101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 47
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Capítulo 47

Samir Al Bawari

Alfa y Omega

«El hombre es enemigo de lo que ignora».

—Proverbio árabe.

Me desperté con una resaca increíble, el mundo parecía dar vueltas frente a mí cuando me puse de pie de la cama.

Me di una ducha helada para espantar el calor y me puse una túnica nueva, me coloqué mis anillos y collares más valiosos, bebí desde temprano, porque el día pedía una celebración.

Desde que Maximillian Boccutti Padre le prometió a mi padre que de vagabundos en el desierto pasaríamos a ser los dueños de toda la región en la que vivíamos, una generación entera ha pasado y los viejos ya están muertos.

Max no faltó a la palabra de su padre.

Transformó Ras al Bawari en la segunda ciudad más importante de los Emiratos Árabes con su apoyo financiero.

Qué gracioso. Un extranjero fue quien nos permitió convertirnos en una potencia, no nuestros propios hermanos que vivían justo al lado.

Mi ciudad no tenía petróleo, no tenía buena ubicación geográfica para tener puertos y hacer comercio marítimo, cuando intentamos invertir en aviación, los Al Makariam lo hicieron primero. No teníamos nada más que arena y desierto, ninguna fuente natural para tener dinero realmente.

Entonces mi ciudad se transformó en un gran paraíso fiscal, donde el lavado de dinero era lo que movía las riquezas.

Con el tiempo nos dimos cuenta de que las prohibiciones de la sharía como bebidas, drogas y prostitución, también daban mucho dinero, y así fuimos enriqueciendo a un ritmo más rápido que los vecinos que tanto nos ignoraron.

¿El clan Al Khalifa? Tan conocido por tener construcciones majestuosas e inversiones por el mundo, ahora estaban detrás de nosotros.

—Aiyra, ¡despierta! —Bramo cuando vuelvo a la habitación y veo a mi primera esposa—. ¿Faridah ha enviado algún mensaje más? ¿Ha dicho dónde estaba?

La mujer suspira, bosteza, se gira en la cama y vuelve a dormir.

—¡Perezosa! —Me quejo con una sonrisa en la cara—. Despierta y ponte las ropas más caras, las joyas más brillantes, en fin, vamos a ser respetados. Khaled viene aquí en unas horas y yo sé lo que va a decir.

Como no reacciona, la sacudo en la cama hasta que abre los ojos.

—¡Necesitas prepararte para su llegada! —Insisto.

Mi primera esposa asiente rápidamente, se levanta con pereza y va al baño de nuestro cuarto.

El momento que mi familia esperó todos estos años, por fin ha llegado: vamos a asumir el poder de los Emiratos Árabes y haremos con ellos lo que nos dé la gana.

Faridah me envió el último mensaje hace tres días, decía que había apuñalado a Dandara con una hoja envenenada y que ahora estaba en un hospital de Awmaj.

No tengo dudas de que igual que Sara, la primera esposa de Khaled, pronto ella moriría.

Luigi Heder me envió un mensaje ayer de madrugada diciendo que todas las armas que traficamos durante todos estos años por fin habían llegado a su destino, nuestros hombres armados en varios países árabes y europeos estaban listos para actuar.

—Por fin se cumplirán los acuerdos. Y tu hijo, nietos y los nietos de ellos estarán sentados con los reyes del mundo. —Saludo al cuadro de mi padre.

Dejo la salá para otro momento, no es hora de rezar a Alá, es hora de comer y festejar, porque todo lo que esperé estos años, bajo mucha humillación, por fin se cumpliría.

—Pobre Omar, chss, chss. —Chasqueo la lengua y contengo la risa.

Por un momento me preocupé de que aquel vídeo lo destruyera todo, pero yo sabía que Ethan Evans estaba de nuestro lado. Él y yo sabíamos que si alguien tenía que llevarse el palo en toda esta historia, sería un Al Makariam.

Bueno... usamos a Omar hasta donde pudimos. Y sobre el castigo que recibirá, probablemente la muerte, solo puedo pensar: mejor él que yo.

—Señor, el Emir de Awmaj ha avisado que va a aterrizar el helicóptero en el campo de golf, en la parte trasera del palacio —el jefe de seguridad dice.

— «Ha avisado» —hago una mueca por la palabra que usa—. Ese chaval va a dejar de comportarse así en breve. Cree que es el rey del mundo, solo porque ahora es el cabeza de la familia y son la séptima familia más rica del mundo.

Pongo los ojos en blanco, cuando en realidad querría reírme.

En unos días la conspiración que el padre de Maximillian, el mío y otros cabezas de familia crearon, va a culminar.

Todos los Kjaerlighet restantes que se esparcieron por el mundo, morirán. Igual que los Al Makariam y decenas de otras familias.

Los Boccutti dejarán de ser la sexta familia para ser la cuarta, quizá la tercera.

¡Y por fin, los Al Bawari serán respetados! Cosa que nunca ocurrió en las últimas décadas.

—¿En cuánto tiempo llega el Emir de Awmaj? —pregunto.

—Treinta minutos, señor.

—Pídele al ama de llaves que vea si Aiyra ya se ha duchado, si no, bañadla —respiro hondo—. ¿Dónde están mis hijos?

—No han vuelto, señor. Deben de estar celebrando.

—Típico de ellos —reprocho, pero sonrío.

Tras la invasión al palacio de Khaled y las otras cosas que planeamos, querían celebrar.

Algunos dijeron que iban a España solo para follarse a unas putas, otros querían ir a Italia y adelantar el trabajo exterminando a los Lamarphe.

Sé que algunos embarcaron a Brasil... esos chicos... chss! Querían días de diversión.

¡Y dada la situación, tenían razones para celebrar!

Voy al comedor y observo si todo está en orden para recibir a Khaled.

—Mejor llevar esta mesa al atrio —pienso un poco—.

Desde allí se pueden ver las estatuas de oro del jardín.

—Analizo la mesa de muchos metros que se extiende por el ambiente—.

No, mejor, déjala aquí. Trae los jarrones más caros y obras de arte de la biblioteca, también los cuadros de mi padre y de mi abuelo, ponlos en la pared —señalo y veo a los empleados apresurarse.

Quiero que Khaled tenga una visión imponente de este lugar.

Mi familia fue tan ignorada todos estos años por los Al Makariam..., pero tuvimos suerte, no los necesitamos y nunca más los necesitaremos.

Dejarán de existir en breve.

Hombres y mujeres. Niños y bebés en la barriga. Quiero que todos mueran y sufran. Quiero que la marca del escorpión sea esculpida en la piel de todos con la hoja envenenada, afilada, para que todas las familias sepan que no deben subestimar a los Al Bawari.

—Khadija. —Beso la frente de la chica cuando aparece—. Ven, ven, te vas a sentar aquí. Justo frente a él. Quiero que vea lo que perdió. —Tiro de la niña y la coloco en la silla que la dejará de frente a nuestro invitado.

Los minutos se arrastran hasta la llegada de Khaled.

Sé exactamente el momento en que se hace presente, porque el helicóptero sobrevuela el palacio. El ruido es estridente, las ventanas abiertas dejan entrar una ventolera, si había alguien más durmiendo en este lugar, seguro que ese ruido le hizo despertarse del todo.

—Ha llegado —digo ansioso—. ¡Sonríe, muestra que estás bien! No lo necesitas. Voy a buscarte un buen marido, uno rico y poderoso —garantizo.

—Tengo náuseas —Aiyra dice, se sienta a mi lado.

—Claro, la noche de ayer fue tan buena —me divierto—. Intenta mostrar que estás bien delante de nuestro enemigo —la advierto.

—Sí.

Minutos después, recibo a Khaled y a Raffaello en la puerta de entrada del palacio.

En pasos lentos, le muestro los cuadros, las estatuas en el jardín externo por la ventana, las columnas lujosas, el comedor lleno de objetos valiosos.

—¡Bienvenido! —Aiyra dice en un intento de animación que esconde sus ganas de vomitar.

Khadija sigue bajo el efecto del amor. Solo Alá sabe cuánto lloró por no casarse con este hombre, pero es mejor así. Iba a quedarse viuda pronto.

—Para ustedes. —Apoya un jarrón de porcelana en la mesa, es fino, bonito, parece egipcio—. Un regalo sencillo, pero de corazón.

¡Mira qué humilde se le ve ya! ¡Ahora sí está listo para reconocer nuestra superioridad!

—Con esa tapa, parece una urna funeraria —me divierto—. ¡Siéntense, muchachos! —Hago el falso halago—. ¡Estaba ansioso por su llegada! ¡Tenemos tanto que tratar!

—¿Tenemos? —Raffaello arquea la ceja.

—Por supuesto. Si no las tuvieran, creo que una llamada lo resolvería —comento—. ¡Aiyra, llama a las empleadas para que sirvan el desayuno! —grito a la mujer, porque ya se ha dormido otra vez.

Espero a que los sirvientes vengan y llenen la mesa, llenen cada hueco de un extremo al otro, para que vean cómo nuestra situación es tan distinta a la suya. Los que no vivan en la más pura miseria de aquí en adelante, morirán.

—Podemos tratar los negocios después de comer, ¿no? —Lleno mi plato.

—Puede comer, yo espero —Khaled dice de ese modo presuntuoso que detesto.

—Yo ya he venido comido, así que paso —Raffaello desvía los ojos de mí, solo para mirar el jarrón—. ¿No va a abrir el regalo?

—¿Abrir? —Me limpio los labios con la servilleta—. ¿Qué hay dentro?

—Si tiene tapa es porque hay algo dentro —pondera.

No veo la hora de que este creído gracioso y toda su familia sean exterminados. Los Lamarphe son los siguientes de la lista, sus competidores directos, los Kroening, los quieren fuera de los negocios. Y los Kroening son el brazo derecho de los Boccutti.

—Lo sabemos, Samir —Khaled dice con una mirada sombría, las cejas espesas casi unidas—. De la familia Boccutti, tú, tu familia, Faridah, la conspiración... —arquea las cejas y respira hondo.

— Ah —concuerdo—. Bueno... un hombre como tú, Khaled, debe entender que no fue nada personal, fueron solo negocios.

Él prontamente asiente.

— Solo negocios —repite—. Nada personal.

—Exactamente. —Me levanto para ver el jarrón, lo abro—.

Tú ahora eres el cabeza de tu familia. Debes entender la responsabilidad de cuidar de las necesidades de los tuyos, antes que de nadie.

Nunca tuve nada contra tu familia, le tenía mucho aprecio a tu padre, no es personal. Fue solo por el dinero y el poder.

Dentro de la porcelana fría está oscuro, no puedo ver qué es.

Por eso lo vuelco sobre la mesa, veo espinas caer por la mesa.

—Entendido —río—. Iba a ser un jarrón con muchas rosas, y trajiste un jarrón solo con las espinas.

Tengo que admitirlo, este chico siempre tuvo un humor refinado.

—Vuélcalo todo —pide.