101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—¡Vete! —Lo empujo—. Vete a tu viaje, vete a la coronación de tu amigo, vete a obedecer las órdenes de tu padre que son más importantes que tu hijo.

Tu única familia —empiezo a alejarme—. Soy tan idiota.

De verdad pensé por un momento que podíamos ser una familia, pero todo tiene que ser a tu manera, ¿no?

—Me duele la garganta y solo no abro la boca a llorar y a gritar de milagro—.

Nada importa si tú no estás satisfecho —aprieto los labios—.

Pues tengo una novedad para ti, Khaled. Yo no estoy satisfecha. Y creo que esto necesita acabar aquí.

—No digas cosas de las que puedas arrepentirte después.

Se ha cerrado por completo. Hasta el punto de que ya no soy capaz de descifrar lo que siente, si siente, si de verdad alguna vez fue capaz de sentir.

—Eres exactamente lo que me dijeron. Una maraña de espinas —le doy la espalda y subo las escaleras.

*

Necesito tomarme un tiempo en el baño para respirar, lavarme la cara y asegurarme de que estoy presentable. Youssef no puede verme en este estado.

Voy a la nevera a buscar nuestros pepinos y lo busco por todas partes, pero no lo encuentro en ningún sitio. A no ser...

—Dios, eres mi fuerza y mi fortaleza, protégeme, por favor.

Es gracioso. Yo, que nunca supe hablar con Dios, pidiendo su misericordia al entrar en la selva.

No tardo en ver al niño sentado en el suelo, el cuerpo temblando, sollozando de tanto llorar. El tigre, que apoya su cabeza en él e intenta consolarlo de sus lágrimas, se pone en alerta cuando entro.

Creo que pregunta si fui yo quien le hizo daño al niño.

—Hola, Youssef —digo bajito—. ¿Puedo acercarme? Tu amiguito parece un poco exaltado.

— ¡Gatito-gatito, siéntate! —el niño aguanta el llanto para hablar.

El tigre obedece de inmediato su orden, se sienta de un modo majestuoso y alerta.

Doy unos pasos hacia el niño; como veo que el tigre va a quedarse sentado, me acerco del todo y me siento a su lado. Dejo todo lo que traía a un lado y lo cojo en brazos, lo abrazo con fuerza y dejo que llore contra mi pecho.

Creo que necesitaba esto, quizá tenía mucho guardado ahí dentro.

—Perdona por ser débil. —Se limpia los ojos cuando termina.

—Llorar no es debilidad —sonrío, le acaricio el pelo—. Todos tenemos límites y cuando se alcanzan, esto es lo que pasa. Es normal.

Asiente.

Las manitas se quedan alrededor de mi cuerpo y la cara apoyada en mi barriga.

—Yo querría haber muerto en su lugar.

—Youssef —lo reprendo—. ¡No digas una tontería así!

—Fui yo quien la mató.

Eso me hace subir una mezcla de sentimientos que soy incapaz de gestionar. Y, claro, todo parece más intenso porque aún parezco estar bajo el efecto de las cosas que Khaled usó conmigo anoche.

—¿Te dijo eso tu padre? —pregunto.

Niega con la cabeza.

Alivio. Lo que siento en lo más profundo del alma es alivio.

—¿Quién te dijo tanta tontería, Youssef?

No lo dice. Yo sé por qué.

—Fue tu tía Faridah, ¿verdad?

Levanta la cara, sorprendido de que lo sepa, ni dice que sí ni que no. Pero quien trabaja con niños sabe cómo es esa mirada. Un silencio que lo dice todo.

—Tu tía Faridah es una mentirosa. Una farsante. Una persona muy mala que descarga en ti sus problemas.

—Ella me castiga porque me lo merezco —lo dice con tanta certeza, como si dijera que el cielo es azul, que me quedo boquiabierta.

— ¿Te lo mereces?

—Por haber matado a mi madre.

¿Quién es capaz de decirle eso a un niño?

La próxima vez que vea a esa mujer delante de mí, mi chancla y su cara van a tener una conversación hasta que uno de los dos se deshaga; y mi chancla es de un material muy resistente.

—Dice que si yo sufro todo lo que sufrió mi papá, tal vez él me ame.

—Youssef —tengo que interrumpirlo antes de que salga de aquí ahora mismo y cometa un delito—. Sufrir no tiene nada que ver con el amor.

Mira qué gran ironía.

¿Por qué estoy sufriendo entonces por Khaled? En el fondo, allá en el fondo, sentía que lo amaba. O que podía amarlo. Si no fuera por eso, ¿por qué estaría tan decepcionada?

—Amar es cuidar, proteger, respetar. Amar no es sufrir.

—Pero papá...

Si esta conversación hubiera sido un tiempo atrás, habría dicho que era problema de la religión.

De hecho, el estereotipo que vi en la televisión y en la cultura occidental siempre muestra a los árabes como personas duras, a veces crueles y sin corazón.

Pero personas como Samira, Mustafá y Youssef son la prueba de que no.

El problema fue, es y seguirá siendo la gente y cómo interpreta las cosas según sus deseos.

—Tu papá te va a querer y eso no tiene nada que ver con sufrir. Solo tiene que darse cuenta de cosas que aún no ve.

—¿Tipo qué?

— Mmm —suspiro—. Tipo que os necesitáis el uno al otro. Así que no llores por las cosas que te dijo.

—Yo no lloré por lo que dijo. Lloré porque lo decepcioné. Cuando decepciono a papá, él se aleja de mí.

Me detengo un poco a pensar. Tengo la cabeza hecha un lío y estoy a flor de piel. También hay un tigre enorme sentado delante de nosotros, así que entiendo que mi cabeza esté dando vueltas mientras baila la ragatanga.

—No va a estar lejos de ti.

— ¿De verdad?

—Te lo prometo, Youssef.

—¿Lo prometes? —Sus ojos brillan, me abraza con más fuerza—. Eres como una mamá para mí, Dandara.

Este niño va a acabar conmigo, intenté limpiarme la cara y respirar hondo para que no me viera llorar, pero ahora es imposible.

—Perdóname por hacerte llorar. —Su voz suena amortiguada, porque ahora soy yo quien lo abraza con todas mis fuerzas.

—Nunca más te disculpes. —Le beso lo alto de la cabeza.

Pasamos un rato así. Tiempo suficiente para que dejemos de llorar y se me agarrote la pierna.

—Sigue sentado. —Es lo que se me ocurre para romper el silencio.

—Es muy obediente —observa Youssef—. Menos mal que ni dormí, voy a acordarme de mi mamá para siempre.

—¿Cómo?

—Nunca más voy a volver a verla.

— Ah —asiento, estiro el brazo y cojo un sobre grande—. Saqué otra copia. —Se lo entrego—. Por precaución sacaré más, después. Y, perdóname, lamentablemente estas no están en un libro bonito.

—No pasa nada, el libro no importa. —Coge las fotos, sus ojos se agrandan muchísimo cuando puede volver a verlas, es como si se reencontrara con un amigo muy querido tras años sin hablar—. Lo que importa es lo que estaba dentro de él.

No es más que un niño de 7 años.

Yo a esa edad comía tierra. Y me estiraba al extremo para ser flexible y recibir la aprobación de los evaluadores de ballet.

—Mira, gatito-gatito. —Se lo enseña a su mascota—. ¡Esta es mi mamá!

El felino estira el rostro para ver la imagen, parece prestar poca atención a registros humanos en impresiones fotográficas.

—Es muy inteligente.

—¿Sí? ¿Qué más sabe hacer? —Divido mi atención entre el felino y el chico.

— ¡Gatito-gatito, fuera! —Lo dice y hace un gesto con la mano abierta, empujándola hacia fuera.

Para sorpresa de nadie, el tigre se aparta.

— ¡Gatito-gatito, ven! —Lo llama con la mano en concha tirando hacia dentro.

El animal se acerca y él le hace la misma señal de sentarse.

—Sentarse y quedarse es lo mismo —explica Youssef—. Hay otro. —Se detiene y piensa un poco.

—¿Cuál?

—Necesita haber algo de comer.

— Ah. —Miro a mi alrededor, veo las rodajas semicongeladas de pepino que íbamos a ponernos en los ojos—. ¿Esto sirve?

—Sí. —Coge un pepino y lo tira al suelo, el animal se queda quieto. Youssef señala con el índice—. ¡Gatito-gatito, chuche!

El animal avanza sin pestañear, va exactamente adonde el niño señaló y lame el pepino, con cierto desdén al darse cuenta de que no sabe igual que un filete.

—Vale. —Me quedo helada con tanta información—. Bueno, ¿nos quitamos esas ojeras? Creo que hasta yo lo necesito ahora. —Me señalo la cara.

—Vamos. —Coge dos rodajitas de pepino y se las pone sobre los ojitos, mueve la cabeza lentamente mientras sonríe.