101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

Dandara Bernardes

Necesitar

«La vida te mostrará lo que no sabes».

—Proverbio árabe.

Janaína fue mejorando un poquito cada día.

El doctor Lamarphe venía por lo menos tres veces al día a comprobar cómo estaba.

El primer desafío fue hacerla salir de la cama y caminar por el cuarto; mi hermana parecía tan frágil que se arrastraba, movía el pie unos pocos centímetros y parecía exhausta.

Cinco días después ya caminaba por el cuarto sin nuestra ayuda, con un andador. Siete días y estaba libre por los pasillos del hospital saludando a otros pacientes y desafiándose a caminar más rápido. Con quince días ya casi era capaz de correr.

—Le doy el alta a la paciente Janaína por su excelente evolución y comportamiento —el doctor Guilhermo dice en su última visita a la habitación.

—Solo han pasado quince días y ya es capaz de andar más rápido que cuando llegó —mi abuela lo dice emocionada.

—Va a ser aún más veloz, porque es una niña llena de vida y energía, ¿verdad, Janaína? —El médico esboza una sonrisa paterna—. Cuando puedas correr por la playa, pisar la arena, sentir el viento en la cara, haz una foto y mándale una al tío, ¿vale?

—Vale —dice animada.

—Necesito volver a verla cada 5 años, si pueden traerla antes, mejor.

Es necesario seguir su evolución; la doctora Han también tiene que evaluar cómo se va a desarrollar su cuerpo, creemos que con un pulmón nuevo y el corazón funcionando bien, va a crecer sana y fuerte —lanza una mirada tranquilizadora a mi abuela—.

Y bailar ballet, nadar, correr, lo que haga falta. Cualquier urgencia, llámenme.

—Gracias, doctor —decimos juntas cuando el hombre se despide.

Todo estaba ya listo para partir.

Lo mejor es que teníamos a nuestra disposición un avión particular, así que podíamos salir y llegar a casa cuando quisiéramos, sin necesidad de hacer colas ni esperar nada.

Volvimos a Recife esa mañana y nos llevamos una sorpresa al ver nuestra casa.

La abuela casi se cae de espaldas cuando miró el sitio que conocía tan bien y no lo reconoció. Era una construcción de dos plantas; por fuera las paredes estaban desgastadas, pero en general todo estaba bien limpito.

Lo que encontramos fue algo de arquitectura árabe, majestuoso, de cuatro plantas, tantos detalles en las ventanas, el muro y las torres que nos preguntamos si estábamos en la dirección correcta.

—¿Qué ha pasado aquí? —Mi abuela se queda sin reacción.

—Youssef dijo que quería volver más veces a Brasil —el Jeque observa la construcción—. E incluso para mejor comodidad vuestra, pensé que sería bueno reformar el lugar.

—Aquí no es Awmaj, Khaled, no puedes ir construyendo algo así —me cubro la cara—. El ayuntamiento va a venir y...

—El propio alcalde vino a verlo —me sorprende—. De hecho... —espera a que la abuela abra el portón.

Nada más entrar observamos un patio magnífico con fuente de caballos, un jardín amplio como el de su palacio, hay una especie de cantina aquí abajo. En la primera planta hizo una sala amplia de baile y una zona con aparatos modernos de ejercicio físico.

—En la planta de arriba quedó una zona para huéspedes, por si queréis recibir visitas. En las dos superiores, vuestra casa.

Reencontramos nuestros muebles, cuadros y recuerdos, todo en su sitio, como si nunca hubieran salido de aquí. La diferencia son los ventanales grandes que iluminan el ambiente y dan vista al mar. También hay una terraza con jardín que se extiende a las paredes laterales de la construcción.

—¡Hay un ascensor! —Jana es la primera en darse cuenta.

—Si hay un ascensor, ¿por qué nos hiciste subir todo eso? —Pellizco a Khaled discretamente.

—¿Y mi escuela de ballet? —La abuela lo dice preocupada.

No es para menos. Pasaba más tiempo allí que aquí, por no hablar de que estaba en una zona muy valorizada de la ciudad.

—Vamos a transferir las clases aquí mientras el edificio no esté listo. Eso va a ser beneficioso, porque...

—¿ Edificio? —Las tres, la abuela, Jana y yo, lo preguntamos juntas.

—Sí —dice aprensivo, con cara de quien tendría que haber avisado—. Compré toda aquella manzana comercial y derribé las construcciones para edificar un edificio comercial, un parque y un centro comercial.

—Se va a llamar Dandara Bernardes —dice Youssef todo animado y luego se esconde detrás de su padre.

—La idea fue suya —Khaled asiente con la cabeza—. Cuando crezca, Youssef va a administrar toda la operación. El alcalde se puso contento con nuestra alianza, ahora estamos negociando para revitalizar esta zona de la playa. Es una zona muy bonita, pero está desvalorizada.

—Es verdad, es verdad —la abuela tuvo que sentarse, voy a buscar agua con azúcar para ella.

—No se preocupe por sus alumnos y empleados, los recogerá y los llevará un microbús —reflexiona un poco sobre lo que falta—.

Por supuesto, el edificio comercial tendrá dos plantas enteras solo para su escuela de ballet y gimnasio.

En las demás plantas habrá despachos, clínicas y todo lo demás que sea necesario para hacer girar la economía de la ciudad.

—Khaled... —ni siquiera sé qué decir.

—Quizá sea el edificio más alto de su país —avisa enseguida.

Nos quedamos sin saber qué decir, mirándonos. Janaína es la primera que encoge los hombros y se va al salón.

—¿Quieres ver dibujos animados, Youssef?

—Sí —dice para sorpresa mía y de su padre; como mínimo me esperaba que dijera: prefiero un documental.

—Yo... yo no sé cómo darle las gracias, Jeque —la abuela lo dice emocionada—. Nunca pensé que algo así podría suceder.

—Usted ha trabajado mucho, ¿no es así? —Le hace compañía, se sienta; yo acabo sentándome también.

— Muchísimo. Y no descansé un solo día. ¡No me creo que algo así esté pasando!

—Todo lo que una persona tiene son sus sueños; ella no se hace una idea de adónde puede llegar, pero siempre es lejos, porque nuestros sueños abren puertas que ni nos imaginamos —asiente—. Estoy agradecido de que haya trabajado tan duro todo este tiempo.

— ¿De verdad?

—Vosotros, los occidentales, veis todo de una forma diferente a la nuestra.

En mi cultura tenemos una profunda sensación de que todo está conectado; causa y efecto generan nuevos caminos.

Y estoy seguro de que, si usted no hubiera trabajado tan duro, no tendría a su nieta.

Y si no la tuviera, yo sin duda sería un hombre infeliz.

Doña Dalva se queda con la expresión congelada, no sé si es porque no entendió nada de lo que dijo el Jeque o si fue porque sí lo entendió.

Intento detener a Khaled, pero es demasiado tarde.

—Señora Dalva Bernardes, mis intenciones para con su nieta son las mejores. —La mira al fondo de los ojos—. La conozco ahora mejor que el día en que la vi por primera vez. Pero aún siento las mismas cosas que cuando solo era fruto de mi imaginación.

—¿ Cómo? —Busca alguna respuesta en mí, pero yo estoy tan impactada como ella.

¡Khaled, no! ¡No lo hagas! Por favor, ¡Khaled!

Intento por todos los medios advertirle de eso, pero me ignora, aun viendo mi mirada.

—¿Ha vivido el infierno, señora Bernardes?

Mi abuela sacude la cabeza en silencio.

—Solo damos valor al paraíso si hemos vivido el infierno —reflexiona—. Mi abuelo decía que un oasis no tiene ninguna importancia si no has vagado días por el desierto.

—Qué precioso. —Mi abuela se queda un rato pensando en silencio.

—Así me he sentido toda la vida, señora Bernardes, hasta conocer a su nieta.

Vagué por desiertos y viví tormentas de arena; en algún momento creí que era parte de las dunas.

Entonces llegó su nieta y sentí por primera vez en mucho tiempo lo que era la sombra fresca.

El agua pura. La vida más allá de lo que era capaz de imaginar.

A mí me preocupaba que contara que estoy embarazada, pero, para mi sorpresa, no ocurrió. Necesitaba tiempo y un momento adecuado para contarlo.

Para la abuela, yo aún era solo una niña. Ni se imaginaba que ya no era virgen.

—Por eso, señora Bernardes, le pido que no me haga volver a vagar por el desierto. Ya no quiero vivir tormentas de arena. Ni delirar hasta el punto de creer que soy parte de las dunas.

Veo a la abuela sonreír de un modo discreto, aprieta los puños sobre la mesa y los recoge en su regazo.

—Necesito casarme con su nieta.

— ¿Necesita? —Sale del shock—. ¿Quiere o necesita?

—Querer es poco —Khaled me mira—. Porque querer es desear una pizza cuando se tiene hambre o un zumo cuando se tiene sed.

Necesito, como quien necesita agua, o se muere.

Necesito, igual que el ser humano solo se siente vivo cuando intenta descubrir quién es.

Hay días en que quiero. Algunos días me pregunto si realmente quiero.

En los momentos en que discute conmigo siento que no quiero.

La abuela ríe y me mira de un modo divertido.

—Pero en cada uno de esos momentos sé que necesito tenerla a mi lado, para siempre.

El silencio de la abuela parece incomodar al Jeque. Cuando se da cuenta de eso, doña Dalva vuelve el rostro hacia mí y arquea las cejas.

—Disculpe, señor Khaled, ha sido tan amable con nosotras con todo lo que ha hecho..., pero yo no puedo permitirlo.

El hombre parpadea despacio.

Hasta yo siento que el alma se me congela y la barriga parece que se me contorsiona. Mi respiración no entra, no sale. Palpo la mesa buscando un vaso; quien necesita agua con azúcar ahora soy yo.

—No puedo permitirlo porque somos mujeres de la familia Bernardes —aprieta los dedos de las manos—. Nordestinas... brasileñas...

Zayn parece una pintura viva. No ha perdido el color, pero su mirada endurecida queda fija en mi abuela.

—No puedo permitirlo porque, como ve, no me corresponde a mí. Dandara es adulta, una mujer libre, no puedo responder por ella —termina asintiendo—. Pero si ella quiere, señor Khaled, yo estaría muy contenta.

—Yo quiero —digo para acabar pronto el suspense y que nadie se muera.

—Sé que tenemos culturas muy diferentes —respira hondo—. Yo también lo viví cuando conocí a mi marido, pero él era occidental, con costumbres occidentales. Si me permite, hay algunas costumbres que me preocupan un poco en su país...

Entonces empiezan a negociar términos; la abuela no debe de saberlo, pero todo va a quedar registrado en un contrato que ella deberá firmar, igual que yo hice mis exigencias.

—¿Está pensando en tener más esposas?

—Puedo contentarme con tener una esposa —Khaled lo dice enseguida.

—Yo puedo dar tanto trabajo como 10 esposas —digo distraída, me echo el pelo a un lado.

—¿Y los hijos? —cuando pregunta eso se me hiela el estómago—. Quiero decir, si Dandara quiere salir del país con los niños, va a necesitar su permiso...

—Eso no es cultura árabe, es un acuerdo internacional —aclara—. Yo tampoco podré salir del país con mis hijos sin su permiso.

—Es verdad, es verdad —piensa un poco para organizar las preguntas—. ¿Y si ella quiere separarse?

—Abuela, ni nos hemos casado y ya estás pensando en el divorcio?

—¡Claro!

—El día en que incumpla cualquier cláusula del contrato o no le provea a Dandara financiera, emocional y físicamente, ella tendrá todo el derecho de pedir el divorcio, sin que yo lo cuestione.

— ¿Qué quiere decir eso de físicamente?

—¡ Abuela! —Soy yo quien la riñe ahora.

Ella debe saber muy bien lo que eso significa.

—¿Con quién se quedan los hijos si os separáis?

Madre mía, parece que quiere negociar un acuerdo de guerra. Ya están hablando de los hijos que ni siquiera tengo.

—Conmigo —Khaled observa—. Dandara podrá presentar acción en los tribunales por la custodia de los hijos, pero no será necesario, porque doy mi palabra de que si algún día ocurre, permito que se quede con los niños.

—Quiero eso por escrito —exige.

—Todo va a estar escrito y firmado. Pero crea, señora Bernardes, que yo no haría nada para herir a su nieta. Entristecerla o causarle algún malestar me haría a mí mucho mal también.

—Discúlpeme por todas estas preguntas, Jeque Khaled, es que usted viene de otro mundo —ríe—. Del otro lado del mundo, quise decir.

—Sus preocupaciones son justas y yo haría las mismas preguntas en su lugar.

—Como usted es príncipe heredero y normalmente sus hijos se casan con otros príncipes, me gustaría que, por lo menos, se respetara el hecho de que sus hijas también van a ser Bernardes. Nordestinas. Y brasileñas. Tienen que tener derecho a elegir a quién amarán, sin que nadie las obligue a casarse.

—Tiene mi palabra y firma al respecto.

Tras algunas interjecciones más, la abuela se queda más tranquila y llegan a un acuerdo sobre el matrimonio.

Yo no digo nada, ni intervengo, porque Khaled cumplió todas las exigencias que hice en nuestro contrato particular, y creía que cumpliría fielmente todo lo demás que se pidiera.

En algún momento, no sé si fue en la mesa, mientras revisitábamos las partes nuevas de la construcción o mirando el mar en la terraza, lo miré fijamente.

Pensé: realmente le gusto.

En ningún momento fue forzado, cada interacción que tuvimos fue natural y fue construyendo algo que ahora veo que no es solo pura pasión.

Khaled abrió su corazón y se puso a disposición para cambiar, algo que pensé que sería imposible. Pero, por encima de todo...

Yo cambié.

No sabía qué esperar de un hombre; sin duda, no quería que fuera como mi padre. El abuelo era el ideal. Un hombre cariñoso, atento, dispuesto a apostarlo todo por los sueños de su mujer.

Khaled no era ni uno ni otro. Era único, a su manera.

Era cariñoso en las palabras, esa era una parte buena suya; cuando quería expresar sus sentimientos o decirme lo que necesitaba, lo hacía sin esconder nada, pero con tacto, con cuidado, como si yo fuera una flor en su jardín.

Atento porque era cuidadoso y a la vez disruptivo; cuando esperaba algo de él, me sorprendía con sus acciones, que podían ir en el sentido completamente opuesto, y eso no era algo malo.

Y dispuesto a todo por mí.

Tampoco me trataba como a una niña, oía mis gritos, incluso cuando le señalaba con el dedo en la cara, y me trataba como a una verdadera reina delante de todos.

A solas me trataba como yo quería.

—Convence a tu abuela de irse a vivir con nosotros a Awmaj.

—No funciona así, Zayn. Puedo hablar con ella, no convencerla.

Pero me alegré de que lo sugiriera. Ya no quería estar lejos de mi hermana o de ella, aunque sabía que la escuela de ballet era importante para la abuela.

—¿Cuándo se lo vas a contar...?

—En el momento adecuado.

Me lanza una mirada de denuncia.

—¿ Ah, ¿así que hay un momento adecuado? —murmura irritado.

—Claro, para decírselo a mi abuela, sí —digo en el mismo tono que él, porque aquí el fuego se combate con fuego.

—¿Quieres casarte conmigo, Dandara?

— ¿De nuevo? —Sin duda no esperaba esa respuesta, hasta pone mala cara.

Se prepara para irse, irritado.

—De nuevo —le sujeto el brazo—. Y todas las veces que sea necesario.