Capítulo 30 #2
—Listo. Es mejor hablar así, tumbada parecía que estaba en mi lecho de muerte. —Contengo la risa.
—Ajá —asiente.
— Retomando. —Vuelvo al semblante serio, actriz de telenovela mexicana, triste y deprimida, muy enfadada con todo—.
Sabes, Khaled, me gustas. Como eres. En todos tus matices.
Pero la forma en la que trataste a tu hijo.
—Intento tirar de la memoria y solo ocurrió dos veces: el día en que jugamos a la pelota con la princesa Talita y el día del álbum—. Aquello fue difícil de ver.
Normalmente ignora a su hijo y eso ya duele.
Duele profundamente porque fue lo que mi padre hizo sobre todo con Jana, por haber nacido con síndrome de Down; en consecuencia, sentí su distanciamiento.
Pero verlo levantarle la voz al niño de forma tan desproporcionada y asustarlo, quitarle lo que le estaba dando alegría... aquello me acabó.
Estaba muy lejos de ver a papá pegándole a mamá e intentando agredir a Jana para ver si podía arreglarla. Pero no es así como funciona el cerebro. Hay una parte de él que no es tan lógica y simplemente siente cosas intensas.
—Y lo peor fue ver a Youssef llorando, no porque lo trataste de aquella manera... —Me restriego el dorso de las manos en los ojos—. Sino porque sintió que te decepcionó. Te traicionó. Debilitó la relación que es la que más le importa, aunque tú finjas que el niño no existe.
No me interrumpe. No habla por encima de mí. En cierto momento empiezo a preguntarme si de verdad me entiende, hago un esfuerzo mental para recordar si estoy hablando en inglés o en portugués. Es inglés, sin duda.
—Perdóname.
La respuesta es tan inesperada que ahora soy yo la que se queda en silencio.
Por un instante recuerdo todas las conversaciones que tuvimos —salvo las peleas— y, de hecho, siempre me escucha antes de hablar, nunca me interrumpe ni habla por encima de mí.
—Me equivoqué.
Espera. No era eso lo que diría. ¿Qué está pasando?
—Tuve miedo. —Traga saliva y me mira al fondo de los ojos—.
Miedo de que, al ver las imágenes de su madre, se culpara por algo que no hizo.
Miedo de acercarme a él y ver en él a mí mismo, cuando era niño, y repetir con él las cosas que mi padre hizo.
—Sus ojos no se apartan de los míos, ni siquiera cuando las lágrimas caen en silencio por su rostro duro—.
Miedo de que, en el momento en que las vieras, surgieran problemas entre nosotros.
A mí me criaron para no tener miedo, pero lo tengo, Dandara.
Tengo miedo de hacer daño a mi hijo y me di cuenta de que tengo miedo de perderte.
Vale. Espera. Esa no era la conversación que venía teniendo conmigo misma en mi cabeza o en mis sueños.
¿Por qué se está abriendo así?
—Youssef cree que es el responsable de la muerte de su madre. —Aprieta el maxilar—. Y eso duele, porque ningún niño debería creer eso.
Concuerdo de inmediato, me sorprende que coincidamos en este punto..., pero espera. ¿Youssef lo cree?
—Siempre lo dice en los rincones, en las oraciones o mientras duerme, que fue él quien mató a Sara. Y... —Mueve los hombros sutilmente—. Es difícil verlo crecer diciendo eso.
—¿Entonces no fuiste tú quien le dijo que la responsabilidad de la muerte de Sara era suya? —Hasta en mi cabeza esta pregunta es confusa, pero la hago de todos modos.
—Claro que no —dice en un tono ofendido.
Un alivio recae sobre mis hombros, o mejor dicho, alivia su peso.
Para después llegar un odio fulminante que me quema la cabeza.
... ¡Aquella naja del desierto! ¡Lo que voy a hacer con esa mujer! ¡Van a tener que deportarme!
—Tuve miedo de verme en él porque —se demora un poco más al respirar—.
Yo también crecí sin una madre. Sin amor.
Sin cariño de la familia. A los 7 años me anunciaron heredero de mi padre y desde entonces ya no era un niño, era el futuro gobernante y tenía que actuar como tal.
No tuve una infancia, Dandara. Me la robaron.
—Aprieta los labios—. Yo no podía robársela a mi hijo, así que tenía que ser criado por alguien que hubiera sido amado por una madre, que hubiera tenido una verdadera infancia.
De pronto ya no somos desconocidos, como pensaba.
Vuelvo a verlo, exactamente como en aquella conversación en el desierto.
Dice las palabras con lentitud, percibo lo difícil que le resulta abrir su corazón y decir toda la verdad. Khaled tiene ese lado que todos los hombres deberían tener: no rehúye ser real y decir lo que siente y piensa cuando se le pregunta.
Y ahora consigo entender mejor todo el panorama de lo que pasó con Youssef. De hecho, la culpa no era ni del padre ni del hijo.
... La culpa era de esa cobra maldita.
Pero voy a hacer un guisado con ella. Primero le quito la piel, después los colmillos, la voy a cortar en pedacitos y...
—Y tuve miedo de perderte.
—No vas a perderme por fotos de otra mujer. —Me detengo un momento a pensar en esa frase—. Mejor dicho, sí, si las encuentro en tu móvil, pero no si esa mujer es Sara.
Estoy cansada de tratar a esta mujer como «la madre de tu hijo», «esposa muerta» y cosas así. Joder, ¡era una persona! ¡Un ser humano! ¡Que ni siquiera está ya entre nosotros para poder defenderse!
—Sara era bien guapa —admito al mover la cabeza—. Bastante parecida a Youssef.
—Sí —concuerda.
—¿La amabas?
Esa pregunta es peligrosa de muchas formas.
Creo que quiero llegar pronto al límite de cualquier celo y dolor para cruzar esa línea. Estoy cansada de quedarnos alrededor de ella, necesitamos ir más allá.
—Es difícil de explicar —confiesa—. Porque el matrimonio es una obligación. Y yo estaba obligado a estar con ella. Conviví, la respeté, cumplí todo lo que se acordó en nuestro contrato y fui un buen esposo.
Eso no puedo contradecirlo, de verdad es bueno siguiendo las reglas.
—Yo no quería tener hijos, como sabes.
—Sí —concuerdo.
—Pero ella estaba obligada a tenerlos, así que los tuvimos. Y en medio de aquella experiencia aprendí a amarla. Quiero decir, de verdad la amé, con todo mi corazón. Creamos un lazo fuerte, único e irrompible, y creo que aquello era amor.
—¿Crees? —Arquea la ceja.
—Porque es lo que siento por ti desde el día en que te vi por primera vez.
—Su mirada se vuelve cada vez más intensa—.
Claro que fue pasión y deseo, la sensación de por fin encontrar algo que estaba buscando y no sabía cómo tener.
Cuando intercambiamos nuestras primeras palabras, Dandara, ya te amaba.
Hasta me remuevo en la cama porque empiezo a sentir una cosa.
—Y cuando me esquivabas, te amaba. Cada vez que discutíamos y nos desencontrábamos y hacías cosas en contra de mi voluntad, te amaba. —Está a menos de un metro de mí, aun así me quedo jadeante, como si estuviera respirando en mi nuca, bajándome los dedos por la espalda, encajando nuestros cuerpos.
Miro la máquina que mide mis latidos y veo que estoy tan acelerada como para infartar.
—Tía, ¿cómo se quita esto? —Intento encontrar el cable del aparato. Yo sentir, vale. Que él vea las pulsaciones de mi corazón mientras dice esto, ya es demasiado—. Ah, listo —digo cuando por fin arranco lo correcto.
— A mi manera. No de la forma occidental de ver el amor, a mi modo de verlo y sentirlo. Crecí pensando y deseando no amar nunca, porque el amor quita más de lo que da. —Baja la cara—. Es lo que aprendí. Y, sí, Dandara, amé a Sara.
Mi corazón se detiene un instante.
De verdad es muy directo y no tiene problema en decir la verdad, y aunque eso me hiera, solo es un segundo, como un pinchazo de aguja que duele, pero duele por nuestro propio bien y después nos cura.
—Pero eso no ocurrió de inmediato, como fue contigo, habibit. Te amo.
Alguien tiene que llamar al médico para que me ponga esa cosa que me quité para medir mi corazón, porque creo que me está dando un infarto.
—Te amo como las estrellas pertenecen al cielo y de él no pueden salir. Te amo como las estrellas nacen en el mar y no son más bellas en ningún otro lugar que no sea allí. Te amo como el horizonte es siempre infinito, con luz o con oscuridad, con frío o con calor. Te amo...
¿Como se aman ciertas cosas oscuras? Me río al pensarlo.
—Porque el día en que llegaste fue el día en que volví a sentirme vivo.
Ahora es él el que guarda silencio.
Es algo así como un juicio o un debate. Yo expuse mis argumentos, presenté todas las evidencias, le mostré al juez lo culpable que es. Él rebatió, refutó todo lo que tenía que aclarar y le mostró al juez que es totalmente inocente.
El juez es mi corazón.
Y lo absuelve de inmediato de todas las acusaciones.
—¿No vas a decir nada?
—Sí. —Respiro hondo. Hago una concha con la mano y soplo caliente dentro de ella, huelo solo para medir cómo tengo el aliento—. Vamos a besarnos ahora —decido al darme cuenta de que no tengo boca de cementerio.
—Estás extrañamente loca. —Se levanta de la silla y viene hacia mí.
Las manos pesan sobre la cama, inclina el cuerpo hacia mí y me besa con las correspondientes ganas que sintió de mí.
Yo le correspondo porque sentí lo mismo.
Abrazo sus hombros y lo aprieto todo lo que puedo; querría que se tumbara en la cama encima de mí, pero no podemos hacer cosas así en un hospital.
—¿Sabes qué? —digo entre el beso—. Yo también te amo, Khaled.