101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 50
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Capítulo 50

Dandara Bernardes

El Principio, el Final y el Medio

«Quien salva la vida de alguien es como si salvara todas las vidas»

- - El Corán.

Hace unos meses estaba cogiendo un autobús lleno saliendo de Jaboatão dos Guararapes hacia las zonas más valoradas de Recife para cuidar a los hijos de gente rica.

Cuando la abuela descubrió que el problema de mi hermana con síndrome de Down era mucho mayor que un soplo cardiaco y mucho más caro que nuestro presupuesto, tuve que tomar las riendas de toda la situación.

Yo no tenía un padre al que recurrir y mi madre también había desaparecido.

Sabía que mi padre había vuelto con su amante, solo que no sabía que lo que le pasó a mi madre fue el preludio de lo que le pasó a Vanessa: desilusionada por el matrimonio fracasado, empezó a hablar con un hombre árabe por internet y con cara y valor salió de Brasil para ir al encuentro de la felicidad, lamentablemente acabó siendo víctima del tráfico de mujeres.

Vanessa me dijo:

—Si va a ser niñera, que sea de gente rica, ¿eh, amiga? ¡Rica de verdad!

Y me enseñó una convocatoria en la que el Rey y la Reina del Septentrión, país vikingo, buscaban una niñera brasileña: la suerte me sonrió y me contrataron, con aquel dinero iba a conseguir pagar la operación de mi hermana y quién sabe darle una vida digna.

Pero como todos los planes de mi vida, que siempre salen mal, este se fue al traste cuando los Reyes del norte tuvieron que viajar a los Emiratos Árabes, donde conocí al Jeque Khaled.

Me llamó fantasma.

Dijo que había soñado conmigo. Y me ofreció cosas inapropiadas por 101 noches a cambio de pagar la operación de mi hermana.

Por supuesto, no acepté.

Hasta que ese plan también se frustró y acabé hasta los pelos involucrada con este hombre de pasado convulso y muy mala relación con su hijo Youssef.

Me quedé en los Emiratos, sí, pero para cuidar a Youssef.

Estaba sufriendo abusos, igual que mi hermana y yo sufrimos muchos abusos de nuestro padre, que por no aceptar que Janaína había nacido con «defecto» (según él), pasó a beber demasiado, agredir a mamá, intentar matar a Janaína en la cuna y pegarme a mí.

Puedo decir que no sé cómo llegué hasta aquí.

—Hola, Dandara, soy Ayslan Linkalter. Soy cirujano plástico, pero tengo formación en salud de la mujer, en especial obstetricia. Solo actúo en casos muy especiales y este parece ser el suyo —el hombre de cabello largo me guiña y me invita a entrar a la habitación del hospital.

El palacio del Emir ya tenía un ala hospitalaria, pero no había nada relacionado con la gestación, así que Khaled compró las máquinas y trajo de Brasil a este médico que era muy amigo del doctor Guilhermo Lamarphe.

El doctor Guilhermo Lamarphe, primo de Raffaello Lamarphe (mejor amigo de Khaled) fue quien hizo la operación de corazón de mi hermana Janaína.

Sí. Hasta puedo decir que no sé cómo llegué hasta aquí.

Si fue Dios, las oraciones de Youssef o un guionista muy granuja que escribió mi historia para diversión de alguien.

Pero sé por qué me quedé.

—El procedimiento es muy sencillo, ¿vale? Le voy a pasar un gel en la barriga y con esto. —Me muestra el aparato—. Vamos a ver la situación de su bebé. ¿Lista?

—Sí. —Mi boca dice.

Mi mente dice: no.

Yo no quería ser madre.

Podía ser bailarina de circo, profesora de colegio público, podía hasta convertirme en ex-Gran Hermano y aparecer en esos programas decadentes de cotilleos.

Podía vivir y aguantar cualquier humillación que la vida quisiera lanzar sobre mis espaldas, pero nunca y en ninguna hipótesis quería ser madre.

Vi lo que le pasó a mi madre cuando tuvo una hija con discapacidad.

El desprecio de mi padre, las agresiones, el abandono.

No quería vivir eso. ¡No podía someterme a eso!

Me destruiría por completo.

—Con su permiso. —Ayslan parece más preocupado por Khaled, que observa todo atentamente, que por mí.

Intento tumbarme cómodamente y miro al techo, siento un escalofrío cuando el gel helado me toca la barriga, sujeto con firmeza la cama del hospital porque mis dedos no paran de temblar.

—No duele, Dandara, va a salir todo bien —Youssef dice inquieto, en el regazo de su padre.

Un hijo sentado en el regazo de un padre es la cosa más natural que existe.

No para estos dos.

Cuando llegué, el Jeque Khaled era incapaz de mirar a Youssef, su único hijo y heredero. Todos decían que era porque la madre del niño, Sara, murió en el parto y el Jeque, viudo, no consiguió superar la muerte de la mujer y culpaba al propio hijo de tal acontecimiento.

Ese niño parecía un pequeño robot.

Tenía postura rígida, parecía un adulto en el cuerpo de un niño de 7 años, y para empeorar lo cuidaba la peor persona del mundo: Faridah Al Bawari que tras la boda pasó a llamarse Faridah bin Samir Al Makariam, porque se casó con Omar, hermano de Khaled.

Pero ella amaba a Khaled.

¿Quién no lo amaría?

Aunque era grosero, gruñón y un pozo de mal humor, era el tipo de hombre que encantaría a cualquier mujer: íntegro, dedicado y que cumple sus palabras.

Yo dudaría de mí misma, porque estoy loca y puedo cambiar como la dirección del viento, pero no dudaría de lo que Khaled dice, porque con él solo hay una palabra y punto final.

Puede tener todos los defectos del mundo, pero me transmite seguridad y despertó en mí cosas que nunca pensé que fueran posibles.

—¿Lo oís? —Ayslan abre una gran sonrisa—. Escuchad. —Sube el volumen de la máquina para que oigamos los latidos.

En realidad fue Faridah, la mejor amiga de Sara, quien la mató.

Probablemente usó un veneno de escorpión relacionado con su familia que o los médicos no detectaron o no quisieron detectar.

Youssef nació prematuro, el padre estaba al otro lado del mundo con el hermano que padecía ELA , buscando una cura.

Cuando regresó, ni se le permitió coger al niño en brazos.

Nunca creó un vínculo con él.

Y lo peor: no quiso crearlo. Porque podría perder al hijo en cualquier momento y no quería sufrir más.

Y, más tarde, porque no tuvo infancia y sufrió mucho, no quería repetir los mismos errores con el hijo, por eso lo confió a alguien que creyó que querría a Youssef y le enseñaría a ser un niño feliz.

Esa persona, en realidad, estaba intentando destruir al niño.

—Es tan fuerte. —Tiemblo entera, me quedo inquieta, estiro el cuello para mirar la pequeña pantalla.

—Escuchad —Ayslan llama nuestra atención, cierra los ojos. Mueve el aparato lentamente por mi barriga.

—¿Qué es eso? —pregunto asustada.

Khaled y yo nacimos en mundos totalmente distintos, pero tuvimos casi la misma vida.

A él también lo abandonó su madre.

En realidad, después descubrió que estaban intentando matar a su madre, porque tenía sospechas en el pasado de quién controlaba el tráfico de mujeres. Y esa persona, que era su abuelo y su propio padre, al otro lado del mundo, intentaron matarla.

La mujer huyó y encontró a otras mujeres.

Reunió todas sus fuerzas para acabar con la tiranía de esos hombres mediocres.

Solo había una posibilidad de cortar el mal de raíz o tener el efecto paliativo de cortarle la cabeza a la hidra y verla crecer dos en su lugar.

Todo esto sucedió como telón de fondo mientras Khaled y yo nos enamorábamos.

No lo sé.

No sé en qué momento empecé a quererlo, pero sé que después de que eso pasó, no podía echarme atrás.

No podía dejar a Youssef en manos de aquella mujer perversa, no podía simplemente volver a mi vida normal, no podía fingir que todo había cambiado para siempre.

Si Khaled era incapaz de amar a su propio hijo, ¿cómo amaría a un hijo nuestro?

¿Y si nuestro hijo nacía con alguna discapacidad?

Él me dijo que lo querría, independientemente de cualquier cosa.

No me dijo en aquella época que cuidaba a su hermano Rashid, sin armar revuelo ni contarle a nadie, simplemente lo hacía con toda la dedicación y el tiempo extra que tenía.

Yo le creí, aun sin saber eso.

Le confiaría mi vida a Khaled.

—Hay otro. ¡Son dos bebés! ¡Vais a ser padres de gemelos! —Ayslan dice en una alegría, que solo no es mayor que la de Youssef.

El niño se arrodilla en el suelo y empieza a llorar, une las dos manos frente al rostro y empieza a agradecerle a Alá el regalo.

Quería, soñaba, deseaba mucho un hermano.

¿Dos?

Era mucha generosidad de Dios.

Y yo, que no quería ninguno, recibía otro shock de la vida.

Sí. Yo no quería ser madre. Y cuando descubrí que estaba embarazada, mi mundo se cayó. No estaba en mis planes, en el contrato que firmé con el Jeque, en mis sueños.

Pero el amor tampoco estaba. Y los lazos verdaderos que Khaled y yo creamos durante esas 101 noches, que fueron mucho más que noches de placer, tampoco estaban en el contrato.

Algunas cosas simplemente ocurren y tenemos que lidiar con ellas.

Y por más que no quisiera ser madre, no sé, sentí un alivio enorme de que Khaled sería el padre. Porque de todos los hombres que conocí, era el único a quien confiaría mi corazón, mi cuerpo y mi vida con los ojos cerrados.

—¿Son dos? —Khaled mira al médico, asustado.

Youssef parece en júbilo.

Mi expresión está congelada, el propio Ayslan está preocupado.

—¿Estás bien?

—Sí, doctor. —Pestañeo despacio.

—¿Quieres que paremos ahora y volvamos después?

—No, estoy bien... es solo... es algo nuevo para mí —sonrío.

Khaled reconoció sus propios errores y me abrió su corazón, contándome su historia.

De lo que pasó tras la huida de su madre, de lo que su padre le obligó a hacer y de las cosas perversas que la familia de la madre de Khaled tramaba — que incluso salpicó a mi familia, ya que mi madre también acabó siendo víctima.

Sin que yo le dijera cómo hacerlo, se sentó y habló con Youssef, de la forma más transparente y cariñosa que podría hacerlo. Y desde entonces, no hay dudas: son padre e hijo, y el niño es, por fin, un niño.

De todos los hombres del mundo solo escogería a este para que me acompañe el resto de la vida.

Y aunque la vida y el destino hayan escogido por nosotros dos, sé que no habría podido hacer mejor.

—Un niño y una niña —Ayslan dice muy feliz y los muestra en la pantalla—. Mira cómo el corazón late fuerte. Están muy sanos, evolucionando bien. Ya podemos agendar las posibles fechas del parto, vengo directo de Brasil en ese periodo y me quedo el tiempo que haga falta.

—Gracias —me siento tranquila al oír eso.

La historia, por supuesto, es mucho más complicada que todo eso...

Porque mi antiguo jefe, el Rey Haakon III, padre de los bebés que cuidé hasta hace unos meses, es primo de Khaled.

Ambos son descendientes de una familia llamada Kjaerlighet, que hace muchos, muchos años casi fue exterminada por un rey que quería todo el poder de los vikingos.

Hoy todos saben que ese rey estaba controlado por la familia Bocutti.

Sí. La familia por parte de padre de la madre de Khaled.

Todo esto por poder. Todo esto por dinero. Todo esto por la codicia humana.

Para mí, eso no es familia.

Familia es quererte sin pedir nada a cambio. Familia es Janaína necesitarme y aun sin que me pidiera nada, yo venir al otro lado del mundo, hacer lo que fuera necesario para salvarla, incluso cuando solo quería arrancarse el propio corazón.

En realidad, ella no lo sabía, pero yo sí, que ella solo quería que el dolor se acabara —y gracias a Dios y al doctor Guilhermo Lamarphe, ese dolor se acabó.

Familia es como Haakon y Khaled se tratan.

Familia es el reencuentro mío y de mi madre, aunque yo aún sienta el dolor de haber sido abandonada, aparté todos esos sentimientos para cuidar de ella, porque ni siquiera ponerse de pie podía, de lo delgada y anémica que estaba.

Familia es lo que Khaled y Youssef ahora son.

Familia es lo que Khaled y yo sentimos cuando nos miramos el uno al otro.

Y es la misma mirada desde nuestro primer encuentro.

La mirada que arranca los cuerpos del suelo, que cuestiona las leyes de la gravedad, que hace crecer un jardín del Edén en nuestros corazones, aunque la desgracia, el dolor y el miedo se extiendan a nuestro alrededor.

No va de coches bañados en oro, palacios, ropa de marca y 101 noches de sexo. Eso está bien, y si lo hay, qué delicia, vivir bien debería ser derecho de todo el mundo.

Este amor indestructible va más allá de cualquier cosa material y ni siquiera podría explicarse, porque es en el sentir donde se manifiesta.

Khaled y yo no necesitamos el tacto.

Khaled y yo no necesitamos decirnos nada el uno al otro.

Con una simple mirada sabíamos nuestro destino, por más que nos empeñáramos en que éramos lo bastante diferentes para funcionar.

Salimos mal. Hasta salir bien.

—¿Qué te parece? —Khaled toma mis dedos y los aprieta en su mano.

—Bueno... creo que vas a tener que limpiar mucho pañal, porque yo no voy a hacerlo sola —digo enseguida, para que se ponga las pilas conmigo.

—No estarás sola, te lo prometo. —Besa el dorso de mi mano.

—¡Yo también limpio sus pañales! —Youssef sigue con la cara roja, húmeda, las lágrimas siguen cayendo.

—¿Estás contento de saber que vas a ser el hermano mayor, Youssef?

—¡Sí! —dice de inmediato, sujeta por encima de la mano de su padre, como si fuéramos un equipo.

—¿Y vas a cuidar, querer y proteger a tus hermanos?

—¡Sí!

¿Entonces por qué tendría miedo?

¿Por qué me echaría atrás?

¿Por qué lucharía contra lo que dice y apunta mi corazón, como brújula de mi destino?

La verdad es que ahora no tengo miedo, no voy a echarme atrás y no voy a luchar contra mi corazón.

Mayor que quien se levantará contra nosotros es quien está con nosotros.

Y este amor no es solo la espada más afilada, entre las espadas, o el escudo más seguro, entre los escudos.

Este amor es simplemente indestructible.

Y más poderoso que todo el poder, dinero y lucha de ego con que cualquier familia pueda conspirar.

No sé a qué familia van a salir esas dos criaturas dentro de mí. Si son Boccutti, seguro que van a ser medio locos. Si son Kjaerlighet, tendrán los ojazos azules bonitos y un estilo bien elegante. Si son Al Makariam, tendrán la belleza árabe inconfundible y una sagacidad aterradora.

Serán, sin lugar a dudas, Bernardes. Valientes, resilientes y, por encima de todo, dedicados a los suyos. Como todo el pueblo nordestino que no importa sequía, dificultad o conflicto, se mantiene de pie y no agacha la cabeza ante nada, ni ante señor alguno.

Va a ser una mezcla interesante.

No tengo ni idea de qué será el futuro, solo sé de mi pasado.

Pero voy hacia el futuro con la certeza de que hice lo mejor y seguí mi corazón.

Estoy preparada para el futuro.

Solo espero que él se prepare para mis hijos y para mí.