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Allí estaban esas líneas, donde por lo general en otras casas se encuentra el espejo: colgadas justo encima del lavabo, a la altura de la cabeza, sujetas con solo cuatro chinchetas.
Estaban escritas a mano, en papel blanco normal, claras y legibles.
Pero aunque no hubiera sido así, las habría podido recitar con los ojos cerrados.
Las conocía en gran parte de memoria. Las leí en voz baja para mí mismo:
Si pudiera vivir nuevamente mi vida ,
en la próxima trataría de cometer más errores .
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más .
Sería más tonto de lo que he sido ,
de hecho, tomaría muy pocas cosas con seriedad .
Sería menos higiénico .
Correría más riesgos ,
haría más viajes ,
contemplaría más atardeceres ,
subiría más montañas, nadaría más ríos .
Iría a más lugares adonde nunca he ido ,
comería más helados y menos habas ,
tendría más problemas reales y menos imaginarios .
Yo fui una de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida ;
claro que tuve momentos de alegría .
Pero si pudiera volver atrás, trataría
de tener solamente buenos momentos .
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida ,
solo de momentos; no te pierdas el ahora .
Si pudiera volver a vivir
comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera
y seguiría descalzo hasta concluir el otoño .
daría más vueltas en calesita ,
contemplaría más amaneceres ,
y jugaría con más niños ,
si tuviera otra vez vida por delante .
Pero ya ven, tengo 85 años…
y sé que me estoy muriendo .
El poema se le ha atribuido a diferentes autores, y durante mucho tiempo se pensó que lo había escrito el autor argentino Jorge Luis Borges poco antes de su muerte.
Para mí, aquellas líneas no significaban el final de una vida larga, sino el comienzo de un gran amor.
El alcalde de un pequeño municipio del Tirol del Sur nos las recitó a mi esposa y a mí el día de nuestra boda.
En un prado alpino muy por encima de Bolzano.
Mientras en las cumbres de las montañas se derretía la nieve de invierno que quedaba, en el pueblo, por la mañana y con un sol radiante, habían enterrado a un niño al que había atropellado un autobús mientras iba en bicicleta y que había fallecido en los brazos de su padre, en el lugar del accidente.
Amor y dolor en un solo día, separados por unos pocos metros de altitud.
Mi madre lloró, nuestros amigos se cogieron de las manos, prometimos todos juntos disfrutar de los momentos importantes y convertir las palabras de Borges en realidad.
No deberíamos dejar que la vida nos pasara de largo. Nunca.
«Menuda ingenuidad».
Ahora estaba en un cuarto de baño extraño con estos versos del pasado que tan familiares me eran. Muchos años después. Podía sonreír con ternura con una mitad del rostro y llorar conmovido con la otra mitad. Habría sido el momento adecuado para hacerlo.
No solo me lavé las manos, también la cara, y regresé despacio a la cocina.