101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

Jeque Khaled

La Decantación de los Cuerpos

«No eres lo que alcanzas. Eres lo que has superado».

—Proverbio árabe.

En cuanto el avión aterriza en Awmaj, me dirijo al palacio del Emir.

Le pido a Dandara que lleve a su abuela y a su hermana a casa, donde pueden descansar y estar tranquilas, pero mi mujer insiste en acompañarme, así que vamos todos juntos.

En la entrada del palacio me encuentro con Hamzah, mi medio hermano, primogénito de la tercera esposa de mi padre. Va todo vestido de blanco, del pañuelo de su cabeza a su túnica, igual que yo y todos los demás parientes y personas del palacio.

—¿Tuvisteis buen viaje, hermano? —Me abraza.

—Sí. ¿Dónde está padre?

—En el segundo baño, empezaron los procedimientos sin ti. —Se mueve a un lado y me muestra a Youssef, que estaba escondido detrás de él, encogido.

Sabía que Samira estaría concentrada en algunos pormenores del funeral y que mi madre estaría entre bambalinas en este momento, así que pedí a mi hermano, en quien confío mi vida, que cuidara de mi hijo.

—Hola, hijo mío, está todo bien —lo abrazo y le paso las manos por la espalda cuando empieza a llorar—. Está todo bien, no sufras, porque si no, el abuelo también sufre, ¿recuerdas?

En nuestra religión la muerte es un proceso natural y que tiene que encararse con sobriedad. Es nítido que tanto Hamzah como yo estamos abatidos, igual que mis otros hermanos, pero probablemente nadie va a llorar, y si lo hace, será a escondidas.

—Ahora es momento de acordarse del abuelo, de lo bueno que fue y de las cosas buenas que hizo —le beso la frente.

Youssef no consigue soltarme, se queda aferrado a mi cuello, así que me levanto con él pegado a mí.

—Voy a darle el último baño a nuestro padre y a terminar de prepararlo. ¿Están todos aquí?

—Faltan Malik, Yasin, Mariah y... —se humedece los labios—. ¿Rashid viene?

Mi hermano mayor nunca más participó en nada de la familia. Vivía recluido en mi casa, por voluntad propia, y yo lo respetaba. Para toda la familia era como si ya estuviera muerto.

Mi hermano mayor nunca más participó en nada de la familia. Vivía recluso en mi casa, por voluntad propia, y yo lo respetaba. Para toda la familia era como si ya estuviera muerto.

—Voy a consultarlo —acomodo a Youssef en mis brazos—. Pesas, ¿qué has estado comiendo?

No dice nada, se remueve encima de mí y mira cada rincón mientras camino; en cierto momento coge el móvil y enciende la pantalla, guarda el aparato en mi bolsillo.

Intento recordar la última vez que mi hijo presenció un ritual o tuvo contacto con la muerte... nunca lo tuvo. Debe de estar en shock por eso, pero entenderá que es un proceso tranquilo.

—Youssef, ¿quieres venir conmigo? —Dandara intenta salvarme—. Vamos a comer algo, después vas a jugar con Jana.

Se resiste incluso a ir con Dandara, persona a la que tanto quiere.

—Ah, has llegado —Omar aparece por el pasillo—. Intenté retrasarlo lo más que pude, pero el funeral tiene que ocurrir, ya sabes, tradición es tradición.

—Sí —lo saludo con detenimiento—. ¿Cómo estás?

—Bien, dentro de lo posible. —Veo por sus ojos lo inquieto que está—. ¡Hola, Youssef!

Mi hijo sacude la mano en el aire como despedida y se va con Dandara y las otras dos mujeres. Omar se queda en silencio hasta su salida definitiva.

—¿Trajiste a su familia al entierro de nuestro padre?

—Ese no era el plan original, solo supe de la muerte cuando ya estábamos en el avión.

Omar y yo intercambiamos pocas palabras, voy directamente adonde están preparando el cuerpo del Emir; cuando llego, el segundo baño está terminando.

Cuando llego al espacio en el que están preparando a mi padre, todos se quedan callados y me observan. Me acerco despacio y observo el rostro de mi padre; aun con un aire sereno, sigue duro, ceñudo.

—¿Tenías que irte cuando yo estaba fuera? ¿No podías esperar al menos a un reencuentro y a un adiós de verdad? —Cubro el cuerpo de mi padre tras el último baño, me ayudan mis hermanos.

Colocamos al Emir en una camilla de madera y lo llevamos hasta el salón de entrada del palacio, donde toda la familia está reunida.

El fallecimiento del Emir no es solo una muerte como otra cualquiera. Hemos perdido a nuestro líder, el cabeza de la familia, del gobierno, a nuestro padre. Que controlaba todo con sus manos de hierro y decidía el destino de cada uno que tenía su sangre.

—Tenemos que llevarlo a la mezquita —dice Omar y llama a los hermanos para cargar el cuerpo.

Todos permanecen inmóviles.

Hay un dicho antiguo, europeo, que dice: rey muerto, rey puesto.

Cuando un rey muere, otro asume el control de inmediato.

Y es solo al rey a quien todos obedecen.

—El rey Haakon acaba de llamarme, dijo que no consiguió contactar con usted. Él y su esposa acaban de llegar, vienen de camino —Nasser, mi hermano, dice.

—Malik y Mariah aún no han llegado, nuestro padre querría que toda la familia estuviera reunida —me informa Hamzah.

—El gobierno de los Estados Unidos dijo que va a enviar a un representante, si podemos esperar un poquito más... —Samira empieza.

—Vamos a seguir la tradición —Omar la interrumpe—. ¡El funeral tiene que ser rápido y discreto! ¡El lugar donde nuestro padre va a ser enterrado ya está abierto, el Imam está esperando!

Me doy cuenta de que todos están un poco incómodos. Supongo que Omar tomó las riendas de las cosas en mi ausencia, pero ahora que he llegado, nadie tiene por qué obedecerle.

Eso lo pone furioso.

—Vamos a esperar a Malik y Mariah, solo —le hago un gesto a Hamzah—.

Si el rey del Septentrión llega a tiempo, viene con nosotros; si no, espera nuestro regreso —se lo indico a Nasser—.

Cualquier gobierno puede mostrar su respeto después, no vamos a esperar ni un minuto más allá de la llegada de nuestros hermanos —le informo a Samira.

Aunque sean contrariados, mis hermanos asienten a mis decisiones.

—Estaré en el gabinete real, llamadme solo cuando lleguen nuestros hermanos —dicho esto, salgo.

El despacho es un verdadero desorden, todo revuelto, papeles fuera de sitio, libros de cualquier manera. Observo el cuadro de mi padre en la pared y cierro los ojos para rezar un instante.

—Listo, ahora estoy debidamente vestido —Raffaello entra, va todo de blanco, la cabeza cubierta, túnica impecable.

—Gracias —admiro su respeto.

—¿Listo para ser el nuevo «mano de hierro»? —Mi amigo se divierte, pero mantiene una mirada respetuosa y preocupada conmigo—. Controlar a esta familia no va a ser fácil, ¿eh? Vas a tener que usar látigo, esposas, cuerda de alpinista...

—¡Para de hacer el payaso! —Interrumpo su gracia cuando empiezo a reír—. Es mucha responsabilidad.

—Que ya tenías en tus manos desde hace años. Ya eras el Emir.

Asiento en silencio, observo el cuadro detrás del sillón, en el que mi padre y yo estamos juntos. Desde que alcancé la mayoría de edad, mi rostro estaba estampado en los diversos edificios públicos del gobierno.

Empecé desde abajo, asumí la empresa de aviación de la familia y expandí el negocio, después me hice responsable de la empresa de petróleo y el negocio despegó.

Acumulé muchas atribuciones, después de la muerte de Sara necesité ocuparme para no vivir mi dolor y dediqué cada día, hora y segundo de mi vida a esta familia, al gobierno y a nuestro pueblo.

Si no me hubiera convertido en Ministro de Defensa de los Emiratos —mientras resolvía las cuestiones como gobernante de Awmaj y «presidente» de los Emiratos, ya que mi padre no tenía más fuerzas para gobernar—, quizá no habría impedido el golpe de Estado que intentaron dar en el Septentrión.

—¿Te vas a mudar aquí? —Raffaello me pregunta.

—No. Dandara se siente mejor en el otro palacio...

—La Reina Dandara —me corrige.

Esbozo una sonrisa de medio lado. Hace un tiempo era yo el que lo corregía cuando dijo por primera vez: mi mujer.

—La Reina Dandara —concuerdo—. Y el Jeque Youssef, el príncipe heredero del trono de Awmaj —es raro decirlo—. Y el futuro Jeque o Jequesa dentro del vientre de la Reina.

—Mira qué bonito te queda sonreír —Raffaello me sujeta los hombros—. Vas a ser un buen gobernante, hermano. Estás listo.

—Que sea como Alá quiera. —Cierro los ojos.

—Señor —Hamzah entra tras llamar a la puerta—. Mariah acaba de llegar, Malik llegó un minuto después de que usted subiera.

—Vale. ¿Hamzah?

—¿Sí, señor?

—Soy tu hermano, siempre me has llamado Zayn, eso no necesita cambiar.

—Sí, Zayn —asiente.

Hamzah es tan responsable como yo. Lo entrené para sustituirme en la dirección de la empresa de aviación y mantuvo el negocio funcionando. A Malik lo elegí para ocuparse de la empresa de petróleo, tan responsable como yo, solo está retrasado porque volvía del Reino Unido.

—¿Puedes cuidar a mi mujer? —sujeto el hombro de Raffaello—. Confío en tus hombres, pero quiero que tú personalmente garantices su seguridad.

—¿Y quién garantiza tu seguridad?

—Ella, mi heredero y mi futuro hijo son la prioridad, no yo.

—Vale... —suspira y niega con la cabeza.

—No puedes desobedecer a una orden de tu Emir —dejo claro.

—Sí, majestad —Raffaello lo dice serio y sale del gabinete.

Hamzah y yo regresamos al atrio del palacio; junto con mis otros hermanos cargamos el cuerpo de nuestro padre hasta el coche que nos espera fuera, vamos directos a la mezquita.

No me di cuenta de que las calles estaban tan llenas cuando llegué del aeropuerto. La policía tiene que ir delante y abrir camino para que podamos pasar y llegar a nuestra primera parada.

Incluso con una multitud en la calle, hay un silencio respetuoso cuando mis hermanos y yo bajamos del coche y llevamos el cuerpo de nuestro padre hasta el interior de la mezquita; los Emires de las ciudades vecinas y sus herederos se hacen presentes, están todos de blanco, salvo el pañuelo de sus cabezas.

El ritual es sencillo y rápido.

Primero nos saludamos e intercambiamos buenas palabras, después el Imam dirige la oración, primero a Alá, después al Profeta, luego a los muertos y, por fin, por el Emir.