25 últimos veranos 3
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Tres cuartos de hora más tarde, entré en la granja de Karl con mi coche.

Aparqué, eché el freno de mano y respiré hondo.

Al llegar a mi casa, me había dado prisa en salir enseguida de nuevo para no hacer esperar a Karl demasiado tiempo.

Bajo la ducha me había dado cuenta de que le había cedido mi tiempo sin preocuparme por nada.

Aquella mañana tenía otras cosas que hacer: la compra, varias llamadas a amigos y familiares, pagar las facturas acumuladas y responder a los mensajes recibidos.

La lista de tareas parecía interminable.

Y había quedado tal que así a tomar café con un desconocido.

Pero mis buenos modales no me dejaban otra opción.

No podía cancelarlo, no tenía el número de teléfono de Karl.

Y además me sentía más obligado a cumplir esa promesa que a hacer esas otras cosas.

Me tranquilicé pensando que tendría tiempo suficiente por la tarde para todo aquello, cogí las llaves, cerré la puerta principal con fuerza y me fui.

El suelo era de gravilla, había una antigua casa de campo de ladrillos amarillos rodeada por dos grandes graneros a izquierda y derecha, un pequeño picadero y muchas lilas fragantes de color violeta, blanco y azul.

Un grupo de niños y niñas jugaba a la gallinita ciega, había dos caballos que parecían islandeses y un arado oxidado se escondía de su próxima salida tras una bala de paja.

Vida campestre, idílica y caótica, de unos con otros.

Lo primero que pensé: «Qué bien estar aquí». Lo segundo: «¿Por qué no he venido en bicicleta?». Dejé el coche, avergonzado, al lado de un tractor rojo y entonces vi que Karl salía de la casa con los brazos abiertos:

—¡Ya has llegado, genial! Lo has encontrado fácil, ¿no? ¡Entra!

Llevaba un pantalón de pana ocre, un polo azul con el botón superior desabrochado y unas sandalias sin calcetines, y de su muñeca izquierda colgaba una pequeña pulsera trenzada de colorines.

Lo seguí directo hasta la cocina, a la que se accedía desde el vestíbulo.

Todo era muy acogedor. Una larga mesa de madera, lo bastante grande para acoger a un consejo de ministros, cruzaba el espacio; en un rincón había una estufa de carbón de alguna época remota y ollas de hierro fundido, apiladas unas sobre otras, formando una torre inclinada.

Encima de un aparador: cuencos con ensalada, fresas con leche y una gran bandeja con el típico pastel alemán de mantequilla recién hecho.

Al lado, había nata batida que reposaba como una nube dormida en un recipiente de vidrio.

Karl puso el hervidor de agua en la cocina de gas y sacó un filtro de una lata.

—¡Siéntate donde quieras! Voy a preparar café.

No recuerdo todos los detalles —si llevaba pantalones largos o cortos el día en el que el mundo estuvo otra vez en vilo—, pero sí hubo dos cosas que jamás olvidaré: con qué incansable curiosidad comenzó Karl, sin rodeos, a hacerme preguntas sobre mi vida y con qué placentera tranquilidad preparaba el café en una cafetera de porcelana blanca con florecillas rosas y una ligera resquebradura.

Lo quería saber todo: de dónde era, cuántos hijos tenía, cómo se llamaba mi mujer, si mis padres estaban aún vivos y coleando, por qué íbamos al campo los fines de semana…

Tenía un serio interés en mí, en mi familia y en mi vida.

Sin segundas intenciones, sin propósito.

Tampoco había mencionado la tríada de la superficialidad: mi casa, mi coche y mi barco.

Al cabo de una hora, Karl sabía más de mí que mi jefe en diez años, a pesar de tener el despacho el uno al lado del otro.

Por lo visto, nuestras vidas no podrían haber sido más diferentes, pero aun así me sentía comprendido.

Al final empecé yo también a hacerle preguntas a Karl.

Me enteré de que había comprado la granja hacía unos treinta años.

Que su esposa criaba caballos y daba clases de equitación.

Que tenían cinco hijos y diez nietos. Y un pequeño perro negro llamado Rilke.

El hombre se dedicaba a la agricultura y tenía una especialidad: las patatas.

—Mi destino —señaló riendo.

Y así seguimos. A veces preguntaba él, a veces respondía yo, y viceversa. Estaba centrado en aquella cocina, y todos mis planes y supuestas obligaciones habían desaparecido.

Después de lo que parecieron ser veintiocho idas y venidas, y, por descontado, a la tercera taza de café, necesitaba una breve pausa para ir al baño.

—Está al fondo a la derecha —me indicó Karl.

«Qué persona tan extraordinaria, qué mañana tan especial», pensé al abrir la puerta del cuarto de baño.