Capítulo 29 #2
—Sí, para cuidar a mi hermana. —Sujeto los hombros de Jana, parece muy nerviosa.
—Bien. —El doctor coge un pequeño aparato y avisa a alguien con un pitido—. Dime, Janaína, vamos a hablar nosotros dos. ¿Sabes lo que significa tu nombre?
Mi hermana niega con la cabeza.
—Diosa del mar —asiente de modo amable—. Madre de los peces. ¿Te gusta el mar, pequeña?
—Sí, vivo en la playa —dice con el dedo en la boca.
—¡Qué increíble! —Guilhermo apoya los brazos en la mesa—. ¿Y vas a la arena? ¿Coges conchitas?
Mi hermana asiente y sonríe, le encanta.
—¡Cuidado, eh! ¡He oído que Recife tiene tiburones peligrosos! ¡No entres en el agua sin la supervisión de un adulto! —dice en tono de regaño, muy paternal y divertido—. ¡Tú también, cuidado con los tiburones! —Le lanza la misma mirada a Youssef, que no debe de entender nada, pero asiente.
— Me gustó el doctor —mi hermanita me sujeta la mano y me tira para cuchichear en mi oreja.
—Pero dime, Janaína, la chica que adora coger conchas y vive frente al mar, cuando vas a la playa y corres, sientes el viento en la cara, ¿te cansas?
— Me canso. —Asiente con la cabeza tras buscar la aprobación de mi abuela.
—¿Y sientes dolores?
Asiente de inmediato.
—¿En cuánto tiempo te cansas? —El doctor se acomoda las gafas.
— No lo sé. —Me mira, preocupada por no saber responder.
—¿Entonces hacemos una prueba? Anda hasta el final de la sala y vuelve con tu abuela —pide.
Mi hermana va muy despacito, un poco encorvada, llega al extremo de la sala y vuelve. Mientras tanto, el doctor ya ha cogido su estetoscopio, mueve la silla de ruedas hasta nosotras.
—Con permiso —dice antes de tocarla y aceptar el permiso—. Mmm —pone una cara divertida—. ¿Ya has escuchado tu corazón?
—¡ Tum tum tum tum! —explica.
—Sí, el corazón hace tum tum tum tum. —Se quita el aparato de los oídos, lo limpia con una toallita higienizante y se lo coloca en el oído a ella—. Vas a ver cómo late el corazón del tío.
Guilhermo desfila por la sala y vuelve, lo hace unas tres veces y se detiene delante de nosotras. Pone el medidor sobre su pecho y le hace escuchar a mi hermana.
— Tum tum tum tum —asiente.
—Ahora —limpia el medidor y vuelve a pedir permiso, lo coloca sobre el pecho de ella—. ¿Y el tuyo?
Mi hermana hace una pausa, mira a la abuela y a mí.
— No tum tum tum tum.
—Sí —la sonrisa del médico rompe su expresión cerrada. ¿Por qué los hombres así no sonríen más? No saben lo guapos que se ponen—. ¿Quieres que lata tum tum tum tum?
Ella ni siquiera lo piensa, asiente enseguida.
—Sería mejor, ¿no? —Le retira el aparato con cuidado y lo deja sobre la mesa—. Vas a correr por la playa y no vas a cansarte, vas a poder bailar ballet igual que tu abuela y tu hermana, vas a crecer fuerte y sana. ¿Es eso lo que quieres?
—¡Sí! —dice animada.
Mi cara se contorsiona un momento y después siento que los ojos me arden por las lágrimas que caen.
Soy una gran idiota, estoy llorando con una consulta médica.
Pero, después de tantas veces escuchando que mi hermana quería morirse o arrancarse el corazón, esta es la primera vez que la oigo, aunque sin decirlo, decir que quiere seguir con vida.
—Bueno, me he volcado sobre el caso de Janaína Bernardes hace algunas semanas y tengo algunas observaciones que hacer. —Vuelve a su sitio.
—¿Algunas semanas? —Me resulta raro, porque yo aún no había concertado ni pagado la cirugía.
—Sí —el doctor no profundiza en eso—. Este tipo de cirugía que necesita su hermana tendría que haberse hecho en las primeras semanas de nacida. Como no se hizo, me gustaría entender el porqué. —Suspira y se quita las gafas para limpiarlas—. ¿Tenéis el contacto del médico?
—No —se lamenta la abuela.
—En el mejor de los casos, imagino que el médico responsable entendió que el defecto del septo era pequeño y no...
—¿Es grave? ¿Entonces ella no va a poder operarse? ¿Tendrían que haberle hecho esa cirugía hace años? —Ya me desespero e interrumpo al médico.
—Tranquila —su voz sale suave—. Es común que algunos bebés nazcan con ese defecto. Si es pequeño, puede acabar resolviéndose solo. ¿Tenéis información sobre algo así?
La abuela intenta tirar de la memoria.
—Mi hija habló de algo así, creo. Que con el tiempo el defecto podría resolverse, optó por no hacer la cirugía.
Esa información no la tenía, me sorprende.
—¿Ya no puede hacer la cirugía? —Estoy a punto de arrancarme el pelo.
Oigo dos golpes en la puerta de la sala; a continuación entra una mujer alta, piel de porcelana, cabello largo y ojos rasgados.
—Familia Bernardes, esta es la doctora Lisa Han, es cirujana pediátrica —presenta a su colega; mi hermana y ella enseguida se hacen amigas de la infancia con una única sonrisa y mirada—.
La doctora Han va a hacer los exámenes preliminares, evaluar el estado actual de Janaína y pasar un informe detallado de lo que necesitaremos hacer.
Respiro aliviada, aunque mi cuerpo esté tenso. Si hay dos médicos cirujanos involucrados en este caso, ¿eso es algo bueno o malo?
—¿Quieres una piruleta? —La médica le pregunta a Youssef.
Le traduzco y niega con la cabeza. Él no come azúcar.
Tras la salida de Janaína y de que la abuela acepte una taza de café, el doctor Lamarphe continúa:
—El desarrollo del cuerpo de tu hermana no es bueno para su edad. —Lo evalúa solo por lo que ha visto.
—Pensábamos que era el síndrome de Down —pienso en voz alta.
—Yo le enseñaba ballet para ver si el cuerpo se desarrollaba mejor, pero se cansaba con facilidad —se lamenta la abuela.
—Es el corazón. —Enciende el televisor de la pared y gira el soporte para que la pantalla quede en nuestra dirección—.
El cuerpo es una máquina y, para funcionar bien, necesita que todo esté en orden.
Cuando el corazón, que es uno de los núcleos principales del cuerpo humano, tiene problemas para hacer su trabajo, pueden surgir varios problemas, entre ellos el desarrollo del cuerpo.
No es el síndrome de Down. —Se quita las gafas mientras va pasando las imágenes en la pantalla.
Por mucho que esté siendo lo más claro que puede, mi cabeza está dando vueltas y vueltas sin entender nada. Mi abuela parece igual de perdida, pero mantiene la apariencia de que está siguiendo todo.
—En casos como el de su hermana, que ya pasó de la edad de la cirugía y en los que el problema se ha prolongado durante tanto tiempo, necesitamos estar seguros de todo lo que está ocurriendo dentro de ella.
—Hable, doctor. Por favor, no esconda nada. —Mi abuela se preocupa y yo asiento.
—En el mejor de los casos, estoy preparado para su cirugía. —Nos tranquiliza—. En el peor, quizá haya desarrollado fibrosis pulmonar. Y, en ese caso —respira hondo, pero nos lanza una mirada tranquilizadora—, tendremos que hacer un trasplante de pulmón.
—¿Cirugía de corazón y trasplante de pulmón? —Mi abuela se lleva la mano al pecho, la sujeto para garantizar que no se caiga si se desmaya. ¿Pero quién va a sujetarme a mí?
Joder. Querría que Khaled estuviera aquí. Y me odio por eso.
Porque sé que no quiero encontrármelo, o por lo menos, no estoy lista.
—Sí. En este caso, deben decidir si haremos las dos juntas y, si lo eligen, tendrán que esperar a que haya un pulmón compatible disponible.
Si optan por hacerlas por separado, mañana vamos a la sala de operaciones, pero, a medida que su corazón se recupere y empiece a trabajar bien, si hay fibrosis pulmonar, seguirá con esos síntomas —respira hondo—.
Y existe el riesgo de que no desarrolle los pulmones a medida que crezca.
Por mucho que lo que dice sea grave y difícil de entender, fácilmente lo interpretamos y nos tranquilizamos. Porque el problema tiene solución y eso es lo más importante.
—¿Cuánto tarda en quedar libre un pulmón? Perdón por la pregunta tonta.
Encoge los hombros, va al portátil e investiga.
—Ninguno por ahora. Pero puedo empezar con el proceso en cuanto la doctora Han traiga noticias —asegura.
Me alegro de que Janaína esté en buenas manos y vaya a ser bien cuidada. Pero me pone triste porque no sé si tendré dinero para pagar también esa cirugía; bajo la cabeza y respiro hondo.
—Entonces esperaremos los exámenes —dice la abuela, ahora que está menos nerviosa y tiembla menos.
—Conseguiremos el dinero. —Le aprieto la mano.
—Dandara. —Youssef me tira del brazo, abre mucho sus ojazos—. ¿Necesitas dinero?
Arqueo las cejas.
—Yo te lo doy —garantiza.
De verdad es un pequeño Khaled. Me río solo de imaginar lo que va a pedir a cambio.
—Eres un amor, Youssef. Pero yo me ocupo de esto, ¿vale? —Le acaricio el pelo.
—Si yo no tengo, llamo a papá —insiste.
Hasta al médico le hace gracia la escena; cuando tiene nuestra atención vuelve a hablar:
—El hospital puede hacer el trasplante de pulmón por la sanidad pública, si lo desean. Solo tendrán que entrar en la lista de espera —informa con educación—. Estoy a su disposición para lo que decidan. Si quieren otra opinión médica, puedo sugerirles a otros profesionales y a otros hospitales.
—No, doctor, usted nos ha transmitido mucha confianza —la abuela habla por las dos y yo no tengo nada que añadir—. Esperaremos los resultados de los exámenes, entonces.
—Estén tranquilas, voy a comprobar cómo va la doctora Han. —Pasa junto a nosotras y sale de la sala.