101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

Jeque Khaled

(a)Temporal

«Por el amor a una sola rosa, el jardinero se vuelve esclavo de mil espinas».

—Proverbio árabe.

Cuando la fiesta termina, Dandara y yo nos tomamos un rato para ir a la terraza de su casa. Observamos la lluvia que empieza tímida, pero pronto se extiende, haciendo que el olor del mar y de la tierra nos envuelvan.

Ella se tumba en una hamaca y se queda balanceándose suavemente; yo divido la atención entre la tormenta y ella.

—¿Qué estás mirando? —Se mordisquea el dedo pulgar.

— A ti —muevo las cejas y esbozo una sonrisa—. A mi esposa.

— Mmm —finge, pero no puede esconderlo de mí, se queda tímida—. Da un poco de miedo.

—¿Ser mi mujer? —Me acerco despacio.

—Estar oficialmente casada, volver a Recife, estar embarazada... —suspira, al final esboza una sonrisa de esperanza.

—Sí da miedo. Pero yo me quedaré a tu lado —me arrodillo delante de ella, le sujeto la mano y le beso el dorso.

Dandara me acaricia el rostro y yo se lo reprocho con una sacudida de cabeza. Su respuesta madura y razonada es sacarme la lengua.

—Acuéstate aquí conmigo.

—¿Esto va a aguantar? —Observo las cuerdas atadas a la pared.

—Sí. Claro que sí —dice en un tono dudoso.

No espero a que me lo pida de nuevo. Subo despacio, un tanto aprensivo porque la hamaca se balancea. En cierto momento me preocupo, porque parece que vamos a caernos, pero conseguimos hundirnos en la tela y balancearnos suavemente.

Dandara entrelaza sus manos en mi nuca y apoya la nariz en mi barba, sube y baja suavemente por mi rostro, hasta que empiezo a besarla.

— ¡Khaled! —Me regaña cuando mis manos se cuelan por su ropa, le toco los pechos.

—¿Qué pasa?

—¡Pueden vernos! —Se queja.

—No —garantizo—. Raffaello sabe que cuando estoy a solas con mi mujer, nadie debe interferir —empiezo a besarle cada milímetro de la cara conforme digo las palabras.

—Ahora soy yo la que está preocupada de que vayamos a caernos —estira la cara y observa el ruido que hacen las cuerdas mientras nos balanceamos.

—El suelo está cerquita —minimizo el asunto.

Apoyo la espalda y dejo que Dandara venga sobre mí. Se echa el cabello largo hacia atrás y yo empiezo a desnudarla con calma, aprovechando cada segundo en que puedo mantener mis ojos en su cuerpo.

El olor del mar es bueno. La tierra fresca es aún mejor. Nada de eso se compara al olor de su cuerpo, desnudo.

Ella ríe, se cubre las copas del sujetador con las manos y pone una mueca.

—Ven aquí —la llamo con el índice.

— Khaled... —me saca la lengua.

— Ven —me mordisqueo el labio inferior y le aprieto firme los muslos.

Dandara empieza a bajar suavemente como si fuera una flor llevada por el viento, con cuidado de dónde se va a posar. Cuando llega cerca de donde puedo alcanzarla, termino de desnudarla. Deslizo la punta de la lengua por su pezón hasta presionarlo con intensidad y tomarlo en mi boca.

El chupetón la deja erizada, paralizada, pero sonríe tras el gemido que da en mi oído.

—No vamos a echar la casa abajo, ¿no? —Me provoca.

De todas las cosas que pensé que diría, sale la más insólita:

—No. Dejemos nuestro lado salvaje para otro momento. Esta noche quiero amarte con mucho cariño —le beso la cara.

—No conocía esa faceta tuya, Khaled —me quita la camisa de vestir, empieza a lamerme el pecho.

—Yo también tengo 1001 Khaleds dentro de mí —garantizo.

La tela de la hamaca de verdad es resistente, porque lo que hacemos encima desafía su fuerza.

Tras hacer que Dandara se siente sobre mi cara y meterle la lengua todo lo profundo que puedo dentro de ella, la hago deslizarse por mi cuerpo, dejando su rastro, su olor, su deseo en mí.

Cabalga despacio cuando se sienta sobre mi polla. Me sujeta los hombros hasta el punto en que sus uñas me hacen daño, pero no me preocupa quedar marcado por su amor.

Ella baila, se contonea, me mira a los ojos.

Hace que la lluvia, el mar, esta ciudad entera parezcan poca cosa ante lo que es capaz de hacerme.

—Estoy toda erizada —ríe cuando mi boca pasea por su piel.

Nunca pensé que pudiera ser tan amable y cariñoso con una mujer, pero ella es mi mujer. Quiero domarla, quiero follármela, quiero hacerla mi juguetito. Pero también quiero adorarla, quiero hacerla sentirse una Diosa, quiero ofrecer todo lo que soy capaz solo para ella, por ella y con ella.

— Y yo te amo —le callo los labios.

Sujeto sus piernas con fuerza cuando me siento en la hamaca y nos balanceamos hacia delante y hacia atrás.

Dandara me aprieta la cara con los dedos, me alborota el cabello con su desesperación, no guarda los gemidos que pueden competir con el sonido de los truenos cuando vuelvo a succionarle los pezones.

—Dandara.

—Sí, Zayn —sopla en mis labios.

— Habibit —esta vez la llamo de algo más adecuado.

Veo sus ojos brillar, sus labios se ensanchan. Le aliso el cabello para apartarlo de su cara. Quiero verla.

—Eres la oración que hizo mi corazón cuando mis labios no podían moverse —no me controlo, necesito besarla, sentir su piel rozar la mía, su cuerpo temblar encima del mío cuando mi polla entra bien hondo.

Quiere desgarrarme la piel, clava sus uñas y las arrastra por mí; debe de querer probar si soy de carne y hueso.

Yo solo quiero mirarla. Y derramar mis palabras sobre su alma.

—Fuiste mi sueño, cuando perdí la habilidad de cerrar los ojos y desear lo invisible.

— Ay, Zayn —se cubre la cara—. Siempre me dices cosas tan bonitas...

No entiende que solo tengo algo que decir porque fue ella quien despertó esto aquí dentro. Todas las palabras que pueda usar serían pocas para hacerle ver hasta qué punto Dandara forma parte de mí.

—El día en que dije que eras mía, lo que quise decir es que en aquel momento yo ya no me pertenecía, porque también era tuyo.

Veo sus ojos brillar, más que los diamantes que lleva.

El viento de la lluvia torrencial fuera sopla contra nuestros rostros, pero nuestros cuerpos siguen suaves, enteros, serenos aquí dentro.

Con una risa bajita y un menear de cabeza, la siento acostarse en mi hombro. Le acaricio la espalda, le beso la nuca, después le devuelvo mi visión del paraíso: los ojos de mi mujer.

Todo lo que tenemos va más allá de la mirada, del deseo, del cuerpo, de las palabras que digo.

Lo que siento por Dandara es una fuerza de la naturaleza capaz de arrancar árboles centenarios del suelo, de partir por la mitad cualquier construcción humana o ir más allá de cualquier frontera que el mundo haya establecido.

—Te amo —la respuesta de ella hace que un día tempestuoso parezca un día soleado.

—Te amo, habibit —le acaricio la cara—. Para siempre.