101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Epílogo 2
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Epílogo 2

Jeque Khaled

Lejos de toda la aglomeración y el ruido del salón de baile del palacio de Skarsgard, observo las cortinas turquesa y los volantes blancos, los portarretratos con imágenes de la familia real del Norte y el ambiente con aroma a vainilla.

Sobre el piano de cola hay un caballo hecho de diamante, delicadamente tallado, observo la pequeña estatua y esbozo una sonrisa hasta que mi atención se desvía hacia la puerta del cuarto que se abre.

—¿Youssef? —La voz femenina llena el lugar, como notas musicales—. ¡Pensé que no vendrías!

Talita se lanza tan animada a mis brazos que tengo que contenerla y ponerla en el suelo, apoyo las manos en sus hombros y observo su rostro con calma.

—¿Cómo puedes pensar que no vendría a tu cumpleaños? —Frunzo la frente y le toco la cara—. Un momento tan importante. Más aún cuando se trata de la futura reina del Septentrión.

Ella sonríe con esa actitud modesta y avergonzada que me hace sudar las manos. Apoya la cara en mi pecho y se queda así, abrazada a mí, durante un buen rato.

Por más que no quiera desordenar su pelo, retocar el peinado, sacar nada de su sitio, mis dedos empiezan a pasear por su hombro, después la nuca, la miro de cerca, como me gusta.

—¿Qué les pareció tu pretendiente a tus padres?

Talita pone una mueca e intenta apartarme con un golpecito.

—Sabes que papá va a odiar a cualquiera que intente casarse conmigo —pone los ojos en blanco—. No sería distinto con Gianni, por más que sea un príncipe a mi altura.

—Cierto —ladeo la cara.

Odio cuando dice el nombre de ese desgraciado. Y odio aún más cuando sonríe así, victoriosa, porque sabe cuánto me afecta.

—No tengo dudas de que Gianni —doy énfasis al nombre—. Será un buen consorte. Aunque tú merecerías un rey a tu altura.

—¿En serio? —Ahora es ella la que ladea la cara—. ¿Y tu noviecita, eh? La famosa bloguera Kim Han —pone una mueca.

—Lo que Boquita de Mochila y yo tenemos es solo una farsa.

—¿ Farsa? —Talita ríe.

—Para darle una lección a Phellippo Lamarphe. ¿Acaso no jugó con los sentimientos de la chica? Ahora va a sufrir y a lamer el suelo hasta que ella acepte mirarlo a la cara —me divierto—. Ella lo ama. Y yo estoy en esto solo por la diversión.

Me aparto poco a poco y voy hasta la cama, donde cojo mi regalo.

—Feliz cumpleaños, Reina Talita. —Le entrego la caja mediana en sus manos.

—Solo soy una princesa, lo sabes, Jeque Youssef —me provoca con su mirada desafiante—. ¿Qué es? —Rasga el envoltorio y lo tira en cualquier sitio, intenta abrir la caja con tanta ansiedad que ni siquiera lo consigue—. ¿Qué es?

—Si me permites —tengo que contener la risa, la ayudo—. Es solo un detallito, nada del otro mundo.

Talita observa el collar de diamantes con piedra de zafiro y los dos pendientes hechos del mismo material. Deja la caja encima del piano y vuelve a abrazarme.

—¡ Solo un detallito! —sonríe irónicamente—. ¡No tienes remedio!

—No es solo eso. He conseguido un cachorro de tigre siberiano para ti. Es blanco como la nieve de tu país y tiene los ojos azules. Azules como los tuyos. Azules como las piedras de zafiro que recorrí el mundo entero para encontrar, hasta dar con una que se pareciera a tus ojos.

Vuelve al regalo y evalúa si estoy diciendo la verdad.

—Se parecen, no he dicho que llegaran a la altura de los tuyos.

—¡ Youssef! —Chasquea la lengua—. Ven, póntelos en mí. Tengo que mostrárselos a todo el mundo. —Se quita el collar que llevaba y los pendientes también, los deja en cualquier sitio.

Saco cada pieza de mi regalo, primero los pendientes, se los pongo con cuidado a Talita. Después el collar. Ella se gira de espaldas a mí e inclina el cuerpo hacia atrás, recostándose sobre mi pecho.

Antes de que esta chica agitada y llena de energía quiera saltar, salir, hacer lo que le venga en gana, ya que el día es suyo, la mantengo entre mis brazos un segundo.

Un segundo entero, solo nuestro, en pleno silencio.

Siento sus manos delicadas tocarme los brazos, acariciarme la piel.

¡Cómo eché esto de menos!

—Sabes que Haakon te va a odiar por hacerme tantos regalos y ninguno para él, ¿no? —Baja la cara cuando ríe—. ¡Tu mejor amigo te va a matar!

—Yo le di a él dos caballos pura sangre y un anillo de diamantes con zafiro, mi mejor amigo no tiene de qué quejarse.

—¿ Un anillo de diamantes con zafiro? —Talita se sacude lentamente contra mi cuerpo.

Aquel un segundo se convierte en un minuto, me gusta que nos quedemos así. Me hace recordar cosas buenas.

—Sí.

—¿Por qué no le diste un collar de diamantes y pendientes a él? Y a mí, ¡el anillo de diamantes! —Se gira de golpe, irritada y juguetona, entrecierra los ojos.

—Ah, pensé que Gianni, el increíble pretendiente, te lo daría —arqueo las cejas—. ¿No te lo dio?

Talita se hace la desentendida.

—Él no percibe las cosas que te gustan. —Le toco el mentón y la atraigo lentamente hacia mí—. No te presta atención, como yo te presto.

—Youssef... —Talita aprieta los labios—.

Sabes que es difícil... no podemos... Haakon es tu mejor amigo, lo conoces, sabes que es posesivo y nunca te compartiría con nadie.

¡Mucho menos conmigo! Te mataría. Y nosotros dos...

es imposible —suspira—. Tú no vas a dejar tu trono, yo no voy a dejar mi trono, eso es imposible .

—Sí —concuerdo con ella, los segundos se arrastran mientras la atraigo hacia mis labios—. Y no me importa.

Beso a Talita como he hecho en los últimos años. Ella súbitamente empieza a desabrocharme el blazer, me empuja a la cama. Yo intento encontrar la cremallera de su vestido, vamos girando como locos entre las sábanas.

—A mí tampoco me importa —dice jadeante, se quita el sujetador, pero no se quita el collar que le di.

Me gusta así.

—Feliz cumpleaños, mi habibit.