101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—¿Sabes por qué el marfil es tan valioso?

—Empieza así—. Bueno, claro, porque es un material limitado y, por tanto, lujoso.

Ya sabes, existen las necesidades básicas que todos tenemos y por las que pagamos «barato».

Después están los productos intermedios, los caros, jodidamente caros, caros que cuestan un riñón, de lujo, los que cuestan dos riñones y dos córneas y, claro, los exclusivos.

—¡Vete al infierno con esa conversación imbécil! —Lo que quiero es sacudirlo a ver si recobra el juicio y se queda mínimamente desesperado, que es como una persona normal estaría.

—Vender personas es algo, digamos, exclusivo. Pero también es ilegal.

—Vale —desisto. Vamos a morir.

Ya han alcanzado una de las ruedas, estamos acabados, solo me queda quedarme así, sereno, para recibir a la muerte.

Justo ahora que me sentía más vivo que nunca.

—¿Me haces un favor?

—Claro, amigo, claro que sí —digo como si estuviéramos tomando té y fumando cachimba.

—Coge eso del asiento de atrás.

Me giro de golpe y palpo el asiento. Me cuesta sacar la arma gigante y pesada, pero lo consigo.

—Coge la cachimba también para que te relajes —señala.

La cojo y fumo como una chimenea.

Raffaello abre la guantera y coge dos balas. Las balas de revólver son peligrosas. Las balas de rifle deben de hacer estragos. Pero esto...

—Mi bisabuelo le dejó a mi padre este rifle para cazar elefantes. —Carga el arma—. Y yo se lo robé, porque me pareció guay. ¿No es guay?

—Claro —exhalo el humo.

—Sujeta el volante y pisa el acelerador. —Simplemente suelta el coche y yo tengo que desesperarme para asumir el control.

Raffaello saca medio cuerpo por la ventanilla, pisa con la bota encima del salpicadero del coche; no tarda ni cinco segundos, dispara. El estruendo es como el de una explosión.

La furgoneta del pelirrojo se detiene en medio del desierto. No me queda duda de que se llevó un disparo en mitad de la frente.

Mi amigo se sienta, me pisa el pie y coge el volante.

—¿Sabes cómo se llama esto, amigo? —Me sonríe.

Querría borrarle esa sonrisa con un puñetazo.

—Legítima defensa, ellos atacaron primero. —Encoge los hombros.

—Sí. Y ahora están huyendo... —Miro por el retrovisor.

La moto y el jeep están en retirada.

—Tú nunca has cazado elefantes. —Pone los ojos en blanco—. No es una caza si el animal no huye. —Vira el coche a fondo, formando una ola gigante de arena; ahora somos nosotros los que perseguimos a los desgraciados.

—¿Tú has cazado elefantes? —pregunto.

—Claro que no —dice horrorizado—. ¡Yo nunca le haría daño a un pobre animal! —garantiza.

Repite la mierda del proceso de sacar el cuerpo del vehículo y dispara otras cinco veces, me pide que le pase más munición y carga el arma con una tranquilidad que me asombra.

El jeep se detiene, pasamos por su lado y vemos a los tres tíos ensangrentados.

—Sujeta esto. —Me entrega el arma. Encorva un poco el cuerpo y alcanza algo bajo el asiento, coge una cuerda y empieza a hacer un lazo mientras conduce.

Es todo tan surrealista que mi mente ya ha desistido de entenderlo, solo quiero fumar y sentir que el cuerpo se me relaja.

—Pisa el acelerador —pide, abre la puerta y se cuelga de ella.

—¡Raffaello, joder! —Mi mano izquierda intenta tirar de él hacia dentro del coche.

Su respuesta es un sonoro y contundente:

— ¡YIIIIIIIIIIIIJAAAAAAAAAAAA!

Gira el lazo y lo lanza dos, cuatro veces. A la quinta agarra al tipo por el cuello, este se cae de la moto y ahora, más que nunca, necesito agarrarlo y tirar de él hacia dentro del coche, si no, se va a caer a la arena.

—¡Da un trompo! ¡Da un trompo! —empieza a gritar como un loco.

Tras tirar de él hacia el asiento del conductor, él mismo toma el control y hace que el coche gire, esparciendo tormentas de arena por todos los rincones.

—¡Eres increíble! —Le pego un puñetazo en el hombro—. ¡No tienes ni una gota de juicio, joder!

—El diablo vino a causar confusión, matar y destruir, ¿no? —me pregunta.

Mi respuesta es una gran interrogación estampada en el burka.

—Entonces no esperes menos de mí.

*

Pasan más de treinta minutos hasta que el hombre de cabello oscuro se despierta. Tose mucho, intenta limpiarse la cara y la ropa. De repente se pone a gritar:

—¡Mi espalda! ¡Me duele la espalda! ¡Mi espalda! —Era exactamente lo que estaba gritando allá en el desierto.

—Por tu suerte. —Raffaello se agacha frente al tío con una sonrisa que hasta a mí me atormenta—. Hice un curso técnico de fisioterapia en la Universidad de Oxford.

La forma en que el maleante lo mira es similar a mi mirada, completamente incrédulo.

—Voy a ayudarte. Pero primero, dime el nombre de tu proveedor.

—¡Yo no lo sé! —El hombre se desespera—. ¡No lo sé, solo descargo el camión! ¡Lo juro!

—Solo descarga. —Le señala con el índice, con una gran sonrisa—. Escúchame bien, imbécil. —Le agarra el cabello al hombre y tira con todas sus fuerzas, el cuerpo se contorsiona. Veo con nitidez las marcas de la cuerda en el cuello—. ¿Te han disparado alguna vez en la vida?

—¡No! —El hombre llora.

—¿Quieres descubrir cómo es un disparo que derriba y mata a un elefante?

— ¡No!

—¡Entonces dime el nombre. El nombre, joder!

—No lo sé. Solo descargo el camión.

—Vale. —Raffaello se levanta.

No quería asustar al chico, pero cuando mi amigo dice «vale», es porque la conversación va a pasar a otro nivel.

—Hagamos una cosa: yo te arreglo la espalda y tú me dices el nombre, ¿vale?

—Vale, vale —llora, solo quiere que esto acabe de una vez.

—Vale —dice Raffaello.

Y enciende el martillo neumático. Sí, había un martillo neumático ahí, en la esquinita, como un curioso que se acerca para oír la conversación de los demás.

Primero lo golpea contra el suelo, solo para demostrar que no está bromeando. Y que el daño es irreversible.

—¡Luigi! —grita—. ¡Luigi Heder! ¡Por favor! ¡Por favor! —implora.

Raffaello me guiña un ojo.

—¡Se reúne con nosotros en el puerto los sábados, llevamos las mercancías en semanas diferentes para que la policía no nos intercepte! —grita—. ¡Déjenme ir! ¡Déjenme ir!

—Voy a dejarte ir, soy un hombre, tengo palabra —garantiza Raffaello.

—Gracias. Gracias. Luigi Heder, todos los sábados a medianoche en el puerto —resopla, respira, llora, todo a la vez.

—¿Ves cómo tenías la información? —Le acaricia la cara con el dorso de la mano, como si fuera una de sus putas.

—¿Puedo irme?

—Puedes, claro. —Raffaello se levanta, empieza a desatar al pobre infeliz, que no solo se ha meado, sino que se ha cagado entero—. No, claro, antes de... —Enciende el martillo neumático y lo coloca sobre la espalda del hombre.

Prefiero no mirar, son cinco golpes muy fuertes que parecen pulverizarle completamente la columna.

—... arreglar lo de tu espalda —termina y apaga el martillo neumático—. El doctor Cargatu Costilla fue uno de los mejores profesores que un alumno de curso técnico podría tener. —Se limpia las manos—. ¿Y, amigo? —Le da una palmada en la espalda—. ¿Ha mejorado el dolor?

Conseguimos oír un gemido bajito, definitivamente el tipo está vivo, solo que no sé por cuánto tiempo.

—¿Qué hemos aprendido hoy, Khaled? —Se gira hacia mí como si la noche de hoy tuviera una moraleja, como en los cuentos de hadas.

—¿Los bandidos mienten y siempre saben la información? —Aún no estoy seguro.

—No te fíes de los vendedores de arte ni de personas —enfatiza la voz al decirlo.

— Mmm, tiene sentido. —Echo otra mirada solo para ver si el hombre está vivo.

Lo está. Eso creo.

—Hola, amigo —Raffaello se limpia las manos en la frente del moribundo—. Te voy a dejar allá en el desierto, ¿prefieres en la esquina del río Nilo o por donde vagó Moisés durante 40 años?