Capítulo 47 #2
Más espinas caen, las empleadas tienen que apartar la comida y los platos para que todo quepa en el hueco entre nosotros.
—¿Qué es esto? —Veo otras cosas caer después de las espinas—. ¿Dientes?
Cientos de ellos caen en la mesa. De todos los tamaños.
Volteo el jarrón y, por último, caen muchas cenizas.
—No entiendo. —Le doy unas palmaditas al fondo del jarrón para asegurarme de que todo cayó—. Las espinas, sí. El resto, no.
—No lo ha entendido. —Raffaello se gira hacia su jefe.
—No. No lo ha entendido —el otro devuelve—. Explícaselo.
—Yo no. Bah, pereza de gente tonta —pone los ojos en blanco.
Busco en la mirada de Khadija alguna explicación del chiste, pero me asusto al ver lo pálida que está, sudando, de repente se levanta y corre para salir del cuarto, pero acaba vomitando a mitad del camino.
—Mujeres... —minimizo—. ¿ Aiyra?
Mi esposa parece peor. Le toco la mano y está helada. Está blanca, sin color, suda frío, sus ojos están fijos en un punto de la mesa.
—¿ Aiyra? ¿Qué sientes?
Abre la boca para decir algo, pero no son palabras lo que sale. Son pequeños escorpiones negros, que bajan de su boca y caen en su regazo. Inmediatamente me aparto.
—¡Khadija! —llamo a la niña cuando veo que en el charco de vómito en el que está tumbada nadan varios escorpiones—. ¿Qué es esto? —Me vuelvo hacia los hombres.
—Esto —Khaled analiza fríamente a las dos mujeres—. Son solo negocios.
Arqueo las cejas y echo un rápido vistazo a las espinas, dientes y cenizas encima de la mesa. Después a las dos mujeres inertes. Las empleadas corren, oigo puertas golpear, la casa se sumerge en completo silencio.
—No es nada personal —Khaled garantiza.
— Mmm —ladeo la cabeza.
—Las espinas. —Apunta con la cara—. Son para recordarle que algo tan bonito puede herir. Saqué cada una con mis propias manos.
—Conmovedor. —Me siento en la silla, cojo el móvil para llamar a mis hombres. ¡Tengo que avisar a Max Boccutti!
¡Basta de charla! ¡Es hora de matar a todos esos desgraciados!
—Los dientes. —Saca su propio móvil del bolsillo, juguetea con él y lo apoya en la mesa enseguida—. Raffaello los sacó uno a uno.
—Yo estudié odontología en Columbia hace unos años. Tuve un profesor increíble, se llamaba Tomounoku y tenía un método revolucionario para acabar con la caries —dice orgulloso—. ¿Qué? ¿Te crees que ser rubio y tener un HB20 es mera coincidencia?
Puedo oírlos. Puedo verlos. No puedo moverme.
¿Habré tragado también escorpiones mientras dormía? ¿O es solo el shock?
—Tus hijos gritaron mucho y perdieron mucha sangre —Khaled lamenta, pone morros—. Si no los hubiéramos enterrado en el suelo, seguro que ni una camisa de fuerza los habría sujetado.
— Tú... —pestañeo—. ¿Los enterraste en el suelo?
—Tras cortar el bate de béisbol y las pelotas. —Raffaello hace señal de tijera con los dedos—. Solo para asegurarme de que no haya próxima generación de Al Bawari, ¿sabes?
—¿Dónde están mis hijos? —Me levanto, exploto de rabia.
—Sabía que te pondrías triste cuando descubrieras que hubo una reunión de familia sin ti, Samir. —Khaled empuja su móvil en mi dirección.
Aprieto el botón de play en el vídeo y veo lo que parece una selva. Diez, veinte, cincuenta, más de cien personas están solo con la cabeza fuera, la mayoría fue decapitada o, como acaban de decir, enterrada en el suelo.
Mis veinte hijos están ahí, reconozco a cada uno, aunque en el lugar de sus ojos haya rosas abiertas. Mis hermanos, tíos, parientes lejanos, todos están juntos, es una hilera de cabezas muy bien organizada.
—¿ Qué? —Abro mucho los ojos al ver a mis otras esposas, a todas. Igual que a mis hijas y a otras mujeres de la familia.
A diferencia de los hombres, ellas aún conservan ojos y dientes.
—Toda mafia que se respete nunca se mete con mujeres —Khaled deja claro—.
Pero tú y tu familia atentasteis contra mi madre...
después contra Sara... ¡contra la madre de Dandara!
Contra la abuela. Contra ella . ¡Matasteis a Rashid, un hombre que apenas podía moverse, que estaba en una silla de ruedas!
Estoy mudo. No sé o no tengo nada que decir.
—Así que dejé que mi esposa decidiera qué se debía hacer con las mujeres de tu familia.
— Tentempié —la chica dice en el vídeo.
El tigre a su lado camina entre las cabezas, escoge una al azar, Nahib, uno de mis hijos del medio, es el elegido. El cuerpo es arrancado del suelo con el mordisco, es tan violento y aterrador que no puedo ver el resto.
—Las cenizas son los ojos de los hombres de tu familia y sus genitales incineradas —Khaled explica, observando el polvo en la mesa—. Pensé que te gustaría despedirte de ellos.
— Tentempié —oigo la voz de la tal Dandara otra vez y nuevos gritos y llantos.
— No —Khaled dice en tono comprensivo—. No pongas esa cara, Samir. Son solo negocios, no es nada personal, ¡te lo garantizo!
No recuerdo si alguna vez lloré en la vida y no será esta vez.
Siento que mi rostro se endurece, mis ojos se vuelven afilados, como espadas. Cojo uno de los cuchillos de la mesa y avanzo contra este hombre, sediento, con ganas de descuartizarlo, cortarlo en pedazos.
Por desgracia tropiezo con mis propios pies y me inmoviliza con un único movimiento, me pone el cuchillo en el cuello y empieza a caminar conmigo por el palacio.
—Raffaello, ve a las habitaciones, entra en cada cuarto, libera a las mujeres que están aquí —ordena.