Capítulo 43 #2
Tardan cinco minutos en romper los cristales que preceden el paso del medio. Disparan tantas veces que doy saltitos, incluso sentada, cada vez que las balas alcanzan el cristal, que solo cede cuando usan violencia bruta.
Es ahora. Es el fin. Se acabó para mí.
Me arrastro cada vez más al fondo y casi grito cuando siento un material gélido en mi hombro. Me giro de golpe y le impido caer.
A mi alrededor, pequeños tubos de recarga de aceite inflamable.
Cuando miro mi lanzallamas, o mejor dicho, encendedor de fogón, regalado por Raffaello con motivo de mi boda con Khaled, parece que el arma también me mira.
La guardé aquí, escondida de todo, segura de que nunca necesitaría sacarla de este sitio.
Y ahora solo somos ella y yo.
Enciendo el móvil para examinar el objeto, es grande y resistente, pesado, pero soporto el peso. Tiene una inscripción: R3NT-4.
—Te voy a llamar Renata —digo sintiéndome idiota.
Parezco una niña que le pone nombre a cada objeto que tiene. Pero en mis últimos momentos, creo que vale la pena ponerle un nombre al lanzallamas.
Nuevas palabras en árabe. Oigo muchos pasos en el armario, arrancan mis vestidos, patean los zapatos, hacen un verdadero desorden hasta abrir la puerta final, donde estoy.
Respiro hondo. Mi dedo encuentra el gatillo.
—Hola, chicos —digo en árabe, para sorpresa de ellos.
Aprieto.
No pasa nada.
¿Dónde está el fuego? ¿Dónde está el infierno? ¿Dónde está esa sensación térmica agradable de máquina de pollo asado en día de domingo?
Se quedan atónitos, mirándome, se ríen.
Qué imbécil. Olvidé liberar el aceite en la válvula.
—Adiós, chicos —digo en árabe.
La llama es tan intensa, grande y avasalladora que empuja a cinco hombres hacia atrás, salen descoordinados, desesperados, se tiran al suelo y empiezan a arrastrarse.
Estoy impresionada. Soy buena hablando en árabe.
Salgo corriendo, o mejor dicho, andando deprisa, porque con un arma así y dos recargas en la cintura es bastante difícil correr.
A cada puerta que paso con cuidado, primero escucho si hay alguien en el recinto. Cuando lo hay, espero a que se acerquen y después aparezco con una ráfaga de fuego.
No hay chaleco antibalas que soporte el calor. La sensación no es de pinchito griego, es de incendio en edificio sin más. Y yo dejo el dedo en el gatillo hasta que la persona deja de gritar.
Los gritos atraen a nuevos hombres. Y el olor de carne quemada en el fuego se extiende a cada nuevo encuentro.
De lejos observo a los guardias deteniendo nuevos avances por el pasillo, sigo por el camino más seguro e intento mantener la cabeza en su sitio cuando veo cuerpos esparcidos por el suelo: varios ayudantes del palacio, soldados de ambos lados... ¡el recuerdo de doña Fátima, pobre!
—¡Tienes que ir al jardín de invierno! —Aviso al hermano de Khaled cuando lo encuentro dentro de la biblioteca.
El simple hecho de estar con un arma que prende fuego en una biblioteca me revuelve el estómago.
Rashid, el hermano mayor de mi marido, no cambia la expresión de su cara. La silla de ruedas motorizada pasa a mi lado, pero no parece lo bastante rápida, así que tiro el arma en su regazo y la empujo con todas mis fuerzas.
Por desgracia no podemos ir por un pasadizo secreto, en realidad eso pondría a Rashid aún más en peligro, así que vamos avanzando poco a poco y con cuidado para que no nos pillen.
—¡Estamos casi allí! —Suspiro cuando llegamos al pasillo.
Las voces de delante no son de los hombres que guardan el pasadizo, en realidad se parecen bastante a las de los que invadieron mi habitación. Intentan forzar el paso, pero no lo consiguen.
—¡Rashid! —Detengo su silla cuando el motor vuelve a funcionar y se lanza hacia delante.
—Dile... a Khaled... que lo quiero —las palabras salen con dificultad, pero el hombre sonríe, indica con la cabeza para que coja mi arma de su regazo.
—Podemos escondernos, ir a otro sitio, dar la vuelta... —explico.
—No... retrasar...
Los ruidos de cristales estallando detrás de nosotros se vuelven más intensos, se están acercando a donde estamos.
La verdad es que nos hemos quedado rodeados.
—Tú... reina... actúa como... reina —son las últimas palabras de Rashid para mí.
—¿ Qué es esto? —Los hombres preparan las armas cuando ven aparecer la silla de ruedas por el pasillo.
Se acercan con pasos largos.
—¿Quién es este? —preguntan.
—El hermano mayor —otro responde.
Cierro los ojos cuando oigo los disparos y me guardo el llanto para otro momento. Preparo el arma y aparezco en el pasillo para quemar hasta el alma de estos imbéciles, todavía hacen algunos disparos, pero todos alcanzan la silla de ruedas.
—Rashid —le toco la cara, su semblante no parece diferente al de antes. Está muy sereno, pero con los ojos fijos en mí.
— Reina —me recuerda.
Esas son, de hecho, sus últimas palabras.
Empujo su silla de ruedas hasta la entrada del jardín de invierno y abro la puerta sin dificultades. Hay una forma específica de abrir el paso y no es ni tirando ni empujando la puerta, es como separar dos cortinas. Y los imbéciles trogloditas no lo intentaron, gracias a Dios.
—¡Dandara! —Mi abuela grita desesperada cuando me ve pasar por la puerta.
Está armada con... un trozo de rama de árbol.
—¡Abuela! —digo desesperada—. ¡Ayúdame!
Juntas conseguimos meter la silla de ruedas de Rashid dentro del lugar y cerramos el paso.
Querría tener tiempo para sentarme en el suelo, llorar, gritar... pero no puedo. No quiero.
—¿Están todos bien? ¿Dónde están los niños?
—Ahí atrás. —Indica con el dedo hacia dentro de la selva. —Oí el ruido y vine aquí a proteger.
Proteger. Con un maldito trozo de rama de árbol. ¿Está loca o qué?
Pero en la rápida y sencilla mirada que intercambiamos, me doy cuenta de que se sacrificaría por los niños. Probablemente diría que solo ella estaba allí o ganaría tiempo para que los niños volvieran por el paso secreto.
—Abuela, perdona. —La abrazo con todas las fuerzas que me quedan.
—¿Por qué? —Me acaricia la espalda.
—No querías venir y yo... —rompo a llorar.
—Niña tonta —se ríe y sigue intentando calmarme—. Yo quise venir. No tienes la culpa.
No tengo nada más que decir, solo llorar.
Escuchamos disparos y más disparos fuera. Parece haber una matanza en el pasillo.
—Ve a esconderte con ellos. —Abuela me indica que entre en la espesura.
—No voy a dejarte. —La abrazo con aún más fuerza. Ni sabía que aún me quedaba toda esta energía—. ¡No voy a dejar que te entregues!
—Yo ya he vivido, niña mía —sonríe tranquila y me acaricia la cara—.
La mejor vida que pude vivir. Amé al hombre más guapo de todo este mundo que solo conocí porque me fui a Londres —suspira, emocionada por el recuerdo, no hay ni rastro de miedo en sus ojos—.
Tuve a los mejores hijos del mundo. Nietos increíbles y talentosos, como tú.
—Apoya la frente en la mía—. Y tuve el honor de conocer este lugar tan lindo...
—¡ Abuela! —Insisto, porque no voy a dejarla quedarse aquí delante sola.
—Le pasé la mano por la cabeza a un tigre. —Abre mucho los ojos—. Y no tuve miedo. Es tu turno de vivir y tener las mejores historias.
—Tú también tienes mucho que vivir —mis palabras se pierden cuando se abre la puerta.
Quien entra no es un hombre, soldado de ningún bando, sino una mujer.
Faridah era la última persona a la que querría ver en este momento. Y encima con una pistola en la mano.
¿Por qué no me ocupé de ella antes? ¿Por qué no acabé con esta mujer cuando tuve la oportunidad? Solo sentía que Khaled no confiaría en mí. Que necesitaría pruebas consistentes, jamás forzaría a Youssef a asumir o decir cualquier cosa, solo con tocar el tema parecía sufrir todo de nuevo.
—Mi joven, tú... —Abuela empieza a hablar, pero no termina.
Recibe un disparo en el pecho y retrocede un poco, la sujeto entre mis brazos y la ayudo a tumbarse en el suelo.
—¡ Abuela! —digo desesperada, intento detener la sangre que sale por todas partes, sin importarme tener una pistola apuntándome.
Faridah intenta disparar una, dos, tres veces más, pero no sale ninguna bala. Tira el objeto a un lado, descartándolo.
—¡Abuela! —Jana viene corriendo, Youssef también.
—¡Niños! ¡Escondeos! —Pido, pero no me escuchan—. Apretad aquí, no dejéis salir la sangre —digo en automático, mi cabeza ni puede pensar.
Me levanto, Faridah me está esperando.
—Nunca deberías haber salido de tu tierra —dice en un inglés tan impecable que me sorprende.
—¿Por qué? —Tengo que saberlo.