25 últimos veranos
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Nos encantaba la mezcla de lo urbano y lo rural, combinar el ajetreo y la calma. Los cuatro estábamos de acuerdo, así debía ser el ritmo de nuestra vida, la base de nuestra familia. Era nuestro refugio, nuestra gran felicidad alquilada.
Sin embargo, no sé cómo había perdido mi equilibrio.
Me había ganado el privilegio de escaparme los fines de semana a la naturaleza, pero ni siquiera allí, como aquel día, encontraba paz.
Rara vez la tenía, por lo general eran momentos fugaces, ya que en mi cabeza casi nunca había silencio y el trabajo siempre estaba presente.
Antes me pasaba el día entero tan a gusto holgazaneando y consideraba no hacer nada una virtud; no obstante, año tras año trabajando y smartphone tras sm artp hone, me fui volviendo cada vez más accesible, disponible en todas partes.
Igual que a mí les pasó a muchas personas de mi entorno.
Mis amigos me contaban que se leían novelas enteras por la noche porque los pensamientos no los dejaban dormir.
Otros se quedaban en vela escribiendo correos electrónicos hasta bien pasada la medianoche o practicaban deporte al amanecer para intentar librarse con ejercicio de la carga diaria.
Aquel sábado por la mañana, elegí la tercera opción, me puse las zapatillas deportivas y salí a correr de madrugada.
Dado que pasaba de diez a doce horas diarias —a menudo más— en la oficina o viajando, con aire acondicionado, sentado frente al ordenador o en trenes, con la mente llena de problemas que debía resolver, esperaba con ganas una desaceleración, aire fresco y equilibrio interior.
Recuerdo muy bien lo despejado y tranquilo que estaba aquella mañana, cómo intentaba disfrutar con plenitud de la salida del sol, empaparme de la belleza que me rodeaba; estar allí de verdad, no solo físicamente.
Lo tenía todo: el rocío matutino en los prados verdes, el canto de un mirlo, el suelo blando del bosque bajo mis pies… Pero también estaba esa pared de cristal entre el mundo y yo.
Y de ese modo, a cada paso, no me acercaba a la naturaleza ni a la ansiada sensación de ligereza, sino a mi escritorio mental, que estaba de nuevo a rebosar: la conferencia del próximo martes, la discusión del viernes pasado, a quién tenía que escribirle un correo electrónico justo después de desayunar y a quién tenía que llamar a continuación.
Por no hablar del regalo de cumpleaños para mi tía, que primero tenía que ocurrírseme qué podría ser y luego tenía que comprar.
Siempre había algo. Me mataba a trabajar en lugar de vivir.
Podía estar treinta minutos fuera y no acordarme de si me había topado con alguien o en qué punto exacto me había desviado.
Pero una cosa estaba clara y me agobiaba mucho: en algún momento de mi vida había tomado el camino equivocado, había perdido la brújula interna.
Hasta hace unos años estaba contento y me sentía libre, me encantaban las cosas que hacía, ya fuera en lo privado o en lo profesional.
Pero con el paso del tiempo fui teniendo cada vez más obligaciones y menos libertad.
No fue algo consciente, sino más bien paulatino.
Me había convertido en uno de esos optimizadores que priorizaban el trabajo, el reconocimiento y ganar dinero.
Estricto conmigo mismo, rara vez satisfecho y decidido en lugar de relajado.
Impulsado por los plazos de entrega, las expectativas de los demás y las propias.
No quería lo que tenía, sino lo que no tenía.
Y así como el refrán alemán dice que el pájaro madrugador atrapa el mejor gusano, yo aquel día era un gorrión agotado prisionero en una jaula, cavilando, y no me parecía que aquello fuera bueno ni correcto.
No me sentía como la persona que en realidad era. Y mucho menos como la que quería ser.
Mientras trotaba sin rumbo fijo por el bosque, pensé en algo que había leído hacía unos días: cuando todo se convierte en demasiado, los pensamientos giran en círculo en el cerebro.
Y hay que romper esa dinámica. Por eso es importante hacer algo diferente de vez en cuando, y me pregunté qué podría hacer yo.
De pronto, me vino a la mente un lago tranquilo junto al que solía pasar, que se encontraba entre el bosque y nuestra casa.
Nunca se me había ocurrido la idea de ir a nadar temprano por la mañana.
Sin bañador, sin toalla, el agua demasiado fría…
Pensé que podría ser una pequeña aventura en la rutina diaria.
Y recordé lo que hacía de niño en la piscina descubierta cuando no quería ver, oír ni sentir nada: me sumergía recto en el agua, todo se volvía borroso a mi alrededor y a cada centímetro me alejaba un poco más.
Cuando ya no podía aguantar la respiración, dejaba que algunas burbujas subieran y nadaba de vuelta a la superficie.
«Solo métete».
La idea era tentadora.
Me dirigí al lago.