Capítulo 43
Dandara Bernardes
El Silencio que Precede a la Bronca
«Unos aprenderán a través del dolor y la tristeza, otros a través de la alegría y la risa... así está escrito».
—Proverbio árabe.
Siempre me pareció que rezar era algo tonto y sin sentido.
Me quedaba sola, en silencio, abría mi corazón a Dios.
Pedía que papá y mamá volvieran a estar juntos y felices —no ocurrió—.
Pedí que mamá volviera a casa, cuando huyó —no ocurrió—.
Pedí conseguir el trabajo de niñera de los hijos de Ravena y con eso pagar la operación de mi hermana —bueno, digamos que eso más o menos ocurrió.
Siempre pensé que Dios no quería oírme.
Que en mi momento de cerrar los ojos y volcar mi desesperación, no le pareciera lo bastante interesante o estuviera demasiado ocupado para mis problemas.
Youssef, por el contrario, reza con una fe inquebrantable.
Él y Dios son tan íntimos que el simple hecho de que este niño desee algo, ocurre. He acompañado la mayoría de sus oraciones y tengo que admitir que es algo muy bonito de ver.
—¿Cuándo vuelve mi papá? —pregunta cuando termina la Isha , la oración que suele hacer antes de las 20 h para poder ver el álbum de fotos de su madre y juguetear con el móvil.
—Mañana temprano —pienso en voz alta.
En realidad ya tendría que estar en casa, tenía una reunión en Haza Hal y volvería en cuanto terminara, pero eso fue hace horas.
—Vuelvo para contarte un cuento antes de dormir, ¿vale? —digo cuando lo dejo en la habitación.
—¿Dandara?
—¿Sí, Youssef?
—¿Vas a seguir contándome cuentos para dormir cuando seas mamá de otro niño o niña?
—Sí —vuelvo cerca de la cama—. Cuando llegue tu hermano o hermanita, no cambiará nada, además de que tendrás a alguien con quien jugar, hablar y escuchar cuentos antes de dormir contigo.
—Si quiere jugar con mis cosas no me importará, ni voy a llorar —se rasca la cara—. O si quiere mi cuarto... sabes, yo siempre quise una mamá solo para mí...
—Lo sé —cojo el álbum con las fotos de su madre y se lo pongo en el regazo.
—Pero si sigues siendo una mamá para mí cuando seas mamá de otro, no voy a llorar, ¿vale?
—Vale —contengo la risa y le acaricio la cara—. Yo siempre quise una hermana y me sentí la persona más afortunada del mundo cuando nació Janaína. Si el amor fuera una operación matemática, sería la multiplicación —le acaricio el pelo—. Cuanto más recibes, más quieres dar.
—Vale.
—Vuelvo después para contarte un cuento, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
Llamo a Khaled en cuanto llego a nuestra habitación, pero no me contesta.
Apago las luces del cuarto y me acuesto en la cama, paso unos minutos revisando el vídeo de Vanessa en el aeropuerto, intrigada.
¿Qué ocurrió después de eso? ¿Huyó? ¿La capturaron? ¿Dónde está ahora?
Mi mente está tan inquieta que voy a la ventana, observo la noche oscura de luna nueva, los edificios luminosos de la ciudad a unos kilómetros de aquí y el desierto silencioso del lado opuesto.
El viento sopla en mi cara.
Dios, si puedes oírme, por favor, cuida de mi amiga Vanessa. Que esté bien. Y que la encuentre bien, con vida, radiante como siempre fue. Protégela.
Tras una oración sin ningún ritual, solo lanzando mis pensamientos más profundos hacia el desierto, me giro para ir a ducharme, pero un ruido extraño me llama la atención.
Es como si un conejo corriera de un arbusto a otro, es algo rápido y el viento cubre parte del ruido, pero no pasa desapercibido.
Me escondo entre las cortinas oscuras y me quedo inmóvil.
Tarda un poco, pero permanezco ahí hasta ver una sombra, un bulto, un hombre todo vestido de negro de pies a cabeza y con un arma grande en sus manos avanzar hacia otro punto donde pueda esconderse.
Mi corazón se detiene en ese mismo momento, abro mucho los ojos y me encojo entre las cortinas cuando veo tres, seis, nueve, más de una docena de ellos deslizarse y avanzar contra la mansión.
Me agacho y me arrastro para salir de allí y después corro desesperada por la casa.
—Señora, si todo está en orden, ya me voy —Fátima avisa.
—¡No salga! —digo jadeante—. ¡No salga! ¡Entre en un lugar seguro y protéjase! —es todo lo que consigo decir.
Irrumpo en la habitación de mi abuela.
Su semblante tranquilo y feliz contrasta con mi cara de pavor.
—Tenías razón, necesitaba estas vacaciones —respira hondo y acaricia la cama gigante—. Difícil va a ser volver a Brasil después de vivir esta vida de reina...
—Abuela. —Apago las luces. En realidad, por donde pasé fui apagándolo todo—. Coge a Jana y ve al pasadizo secreto de tu vestidor y sigue hasta el jardín de invierno. Cierra todas las puertas por las que pases.
—¿Qué ha pasado, Danda?
—Abuela, unos hombres muy malos están intentando invadir el palacio.
Se levanta y va a buscar a mi hermana, está en el cuarto al final del pasillo.
—No te preocupes, este sitio tiene al menos 20 guardias —intenta calmarme.
Pero yo no consigo calmarme, en realidad estoy desesperada.
Nunca pensé que haría esto, pero entro en el cuarto de Youssef y lo llevo hasta el jardín de invierno por el pasadizo de su habitación.
¿Dejar a un niño con un tigre?
Escapa por completo al sentido común. Pero sé que está más seguro aquí que en cualquier otro sitio.
—¿Está todo bien? —me pregunta con los ojos abiertos como platos.
—Quédate aquí. No salgas de aquí. ¡Prométemelo!
—Sí —sacude la cabeza.
Cuando salgo por la puerta principal del jardín de invierno, los cuatro guardias no entienden nada.
—¡Han invadido la propiedad! ¡Van a entrar en cualquier momento! —aviso.
Debo de parecer una loca, pelo despeinado, ojos abiertos como platos, ni sé qué idioma estoy hablando, por precaución repito en todos los que recuerdo.
Uno de ellos coge la radio y comunica a los otros guardias, uno a uno responden, aparentemente los cuatro que cuidan de los muros no contestan.
No tengo tiempo para más detalles, corro por la casa apagando las luces y cuando estoy a punto de llegar a la escalera para bajar a la puerta de entrada, veo a doña Fátima.
—¡No podéis entrar! —dice con voz de autoridad a los hombres con chaleco antibalas y la cara cubierta con un trapo negro.
La respuesta de uno de ellos es cortarle la garganta y dejarla tumbada en el suelo.
Mis piernas no me obedecen cuando intento volver por el pasillo de donde vine. Me voy bajando lentamente hasta sentir el suelo helado debajo de mí y tampoco parece seguro, parece que se mueve, sacude, se balancea.
Tengo náuseas, siento que voy a vomitar en cualquier momento.
—Venga con nosotros, señora —siento dos manos a cada lado de mis hombros, los guardias me levantan y me llevan a la habitación.
Todavía tengo tiempo de ver un intercambio de disparos entre los hombres que se quedaron para proteger el pasillo y los invasores.
De repente el silencio de la casa se llena de cristales rompiéndose, pequeñas explosiones y disparos. Como no puedo ver qué pasa, no sé qué bando está ganando y cuál perdiendo.
Solo sé que los hombres que vinieron conmigo intentan contactar a toda costa con otros compañeros y el único sonido que sale de sus comunicaciones son disparos y respiración entrecortada.
—No salga de aquí —me encierran dentro de la habitación.
Loca que soy, empiezo a hacer una barricada en la puerta. Arrastro todo lo que puedo para impedir el paso: la cama no va, pero mesitas auxiliares, jarrones, cuadros y cómodas se aglomeran para retardar el paso.
Cierro todas las puertas por las que paso: la del baño inmediato, el baño mayor, la del vestidor amplio que da a todos los pasadizos secretos del palacio.
Intento huir por una de ellas, pero la entrada no cede.
—¡ Mierda!
Y como si lo que estaba mal no pudiera empeorar, Khaled no me contesta. Intento con Raffaello y tampoco lo consigo.
No sé cómo en medio de mi locura me acuerdo de Ravena y la llamo; el marido y ella están alojados en el palacio real del Emir.
—Hola, te iba a invitar a cenar hoy, pero estoy con cólicos —llora al otro lado.
—Ravena —mi voz parece que entra en lugar de salir.
—¿Hola? No te oigo, Dandara.
—Están aquí —sale la poca voz que tengo.
—¿Quién? No te he entendido.
—Han invadido el palacio —aviso.
Por un momento siento un alivio porque ella y su marido no estén aquí. ¡Imagínate a los bebés corriendo este peligro!
—Haakon —dice al otro lado—. Rápido, vamos a casa de Khaled, Dandara dice que están invadiendo...
—¡ No! —imploro—. ¡No vengas! ¡Pide ayuda! ¡Llama a la policía! ¡Yo también voy a llamar! ¡Avisa a los hermanos de Khaled!
—Dandara, escóndete en el...
—Ya estoy en el vestidor —digo desesperada, exhausta de llorar y sentirme descontrolada.
—Quieras o no, vamos para allá —dice decidida—. Nosotros, nuestros hombres, los hermanos de Khaled, todo el mundo.
—Ravena... cuídate —es todo lo que consigo decir cuando derriban la puerta de la habitación.
El ruido es alto y hace un estruendo porque rompen jarrones de porcelana, oigo caer la cómoda, desde aquí tengo una idea de todo este desorden.
No usan los pomos de las puertas. Las patean para avisar de que han entrado, lo hacen con la del baño más próximo a la puerta de entrada.
Intento una vez más ir por el paso secreto. ¡Qué mierda! ¡Lo que más quería ahora era estar cerca del maldito gatito-gatito! Claro que un bicho así no iba a aguantar una lluvia de balas, pero iba a asustar y arrancar unos cuantos brazos antes.
Decido meterme dentro de mi armario, tiene tres capas. La primera es de cristal antibalas, donde están mis joyas. Detrás, la ropa más cara y los zapatos. En la parte en la que estoy...
Empiezan a gritar en árabe. Patean la puerta de entrada del vestidor y empiezan a andar por el sitio, intentan romper los cristales que guardan las coronas, collares, anillos de Khaled, del lado opuesto al mío. Les cuesta, pero lo consiguen tras varios minutos.
Minutos en los que ya me he hecho a la idea de morir.
O peor.
Las mujeres saben que en casos así, la muerte puede ser una esperanza. Porque la humillación, violencia y barbaridad que pueden sufrir es aún peor.
Me encojo en posición fetal, miro todo el espacio vacío y oscuro a mi alrededor, segura de mi muerte.