Capítulo 30
Dandara Bernardes
Donde uno quiere estar
«Un árbol empieza con una semilla».
—Proverbio árabe.
No podría ponerle ninguna pega al doctor Guilhermo.
Nos transmitió credibilidad, confianza y mucho conocimiento; además, claro, de un lado humano que les faltó a la mayoría de los médicos que conocí en la vida.
La culpa no era suya, por supuesto. La culpa era de las noticias, que no eran buenas.
Cuando volvió, aún sin mi hermana, trajo a dos especialistas que lo asistieron al explicar todo lo que habían comprobado en los exámenes.
Por desgracia, Jana solo tenía tres opciones: 1) necesitaría un trasplante de pulmón; el problema aquí no era el coste, tan caro como la cirugía cardíaca, sino la exorbitante lista de espera; 2) Vivir conectada a aparatos por su insuficiencia respiratoria; o 3) No hacer nada y ver si con el tiempo mejoraba o empeoraba.
No puedo simplemente «no hacer nada». ¡Es exactamente lo que se hizo hasta aquí y mira a dónde hemos llegado! ¡A un problema mayor!
Lo escucho todo con seriedad, pregunto por las opciones para entenderlas y me mantengo controlada todo lo que puedo. Cuando mi hermana vuelve, la abuela se queda para cuidar de ella y del pequeño príncipe, mientras yo voy al baño.
Me lavo la cara unas tres veces, por lo menos. Y en cierto momento empiezo a llorar en silencio, con la espalda apoyada contra la pared, bajo hasta el suelo para abrazarme las rodillas y lloro.
Lloro por todo lo que está acumulado y me hace sentir una auténtica incompetente.
¿Por qué no se resolvió esto antes? ¡Podría haberse evitado algo así! ¿Aguantará la cirugía? ¿Vivirá o tendrá una sobrevida tras ella? ¿Todo lo que hice hasta aquí fue en vano? ¿Nadé, nadé y nadé para morir en la orilla?
Entonces mis pensamientos empiezan a flotar un poco más lejos.
¿Por qué actuó Khaled de aquella forma tan brusca e irritada? ¿Por qué trata así a su propio hijo? ¿Por qué tiene que ser tan huraño y sombrío, cuando se ve tan precioso e ilumina mis días cuando sonríe?
Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano, pero sigo sentada.
El Jeque Khaled. ¿Por qué lo echo de menos? ¿Por qué lo quiero aquí?
Querría que me sujetase la mano ahora y me levantase muy despacio. Que me atrajera a sus brazos y, en silencio, cubriera mi cuerpo hasta dejarme sin aire.
Cuando sus manos tocaran mi espalda o mi nuca, el peso del mundo entero desaparecería mientras estuviéramos juntos; entonces ¿por qué, Dios mío, no puede simplemente ahogarme entre sus abrazos hasta que me olvide de que el mundo existe?
— Estoy agotada —es la conclusión lógica a la que llego, me lavo la cara de nuevo.
Cuando salgo del baño me doy cuenta de que necesito hablar con alguien. La primera persona que me viene a la cabeza, claro, es Vanessa.
Como no contesta al móvil, llamo directamente a su casa, me atienden enseguida.
—¡Hola! —Oigo la voz de su madre.
—Hola, Melina, soy yo, Dandara! —digo animada, sollozo bajito.
—Hola, cariño, ¿cómo estás? ¡Qué ganas de verte!
—Ay, ¡yo también, tía! —Hago un mohín como si pudiera verme—. Estoy en Brasil, tengo que ir a verte, después me dices cuándo estés libre.
—¿ Estás en Brasil? —Su voz refleja extrañeza.
—Sí, vine aquí ayer, no avisé a nadie. ¿Puedo hablar con Vanessa?
—¿ Cómo? —Su voz parece temblar.
—¿Vanessa no está?
Hay un breve silencio. Oigo el sonido de agua en un vaso; a continuación, la madre de mi amiga bebe muy despacio.
—¿Vanessa no fue contigo? —pregunta despacio, y las palabras tardan en salir.
—¿Cómo, tía?
Y como todo lo que va mal puede ir peor, me dice:
—Dandara, Vanessa nos había contado que iba a los Emiratos a verte, a quedarse contigo. Se marchó hace cuatro días, más o menos.
—¿ Qué? —Respiro hondo—. Tía... —Miro a mi alrededor, sin saber qué decir—. No. No me contó nada.
—¿Estás de broma? Por favor, ¡dime que no!
—Tía, quizá fue un malentendido. —Intento calmarla—. La última vez que hablé con Nessa fue hace 5 o 6 días. No me dijo nada de eso.
Por lo visto no fue la respuesta correcta; no la veo, pero sé que la mujer empieza a desesperarse.
—¿Puedes darme más información? Voy a intentar localizarla por ti, ¿vale?
—Dijo que iba a los Emiratos a verte. Que iba a ser niñera de un príncipe, algo así.
Qué raro. Vanessa no me dijo nada de eso.
Me dijo, en realidad, que estaba hablando con un príncipe árabe por internet. Se llamaba Jeque Rhayan, vi las fotos, el tío era de verdad un proyecto de dios griego —o árabe—.
No me dijo desde hacía cuánto tiempo hablaba con él, solo me dijo que el Jeque estaba dispuesto a venir a Brasil a conocerla y eso lo aprobé. Pero ir ella a los Emiratos, no. Le dije que era peligroso, que no podía confiar así en un tipo con el que hablaba por internet.
—¿Dejó algo, tía?
—Se llevó el móvil y el portátil. —Piensa un poco más—. ¿Quieres venir y echar un vistazo a su cuarto, a ver si encuentras algo?
—¿Puedo?
—Claro, hija, érais como hermanas. —Un hilo de alivio parece llegarle—. Cuando puedas, ven, por favor. ¿Cómo está doña Dalva? ¿Y Jana?
—Estamos bien, Jana está pasando unos exámenes, quizá tenga que operarse. — Mierda. ¡Aguanta el llanto, Dandara, aguanta el llanto!
Si no, vamos a ser dos mujeres adultas llorando al teléfono.
—¡Todo va a ir bien, con fe en Dios!
—Amén, tía. —Cierro los ojos—. Ten fe, ¿eh? Iré a tu casa en cuanto vuelva a Recife; mientras tanto voy a intentar llamarla, entrar al correo, Facebook, me voy a apañar para descubrir algo sobre Nessa y te mantengo informada.
—Vale, mi niña, eres un amor.
Tras el fin de la llamada intento unas 10 veces más llamar a Vanessa. Al principio el móvil hasta da señal; en la siguiente llamada da fuera de cobertura.
Otra bomba en mi regazo. Ni siquiera sé cómo consigo mantenerme en pie.
*
Spoiler: no lo conseguí.
Me caigo. Me caigo como una fruta madura cae al suelo. El móvil por un lado, el bolso por otro, el cuerpo desparramándose, una delicia de ver.
Cuando me despierto, mi visión está bastante borrosa, ya es el principio de la noche en São Paulo. Por la puerta de cristal que va del suelo al techo veo los contornos anaranjados del cielo anunciar que el día está llegando a su fin.
Echo otro vistazo y me doy cuenta de que tengo suero en la vena, estoy en la cama del hospital, en una habitación bastante lujosa. Un precioso jarrón ornamental tiene decenas de rosas aromáticas, bien abiertas, vívidas.
Las miro mejor. Ninguna parece tener espinas en el tallo.
Muevo la cara con dificultad hacia el lado derecho de la habitación y me llevo un susto, solo no salto de la cama para no quitarme el suero del brazo.
—¿ Eres un fantasma? —pregunto en cuanto veo al Jeque Khaled, sentado delante de mí, con los dedos rascándole el mentón lentamente.
¿Es real? ¿O esto es solo un sueño?
¿Deseé tanto que estuviera aquí que fui transportada a su encuentro? ¿Sigue siendo efecto de aquel veneno que usó conmigo?
—Es exactamente lo que me pregunté cuando te vi por primera vez —suspira—. Solo podía ser un fantasma o mi imaginación se había hecho tan fuerte que habría creado formas físicas solo para satisfacer mi placer.
—¿ Khaled? —Miro otra vez las rosas, después a él—. ¿Dónde está...?
Apenas termino de decirlo, la puerta de la habitación se abre y la abuela entra despacio; cuando se da cuenta de que estoy despierta, corre hacia la cama.
—¿Te has hecho daño? ¿Estás bien? ¿Qué sientes?
Así que no es un sueño. De verdad me caí y me desmayé.
—Tranquila, abuela, estoy bien. —Intento calmarla.
—Dandara, ¡tendrías que haberme pedido que te acompañara! ¡Por el amor de Dios!
—Abuela, tranquila —sonrío—. Ya estoy bien, ¿vale? ¿Dónde están los niños?
—Ah, se quedaron con un chico muy simpático que se llama Rafael, en el hotel.
—Raffaello. —Parpadeo despacio.
—Eso. —Mira al Jeque—. Dandara, no me habías dicho que tu jefe vendría en cualquier momento —baja la cara y murmura—. Y que era tan guapo! ¡Madre mía!
— Abuela, contrólate —gruño con una sonrisa congelada.
Khaled ya sabe que estoy loca. Pero ¿el resto de mi familia? No quiero que tenga la peor impresión de nosotros.
Khaled. El Jeque. Está aquí. Nuestro último encuentro, o mejor dicho, desencuentro, fue desastroso. Él se hizo daño, yo me hice daño, discutimos y yo quise irme. Menos mal que él se fue, porque sé que me habría arrepentido.
Sé que solo estuvimos 6 días separados, pero lo eché tanto de menos que todo lo que quería era poder reencontrarlo, aunque fuera para verlo una última vez y guardarlo en mi memoria.
¿Cómo podía ser tan guapo y tan sombrío? Escucharme, entenderme, esforzarse por mí, pero al mismo tiempo no escucharse, no entenderse y no esforzarse por algo tan simple y natural. ¡El lazo con su hijo!
Una lágrima cae de mis ojos y los cierro.
— Danda, ¿está todo bien? —La abuela me sujeta la mano con fuerza.
Asiento con la cabeza.
—¿Podrías dejarnos un minuto a solas, abuela?
—Claro. —Mira al hombre y después a mí—. Voy a estar al otro lado de la puerta, ¿vale?
Se va a continuación y yo espero a que las lágrimas dejen de caer en silencio, pero no se detienen. Por eso es difícil abrir los ojos y mantener mínimamente una postura seria.
—No llores. —Me entrega un pañuelo.
No conozco otra forma de lidiar con todo este peso, salvo llorando.
Todo parece estar saliendo mal, derrumbándose. Es él, Jana, Vanessa... ¡yo! ¿Qué me está pasando?
—Querría no volver a verte nunca, Khaled —digo con profunda sinceridad—. Lo que hiciste me dolió de una forma que no puedo explicar. Y duele cada vez que lo recuerdo...
Me analiza en silencio.
—No veo problema en que seas cruel. Con personas como Cristian, con personas que se lo merecen. —Guardo los nombres en este momento, porque tengo otros asuntos más importantes que tratar y aquella serpiente del desierto está a miles de kilómetros de aquí—. Incluso conmigo, cuando llegue el momento.
Respiro hondo, intento usar todas mis fuerzas para incorporarme y quedarme sentada en la cama, no lo consigo.
—¿Me ayudas a sentarme?
—Claro. —Ajusta la cama, me coloca algunas almohadas detrás y me apoyo mejor.