Epílogo
Reina Dandara
Reunión Familiar
«Unión es poder».
—Proverbio árabe.
Meses Después
No sabía si quería que el tiempo pasara lo más rápido posible o que simplemente se detuviera.
Las últimas fases del embarazo eran las más pesadas, los pies ya no me aguantaban y la barriga parecía que iba a explotar en cualquier momento. Dolores aparte, mi familia vivió los mejores días que recuerdo.
La abuela visitaba Brasil con frecuencia, pero siempre volvía para ocuparse de su nueva escuela en los Emiratos Árabes.
Jana cotilleó estos días que doña Dalva tenía el ojo puesto en un viejo árabe millonario y que el hombre estaba colado por ella — ninguna sorpresa, ¿verdad? Nadie se resiste a una Bernardes.
Mamá...
Su recuperación tardó más de lo esperado.
Hubo días tortuosos en los que tenía mucho miedo de que no aguantara, su cuerpo carecía de todo tipo de vitamina, su salud pendía de un hilo, pero la cuidaron tan bien en el palacio que ahora no era yo quien la cuidaba a ella, era ella quien me cuidaba a mí.
—Dandara, ¿estás segura de que vas a coger a un niño en brazos con esa barriga? —Protesta, aunque abre una sonrisa amable a Ravena.
—Siempre voy a sacar fuerzas para coger a este niño en brazos —observo a Haakon IV moverse entre mis brazos, me toca las mejillas.
— Dandandandan —repite con una sonrisota.
—¡Madre mía! —Abro mucho los ojos—. ¡ Ravena! —Casi la pellizco.
—Tanto trabajo para hacerlo hablar, ahora tenemos que enseñarle a parar —se divierte.
— Mama —Haakon saluda hacia ella, celoso de que su hermana Talita esté en el regazo de su madre.
—¿No echaste de menos a tu niñera, hombrecito? —Lo pico con la punta del dedo—. ¡Esa cara de que vas a montar la de Dios! —Río—. ¿Y el pañal? ¿Ya has llenado el pañal?
Madre mía, cómo crecen rápido.
La última vez que los vi, gateaban. Ahora, apenas los pongo en el suelo y el granuja sale disparado, sacude los brazos para apoyarse en cualquiera que se cruce en su camino, aun así sigue valiente, caminando por las calles de Palermo.
Khaled tenía una reunión importante en Italia, por eso estamos en esta linda isla. Sobrevolar el Mediterráneo es una experiencia indescriptible.
Ya he visto tres mares, en puntos completamente distintos del globo, y cada uno tiene una belleza que deja la boca abierta.
Italia tiene un aire cálido, agradable, los hombres...
—Ravena, no mires, que somos mujeres casadas. —Le pellizco el brazo.
Ella finge distraerse con Talita, echa una miradita al grupo que pasa a nuestro lado, después me lanza un guiño.
—Estoy casada, no ciega —se divierte.
—Deja que el Rey Haakon se entere de esto, ¡pícara!
—Le voy a decir a Khaled que tú también miraste, a ver quién sufre más —dobla la apuesta.
—¡Ay, Ravena, no conocía esta faceta tuya!
Acabamos riendo.
Pasamos por el mercado, hay una feria en la calle: tiendas y puestos exponen frutas que llegan a brillar intensamente de tan maduras. El pequeño Haakon va directo a las fresas, el color llamativo hipnotiza al niño.
— Mama mama, dame —apunta a la fruta que es más grande que su mano.
—Ya anda, habla... ¿los míos serán igual de rápidos? —Insisto en coger las frutas y pagar, aunque Ravena proteste.
—Claro que lo serán. Y mira que Khaled es más estricto que Haakon. ¿Cuántos idiomas sabe hablar Youssef?
—Cuatro, si contamos que le estoy enseñando portugués —me causa una alegría inmensa hablar de Youssef, este niño es otro desde que llegué—. Quiero que enseñe a sus hermanos menores a hablar árabe, pero que también hable portugués.
—Debe de estar emocionado, ¿eh? —Ravena pone a Talita en el suelo, la traviesa acompaña a su hermano rodeando el puesto, queriendo coger todas las frutas bonitas que ven delante.
—Una felicidad sin fin. —Mi corazón se pone calentito—. Dijo que está ansioso por presentar a los bebés al gatito-gatito...
—Madre mía —Ravena abre mucho los ojos—. ¿Y qué le dijiste?
—Ay, no, el gatito-gatito es inofensivo —hago una mueca—. Pero le rompo la cara a ese tigre a puñetazos si toca a mis niños.
Ravena parece feliz de ver que estoy tan loca como ella.
—Prepárate para noches en las que te despertarás de la nada y correrás a la cuna, solo para ver si están respirando —se divierte.
Cielos. Espero que no. Eso lo odiaba en ella.
—Y desarrollarás superpoderes, empezarás a entender y prever lo que tus hijos harán, antes incluso de que se les pase por la cabeza —pestañea—. Listo, mira qué fresa tan bonita, hija —se la sostiene mientras la pequeña la mordisquea y pone una mueca, porque debe de estar un poco ácida.
—Hablando de eso, necesito una niñera.
—¿ Una? —Ravena sube las cejas.
—Una brasileña —dejo claro.
—¿Y quién va a ser el pretendiente de turno? —Se divierte—. ¿Con quién la vamos a empujar a casarse?
—Bueno, Khaled tiene unos hermanos y primos solteros, aunque no le recomendaría a una brasileña casarse con un árabe, no.
— ¿No?
—No. Mucho trabajo. Khaled y yo nos entendemos, y cuando no nos entendemos, él que me aguante —frunzo el ceño—. No sé si estaría en paz empujando a una pobre brasileña a un hombre tan difícil.
—Amiga, hay gente que quiere jugar el juego de la vida en el nivel difícil —Ravena prueba una fresa y me da otra—. ¡Mira esto! ¡Qué pecado!
— ¡Mmm, con nata! —Sugiero.
—¡Nutella! —La loca quiere ir más allá.
—Con palmito.
—¿ Palmito?! —Ravena pone cara agria—. ¡Ja, ya empezaron los antojos raros?
—Sí.
—Amiga, mi madre tiene una conocida cuya hija mordisqueaba lápices.
— ¿Lápices?
—Lo sé, surrealista.
Seguimos hablando de tonterías, cuando de repente veo a mi madre saliendo apresurada de un puesto. Veo de lejos a un hombre malencarado observándonos.
—¿Podemos ir a casa de los Lamarphe ahora? —dice, espiando todo y a todos.
—¿Qué ha pasado, mamá? —Cruzo los brazos.
—Nada. Solo estoy cansada.
Miro directamente a ese hombre maldito, tiene cara de que cosa buena, ciertamente no hace.
—¿Alguien te ha amenazado?
—No. No, Dandara, solo estoy cansada...
—Vale. ¿Nos vamos? —Me vuelvo hacia Ravena.
—Claro. Vamos a llevarnos unas frutas para hacer ensalada, a Youssef le va a encantar.
—Sí.
Hacemos compras rápidas y salimos de la feria. Mamá sigue aprensiva, aunque estemos rodeadas de guardias nórdicos y árabes, espía cada callejuela conforme el coche pasa y parece desconfiar de todo y de todos.
Después necesito pedirle a Ravena consejos sobre terapia, mi madre lo necesita con urgencia. Cuidamos la salud de su cuerpo, pero la mente no va bien, al menos cuando recibe unos disparadores intensos.
La mansión de los Lamarphe en Palermo es un verdadero palacio.
El suelo es de cuadros, negro y blanco. Las paredes, columnas y techo, todo es de piedra, da un aire rústico, valorizado, bien acabado, no parece descuidado en nada. Hay muchas plantas, muchas obras de arte, niños por todos los rincones. Youssef ya ha encontrado a alguien con quien jugar.
Nos reunimos rápidamente en el patio interno, donde se puede tener una vista privilegiada de los tres pisos sobre nosotras, ya que todo es muy abierto, lleno de luz y vida.
—¿Quién es tu amiguito, Youssef?
El niño encoge los hombros, estaba corriendo y jugando con el niño de ojos azules radiantes y ni siquiera sabe cómo se llama.
—¿Cómo te llamas, niño? —le pregunto en inglés.
—Phellippo —responde con sencillez—. ¿Vosotros también sois de la familia Lamarphe? —Nos mira con curiosidad a todos.
Mi cerebro se hace un nudo. Estamos en Italia, hablo con el niño en inglés, pero me responde en portugués. Tardo un rato en procesarlo.
—¿Ha hablado en portugués? —Ravena se agacha para ver al niño de cerca.
Los ojos se parecen mucho a los de Haakon y Khaled. Un azul inconfundible.
—Yo soy brasileño —el niño dice.
—Las sorpresas no paran —muestro mi sorpresa y dejo correr a los niños—. ¿Cuánto durará su reunión?
Nuestros esposos están reunidos con otras personas, no sabemos exactamente dónde. No nos gusta entrometernos en los asuntos de los hombres, a decir verdad, es bastante aburrido.
Después nos lo cuentan todo con detalles, o al menos lo que es importante saber, y nos ahorran horas y horas de charla pesada e infructuosa.
— Mama, agua —Haakon señala a una fuente que está en un jardín, fuera del patio.
Sigue al niño, yo voy a comprobar si mamá está bien: lo está, se ha tumbado en un sofá y lee un libro, mejor dejarla quietecita, quizá también haya sido cosa del viaje. Es la primera vez que sale de los Emiratos...
—¿Dónde están vuestras niñeras? —le pregunto a Ravena cuando la alcanzo.
—Ah, no las traje, en realidad una chica nos acompañó en este viaje...
— ¿Mmm?
—Está relacionándose con los primos de Haakon.
—Espera —le pido que pare y me lo explique mejor—. ¿Los primos? O sea... ¿dos tíos?
—Gemelos. Suelen relacionarse con la misma mujer, siempre. Cosa suya —Ravena pone los ojos en blanco—. No me preguntes...
—No. No tengo nada que preguntar. —Encojo los hombros—. ¿Dónde está esa chica?
—Está ahí. Se llama Melina.
Ni siquiera presto demasiada atención a esa información. Caminamos hasta la fuente y vemos a una chica de espaldas, está mirando el móvil, parece concentrada.
Sonríe a los niños cuando los encuentra.
—Melina es bailarina, ¿sabías? Igual que tú.
Conforme me acerco, siento mi respiración pesada. Mis ojos no se creen a quién estoy viendo. Dejo de caminar, me sujeto firme la barriga y corro hacia Vanessa, primero la sujeto por los hombros y la sacudo.
—¡ Vanessa?! —digo desesperada—. ¿Eres tú? ¿Tú misma? ¿Cómo has venido a parar aquí?
Nadie de quienes pasan a nuestro alrededor repara en esta loca gritando. Ellos también hablan alto.
—¿Vanessa? —Sus pupilas se dilatan, como si ese nombre significara algo para ella—. Vanessa —repite con más énfasis.
—¿Qué pasa? —La forma en la que me mira me asusta.
—Ese nombre... Vanessa...
No la dejo decir nada más.
Es mi amiga. Sé que es. La abrazo con todas mis fuerzas, no espero que diga nada más.
Ella me abraza de vuelta, primero con timidez, después sus manos me aprietan, sus uñas prácticamente se clavan en mi piel, en desesperación. Cuando la suelto, me mira de muy cerca.
—¿ Qué pasa? —digo asustada.
—Te conozco —frunce el ceño—. Pero no recuerdo tu nombre.
— Ravena... —Sujeto el brazo de mi amiga antes de desmayarme—. ¿Qué le pasó, Ravena?
—Yo... me golpeé la cabeza —Vanessa me ayuda a sentarme—. No recuerdo el motivo. Solo recuerdo que Ragnar y Bjorn me salvaron. Fue... —Se esfuerza mucho por pensar—. Fue en un lugar. Un país. Yo...
—Emiratos Árabes —la ayudo a recordar.
Esa información parece traer un hilito de recuerdo.
—Eso. ¡Awmaj!
—¡Sí! —Sacudo la cabeza—. Ravena, necesito agua. —Empiezo a abanicarme.
—¿Los bebés están bien? —Me sujeta la barriga—. Sí, solo tengo mareo —digo medio aturdida, no suelto a Vanessa, ella me sujeta a mí—. Vanessa, te llamas Vanessa.
Sacude la cabeza lentamente.
—Sí. Ese nombre me dice algo...
—Dandara. ¿Ese nombre te dice algo? ¿Dandara? —La aprieto con más firmeza.
Pido en mi corazón, rezo en silencio a Dios: por favor, acuérdate de mí, acuérdate de mí.
No soy un Youssef de la vida, pero aprendí que mi oración también tiene valor.
—¡Dandara! —Sonríe—. Es el nombre de mi mejor amiga.
— ¡Eso!
—Hace tanto que no la veo...
—¡Vanessa! ¡Yo soy Dandara! —Es tan raro decirlo, que me siento una loca.
Vanessa me mira de cerca y repite mi nombre varias veces. De repente sus ojos brillan.
— ¿Dandara? ¿Eres tú? ¡Te esperé tanto!
—¡Vanessa, no me mates del corazón, estoy embarazada, chica!
— ¿Del Milkshake?
Cuando dice eso... cuando dice esa palabra... empiezo a llorar.
—¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas ahora? —Aunque me baje la tensión, me levanto y la abrazo con todas mis fuerzas—. Vanessa, ¿qué pasó contigo?
—Dandara —me abraza de vuelta, sostiene mi cuerpo cuando no tengo fuerzas para mantenerme en pie, porque la tensión me baja de verdad—. Entonces... ¿quién es Melina?
—¡Es el nombre de tu madre! —se sienta y yo me tumbo encima de su regazo.
—¿Mi madre? —Vanessa piensa un poco—. ¿Dónde está, Dandara?
—En casa. ¡Esperándote! Vanessa, ¡desapareciste durante meses! ¿Y todo este tiempo estuviste... en el Septentrión?
—Sí, Ragnar y Bjorn cuidaron de mí.
—Vanessa, ¿estás saliendo con dos hombres?
Madre, es tanta locura que ni sé por dónde empezar. Solo sé que estoy feliz de reencontrarme con mi amiga.
—Gemelos, sí —responde.
—Aquí tienes agua, amiga —Ravena trae un vaso grande con agua, hielo y limón.
Me lo bebo todo de golpe y respiro hondo.
—Perdona, no tenía ni idea —Ravena sigue en shock—. Los chicos dijeron que se llamaba Melina, nos vimos dos veces... ni siquiera se me pasó por la cabeza que esta fuera Vanessa...
—Está bien. —Sujeto las manos de mis dos amigas—. Ay, mi barriga...
—¿Los bebés? —Ravena se preocupa.
—Solo se están moviendo... creo que uno quiere ser futbolista, como el padre —me quejo del dolor—. Vanessa... ¡tenemos tanto de qué hablar!
—Sí que tenemos, amiga —me abraza—. ¡Ayúdame a recordar las cosas! ¿Tienes el teléfono de mi madre? ¡Necesito hablar con mi madre!
—Sí, vamos a hacerlo ahora. —Palpo mi pantalón de lino hasta encontrar el aparato y llamo al número de la madre de Vanessa.
Se va a poner radiante cuando sepa que he encontrado a su hija.