían enseñado y de la gran revelación que supuso para su propia vida.

Mientras lo compartía conmigo, algo cambió en mí.

Y debes saber que acompañó a muchas personas en su muerte y que lo que me contó trataba sobre la esencia de la vida.

Lo que realmente importa. Y las preguntas que esas personas se plantearon al final de sus días me conmovieron profundamente: ¿Por qué no viví con más intensidad?

¿Por qué me importaba tanto cumplir con las expectativas de los demás?

¿Por qué pasé tanto tiempo trabajando en lugar de dedicarme a las personas y las cosas que me importaban de verdad?

Pero también: ¿Por qué no me he permitido a menudo hacer lo que me sienta bien?

¿Y por qué no me he atrevido más en la vida? ¿Qué podría haber pasado?

Karl se quedó en silencio. Se necesitaba espacio en ese momento para la magnitud de esas preguntas.

Nos quedamos sentados callados durante un rato, perdidos en nuestros pensamientos, el uno delante del otro.

Hacía mucho tiempo que no me había planteado esas preguntas.

Si es que alguna vez lo había hecho. A pesar de su simplicidad, eran tan importantes y fundamentales que uno debería llevarlas consigo como si fueran las llaves de su casa.

Me tranquilizó un poco que a Karl le pasara lo mismo que a mí. Al menos eso creí ver en su cara.

—Sí, eso te hace reflexionar bastante, ¿a que sí?

—dijo disipando la creciente gravedad—. A mí aquella conversación con Anette al final me llevó a hacer un cambio real.

Tardé un tiempo, claro, no se puede hacer algo así de la noche a la mañana.

Pero, como puedes ver, tomé un desvío, renuncié a mi trabajo, estudié agricultura y terminé encontrando esta granja.

Y para que no me abandonase el valor al cepillarme los dientes por la mañana, Anette escribió ese texto para mí y lo colgó en el cuarto de baño en lugar del espejo.

De nuevo se rio con aquella risa inconfundible que me había gustado desde el primer instante. Fuerte y potente. Totalmente libre.