Capítulo 38
Jeque Khaled
La Danza de la Entropía
«Cada enfermedad tiene un remedio, salvo la muerte».
—Proverbio árabe.
Al día siguiente me desperté con una noticia nada agradable: me informaron que el cuadro médico de mi padre había empeorado considerablemente. Después de la oración de la mañana le pedí a Youssef que preparara sus cosas para regresar a nuestra tierra de inmediato.
Cuando estaba haciendo mis cosas, oí a Dandara gritar y eso me congeló el alma.
Corrí por toda la casa buscándola hasta encontrarla en el cuarto de su abuela.
—¡Ella no está bien! Pasó algo, no sabe qué pasó —dice preocupada y eso me deja aún más tenso.
Dalva Bernardes estaba pálida, sin fuerzas; incluso sentada en la cama parecía que no podía sostener el peso del propio cuerpo.
—¿Qué pasó? —Primero compruebo si mi mujer está bien, ella asiente con la cabeza, aunque está desnortada.
—No lo sé... —la mujer mayor suspira sin fuerzas—. Estaba ordenando los cajones del armario y...
— Papá —Youssef aparece en la puerta con su maleta y Dandara mira la situación, confundida.
—Mi padre pidió que regresáramos, su estado no es bueno. —Le acaricio la cara—. Prepárate para viajar.
—Pero no puedo dejar a mi abuela...
—No pasa nada, llevamos a tu abuela al hospital. —Voy hacia el armario y saco los cajones, tiro la ropa al suelo.
No sé si fue al tercer intento o si estaba encubierto por la ropa, un escorpión negro salió de debajo de las prendas e intentó huir, lo pisoteé lo más rápido que pude.
—Picadura de escorpión, vamos al hospital ahora. —Indico con la mano que Dandara llame a emergencias lo antes posible.
—Hay un hospital en el paseo marítimo, pero es muy caro. —Le tiemblan las manos mientras maneja el móvil.
—No importa, ¡llama ahora! —Indico—. Señora Bernardes, túmbese. Voy a cogerla en brazos y voy a bajarla hasta la planta baja, ¿vale?
La mujer apenas tiene fuerzas para asentir, así que la cojo en brazos y paso por la puerta, yendo hacia la salida. Dandara, Youssef y Janaína me siguen aprensivos.
—Vienen de camino —avisa Dandara en cuanto llegamos abajo, donde mi madre y Raffaello están charlando y comiendo en la cantina.
—¿Qué pasó? —Mi amigo se inquieta al ver la situación.
—¿Has visto a alguien entrar en la casa hoy o de madrugada? —Mantengo la voz tranquila, pero mi mirada muestra lo grave del asunto.
—Llevo desde temprano aquí abajo, no he visto a nadie —garantiza—. ¿Recibiste el mensaje de tu padre?
—Sí, ya estábamos listos para irnos.
—El avión está listo —Raffaello informa.
La ambulancia llega unos minutos después y, con todo el cuidado del mundo, ayudo a los paramédicos a colocar a la abuela de Dandara en la camilla; aun desesperada, explica que fue una picadura de escorpión, pero queda claro por la mirada que intercambian los hombres que aquello no podía ser solo eso.
A no ser que la señora Bernardes ya tuviera la salud muy debilitada.
—Mándame la dirección, voy a tu encuentro en unos minutos —ayudo a Dandara a subir al coche, también a su hermana.
—¿Está todo bien? —Me pregunta asustada.
—Sí. Preocúpate solo por tu abuela ahora; dentro de un momento estaremos juntos otra vez.
Asiente y los paramédicos cierran la puerta, la ambulancia sale lo más rápido que puede.
—Haz una búsqueda minuciosa por la casa, mira a ver si hay alguna otra cosa o bicho ahí dentro —le digo a Raffaello, que enseguida sube—. ¿Estás bien? —Sujeto a Youssef por las mejillas—. ¿Sientes algo? ¿Viste algo raro?
—No, papá —dice inquieto, los ojos muy abiertos.
—Vale. Vas a regresar ahora mismo a Awmaj con la abuela, ¿de acuerdo? —Miro a mi madre con seriedad.
—Papá, quiero quedarme contigo. —Me sujeta la mano.
—Hijo mío. —Me agacho para ponerme a su altura visual, le aliso el pelo con lentitud—. El abuelo no está bien y nos necesita. Tú vas delante para representar a papá; en seguida voy yo, ¿vale?
Baja la cara y pone un mohín, acaba aceptando, aunque a regañadientes.
—Yo voy a llegar un poco después de ti. Quédate con el abuelo y cuida de él por mí, ¿vale?
—Sí, papá.
—Puedes llamarme, mandarme mensajes o grabar vídeo si lo necesitas, ¿vale? —Le beso la frente—. Vamos a estar juntos pronto, lo prometo. Obedece a la abuela y cuida del abuelo.
No dice nada, solo me abraza y yo le devuelvo el gesto. Es largo y no sé si es Youssef quien tarda en soltarme o si soy yo el que no quiere permitir que se vaya.
—La abuela de tu mujer y ahora tu padre. —Mi madre arquea la ceja, extiende la mano para que Youssef la sujete—. Cuánta coincidencia.
—¿Es así como lo llamamos ahora? —digo serio.
—Cuídate, hijo. —Me sujeta los laterales del rostro y me besa la frente—. ¿Vamos a ver al abuelo? —Se vuelve hacia Youssef de repente con una gran sonrisa—. ¡Debe de tener tantas ganas de ver a su nieto!
Acompaño a los dos hasta la salida y vigilo a los guardias que los llevarán hasta nuestro avión; como son hombres de Raffaello, no dudo de que estén de nuestro lado, aun así mantengo la vigilancia.
Cuando el coche desaparece de mi vista, voy a buscar al Turco.
—¿Nada? —Veo todo el desorden que ha hecho en el cuarto de Youssef, Dandara, Janaína; parece que un huracán ha pasado dentro de la casa.
—Nada.
Va hasta la cama y saca una bolsa que se balancea y está pinchada por las patas de los bichos; por lo visto hay más de dos.
—Si eres capaz de llamar a esto nada.
—¿Dónde los encontraste?
—Uno en cada cuarto, menos en el tuyo y en el de Janaína.
—¿Cómo crees que entraron aquí?
—¿En la fiesta de boda? —Es su sugerencia—. Era tanta gente...
—Pero eran alumnos y familiares de la escuela de ballet de la señora Bernardes.
—Venga, Khaled, no eres tan inocente —respira hondo—. O podemos asumir que es una plaga de escorpiones.
—¿Qué vas a hacer con eso? —Me pongo delante de él cuando está a punto de salir.
—Voy a meterlos en una caja y hacerlos llegar a Awmaj, donde puedo investigar mejor la naturaleza, el veneno y qué tipo de bicho es este.
—Prepara nuestro regreso a Awmaj, también el de la abuela de Dandara.
—¿Y si no quiere ir? —Raffaello respira hondo.
—Va a ir, ya lo he decidido.
El Turco asiente y sale delante; yo vuelvo al cuarto de Youssef y examino con cuidado toda la escena caótica. Hay algo raro en todo esto, pero aún no consigo verlo.
Minutos después, cansado de mis paranoias y de buscar algo que no sé qué es, conduzco hasta el hospital y encuentro a la hermana de Dandara caminando alrededor de un gran acuario que cubre la pared de todo el pasillo.
Un alivio inexplicable se apodera de mí cuando veo venir a la morena; dos vasos grandes de refresco, uno se lo entrega a su hermana, el otro se lo lleva a la boca.
—¿Estás bien? ¿Qué pasó?
—Gracias a Dios consiguieron sacar el veneno, ahora está con suero, todavía no ha mostrado mejoras, pero el médico dijo que ya está todo bajo control —dice aliviada.
—Mmm —extiendo la mano—. Tengo sed.
—Es refresco —avisa y me entrega el vaso.
Lo vierto entero en la basura y tiro el vaso.
—Lo sé.
—¡Eh! ¡Tenía sed! —se queja.
—Puedes beber agua, agua de coco, un zumo natural, un refresco sin conservantes. No te vas a envenenar, ni nuestro hijo.
—Eres exagerado, los niños aquí beben esto desde pequeños. —Encoge los hombros y me acompaña al restaurante del hospital.
—Si vas a consumir azúcar, que sea de excelente calidad. —Entramos en la cola para comprar algo de comer y beber—. Perdona, estoy tenso por todo lo que ha pasado.
Dandara abre mucho los ojos y entreabre los labios, sorprendida al oírme pedir perdón.
—Vamos a asegurarnos de que te alimentes bien; puedes comer cosas ricas, pero que no te hagan daño a ti o a nuestro hijo, ¿vale?
—Vale. —Me mira de soslayo, de un modo sospechoso.
Cuando llega su turno, ¿qué pide? Un refresco.
Cierro los ojos y respiro hondo para intentar calmarme, después la miro con seriedad.
—Estoy nerviosa, ¿vale? —Es su excusa mientras bebe lo más rápido que puede antes de que le quite la lata y la tire—. Y un refresco no hace daño.
—Eso se hace para que envejezcas.
—¿Sabes qué te envejece más?
—¿Qué?
—El paso del tiempo —encoge los hombros y termina de beber—. ¿Por qué Youssef estaba todo arreglado para irse?
—Mi padre no está bien. —Vamos a una mesa, donde puedo comer—. Pidió que regresara de inmediato; como no he podido ir, por lo menos envié a mi hijo para representarme y que vea que no he ignorado su petición.
Asiente, aun sin entender.
—¿Vas a volver pronto?
—Vamos a volver pronto —dejo claro, por si piensa que se va a quedar aquí sin mí—. En cuanto tu abuela reciba el alta.
—Khaled, la abuela quiere quedarse, ocuparse de la escuela y...
—Va a ir, después de unas vacaciones en los Emiratos. Tres meses de compras, playas y viajes turísticos por el desierto no le van a hacer mal —intento convencerla—. ¿Cuándo fue la última vez que se alejó del trabajo?
Dandara pone un mohín y piensa un poco.
—En la operación de Jana. Nunca para.
—¿Una picadura de escorpión que la ha tumbado parece motivo suficiente para que se tome una pausa? —Arqueo la ceja.
—Tienes razón. —Menos mal que da el brazo a torcer, porque sé que es testaruda y estaría debatiendo conmigo todo el día—. Pero la escuela no puede parar, se moriría si eso pasara. Voy a llamar a las chicas que trabajan para ella e intentar mantener todo funcionando.
—Vale. Puedo pedirle a Raffaello que deje a algunos hombres aquí para cuidar de la seguridad de todos y de la propiedad.
—Vale.
Realmente me sorprende el hecho de que me escuche y acepte todo tan rápido. Coge el móvil y llama a cada una de las empleadas de la escuela de ballet y explica que la abuela va a estar unos días fuera para descansar y pide que asuman el control y dejen todo funcionando.
—Gracias por escucharme.
—Tienes razón. —Dandara tiene esa manía de encoger los hombros y poner los ojos en blanco cuando es voto vencido—.
Trabajó toda la vida, se dedicó al máximo para darnos lo mejor a sus hijos y nietas.
Sé que ama lo que hace y eso la mantiene viva.
Pero necesita descansar unos días, aunque sean dos semanas.
—Sí.
—Y, entonces, si quiere volver, puede volver —sonríe de un modo bobo—. Al fin y al cabo, es mayor, no una niña. Puede decir: no quiero quedarme en medio de este desierto, quiero volver a Recife o simplemente seguir viajando por el mundo...
—Puede enseñar danza en los Emiratos —sugiero—. Abrir una escuela de baile en Awmaj, una filial.
—Sí —suspira—. Primero vamos a dejarla despertarse, recuperarse y luego vemos lo que ella quiere.
—Vale.
Continúo comiendo; por desgracia es algo mecánico, no tengo tiempo de saborear la comida ni de aprovechar el momento, muchas cosas se pasan por mi cabeza ahora.
—Gracias, Khaled.
—¿Por qué?
—Por cuidar de nosotras. Por tomar la iniciativa y resolver las cosas. —Vigila a su hermana, que está inquieta, andando de un lado a otro—. Me quedé paralizada cuando vi a mi abuela helada sobre la cama sin poder moverse. Y fue aún peor cuando vi a aquel bicho que salió del cajón.
—No me lo agradezcas cuando hago mi deber.
Aun así, ella estira la mano, la pone encima de la mía y sonríe.
—A veces es bueno tener a alguien con quien compartir las responsabilidades.
Yo siempre hice y resolví todo sola... —respira hondo y mira a su alrededor—.
Es tantísimo ahora, ¿sabes? Estoy embarazada.
Mi hermana se está recuperando, pero no se queda quieta.
Y la abuela, que siempre fue nuestra fuerza, nunca la había visto tan frágil.
Traga saliva un instante, en seguida empieza a llorar.
—Tuve miedo, ¿sabes? De perderla.
—No la vas a perder —ahora soy yo quien sujeta sobre su mano—. No. Es fuerte, lo peor ya pasó. Ahora se va a recuperar, vamos todos a Awmaj y, si no le gusta el calor o la comida, si quiere volver, puede volver. Pero sería bueno que la familia se quedara junta. Toda la familia.
Dandara termina de llorar en silencio mientras sacude la cabeza. No tengo un pañuelo que ofrecer, todo lo que tengo son servilletas, que ella usa enseguida para secarse debajo de los ojos.
—Le va a encantar doña Fátima —dice riendo, tras limpiarse.
—Y te garantizo que lo que no va a faltar son niños y gente disponible para aprender a bailar.
—Sí. Tienes razón. No podemos separarnos; si me ha llegado el turno de cuidar de ella, lo haré con todo el amor.
No sé qué pasó, pero estoy aliviado de que Dandara piense así. Porque necesito regresar y no podría considerar dejarla aquí, necesito que venga conmigo, pues solo así puedo garantizar su seguridad. Y si puedo hacerlo con toda su familia, mejor.
Casi una hora después, le permiten a Dandara entrar en la habitación de su abuela para saber de su estado.
Aunque solo haya sido una picadura de escorpión, los médicos piden que la mujer repose en el hospital, al menos esa noche, y se quede en observación. Eso se prolonga durante cuatro días más, porque su abuela sigue débil aun con suero y tomando medicamentos.
—¿Cómo estás, hijo? —le pregunto a Youssef por el móvil.
—Bien, papá. Volví al colegio y luego me quedo cuidando del abuelo.
—No te alejes de él —pido.
—Sí, papá. El abuelo quería verte...
—Yo también, hijo. Quería ver a mi papá y quería verte a ti, porque os echo mucho de menos.
—Yo también, papá —suspira—. ¿Cuándo vuelve usted?
—En cuanto se recupere la abuela de Dandara. ¿Quién está cuidando de ti?
—La abuela. La tía Samira. Fátima —explica.
—¿Estás rezando?
—Sí, con el abuelo. A veces no tiene fuerzas para hablar, pero yo hablo por él.
—Buen chico. Estoy orgulloso de ti, hijo, porque haces exactamente lo que yo haría.
Lo escucho sonreír al otro lado y esa sensación es muy buena. ¿Cuánto tiempo perdí en la vida al no oírlo ni verlo sonreír?
—¿Cuál es la próxima oración?
— Maghrib.
—Aquí va a ser Dhur. Te llamo para que recemos juntos, ¿qué te parece?
—¡Va a ser estupendo, papá!
—Vale, hijo, cuídate y cuida del abuelo. Te quiero.
Se queda mudo unos segundos.
—Yo te quiero, papá —dice y cuelga.
Desde que Youssef y yo nos aproximamos, se sorprende con las muestras de cariño que yo guardaba solo para mí o que mostraba a mi manera.
El modo en que reaccionaba a mis palabras o actitudes ahora me divierten mucho, porque nos estábamos conociendo y acercando tras años de distancia.
La abuela de Dandara recibió el alta dos días después, ya estaba lo bastante fuerte.
Gracias a Alá aceptó ir con nosotros a los Emiratos, sobre todo porque la escuela funcionó muy bien en su ausencia, todo siguió fluyendo; de hecho, había una nueva remesa de alumnas, eso era gracias al sitio y al apoyo del ayuntamiento para con su institución.
El sábado cogimos el avión para volver a mi tierra, pero antes de subir recibí una llamada:
—Khaled —era la voz de mi hermano Omar.
Mi corazón se detuvo en cuanto lo oí pronunciar mi nombre.
—¿Sí? ¿Está todo bien?
—Papá ha muerto.