101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

Dandara Bernardes

Lo que es necesario

«La mente es para ver, el corazón para oír».

—Proverbio árabe.

A los 12 días de junio, en un día cálido y luminoso, Khaled y yo fuimos a una vieja calle de Recife, a una construcción sencilla y muy bonita. Nos acompañaron la abuela, Janaína, Youssef y una mujer que después descubrí que era la madre de mi esposo.

No era una mezquita alta y glamurosa, con cúpulas, paredes u objetos de oro, ostentosa. Pero era bonita y verdadera.

El procedimiento tenía un carácter formal, se revisó el contrato y comprobamos todos los puntos, los testigos firmaron e hicimos nuestros juramentos como antes.

La diferencia es que ahora sabíamos más el uno del otro.

Tras la ceremonia, una fiestaza nos esperaba en casa; todos están curiosos por la reapertura de la escuela de ballet y vinieron a ver todas las novedades; yo agradecía no tener toda la atención, prefería mantener mi vida personal reservada para quienes importaban.

Y hablando de quien importaba...

—Youssef. —Sujeté la mano del pequeño y lo llevé a la playa para hablar—. Necesito explicarte algunas cosas.

Nos sentamos en la arena y nos quedamos viendo cómo rompían las olas.

—Tu padre es un buen hombre. Y va a dedicarse a cuidarte de ahora en adelante.

—Ha cambiado —dice con una sonrisa confusa—. Ahora papá está feliz. Está cambiando desde el día en que llegaste.

—Sí. Pero nada va a cambiar entre tú y yo, ¿vale?

—Vale.

—Debes de preguntarte por qué me he casado con tu padre... —suspiro, ensayé tantas palabras, pero a la hora de hablar simplemente me quedo bloqueada—. Bueno...

—Siempre leí el Corán —me interrumpe—. E hice todas las oraciones, nunca falté a ninguna.

Asiento, es un niño muy dedicado.

—Saqué buenas notas. Y cuidé a gatito-gatito.

—Sí, eres un niño primoroso. —Le acaricio el pelo.

—Quería que Alá viera que merecía una mamá. Una mamá solo para mí, que cuidara solo de mí. —De repente me abraza por la cintura y me llevo un susto—. Y llegaste tú.

Este no es el Youssef que vi el primer día que llegué a Awmaj; no es el niño pálido, tímido, que no sabía mostrar ningún sentimiento humano. Ahora está sonrosado, las mejillas rosadas, una sonrisa en la mirada y calor en los brazos. Ahora es un niño de verdad.

—Yo también esperé mucho a que llegaras. —Cierra los ojos, no me suelta.

Aprovechamos ese momento hasta que me suelte poco a poco y se quede mirándome, con una sonrisa tan grande en los labios que hasta las orejas parecen movérsele.

—Sobre ser una mamá solo para ti... —respiro hondo—. ¿No te gustaría tener hermanos?

—Muchos —dice enseguida—. ¡Puedo cuidarlos y cambiarles los pañales y ayudarlos a la hora de comer y bañarse! ¡Igual que cuido de gatito-gatito!

—Sí, solo sería menos peligroso —pongo una mueca—. ¿Querrías a tu hermano o hermana?

Asiente inmediatamente.

—Ser promovido a hermano mayor es una gran responsabilidad, ¿sabes?

—Miro al mar—. Cuando nació Janaína, supe que ya no tendría toda la atención puesta en mí.

Sentí como si mis padres fueran a dejar de quererme...

, pero en las operaciones matemáticas el amor es algo que multiplica, ¿sabes? No divide.

— Mmm —me mira confuso.

Aun lejos de casa, ha hecho los deberes y tareas, asiste a clases particulares con sus tutores y, en algunos momentos, se conecta online con sus antiguos tutores.

—El amor de los papás sigue igual, solo que tienen que cuidar de quien ha llegado. —Me contengo para no llorar.

Sé que mis padres me amaron y me cuidaron, aunque no recuerde cuando era bebé. Pero tengo fotos que muestran cuánto me esperaron, me desearon y me recibieron bien cuando llegué.

No fue el caso de Jana.

No hay fotos, registros, nada con nuestros padres. Él no la amó, lo supe por cómo la miraba. Y mi madre sufrió mucho.

Pero yo la amé. No tuve tiempo de tener celos ni de reírme porque seguía siendo la niña más importante de la casa, necesitaba entregarle a aquella niña inocente el amor que le estaba siendo negado.

—Ser hermano mayor es aprender a amar y respetar las necesidades del otro. El turno del otro. Cómo los papás van a seguir queriéndote, incluso con un nuevo niño en casa.

—Sí —entrecierra los ojos, siempre lo hace cuando procesa una información.

—Y vas a tener con quién jugar... con quién hablar... compartir tus momentos...

—Dandara —me interrumpe—. ¿Vas a seguir queriéndome?

—Sí, Youssef.

—Siempre recé por una mamá solo para mí, pero si tiene que ser mamá de otro también, no me importa —encoge los hombros—. Mientras siga siendo mi mamá.

—Nada va a cambiar.

Me abraza otra vez y aprieta la cara contra mi brazo.

—No te vayas, Dandara, te necesitamos.

—No me voy a ningún sitio, Youssef. —Le devuelvo el abrazo.

Nos quedamos un rato parados observando el mar, después recogimos algunas conchas por la playa, hasta que aparecieron el padre y la abuela.

—Youssef —Khaled le llama la atención al hijo, lleva una caja en las manos.

Ver al niño correr y agarrarse a la mano de su padre me calienta el corazón.

—Mira, papá, lo que cogimos Dandara y yo. —Le enseña las conchas.

—Qué bonito. ¿Qué quieres hacer con ellas?

—Voy a llevármelas a casa —dice animado—. ¿Crees que al abuelo le gustará si se las regalo?

—Va a encantarle, hijo.

No parecen las dos personas distantes y que apenas se miraban que yo conocí, y eso significa mucho. Tanto que apenas consigo ponerlo en palabras.

—Yo también tengo un regalo para ti —deja la caja grande en el suelo.

—¿Puedo abrirlo? —Youssef busca su aprobación y luego la mía, esboza una sonrisa.

—Sí, es tuyo —el padre le da espacio para que abra el regalo.

Saca de allí una pelota de fútbol muy bonita, lustrosa, la deja en la arena. Después una pelota más pequeña. A continuación, el chico observa una camiseta blanca de fútbol; lleva el número «1» estampado detrás con las palabras escritas en árabe y español: Hermano mayor.

El niño se queda con los ojos como platos, revuelve toda la caja hasta coger en el fondo un body de bebé, idéntico a su camiseta, solo que con el número «2»; detrás también hay algo escrito: Pequeño.

—¿Es verdad? —sostiene cada prenda en una mano.

—Sí, hijo, es verdad —Khaled asiente.

—¿En serio, Dandara? —Se vuelve hacia mí, aprensivo.

Antes de mi respuesta, se arrodilla en el suelo. Abraza las dos pelotas y las dos camisetas contra su cuerpo y llora. El padre le acaricia la espalda.

—Alá me escucha —dice entre sollozos, temblando—. Alá es grande, alabado sea, conoce mi corazón y mis caminos —sigue llorando, abraza el body de bebé como si ya tuviera al hermano en brazos.

—Él nos escucha y nos da lo que necesitamos, no lo que queremos —el padre lo abraza y le besa lo alto de la cabeza.

—A veces lo que necesitamos es exactamente lo que queremos —tengo que decirlo y abrazo al pequeño.

Nos quedamos así un buen rato, hasta que Youssef asimile mejor todo. Guarda todos los regalos en la caja, menos la camiseta, que se pone enseguida.

—Ahora, ¿vamos a comer, hijo? —El padre le tiende la mano y se lo lleva a casa.

Observo a la mujer de ojos azules y rostro familiar que se queda; se acerca poco a poco, su cabello se balancea suavemente con el viento.

Me la encontré el día de la carrera de caballos y el día del centro comercial. Tengo la leve impresión de que la he visto muchas otras veces, incluso en algunos sueños.

—Así que de verdad es usted su madre —sigo mirando el horizonte y la siento acercarse. No oigo sus pasos, pero su presencia tiene una energía fuerte—. Estoy confusa. Llevo todo este tiempo preguntándome si nuestro encuentro fue coincidencia y qué significaban sus palabras.

—¿Te asustó lo que dije?

Veo sus ojos azules inconfundibles con los del hijo. Ahora que sé quién es, parece demasiado obvio.

—Me asusté, pero no soy el tipo de mujer que puede quedar paralizada por estar asustada. —Pongo una mueca—. En realidad, me quedé intrigada e intenté entender por qué dijo todo aquello. Y cuanto más...

— Y cuanto más intentabas entender, más te gustaba él —asiente.

¿Cómo sabe lo que iba a decir?

—Cuando mi madre me entregó al padre de Rashid para vivir en el palacio, yo también intenté entender. Toda aquella cultura, aquellas personas, sus secretos... y cuanto más intentaba entender, más me gustaba Rashid.

—¿Dónde está su madre?

No sé por qué, de todo lo que dijo, fue lo único que se me quedó en la cabeza.

Con una sonrisa sincera y los labios apretados, cierra los ojos.

—No lo sé.

—¿Por qué la dejó en un palacio árabe? Con todo el respeto. —Me aclaro la garganta—. La señora no parece tener sangre árabe.

—La vida es complicada, criatura. La mayoría de las veces, no vas a entender. Ni siquiera necesitas entender.

— ¿Ni siquiera necesito entender?

—La vida solo nos exige coraje. El resto lo encontramos por el camino. —Extiende el brazo—. ¿Caminamos?

Voy delante y ella me acompaña; a veces hace una pausa y recoge una concha dejada por el agua en la arena.

—Todos estos años estuve lejos de mis hijos, pero también estuve cerca para garantizar que ningún mal pudiera ocurrirles. —La ayudo a cargar algunas conchas cuando se le llenan las manos.

—¿Por qué necesitó irse lejos?

—Porque los hombres poderosos tienen miedo cuando alguien puede amenazar su poder.

No es por nada que siempre intentaron vigilar, controlar y castigar a las mujeres a lo largo de toda la historia de la humanidad —me lanza una sonrisa sincera—.

Una mujer sola puede ser más eficaz que la iglesia, un ejército y todo el dinero del mundo, cuando se trata de amenazar el poder de un hombre.

No estoy entendiendo nada, pero, para no parecer tonta, asiento.

—Los amigos de Rashid me querían lejos para llevar a cabo sus planes oscuros.

—¿Y lo consiguieron?

—Sí, lo consiguieron —se lamenta—. Pero, al contrario de lo que pensaban, yo no hui.

— ¿No?

—Ah, no. Porque soy mujer y no huyo de nada. —Me lanza una mirada desafiadora—. Necesitaba garantizar que tú, como yo, tampoco huirías.

Ahora sus palabras parecen tener más sentido, y el modo familiar y maternal con que me mira me deja más tranquila.