101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

Dandara Bernardes

No Hay Mejor Lugar

«Un buen nombre es más valioso que una ropa púrpura».

—Proverbio árabe.

Sigo enfadada por lo que hizo Khaled, el estómago parece fermentárseme y revolvérseme cada vez que me acuerdo de aquello. Pero una cosa fue justa por su parte: cuando el Emir intentó entrometerse en mi viaje con Youssef, ordenando que Faridah viniera con nosotros a Brasil, él lo vetó de inmediato.

—Mira, esta es mi tierra. —Le enseño por la ventanilla del avión al príncipe.

Con un aire curioso y entusiasmado mira el mar verde-agua, los edificios modernos y otras construcciones más clásicas.

Quizá no encuentre la vista tan atractiva como la de su ciudad, que tiene el edificio más alto del mundo, el hotel mejor valorado y todo lo que el dinero y la ostentación pueden construir.

Pero mi corazón late con fuerza.

Cuando era niña, mamá me contaba historias antes de dormir. Estaba El Principito, claro. El Jardín Secreto fue mi favorito durante mucho tiempo. Aún hoy leo una vez al año Alicia en el País de las Maravillas. Pero uno que me marca especialmente es El Mago de Oz.

No hay nada más intrigante que un león cobarde, un espantapájaros que quiere un cerebro o un hombre de hojalata que quiere un corazón.

No. Sí lo hay. Hay una frase, en determinado momento, que dice: no hay mejor lugar que nuestro hogar.

—¡Abuela! —Ni siquiera espero a recuperarme del viaje, cogemos un coche y vamos a su encuentro en la escuela de ballet.

El grupo del final de la mañana hace una pausa para observarme. Niñas y niños inquietos estiran el cuello para mirar mi llegada y la de un príncipe árabe en su túnica. Los guardaespaldas se quedan cerca, pero nos dan privacidad.

—¡Hola, gente! —Los saludo a todos.

—¡Hola, Dandara! —Algunos me responden, porque me conocen.

—¡Niña! —Doña Dalva se lleva la mano al pecho y se inclina, respira hondo—. ¿Qué haces aquí? ¡Creía que solo nos veríamos en São Paulo dentro de unos días!

Es verdad. No le dije que iba a llegar tan pronto. La mejor parte del encuentro es la sorpresa.

Recife sigue igual, la escuela sigue en pie, mi abuela no parece haber envejecido un solo día, aunque su expresión cansada permanezca.

Yo he cambiado.

No soy la misma persona que dejó la tierra en la que nació. Y, por tanto, mi mirada ha cambiado.

Mirar la Escuela de Ballet me causa nostalgia y tristeza.

Es un lugar amplio, precioso, la abuela se enorgullece de exhibir en las paredes los cuadros de exalumnas que fueron escogidas por las compañías más renombradas del mundo.

Pero hay humedades, aparatos viejos y un aire un poco prehistórico en este sitio.

—Te echaba de menos y no podía aguantar ni un día más. —La abrazo con fuerza y cuidado para no tirarla—. Ah, quiero que conozcas a este niño precioso, entiende inglés, el príncipe Youssef.

Cuando escucha su nombre, enseguida muestra su buena educación.

— As-salamu alaykom.

Para mi sorpresa, la abuela le responde en árabe con unas cuantas palabras más; hasta Youssef se queda impactado. Intercambian algunas frases y yo voy moviendo la cara de uno al otro.

—Esta mujer aprendió algunas cosas viajando por el mundo —me guiña un ojo.

—Nunca decepciona, ¿eh, doña Dalva? ¿Lista para viajar?

—¿Viajar? ¿Cuándo?

—Esta noche, la primera consulta de Jana con el Dr. Guilhermo es mañana.

—Vale, vale, voy a prepararme —le da instrucciones a una profesora para que la sustituya y va al despacho de dirección a recoger sus cosas.

La abuela es así. Para ella no hay tiempo malo. Puede estar cansada, sintiendo dolor, enferma; primero hace lo urgente, sea para los hijos o para los nietos. Creo que eso lo heredé de ella.

—¿Aprendiste a bailar aquí? —El príncipe observa a todos salir.

Todos se miran como si fuera un preparativo de carnaval, los alumnos disfrazados de bailarines y él disfrazado de niño árabe.

—Yo daba clase aquí —asiento—. De vez en cuando. No soy tan buena, no tengo técnica, ni precisión, ni sé bailar de forma clásica... —respiro hondo. Es lo que siempre me dijeron.

—¿Puedes enseñarme a bailar?

Me quedo impactada por su repentino interés.

—¿Los chicos pueden bailar? —Frunce las cejas, mira a los chicos que acaban de salir.

—Los chicos pueden hacer lo que quieran.

—Asiento con la cabeza—. Bailar es entrenar el cuerpo para transmitir sentimientos.

Incluso cuando no sabemos sonreír y mostrar felicidad.

—Hago ondas con las manos, el movimiento recorre mi hombro, muevo el tronco y hago el mismo movimiento al otro lado del cuerpo—.

O cuando estamos tristes y con miedo. —Encojo los hombros y camino apresuradamente, con la cabeza baja—.

El cuerpo habla por nosotros, aunque no nos demos cuenta.

—¡Guau! —Youssef se sienta en el suelo y apoya la barbilla en los puños cerrados.

—Bailar les enseña a los chicos y a las chicas a ser quienes son.

—Me pongo de puntillas, es relativamente incómodo con estas zapatillas—.

A demostrar sus sentimientos. —Levanto las manos de un modo delicado y giro en el aire—.

Y a ser libres. —Voy bajando suavemente, hasta el suelo, donde me derramo y me quedo inmóvil.

A algunas personas les gusta leer libros y meterse en la psique de los personajes para sentir el extremo de sus emociones.

Otras prefieren ver películas y ver cada detalle de la historia en formas y colores.

En la danza, es el cuerpo y los movimientos los que retratan la psique y la historia de forma subjetiva, y a cada uno le toca interpretar como quiere y como es.

Cuando Youssef me aplaude, animado, me llevo un susto.

—¡Gracias! —Siento que me duelen las mejillas.

—Parecía una flor abriéndose y luego los pétalos cayendo —observa.

A veces se me olvida lo observador e inteligente que puede ser este niño.

—Fue precioso de ver —aplaude también la abuela, y viene con su bolso—. Ahora tu baile demuestra algo muy nuevo. —Analiza mi cuerpo—. Una profundidad, no sé cómo explicarlo.

—Gracias, abuela.

—Muy bien, ¿vamos? —Se vuelve hacia Youssef—. ¿Te gusta comer lasaña? Yo hago una con un queso gratinado, ¡huumm!

—Abuela, te vas a sorprender, pero con nosotros viajaron en el avión la nutricionista y un equipo para cuidar del joven príncipe —contengo la risa.

—Ah, no pasa nada, ¡hago lasaña para todos!

*

No le conté a Youssef que tenía una hermana con síndrome de Down, quería ver su reacción, que fue la misma que cuando dos niños se encuentran: primero se analizan en silencio, después buscan grietas sobre cosas en común y entonces se vuelven mejores amigos desde la cuna.

Me siento un poco incómoda, no sé si es por tener tanta gente dentro de nuestra casa —pero mi abuela insiste en ser una buena anfitriona y atender a los guardaespaldas y a los demás trabajadores— o por la diferencia estética del sitio, comparado con el lugar en el que vive el príncipe.

Mi casa es muy humilde y, seamos sinceros, se está cayendo a pedazos.

Estar frente a la playa, tener la brisa marina, el sonido delicioso de las olas es un privilegio, sin duda. Pero la casa olía y parecía algo viejo que se hubiera estropeado hacía mucho tiempo.

Nadie dice nada sobre mi casa, todos comen muy bien y son extremadamente bien tratados. La hospitalidad y el cariño nordestinos pueden superar cualquier cosa, incluso barreras culturales y lingüísticas.

Nuestro viaje a São Paulo es tranquilo, llegamos a la capital a las 21:00. Aviso al despacho del Dr. de que ya habíamos llegado y confirmo la cita para el día siguiente.

Pasada la prisa, presentaciones y emoción de los niños —Jana está mucho más debilitada que la última vez que la vi—, descansamos.

Fue una noche difícil para Youssef y para mí, porque el cambio horario nos descolocó por completo y no recuperamos toda la energía. Por la mañana, al despertar, coge el móvil para orientarse en el espacio y hace sus oraciones en la posición correcta, hacia La Meca.

—¿Cuántos años tiene este niño? —La abuela se queda impactada al ver al miniadulto, completamente independiente y con aires de Lord inglés.

—7 —comparto mi sorpresa, por fin alguien me entendía.

—A los 7 yo iba en bicicleta con los chicos de la calle y me caía en el campo, comía tierra...

— Pues sí.

Tras un desayuno reforzado, sobre todo para mí, y atender las necesidades de Youssef, vamos al Hospital Rota da Vida, uno de los más renombrados de toda América.

Ni siquiera tenemos que esperar, nos llevan directamente al despacho del cirujano que se ocupará de mi hermana.

El Dr. Guilhermo Lamarphe tiene un currículum impecable, era el Cristiano Ronaldo de la cirugía cardíaca. El hombre tenía experiencia y prácticamente estaba involucrado en la formación de la mayoría de los profesionales del país.

Me sorprendo cuando me encuentro con un hombre en una silla de ruedas, no había reparado en ese detalle al investigar sobre el doctor.

Con cabello castaño bien peinado, gafas con varillas negras y borde dorado, una mandíbula prominente que me resultaba muy familiar y una mirada muy seria, aunque no parecía huraño como Khaled.

—Familia Bernardes —saluda de los más mayores a los más pequeños—. Y tú eres Janaína Bernardes. —Señala a mi hermana—. ¿Qué tal el viaje? Vinisteis desde Recife.

—El viaje fue estupendo, ya hemos descansado y estamos listas. —Mi abuela traga saliva.

—Yo siempre voy a Recife, por lo menos una vez al año. A mis hijos les encanta. —Empieza a manejar el portátil—. Parecen pececitos cuando van a Fernando de Noronha. ¿Habéis ido?

Todas hemos ido, salvo Youssef, que mira al médico con cierta curiosidad.

—¿Y este chico callado? —Le lanza una mirada desafiante al niño.

— As-salamu alaykom —responde enseguida .

La sorpresa estampada en la cara del doctor es muy divertida. No lo culpo, la cosa puede ser complicada.

—Este es Youssef, soy su niñera, ¡venimos directo de Awmaj!

El alzar de cejas del señor Guilhermo no pasa desapercibido. Se humedece los labios con cautela y le da otra mirada al chico, después a mí.

—¿Y habéis venido desde tan lejos?