Capítulo 46
Dandara Bernardes
Sobre el Matrimonio
«El pasado se fue, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo».
—Proverbio árabe.
De todas las cosas que esperaba encontrar en los Emiratos, la última era a mi madre.
Estaba muy distinta a la última vez que la vi: delgada hasta tener los huesos a la vista, anémica, débil. Durmió un día entero mientras recibía suero y cuidados médicos.
No conseguí salir de su lado en la cama ni un instante y Janaína durmió a su lado, quietecita, le pedí que no la abrazara para no hacerle daño.
Durante la noche, mamá gimió de dolor, lloró, habló bastante mientras dormía. Pedía que alguien se alejara y no le hiciera más daño, pedía ser libre y decía que quería reencontrar a sus hijas.
Le sujeté la mano e intenté reconfortarla, estaba tan cansada que no se despertó de ese sueño, permaneció en él hasta apagarse del todo.
En mitad de la noche, recibí una visita inesperada: mi suegra.
Dejé a mamá y a Jana tumbadas en la cama y fui al balcón del cuarto.
Mi corazón explotó de alegría cuando trajeron a la abuela al palacio del Emir, aunque no estuviera al 100%, para empezar a ser cuidada aquí mismo.
Ahora, además de su habitación de hospital, había otra para mi madre, y Khaled ya había dicho que tendrían cuantas más fueran necesarias, solo para mantenernos juntas y a salvo.
—¿Cómo está? —Crystal pregunta.
—Todavía no se ha despertado ni ha dicho nada conscientemente. Los médicos dicen que va a llevar un tiempo hasta que se recupere —suspiro—. Necesita ganar peso... hidratarse...
Solo recordar ver a mi madre temblar al intentar tenerse en pie me revuelve el estómago. Estaba tan débil que andar era un lujo que no se podía permitir.
—¿Y tú?
—¿Yo? —Cierro los ojos y siento la brisa de la noche en la cara—. Yo voy a estar bien, lo sé. Al menos, lo deseo con todo el corazón.
—Eres valiente y fuerte. —Mi suegra me sujeta la mano y aprieta—. Cuídate también, ¿de acuerdo? Por ti y por el bebé.
—Vale —pestañeo despacio, observo la noche silenciosa—. No ha acabado, ¿verdad?
—No, querida —lamenta y aprieta los labios—. Quizá solo esté empezando.
*
Dormí poco y me desperté pronto para cuidar de mi madre. Empecé el día dándole un baño, en la misma cama, usé un paño húmedo e hice todo con mucho cuidado para no hacerle daño.
Incluso cuando se despertó, se quedó quieta, callada, no parecía tener fuerzas para hablar. Pero sus ojos me seguían por la habitación, a donde quiera que fuera.
También visité a la abuela para ver cómo estaba, le conté la novedad y no se lo creyó. Empezó a llorar hasta el punto de que el pitido de la habitación se activara y los médicos invadieran el lugar para ver si todo estaba bien.
—Solo fue la tensión, perdón —intenta calmar a las enfermeras.
—Muchas emociones, ¿eh? —Nos quedamos mirándonos en silencio—. ¿Sabías que ella había venido aquí?
—No. Cuando se fue, no me dijo adónde iba —garantiza.
Me alegra saber que la abuela ya no corre riesgos, la bala se extrajo con éxito de su pecho y por algún milagro divino, no hubo complicaciones. Doña Dalva, terca como era, quería llamar a Brasil, ponerse al día sobre la escuela e intentar trabajar, incluso de lejos.
Se lo impedí. Solo conseguí convencerla de que se quedara tranquila cuando la llevé a la habitación de al lado, para ver a su hija.
Me sorprendió ver a Khaled sentado en la silla donde yo estaba antes, dándole sopa a mi madre. Separaba con cuidado todas las verduras y carnes, dándole solo el caldo.
—Tenía hambre —dice cuando ve que llegamos.
—¿Puedo? —Mi abuela pide cambiar de sitio con él—. Gracias, querido, has hecho mucho por todas nosotras.
—Solo cumplí con mis obligaciones de familia —dice en tono formal, se levanta y le entrega el cuenco a doña Dalva, que parece radiante por poder alimentar a su hija.
—Hola, querida. —Sujeta la mano de mamá, las dos empiezan a llorar en silencio.
Acompaño a Khaled hasta el balcón, seguimos observando a las dos desde lejos.
—¿Cómo te sientes?
—No lo sé. —Encojo los hombros.
¿No tenía una pregunta más fácil?
—Gracias —es todo lo que consigo decir, y lo abrazo con fuerza.
Zayn me levanta del suelo, me coge en brazos y apoya su cara en la mía. Nos quedamos así, juntitos y en silencio, un buen rato. Cuando se sienta en el sillón cómodo al lado de unas plantas altas, me mantiene en su regazo.
—Prometí que iba a cuidar de ti y de tu familia, que ahora es la mía también. No me agradezcas por hacer lo que es mi obligación —mantiene el tono gruñón, aun cuando es un verdadero amor.
¿Qué haría yo sin él?
—Dandara, corriste muchos riesgos —me regaña, sobre la noche pasada.
—Lo sé.
—Te dije que iba a resolver los asuntos. ¡Ravena, Samira y tú fuisteis inconsecuentes! ¡Podríais haber muerto o algo peor podría haber pasado!
— Madre mía, ¿qué hay peor que morir? —Hago una mueca, estoy tan nerviosa que solo me queda reír.
—Cuando algo así pasa, deja que los hombres lo resuelvan.
—¿Crees que no tuve miedo, Zayn? —Tengo que ser sincera con él, y respiro hondo—. ¿Crees que Ravena, Samira y yo podíamos dejar que nuestros maridos corrieran riesgo y nos quedaríamos dentro del palacio sin hacer nada? Pues parece que no conocen a las mujeres con las que se casaron.
— ¡Era peligroso!
—¿Y qué? —Me encojo de hombros—. Era peligroso para vosotros también y aun así fuisteis.
Él discrepa y no quiere seguir hablando de eso.
—Si no hubiera estado allí, ¿quién iba a reconocer a mi madre? ¿Quién iba a cuidar de ella? Iba a ser solo una víctima más, como todas las demás. —Cruzo los brazos.
—Nunca más te pongas en peligro así.
—Pídeme algo más fácil, Zayn. Ahora veo que si no quisiera estar bajo el peligro, no debería haberme casado contigo —digo algo que no puede rebatir ni cuestionar.
Tras saborear la simple idea de lo que le insinué, suaviza el tono severo.
—Estas personas no van a parar, ¿verdad? —Poco a poco voy acostándome en su cuerpo, hasta apoyar la cabeza en su hombro—. Van a seguir engañando a mujeres, quitándolas de sus familias y tratándolas como si fueran animales...
—No. No van a parar, hasta que los mate a todos. —Más claro que esto, no puede ser.
Un escalofrío recorre mi espina y me dan miedo sus palabras. Al instante siguiente intento pensar en otras cosas, pero Khaled no lo permite.
—¿Entiendes lo que tengo que hacer?
—Sí —aprieto los labios.
—¿Entiendes que si no reacciono a la altura y les muestro a estas personas con quién se están metiendo, van a pensar que tienen libertad para continuar?
—Sí —lamento decirlo, pero es la verdad.
Si pudiera elegir, no querría que hiciera nada. Tengo miedo de que se haga daño, de que pase lo peor...
—Haakon dejó que las cosas llegaran a las últimas consecuencias cuando intentaron dar un golpe de Estado en el Septentrión, yo no soy así, no voy a permitir que se acerquen a vosotros ni a nuestros palacios otra vez —garantiza.
—Ravena tiene traumas hasta hoy, ¿sabes? Tiene pesadillas con aquellos hombres invadiendo el palacio para matarla con los bebés.
—No voy a permitir que lo mismo te pase a ti —garantiza.
—¿Qué vas a hacer, Zayn?
Me mira de un modo que pregunta: ¿de verdad quieres saber? Sé que no me lo va a esconder si quiero saberlo.
—Ya lo he hecho —es sencillo en sus palabras—. He dado el golpe primero.
Antes de la noche pasada desapareció un día entero. Hasta hoy no me ha dicho qué estaba haciendo. Tras la muerte de Rashid, su mirada se endureció y parece estar más frío que antes; al menos no es así conmigo ni con su hijo.
—¿Qué hiciste?
Zayn duda en decírmelo, solo me mira un largo rato.
—He puesto a mis hombres, a los hombres de Haakon y a personas que obedecen a nuestras familias detrás de todos los que empezaron esto.
—¿ Y...? —Quiero saber el resto.
—Y vas a quedarte lejos de esta historia. —Me acaricia la cara—. No quiero que pienses que soy un monstruo.
—No voy a pensarlo —garantizo—. Porque sé que esas personas merecen lo que vas a hacerles. Sé cruel —pido.
Esto le sorprende tanto que se queda mudo.
—Hazles pagar por lo que hicieron. —Ahora soy yo quien quiere esta guerra—. Por lo que le hicieron a tu madre, a mi madre, a tu hermano, a doña Fátima... —Lloro solo de recordarlo—. Khaled, tenemos que visitar a la familia de doña Fátima.
—Lo haremos.
—Ahora. Vamos ahora. —No quiero perder tiempo, tenemos que mostrarles nuestro respeto por su pérdida.
—Vale. —Espera a que me levante primero y me sigue.
—Abuela, cuida de mamá, voy a salir un momento y vuelvo, ¿vale?
—Vale, Danda, no te preocupes.