Capítulo 42 #2
—Si quisiera burlarme de verdad de tu tradición —Ethan empieza a hablar y el proyector se enciende «solo».
Imágenes de Omar desnudo eran lo último que esperaba ver—.
Haría como dicen en Brasil: matar a la serpiente y enseñar el palo.
Yo puedo enseñar el mío, es bien grande, pero si fuera tú no lo enseñaría...
Las fotos van cambiando y es realmente humillante.
—Porque es pequeño, no se puede matar a una serpiente, quizá a una lombriz. ¡O a un gusano!
—Matar no, hacer daño —Raffaello contribuye.
Cuando Omar está a punto de darle un puñetazo al señor Evans, un vídeo se proyecta en la pared.
De las cosas inesperadas del día de hoy, esta era la última que esperaba ver. Reconozco inmediatamente la voz de mi hijo, Youssef. Está en el cuarto de mi padre.
—¿Estás grabando? —mi padre pregunta.
Respiro hondo y me emociono al verlo en una grabación inédita.
—Sí, padre.
—Khaled —mira a la cámara con cierta vergüenza—. Perdóname. Perdóname, hijo, por haber sido débil. Menos mal que tú no lo fuiste. Todos nosotros, todos los de mi generación fueron débiles y sucumbieron al miedo y al temor de hombres que secretamente nos odian y...
Deja de hablar cuando se oye un sonido en la puerta.
—Escóndete —le dice a Youssef—. Ve al pasadizo secreto.
Mi hijo corre detrás de las cortinas, pero sigue grabando, se desliza despacio hasta entrar en el pasadizo secreto del cuarto, su respiración entrecortada es angustiosa de oír.
Mi padre destranca la puerta y es imposible oír lo que Omar le dice cuando entra, porque Youssef respira muy fuerte.
—Después de todo... ¿lo elegiste a él? —Omar grita, descontrolado.
Mi padre intenta explicar con calma alguna cosa y se acuesta en la cama.
Mi hermano anda por el cuarto, irritado. En un súbito acto de locura avanza contra nuestro padre y lo asfixia con la almohada, el viejo intenta luchar, pero rápidamente cede, su cuerpo pierde todos los movimientos.
Omar mira a su alrededor, retira la almohada de encima de nuestro padre y lo sacude de cualquier modo, pero el cuerpo está sin vida. Rápidamente sale del cuarto llamando a los guardias.
— Papá —Youssef llora mientras se arrastra por el pasadizo secreto, sin poder respirar—. Papá —me llama—. Socorro, papá.
—Una tradición curiosa —observa Ethan—. Que mata progenitores y conspira por el poder —sonríe a los viejos.
Omar cambia la ruta. Estaba a punto de darle un golpe al americano, pero ahora busca la salida más cercana.
— ¡Conspirador! —Zahir Al Abdullah grita y le apunta con el dedo.
— ¡Conspirador! —Faruk Al Yasin grita a continuación.
Me quedo paralizado. Es demasiado para mí ver cómo murió mi padre y la desesperación de mi hijo. Entonces fue por eso por lo que estaba aterrorizado cuando llegué de Brasil y me entregó su móvil...
Se lo entregué a Raffaello para que se lo devolviera al niño y él nunca tocó el tema. Creo que quedó tan traumatizado que ni siquiera podía hablar de ello.
Para sorpresa de nadie, es Raffaello quien corre y derriba a Omar cuando intenta salir. Y lo trae, arrastrándole la cara contra el suelo, de vuelta a la sala.
—Así que este es el nuevo gobierno de los Emiratos —observo al Emir Al Bawari y al honorable presidente Al Khalifa—. Conspirador y que mata a sus propios hermanos. ¿Por qué?
—¡Yo tengo la respuesta! ¡Yo tengo la respuesta! —Ethan levanta la mano—. ¡Pregúntame!
—No conseguiste casarme con alguien de tu familia —observo al viejo Al Bawari—. No tomasteis el poder de la capital de los Emiratos. Pero ya teníais un plan, armasteis grupos terroristas para matar a quien se opusiera a este nuevo gobierno.
—Y traficaban con mujeres —Jacob puntualiza.
Miro a todos en la sala, pero a Mustafá en especial. Para que vea lo que realmente estaba pasando bajo sus narices. No tiene valor para mirar a su padre a la cara.
—La reunión queda suspendida —el presidente de los Emiratos dice y rápidamente sale.
Los Emires que lo apoyaron se levantan, avergonzados. Al Bawari, cobarde como es, una auténtica rata, sale a hurtadillas. No dudo de que se irá directo a su palacio, se encerrará y construirá barricadas para que nadie entre.
—Chaval —dice Ethan impresionado—. Soy un vidente muy bueno.
—A veces me pregunto si estás loco —tengo que decirlo.
—Loco está quien no me pague mis 500 dólares.
*
Antes de irme de Haza Hal, tengo una última cosa que hacer.
Raffaello me acompaña, aunque insistí en que no era necesario.
Me hierve la sangre, alguien tiene que pagar por toda esta mierda y no me vería problema en acabar con la vida de cada conspirador con mis propias manos, pero él me ayuda.
Entramos en el palacio de Mohammed Al Khalifa por la puerta principal. Tenemos que derribar y acabar con algunos hombres fuertemente armados por el camino, pero eso no es suficiente para detenerme.
Entro en el cuarto del presidente, que está delante del gran ventanal, observando su ciudad luminosa, los edificios esconden el desierto justo detrás.
—Sabía que vendrías. —Vuelve la cara hacia un lado—. Sabía que este sería mi fin, después de conspirar contra mi mejor amigo, Rashid.
—No, este no es tu fin —garantizo.
Lo que he planeado para este hombre está a la altura de todo lo que ha hecho.
—Solo dime, tío Mohammed, ¿por qué?
El hombre coge la botella de whisky y se la lleva a la boca, da un trago generoso.
—Tu madre lo descubrió todo. Lo sabía todo. ¿Cómo no iba a saberlo? —esboza una sonrisa amarga—. La única posibilidad de librarnos de las consecuencias era acabar con ella, matarla. Pero Rashid no lo permitiría...
El hombre parece sorprendido cuando otros tres hombres entran en el cuarto, todos vendados y debidamente atados.
—¿Mis hijos? —Espía.
Enciendo la luz para que compruebe quiénes son, parece aliviado.
—No le hagas daño a Mustafá, es todo lo que pido —respira hondo—. Me da vergüenza pensar en lo que mi hijo va a opinar de todo esto.
—¿Por qué fueron tan cobardes? —pregunto. Necesito saberlo.
—No lo entenderías... o lo vas a entender —se lleva el gollete a la boca—. Ah, lo vas a entender, vaya que sí.
Si lo que quiere es asustarme, tiene que saber que está lejos de conseguirlo.
—Hay un motivo por el que aquella Elizabeth Boccutti se llevó secretos a la tumba, y tu madre no te reveló quién está detrás de esto.
—Pues dímelo —ladeo la cabeza.
—Los Boccutti —sonríe—. Son peligrosos. Y nadie va a detenerlos mientras intentan ser la familia más poderosa del mundo.
El hecho de que los Boccutti sean la sexta familia más poderosa y la mía la séptima ya no parece una tontería ahora. Algunas cosas cobran sentido.
—El padre de tu madre era un Boccutti también, ¿lo sabías? —Bebe—. Fue él quien pidió que la matáramos.
—Por lo visto estáis acostumbrados a este hábito interesante de padre matar hijo e hijo matar padre —observo.
—El poder nos obliga a cosas terribles —Al Khalifa bebe más—. Estoy listo.
—¿ Listo? —Arqueo la ceja.
—Para morir. ¿No fue por eso por lo que viniste aquí? —Espía a los hombres detrás de mí—. ¿No fue por eso por lo que trajiste a los Emires Hassan Al Zarah y Rafiq Al Najibah?
Ver a sus colegas conspiradores le hizo parecer al padre de Mustafá que vine a ejecutarlos.
Al contrario.
Más que nunca los necesito vivos.
—Raffaello, trae a nuestro último invitado —le pido que vaya a buscar al hombre.
El falso Ethan Evans, al que pedí que llevaran a sus aposentos el día de la muerte de mi padre. Mis hermanos drogaron al impostor y lo mantuvieron prisionero hasta este momento.
—¿Qué es esto? —Mohammed me mira, sin entender nada.
—Esto soy yo arreglando las mierdas que vosotros no cortasteis de raíz.