101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 45
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Capítulo 45

Dandara Bernardes

Guerra y Odio

«Si alguien te muerde, eso te recuerda que tú también tienes dientes».

—Proverbio árabe.

Dos días después

Frente a la multitud de mujeres y niños que salen por todas partes, corriendo desesperados sin tener un lugar adonde ir, estiro el cuello y busco una cara familiar.

En medio de este caos es difícil identificar a nadie, primero porque la mayoría tiene la cara y el cuerpo cubiertos. Algunas pocas, que están desnudas, apenas consiguen moverse, están desnutridas, con los huesos a la vista, piden que no las maten.

Los niños lloran, muchos parecen haber pasado por alguna mutación genética; en el caso de las mujeres, además de haber sido traficadas y hablar diversas lenguas, veo heridas, mutilaciones, es para revolver el estómago.

—¿Vanessa?! —grito llamando a mi amiga, paro a una o a otra que pasa a mi lado, pero todas siguen corriendo lejos.

Una parte de mí desea que Vanessa no esté aquí. Me parte el corazón imaginar que haya tenido el mismo final que estas pobres mujeres...

—¿Vanessa, dónde estás? —grito a pleno pulmón.

—¿Brasileña? —Una de las mujeres me coge la mano y tira de mí.

Inmediatamente Samira y Ravena vienen en mi rescate para apartarme de la figura con el rostro cubierto.

—Necesitamos reunir a las brasileñas —la mujer se justifica y me suelta.

Las tres observamos con calma, tras el estallido del pandemónium, cómo todas estas mujeres se redistribuyen de una forma coherente, por lo visto por nacionalidad. Hay un grupo con al menos cien brasileñas.

Mujeres de mi país que fueron traficadas hasta este lugar.

—¿Vanessa? —Voy de una en una, pido que se quiten el velo—. ¿Vanessa? —Sigo preguntando, hasta la última mujer.

La última está tan herida y esquelética que apenas se mantiene en pie. El burka que cubre su cuerpo es tan fino y sin volumen que me revuelve el estómago imaginar lo que le han hecho a esta pobre.

—¿Vanessa? —Me agacho para verla.

Mi corazón pide que no sea mi mejor amiga.

Entonces la mujer se quita el velo.

Y necesito ser sostenida por Samira y Ravena para no caer hacia atrás.

9 horas antes

Nunca entendí el concepto de un hotel de 7 estrellas.

Si 1 estrella significa que el servicio es básico y 5 estrellas significa que el servicio es digno de una reina, ¿qué significaban 7 estrellas? Sin duda, que el ambiente era digno del ego y de la importancia que querían personas que se consideraban dioses.

Mi intuición no se equivocaba.

Entrar en el hotel Al Jamah superó todas las expectativas que tenía sobre el lugar: había ascensores exclusivos para suites en las plantas más altas, tiburones en acuarios que sustituían paredes enteras, un campo de deportes de césped «flotante» al que solo podía accederse por el balcón de la suite número 216.

Cuando no eran de oro, las paredes eran de un mármol blanco y dorado impecablemente limpio, todo moderno, televisores que se mezclaban con cortinas, en fin, un viaje al futuro.

—¿La señora tiene permiso de su marido para beber? —El barman pregunta.

Primero le echo un buen vistazo y contengo la risa. Samira, burlona como es, sacude la cabeza.

—¿Puedo ver el permiso? —El hombre extiende la mano.

Samira mete la mano en el bolso gigante y empieza a rebuscar como si tuviera un hotel de 50 plantas ahí dentro, después de mucho hurgar, saca el permiso y lo planta en la barra que se extiende por todo el bar-restaurante en la azotea.

Aquí tenemos una vista privilegiada del mar, de los palacios y de la ciudad de Awmaj.

Inmediatamente recuerdo mi primer día de casada con Khaled. O mejor dicho, el día siguiente, cuando me desperté en uno de sus apartamentos.

—Muy bien, voy a por su bebida, señora —el barman suaviza la voz.

—¡No te olvides de mi milkshake! —grito cuando se aleja—. Permiso para beber, qué surrealista. —Pestañeo despacio.

—Mientras tanto, en las primeras cinco plantas hay juegos de azar... En las del medio, matrimonios temporales —Samira pone los ojos en blanco por la hipocresía.

—¿Es verdad que se casan unas horas, solo para tener sexo y después se separan? —Me trago mis palabras, apenas hemos pedido y el hombre ya ha vuelto con nuestros pedidos—. Gracias.

—Es verdad. Raffaello debe de haberse casado con como mil mujeres distintas...

—Madre mía, ¿dónde guardan a tantas mujeres así?

Samira sonríe de un modo capcioso.

—Esa era la pregunta que Raffaello tendría que haber hecho, si no estuviera tan distraído... —bebe su copa. —¡ Mmm! Esto... ¡mmm!

La religión de Samira no le permite beber alcohol, pero no voy a ser yo quien la juzgue. Lo que vamos a hacer esta noche exige que bebamos algo que no nos esté permitido.

La noche en que invadieron el palacio, Khaled y Raffaello desaparecieron durante 24 horas.

¿Qué hicieron? ¿Adónde fueron? ¿A quién encontraron?

Nunca lo sabré.

Solo sé que Khaled volvió otro hombre. Frío, distante y cruel con todas las personas a su alrededor, menos con Youssef y conmigo. Por supuesto que con su familia tampoco actuó de mala manera, pero por lo demás, se cerró y no le abrió la puerta a nadie más.

Quise preguntarle qué había pasado, pero vi en sus ojos que era mejor no saberlo. Estaba de acuerdo con él: era mejor separar nuestra relación de sus negocios. No sé cómo reaccionaría si supiera a cuántos mató.

Cuántos , porque yo sabía que había matado. Y había matado a muchos.

Estaba en su mirada.

—Llegué tarde, pero he llegado —Ravena planta el bolso Prada encima de la barra—. Quiero un Sex on the Beach, cárgalo de vodka. —Mira al barman.

—Señora, ¿tiene permiso de su marido para beber? —El hombre gentil y bien dispuesto pregunta de modo burocrático a la Reina del Septentrión.

—Permiso de un hombre para hacer algo... —pone los ojos en blanco, mete la mano en el bolso pequeño y tarda más que Samira en encontrar el maldito papel y se lo entrega al hombre—. Como si alguna de nosotras necesitara eso.

—Y, querido —interrumpo al hombre antes de que vaya a por la copa, doy un buen sorbo al milkshake en mis manos—. ¿Podrías traerme cinco bidones de queroseno de 5 litros?

El barman me mira con cuidado, debo de haberle causado un cortocircuito al pobre en la cabeza. Solo me falta que pregunte: señora, ¿tiene permiso de su marido para comprar líquidos inflamables?

Y la respuesta va a ser: sí.

—Quiero... —hace una pausa—. ¿Queroseno?

—El que prende fuego fácil —explico, me encanta la sensación de darle clase a un hombre tonto.

—Sé qué es el queroseno —se ofende—. No lo vendemos aquí, pero puedo conseguírselo a la señora. ¿Puedo ver su permiso de bebidas?

—¿Permiso de bebidas para comprar queroseno? —Río—. ¿Crees que voy a beber queroseno?

Saco del bolso el permiso emitido por el... Emir Khaled Zayn bin Rashid Al Makariam. Eso no le sorprende más que ver mi nombre: Reina Dandara Bernardes Al Makariam.

El hombre me mira como si fuera una extraterrestre, primero baja la cabeza y se queda así un rato, luego sale rápidamente. Esta vez tarda mucho, Ravena espía por el espejo de mano y constata que ha ido a llamar por teléfono a alguien.

—Va a empezar —Samira alisa su larga ropa negra que cubre las prendas de debajo.

Khaled quiso impedirme estar aquí hoy, pero yo necesitaba venir.

Mi suegra, Crystal, me confió que hoy sacarían a todas las mujeres traficadas en los Emiratos y las enviarían a lugares seguros , es decir, los criminales querían borrar sus rastros para no ser detenidos.

Esta vez me iba a meter en los asuntos de mi marido, porque necesitaba encontrar a Vanessa y salvarla. No me lo perdonaría si no lo hacía.

¿Khaled me permitió estar aquí? Por supuesto que no.

¿Vine? Obviamente.

Vine con mis amigas. Al fin y al cabo, ¿íbamos a dejar a nuestros maridos correr peligro? No, señor.

—Su bebida, señora —se la entrega a Ravena—. Su queroseno no tardará más de siete minutos, señora Al Makariam —baja la cabeza cuando me mira.

—Gracias, querido. ¡Es tan amable! —Miro a mis amigas.

—Siete minutos es el tiempo que ellos necesitan —Ravena asiente.

—Entonces un brindis, señoras —Samira pide—. ¡Por la noche más loca de nuestras vidas!

Chocamos nuestras copas y bebemos juntas.

—¡ Mmm, esto está muy bueno! —Ravena dice animada.

—Pues sí, ahí entendí por qué era un hotel de 7 estrellas —pestañeo.