Capítulo 40
Jeque Khaled
A la Orilla del Río
«Hay cuatro cosas que nunca vuelven: una bala disparada, una palabra pronunciada, un tiempo pasado y una oportunidad perdid a».
—Proverbio árabe.
Los tres hombres se quedan en silencio y yo me siento en el sillón acolchado tras la mesa.
—Bueno, ahora que el Emir ha fallecido y debe elegirse uno nuevo... —el señor Evans empieza así.
—¿Está usted perdido, señor Evans? —Esbozo la mejor de mis sonrisas, aunque un ciego no sea capaz de verla—. Esto no es Estados Unidos. Es un Emirato, no una democracia.
Lo veo ajustarse las gafas y tragar saliva, prepara lo que parece ser un excelente discurso, cuando Samir Al Bawari lo interrumpe:
—Lo que el director de la CIA seguramente quiere decir es...
—Ah, ahora, además de ciego, es analfabeto —concluyo—. ¿O tiene alguna dificultad cognitiva que le obligue a necesitar un intérprete? Y encima uno tan malo.
Al Bawari aprieta los labios y asiente, baja la cabeza. Yo también asiento y espero a que Omar se pronuncie.
—Bueno... —suspira, mira a los dos hombres con cierta sorpresa—. Tú y nuestro padre tuvisteis vuestras diferencias, Khaled.
—Sí.
—Él intentó preparar a un hombre fiel a la tradición, que respetara sus órdenes y estuviera listo para dar continuidad al poderío de la familia.
—Sí. —Envío algunos mensajes por el móvil y después lo dejo descansando en la mesa.
—Quizá la familia deba votar quién debe ser su cabeza. —Ahí es adonde Omar quiere llegar.
—Te llenas la boca hablando de tradición en un segundo y al siguiente quieres romperla, ¿Omar Bin Rashid Al Makariam? —Le recuerdo de quién es hijo y a qué clan pertenece.
—Lo que tu hermano... —el americano vuelve a hablar.
Uno quiere explicar lo que el otro quiere decir.
No.
Soy yo quien va a explicar lo que yo quiero decir, así que me levanto y me ajusto las vestiduras blancas. Voy hasta el rubio americano, vestido con ropa de mafia y sombrero Fedora. Le tiro de la corbata fuera del traje, casi se la arranco, y lo estrangulo hasta que se debate sin parar.
— No luches —murmuro en su oído, intenta zafarse, se pone morado como una berenjena. Cuando por fin deja de moverse, lo suelto y lo empujo al suelo.
—¡ Khaled! —Omar se levanta asustado.
—Ningún americano va a opinar sobre la soberanía de mi país. —Le doy una patada en la espalda y luego en el pecho; en este momento mis hermanos abren la puerta.
—¿Nos has llamado? —Malik pregunta, veo a Hamzah y a otros tres.
—El invitado está cansado. Llevadlo al cuarto en el que se hospeda, los demás entrad.
Así se hace.
Voy hasta la pared, saco la cimitarra afilada y la hago cortar el aire hasta clavarla en la mesa. Omar cae hacia atrás de donde está, estoy seguro de que el que se ha meado ha sido Samir Al Bawari.
—Voy a hablar y no necesito intérprete —dejo claro—. ¿Hamzah?
—¿Sí, hermano?
—¿Quién te confió el cargo que ocupas hoy como CEO de Emirate Airlines ?
—Tú, hermano.
—Malik —me vuelvo hacia el otro—. ¿Quién te dio autoridad para ser CEO de Emirate Oil?
—¿Tú, hermano?
Arranco la cimitarra con toda mi fuerza y la hago girar en el aire hasta detenerla en el cuello de Omar.
—Soy vuestro hermano. Y voy a proteger a esta familia. —Ahora apunto la hoja al Emir de Ras Al Bawari—. De quien sea que conspire contra ella. Le juré a nuestro padre que cuidaría de todo y eso es lo que haré.
—¿Cuidaste de todo pasando casi un mes en Brasil?
—Se divierte—. ¿Ni siquiera oíste las últimas palabras de nuestro padre?
—Muestra su valentía al levantarse y mirarme—.
Yo escuché las últimas palabras de padre y dijo que ya no tenías autoridad.
Rompiste la tradición, te casaste con una mujer que él no quería. Ya no eres el heredero.
Mis otros hermanos se miran.
—Puede que no lo aceptes ahora, Khaled, por el luto. Yo también estoy de luto y lo respeto.
—¿Lo respetas?
—Respeto. Pero ya no eres el heredero, fueron las palabras de papá y puedo demostrarlo.
—¿Puedes demostrarlo? —Hamzah da un paso adelante y le impido avanzar contra Omar.
—Tengo una carta escrita a mano por papá y con el sello real.
Miro el despacho desordenado, todo fuera de sitio. El cofre donde están los sellos reales no está aquí, me doy cuenta, porque siempre estaba en un lugar destacado en la estantería, dentro de una caja dorada.
—Presenta el documento —lo desafío.
—Lo presentaré. Voy a reunir a todos los demás Emires y vamos a discutir quién es el nuevo gobernante de Awmaj, el cabeza de la familia, el futuro presidente. —Frunce el ceño—. ¿Estás sorprendido, Khaled? ¿Pensaste que te desviarías del camino correcto y vencerías?
—No, Omar, no estoy sorprendido. —Bajo la cimitarra y se la entrego a Malik—. Solo se sorprende quien espera algo, y de ti nunca esperé grandes cosas.
—¡Pues seré grande! ¡Más grande que tú! —Me apunta con el dedo.
Malik es quien le dirige la hoja afilada, obligándole a dar un paso atrás.
—Convoca la reunión con los Emires y presenta tu prueba. Hasta entonces, seguimos como nuestro padre nos instruyó. —Mira a Hamzah y a nuestros otros hermanos, que asienten.
—En cada declaración pública y privada papá siempre dijo que Khaled Zayn Bin Rashid Al Makariam era su heredero, y así será, hasta que se presente otra prueba —Hamzah decreta.
—¡Insensatos! ¡Soy vuestro hermano mayor! ¡Soy el primer hijo de mi padre! —Omar ruge.
—Primer hijo de la segunda mujer —Malik lo pone en su sitio—. Nunca fuiste el preferido, en realidad, papá sentía asco de ti por ser un aprovechado y un cobarde.
—Khaled siempre fue el favorito de papá. El segundo hijo de la primera esposa. Lo sabes, Omar. Me da pena ver tu actitud cuestionando la autoridad de nuestro padre —Hamzah me pide con la mirada que haga algo.
—Salid de aquí y solo volved con vuestras pruebas —les indico la salida.
El Al Bawari sale a hurtadillas, incluso se agacha para que nadie lo vea.
—No me iré. Esta es mi casa, y...
—¡Fuera! —Ordeno y cojo la cimitarra.
El otro sale más rápido que el mayor.