25 últimos veranos 2
10%

2

Un estrecho sendero me llevó directamente hasta la orilla.

El agua estaba en calma, las ramas de un aliso aún dormían sobre los juncos y me detuve en un banco de madera improvisado.

Un tablón, dos troncos y listo. ¡Qué lugar tan bonito y apacible!

El lenguaje de la naturaleza no necesita traductor ni prospecto. Inspiré hondo y exhalé despacio.

Justo estaba pensando que Bullerbyn era mucho mejor que la oficina, cuando un crujido me sobresaltó.

Me di la vuelta. De entre los matorrales, salió un hombre mojado y, sobre todo, desnudo, que debía de estar bañándose en el lago, y se acercó a mí.

Era alto, delgado, tenía una postura firme, la nariz rojiza, el cabello canoso y espeso, una sonrisa cariñosa con unos ojos traviesos, y rondaría los sesenta y pico años.

—¿Qué tal? ¿También te has caído de la cama? —me preguntó con la cara húmeda.

—No, más bien de la vida —me salió de pronto.

Todavía hoy sigue siendo un misterio para mí aquella respuesta.

Desahogarme con un completo desconocido entre la maleza no había sido nunca una de mis principales habilidades.

Todo aquello que me molestaba en ocultar a mí mismo y a los demás de repente se reveló, en ese momento, sin tapujos ni escudo protector.

A mi interlocutor, en cambio, le pareció una invitación a hablar.

—Soy Karl —se presentó. Fue hacia su bicicleta, que estaba apoyada en un árbol, cogió una toalla del portaequipajes y se secó—. No nos hemos visto antes, ¿verdad? —me preguntó.

—No, creo que no —le contesté.

—Me alegro de conocerte —dijo Karl.

Todavía hoy me acuerdo de lo cálida que era su voz, lo que me atraía su mirada y lo abierta y agradable que encontraba su forma de ser. Y lo mucho que me sorprendió que nuestra conversación no terminara ahí.

Karl continuó interesado, haciéndome preguntas cuando cualquier otra persona me habría deseado buen fin de semana y se habría marchado sin añadir nada más.

—¿Cómo es que nunca te he visto por aquí nadando? El agua está transparente, es refrescante y muy agradable. Yo hago doscientas veintitrés brazadas todos los días. Desde Pascua hasta noviembre.

—Buena pregunta. Pues no sabría decirte —le respondí, y la verdad es que estaba un poco perdido—. A lo mejor es que no se me había presentado aún la oportunidad.

Karl se alegró.

—Bueno, entonces, ¿a qué esperas? ¡Métete en el agua! Puedes usar mi toalla.

«Simplemente métete».

Dudé un instante, luego me desnudé y bajé hasta el punto de acceso.

Di un paso tras otro de puntillas, con cuidado porque la orilla era resbaladiza, me aferré a un arbusto y una libélula de un brillo azulado voló sobre mí como una socorrista.

Karl tenía razón, el agua era transparente.

Me deslicé despacio y nadé unas cuantas brazadas para empezar.

Me sentía muy bien, en calma. El frescor del lago, esa sensación de alejarme un poco más con cada movimiento de lo que me pesaba… Todo eso podía quedarse en tierra.

Era lo más liberador que había hecho por mí mismo desde hacía mucho tiempo. Un banco de pececillos huyó de mí y se refugió entre los juncos.

Respiré hondo y me sumergí.

Cuando volví a la orilla, me habría gustado sacudirme como un perro mojado, pero Karl me pasó su toalla sin que yo se la pidiera y pronunció una sola palabra:

—¿Y?

Conocía la respuesta.

—Maravilloso —me salió. Nos quedamos contemplando juntos el agua. Un lugar lleno de luz y claridad. Como una declaración de amor a la vida. Y el lago, el capellán—. Me pregunto por qué no lo habré hecho mucho antes.

Karl me miró pensativo y después me dijo:

—A veces se pierde de vista lo que a uno le va bien. Pero hay algo de lo que estoy seguro: la primera taza de café después de bañarse es la mejor del día. Te invito con gusto. Mi granja está justo aquí, a la vuelta de la esquina.

Y allí estaba yo, un sábado de verano, invitado por el que hasta ese momento era un total desconocido.

Habría habido mil buenas razones para rechazar su oferta con amabilidad: el correo electrónico que debía escribir después del desayuno, las compras que aún me quedaban por hacer o el hecho de que no conocía a ese hombre de nada.

Pero mi respuesta fue diferente. La solté sin vacilar. Simplemente accedí.

—Vale, sí. Dame tu dirección. Voy a casa corriendo un momento y me cambio.

Volvíamos juntos hacia la calle cuando Karl de repente se giró. Se agachó, recogió algunos palitos y piedras del suelo y formó una cara sonriente en el banco de madera. Como hacen los niños.

—Por si acaso viene alguien más, para que empiece bien el día como nosotros —dijo.