101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 32
53%

Capítulo 32

Francisco Arantes

Coincidencias

«Nunca dejes que tu lengua azote tu cuello».

—Proverbio árabe.

El timbre sonó por tercera vez esa noche y yo ya estaba muy irritado.

La semana no fue buena. Además de lidiar con incontables problemas de fontanería en la finca, ahora tengo que aguantar la campaña de una vagabunda que vive al final de la calle, que repartió folletos en las casas, postes y muros diciendo que su perrita murió envenenada.

¿Y a mí qué? Que no dejara al puto animal suelto, ladrando y molestando a los vecinos.

Fui yo quien tomó medidas y que ella se las apañe para descubrirlo y demostrarlo, pero no lo conseguiría.

— Ah —suelto un gemido de odio cuando abro el portón y casi me caigo en un agujero.

Sí. Hay un agujero en mi acera, justo después de la puerta de hierro anexa al portón. La cerré para no cometer la tontería de abrirla y volver a caerme.

Todo empezó hace dos días, cuando un camión descargó arena en la zona libre al lado de mi casa, que antes servía de garaje. Ahora ni siquiera puedo entrar al viejo sitio porque se está formando una montaña. Y para completar toda la mierda, un agujero en mi acera.

Nadie oyó, vio ni supo quién lo hizo. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo que no? ¿Este agujero apareció solo?

—Buenas noches. ¿Señor Francisco? —me llama por mi nombre, lo que ya me parece raro.

—Chaval, yo no he pedido nada —digo irritado, lo espanto con la mano—. Esto debe de ser una broma de los vecinos.

El repartidor de la aplicación, confundido, comprueba el número de la casa, luego mira el agujero, la montaña de arena al lado y a mí.

—Pero ya está pagado, señor. —Me enseña el albarán—. Hasta tiene su DNI.

—¿ Qué? —Cojo el albarán.

De hecho, está pagado y con mis datos. Pero yo no usé ninguna aplicación, imagino que Néia tampoco. Los niños... bueno, el más pequeño tiene 4 años, no podría haber hecho algo así, el bebé...

—Ya está pagado —comento en voz alta—. Entonces me quedo con...

—Vale —dice el hombre aliviado, mira todo con extrañeza, debe pensar que estoy loco—. ¡No se olvide de valorar en la aplicación!

—¡Vale, vale! —Cojo las tres cajas grandes, entro y las dejo encima del capó del coche, vuelvo a cerrar el portón. Miro el albarán—. Esfijas, kibbehs, hummus. —Pongo cara—. ¿Quién come estas mierdas? Cuajada... Caldo de...

— Ha llegado.

Me giro de golpe hacia el garaje oscuro, siento mi cuerpo congelarse de una vez. Reviso bien mi coche, el de Néia detrás, un montón de chatarra que ella quiere donar, pero que yo creo que aún sirve, cajas y cajas.

—Debo de estar oyendo cosas —suspiro aliviado.

—Sí, ha llegado —oigo otra voz.

Esta vez, al volverme, encaro a dos hombres altos. Uno es moreno, barba cerrada, cejas gruesas y mirada vil; debe de ser el criminal más peligroso de los dos. El otro es medio rubio, ojos azules, nariz prominente y mandíbula cuadrada, parece menos bandido.

—¿Qué hacen en mi casa? ¡Voy a llamar a la policía! ¡Fuera ya! —Saco el móvil del bolsillo.

—Basta de tonterías. —El rubio me quita el móvil y lo guarda en su propio bolsillo—. No haga ruido, es tarde, no vamos a molestar al vecindario.

Ambos hablan con mucho acento y dicen cada palabra muy despacio, como si acabaran de aprender a pronunciarla.

Se unen delante del coche y abren las cajas. El rubio coge una esfija, el otro coge un kibbeh, empiezan a comer.

—¿ Pero qué cojones? —Cruzo los brazos.

—¡ Puaj! —El moreno escupe el kibbeh al suelo—. ¿Qué es esto? —Aprieta y desmenuza el alimento en el suelo.

—Catupiry —evalúa el otro, interesado.

—¿Le ponen esto al kibbeh? —Pone cara amarga, escupe al suelo—. ¡Dijiste que ibas a encontrar un restaurante mejor, Raffaello!

Listo. Ya sé el nombre de uno de los malhechores. ¡Qué estúpidos son! Dicen el propio nombre en voz alta.

—A la cuarta va la vencida. —El otro come la esfija sin quejarse—. No deberías quejarte de esto, ¿sabes por qué? Si fuera japonés, sería peor. Ellos hacen pizza de sushi.

—No la hacen —protesta el moreno.

—Sí la hacen, te lo voy a enseñar. —Coge el móvil.

—¡ Eh! —Llamo la atención de estos dos mocosos. Son dos, pero yo soy más mayor y experimentado. Si puedo coger algo para defenderme, sé que puedo acabar con los dos. Intento recordar qué hay afilado o puntiagudo en las cajas—. ¿Sois bandidos? ¿Por qué habéis venido aquí?

— Bandidos —Raffaello me señala y ríe—. Me ha caído bien, es divertido.

El otro no parece nada contento.

—¿Señor Francisco Arantes? —dice mi nombre.

—Sí. ¿De parte de quién? —Me impongo.

—Khaled Zayn. —Da un paso al frente.

Confieso que me siento un poco intimidado, aun así no lo demuestro. Mostrar miedo solo le da más valor a tipos así, lo sé.

—Tengo una duda y espero una respuesta sincera. —El hombre coge la caja con una mano y la pone delante de mí para que escoja algo para comer; cojo la esfija de pepperoni con mozzarella—. Cuando usted y su esposa descubrieron que Janaína Bernardes tenía defe... fe... —Mira al rubio.

—Defecto del septo auriculoventricular —ayuda el otro.

— Eso. Cuando descubrieron eso, ¿por qué no decidieron tratar a la niña? El problema era grave.

—¿ Qué? —Frunzo el ceño—. ¡Fuera de aquí ahora o llamo a la policía! —Me exalto, voy hacia el pasillo para entrar en casa.

Raffaello apunta una pistola hacia mi frente, el moreno saca un puñal de la cintura y me indica que vuelva al lugar en el que estaba.

—Te ha hecho una pregunta —dice el rubio con la boca llena, se limpia los labios con el cañón de la pistola.

—¡Ni siquiera tendría que haber nacido! Si hubiera sabido que iba a tener una hija así, no lo habría permitido. —Lo aclaro de una vez.

—No es eso lo que te ha preguntado. —El rubio prueba el kibbeh—. No está mal, el problema es que esto no es catupiry, es cualquier otro pedazo de basura, pero no es catupiry.

El que lleva la daga ya no parece interesado en la comida, quiere mi respuesta.

—Sí. Lo sabía. Y pedí al médico que no le hiciera la cirugía. No iba a gastar el dinero de mi familia en una aberración, y aquella enfermedad del corazón podía resolver todos nuestros problemas. —Abro los brazos—. ¿Satisfecho? ¿Era esa la respuesta que querías, Khaled?

Se queda callado, regresa a las cajas y abre la de abajo, coge algo que ni siquiera identifico, come.

—Esto es mejor, pruébalo.

—Son buenos, tío, sazonan bien.

—La cuajada está espectacular. Come ya, porque tenemos que enterrarlo. ¿Y la pala?

—Francisco, ¿tienes una pala? —Raffaello habla con la boca llena—. Olvidé traer la mía.

—¿Me van a enterrar? —Abro mucho los ojos—. ¡No van a hacer eso! ¡Voy a gritar!

—Sí, vas a gritar —Khaled lo deja bien claro, su daga hasta brilla bajo la luz de la luna—. Vas a llamar bastante la atención de tus vecinos, pero esa es una elección tuya, ¿no?

—¡ Néia llama a la...! —Subo la voz.

—Aquí va un consejo de un tipo que tiene una pistola en la mano, señor Francisco Arantes —Raffaello dice en un tono amable, aunque el gesto no lo sea para nada—. No hagas enfadar a los hombres árabes.

— Nunca —Khaled lo enfatiza.

—Mucho menos cuando están comiendo. La comida es sagrada.

El otro dice una frase en un idioma extraño.

—Antes de resolver nuestros asuntos, me gustaría que supieras que hiciste mucho daño a tu hija Dandara —dice Khaled.

Ahora siento que entiendo lo que está pasando. Entonces, ¿mi hija los mandó aquí para darme una lección? ¿Qué quiere, mi herencia? ¡Pues nunca tendrá nada! Tendría que haber elegido quedarse conmigo y no haberle dado la custodia a la débil de su madre.

—Cuando te recuperes, vas a grabar un vídeo para ella diciendo que eres una basura y que te equivocaste, que lo sientes mucho —escribe en mi móvil un número y me obliga a guardarlo.

Qué imbécil. No haré nada de eso.

—Otra cuestión es que aparentemente tu hija Janaína necesita pulmones nuevos.

—¿Por fin se va a morir? —No oculto un hilo de alegría.

Estos idiotas no saben la suerte ni los hilos que moví para no pagarles ninguna pensión a las dos; la madre cedió a mis deseos y nunca exigió nada.

—Si no consigue pulmones en 7 días. —Mira el reloj—. Voy a volver. Voy a abrirte el pecho con esta daga. Voy a recortarte los pulmones para que tengan el tamaño de los suyos. Y voy a llevarlos al hospital.

Qué tío más loco.

—Por eso te sugiero que... —lanza una mirada a la ventana de mi casa, después a mí—.

Reces mucho para que un pulmón quede disponible.

Si los tuyos no sirven, no hay problema.

Voy a seguir haciendo lo mismo con cada miembro de la familia.

Voy a empezar por los más mayores y de sangre inmediata a la tuya, hasta los primos de tercer grado.

—Él siempre cumple lo que promete —Raffaello se lame los dedos, el cañón de la pistola, cualquier sitio que tenga la crema agria—. Joder, esta cuajada está fenomenal.

—¿Estamos entendidos?

—Estamos —digo.

Sé que es la respuesta correcta porque sonríe y asiente.

—Muy bien. ¿Listo?

— ¿Listo?

¿Listo para qué?

Raffaello sale de donde está y me cubre la boca, yo intento gritar. Le muerdo la mano mientras el otro me baja el pantalón hasta que cae; a continuación me arranca los calzoncillos. Siento la hoja afilada de Khaled tocar mi piel y un tajazo me baja la presión, me desmayo en mitad del proceso.

Cuando me despierto veo el suelo delante de mí, todo parece borroso.

—No tuvimos tiempo de llamar a un médico —se explica Raffaello.

—No quisimos llamar a un médico —Khaled es sincero—.

Sabes, así era como se hacían las castraciones en el pasado.

Se arrancaban los huevos, al nuevo eunuco se le enterraba en el suelo, cubierto con mucha arena para contener cualquier sangrado y dolor.

Debes adelgazar unos 40 kilos, te sugiero que estires bien el cuello para comer todo eso que te vamos a dejar alrededor.

Estoy dentro del puto agujero frente al portón, sepultado por la mierda de la arena que habían dejado al lado. Esfijas, kibbehs y toda clase de comida está alrededor de mi cabeza.

—Te sugiero que comas rápido, no solo para tener energía, sino para que las hormigas y otros bichos no se acerquen —dice Khaled en un tono amistoso.

—En los procesos de castración normalmente no se arranca la polla, ¿sabes? Pero Khaled se la llevó. —Raffaello me acaricia la cara.

—Porque así trato a los hombres de mi país que han abandonado o han intentado matar a sus propios hijos —aclara—. Créeme, no hubo ningún placer en lo que hice.

—Un poquito. —Raffaello hace una señal mínima entre el índice y el pulgar, después me mira y ríe—. Sin ofensa, ¿eh, muñoncito? —Me besa la frente.

Querría gritar, pero no tengo energía para eso, siento que voy a desmayarme en cualquier momento.

—No te preocupes por Dandara. Y no vuelvas a buscarla nunca más después del vídeo, yo voy a cuidar de ella y le voy a dar todo lo que tú no fuiste capaz —Khaled evalúa mi cabeza casi flotante, hasta el cuello está enterrado.

—Si intentan sacarte de ahí, te sugiero que no lo permitas. Tienes que quedarte como mínimo 6 días —dice Raffaello preocupado—. Si no, vas a sangrar hasta morir.

—Y recuerda que tu hija Janaína tiene una cirugía importante en 7 días. Las muertes cerebrales no son tan simples —Khaled me guiña un ojo.

Dicho esto, el hombre se va. El rubio se queda un poco más.

—Come —empuja un kibbeh con los dedos hacia mí.

Pero no tengo fuerzas ni para respirar.

Ni siquiera sé si estoy despierto o teniendo una alucinación.