Capítulo 25
Dandara Bernardes
Una belleza no anula a otra
«Deja que tu corazón vaya por delante de ti y procura alcanzarlo».
— Proverbio árabe.
Mi intención era volver a casa, pero Samira tenía cosas que tratar en el palacio y yo quería que Youssef aprovechara el máximo de tiempo posible con sus primos, al menos los que lo querían.
Aunque las demás mujeres de la familia Al Makariam no me permitieran sentarme a la mesa o se fueran de las estancias cuando yo entraba, acepté toda esa humillación para garantizar el bienestar del niño, era más importante que cualquier otra cosa.
Al principio de la noche, cuando estábamos a punto de irnos, el Emir llamó a su nieto para rezar con él en la sala de oración.
No intercambiaron muchas palabras al principio, solo entraron, hicieron su ritual y luego conversaron de un modo distendido; el pequeño hasta se rio. Al salir, el viejo se dirigió a mí, creo que fue la primera vez desde que llegué.
—¿Crees en Dios?
La pregunta es tan inesperada que intento buscar esa información en mi cerebro.
—Sí —suena más a pregunta que a afirmación.
—¿No hablas con Él? —Observa mi ropa: un pantalón blanco de sastre muy holgado en las piernas, una americana del mismo color y un velo que me cubre la cabeza.
—Sí, una vez al día.
—¿De qué hablas con Él? —Su repentino interés por mí me deja incómoda.
Parece un Khaled 4 veces más mayor; la mirada es densa, sombría, nada amistosa.
—Nunca se me dio bien hablar con Dios, Emir. —Hago un gesto de respeto con la cabeza—. Hago solo el padrenuestro , fue la forma que encontré de hablar con Él.
Asiente, parece aprobar, con reparos.
—¿Nunca le has entregado a Él tu corazón?
—¿Qué quiere decir eso?
—Rezar hasta llorar. Rezar hasta que tus huesos, dentro de tu carne, por debajo de tu piel, tiemblen como si fueras un edificio a punto de derrumbarse. —Me mira con interés—. ¿Nunca lo has hecho?
Lo hice. Solo una vez. Y fue cuando descubrí el estado de mi hermana.
Aun con incontables tíos y tías, la abuela, Jana y yo solo podíamos contar con nosotras. Todos nos dieron la espalda, todos nos abandonaron; éramos nosotras contra el mundo y el peso de salvar a mi hermana caía sobre mis hombros.
No sé si Dios me oyó, pero lloré hasta el punto de que no me salía la voz cuando mis labios se movían.
—Una vez, Emir.
—Eres el completo opuesto a ella. —Me observa con cuidado—. En nada te pareces a Sara. —Chasquea los labios mientras piensa, sus ojos no apartan los míos—. Ni en apariencia, ni en personalidad. Pero cuidas bien a Youssef, parece más rellenito y con buen color.
¿Se ha fijado en eso? Eso me hace feliz, creo que mi trabajo está marcando la diferencia.
—¿Has cogido alguna vez una rosa en las manos?
Las preguntas de este hombre son lo más inesperado posible.
—Pétalos de rosa, sí. —Recuerdo el día en que bailé para Khaled por primera vez.
—Rosas vivas, no las que ya mataron. Ellas, en su naturaleza. —Me mira más de cerca—. Las que nacen en nuestros jardines.
—Creo que no, Emir —digo tras pensarlo un poco.
—Las rosas no significan nada sin sus espinas. —Baja la cabeza y sale por el pasillo.
Si debería entender algo, creo que ha fracasado, porque estoy más confundida que antes.
*
De camino a casa, en un momento dado, le pregunté a Youssef cómo era su madre y no supo responderme.
—¿Cómo es eso? —lo miro más de cerca.
Sin lugar a dudas tiene un aire duro y, cuando frunce el ceño, es clavado a Khaled.
Las pestañas y los ojos son de la abuela, los mismos que heredó su padre, aunque no tan expresivos.
También hay rasgos del emir Rashid: el rostro bien perfilado.
¿Qué hay de la madre? ¿Será el color de la piel? ¿El pelo? ¿Los gestos?
—Nunca he visto a mi mamá —dice inquieto, parece no querer tocar el tema, porque al niño le enseñaron que él tenía la culpa.
—Pero ¿y en vídeos? ¿Fotografías? ¿Cómo era? —insisto.
—No sé, nunca la he visto.
La conversación termina ahí porque el niño parece realmente incómodo y ni siquiera consigue mirarme a los ojos.
Llegamos a casa y lo acompaño en la cena. Luego lo dejo en el cuarto de estudio para que termine sus deberes y le aseguro que volveré en unas horas para acostarlo y contarle una de sus historias favoritas.
Mientras tanto, me entra el gusanillo y empiezo a registrar la casa. Es increíble que el niño ni siquiera supiera qué cara tenía su madre, pero dudo mucho que Khaled no tenga ni una sola foto.
—¿Necesita ayuda, señora? —Fátima se acerca a mí al verme entrar en el despacho del jeque.
—No estoy robando nada —me río, incómoda.
—Ni se me ha pasado por la cabeza —la mujer me devuelve la sonrisa—. ¿Puedo ayudarla?
Sigo abriendo cajones y registrando armarios en silencio mientras sopeso si debo confiar en Fátima. Algo en mí dice que sí. Siempre ha sido atenta, educada, y me ha ayudado en todo desde que llegué.
—¿Conociste a la antigua esposa del jeque, Fátima?
La mujer palidece y enseguida busca la salida.
—¿Fátima? —insisto.
—Sí, señora, trabajo para el jeque desde que era muy pequeño. Apreció tanto mi trabajo que me invitó a ocuparme de todos los asuntos de su casa.
—¡Estupendo! —doy una palmada—. ¿Cómo era?
—¿Quién, señora? —se hace la desentendida. Pero sabe muy bien de quién hablo.
—¿Por qué no encuentro fotos suyas en internet? Igual que no veo fotos de la madre del jeque, ni de las demás mujeres del emir, ni siquiera de la abuela de Khaled, ni de otras mujeres del palacio… es como si no existieran.
—Es que ellas no necesitan exponerse —Fátima se queda pensando un momento—. Algunas tienen presencia pública: en oenegés, en política, pero la mayoría prefiere vivir para la familia.
—Mmm —sigo con mi tarea de encontrar cualquier rastro de esa mujer—. ¿El jeque no guardó fotos de Sara?
Fátima palidece, intenta escabullirse, pero no pienso dejarla en paz.
—Estoy buscando en el lugar equivocado, ¿verdad?
—¿Por qué quiere ver fotos de la antigua jequesa, señora?
—Youssef no sabe ni cómo es su propia madre —respiro hondo—. Saberlo me dejó un poco… —No sé cómo explicarlo, cojo el móvil y abro la galería de imágenes.
En favoritos hay varias fotos mías con mi madre, mi hermana y mi abuela. Hay también algunas de cuando el abuelo aún vivía.
—Esta es mi madre —señalo.
—¡Es preciosa!
Asiento. No aparentaba la edad que tenía, le gustaba cuidarse, una belleza sin igual.
—Nos abandonó hace unos años y nunca volvió…
A veces parece que mis recuerdos se van difuminando, así que vuelvo a la foto para recordar cómo era —suspiro—.
Al principio quería olvidarla. Hice terapia para quitármela de la cabeza; fue difícil vivir sabiendo que tu padre y tu madre te abandonaron…
, pero siempre que estoy a punto de olvidar, vuelvo a las fotos para acordarme —le enseño todas las fotos.
—¡Qué familia tan bonita!
Asiento en silencio.
—¿Acaso Youssef no tiene derecho a descubrir cómo era su madre?
—Es complicado, señora —admite—. Quizá al jeque no le guste.
—¿Por qué, Fátima?
No sabe explicármelo. No pasa nada.
—Te prometo que yo lidiaré con el enfado del jeque, no te preocupes.
Y entonces oigo la voz del emir resonar en mi cabeza:
—Eres el completo opuesto de ella… No te pareces en nada a Sara. Ni en aspecto, ni en personalidad.
Tras largos minutos intentando convencer a Fátima, me lleva a una habitación modesta, muy apartada del resto de la casa; en Brasil sería como una edícula, un cuartito de servicio.
Empuja la pared falsa y me sorprendo al ver una caja fuerte que va del techo al suelo, de un extremo a otro. Tras teclear la contraseña, se abre el paso.
Hay oro, obras de arte, objetos verdaderamente valiosos por todas partes. Bajamos al sótano y, cuanto más caminamos, más riqueza vemos. Al final de todo hay una estantería casi vacía, unas cuantas cajas de archivo que parecen desgastadas.
—Yo asumo toda la culpa —insisto y cojo las cajas.
Me siento en el suelo para mirar cartas escritas a mano, fotografías… veo a Sara y de verdad era preciosa. Tenía una luz en la mirada, un aura intensa, una forma de ser con la que sería imposible estar a su lado y no sonreír; parecía una persona extrovertida.
Veo fotos del día de su boda en las que parecía triste y acorralada, sus primeras fotos con Khaled, sumamente formales y distantes, y, por último, fotos de los dos juntos muy felices, ella embarazada y radiante; Khaled no parecía tener la mirada sombría que tiene hoy.
No puedo mentirme a mí misma: estoy celosa.
Lo que ellos tuvieron parece intimidad de verdad, porque he ido siguiendo en imágenes toda su historia de amor, foto a foto. La última es idéntica a la primera: Khaled serio, cerrado, sombrío, con la mirada cansada. Sostiene a un bebé en brazos.
—Me llevo esto —guardo las fotos en la caja que elijo y dejo las cartas a un lado.
No voy a invadir la intimidad de este hombre hasta ese punto; además, no sé si seré capaz de lidiar con los celos.
—¿Está segura, señora? —muestra su preocupación.
—Fátima, sabes que me llamo Dandara —digo de buen humor.
Intento tranquilizarla por el camino; hablamos de cómo era Sara y de cómo se comportaba el jeque cuando ella vivía.
Creo que ahora tengo todo lo que necesito.
Antes de dormir voy a la habitación de Youssef; me espera tumbado, todo arropadito bajo la manta, con la cara iluminada por el móvil.
—¿Ya ha llegado papá?
—No, todavía está con tu tío Raffaello —me siento en la cama y le tiendo la mano—. No deberías estar con el móvil hasta tan tarde.
Me lo entrega unos segundos después; me lo guardo en el bolsillo.
En lugar de traer la caja, salí y compré un álbum de fotos, también algunos marcos. Lo que traigo es un álbum precioso; aquí todas las fotos estarán bien cuidadas.
—¿Qué es esto? —pregunta curioso, se incorpora en la cama.
—Esto… —se lo pongo en el regazo—. Es un regalo.
—¿Para mí? —hace una mueca y lo abre, apresurado, ansioso.
Parece que le dan un puñetazo en la cara. Se queda desorientado, inmóvil, sin respirar siquiera. Reconoce a su madre en el mismo instante en que la ve en la primera foto del álbum. Claro, la foto también ayuda a reconocerla.
Es la foto más bonita que he visto, de todas. Sara embarazada, en brazos de Khaled, que sonríe a la cámara.
—Mamá. —Pasa los deditos por encima de la foto; se le agrandan los ojos—. Es ella, mamá —señala.
—Sí, es ella —le acaricio el pelo y apoyo su cabeza en mi pecho.
Lloro y Youssef se inquieta, preocupado.
—¿He hecho algo malo?
—No, Youssef, no has hecho nada malo —lo ayudo a pasar la página.
Con cada nueva imagen se queda más maravillado. En algunas fotografías simplemente se detiene y fija la mirada; con la mano abierta, posa la palma sobre la imagen, respira hondo.
—Am —repite muchas veces, incrédulo.
—Eres idéntico a ella. Idéntico. —Hasta yo me quedé sorprendida—. El pelo, la nariz, la piel, todo.
—¿Tú crees?
—Sí. Era muy guapa, ¿verdad? —le beso la frente.
—Tú también eres muy guapa —dice tras pensarlo un poco, como si necesitara decírmelo para que no me sintiera mal.
—Una belleza no anula a la otra —le toco la punta de la nariz con el dedo índice—. Era preciosa —suspiro; por más que me seco las lágrimas, se empeñan en caer—. ¿Sabes dónde está enterrada?
—No —se encoge de hombros.
—¿Te gustaría que lo averiguara para que fuéramos a llevarle flores?
Asiente de inmediato.
Esa es la historia que cuento esta noche. No hay Sherezade, ni ladrones, ni reyes crueles, ni lámparas mágicas, ni desiertos llenos de misterios y peligros. No. Es solo la historia silenciosa que cuentan unas fotos.
La historia de amor entre un hombre y una mujer que, siendo completos desconocidos, se enamoraron perdidamente —se ve con nitidez en las fotos— y, al final, el hombre volvió a sentirse un completo desconocido ante lo único que la mujer dejó atrás: un bebé.
—¿Me devuelves el móvil? Quiero hacer fotos.
—¿Para qué?
—Para verlas a todas horas —explica.
—Es un regalo para ti, Youssef —se lo entrego—. Es tuyo.
Coge el álbum como si fuera un libro sagrado.
—Gracias, Dandara —me abraza con todas las fuerzas que tiene y no me suelta, ni siquiera después de largos minutos.
Yo tampoco sé si soy capaz de soltarlo. Querría que se quedara en mis brazos para siempre.
—Ahora, a dormir, que mañana tienes colegio —sonrío y me levanto.
Youssef guarda el álbum junto al Corán y al libro de Las mil y una noches, en un lugar bien destacado.
—¿Dandara? —me llama antes de que salga.
—¿Sí, Youssef? —vuelvo la cara.
—Eres la prueba de que Dios me escucha —junta las manos y cierra los ojos.
—Que duermas bien —me despido con la mano y cierro la puerta.
Paseo por el pasillo, distraída. ¡Estoy tan feliz que ahora mismo entraría en aquel jardín de invierno y le daría un beso en la boca a gatito-gatito! Y luego saldría corriendo y gritando como una loca por toda la casa, con un tigre de trescientos kilos persiguiéndome.
—Mira quién ha lle… —me seco las lágrimas a toda prisa y me detengo al ver a Khaled acompañado de un señor un tanto extraño.
Bajo las escaleras hasta llegar a ellos y miro de cerca al hombre.
¿Quién es?
—Voy a subir a darme un baño. Deberías venir conmigo. —Khaled me pasa la mano por la cintura y se me eriza toda la piel.
Lo sigo con la mirada y luego vuelvo al viejo de pelo y barba blancos.
—¿Puedo ayudarle, señor?
—Soy yo, muchacha, Raffaello —dice con un acento extraño.
—Raffa… —lo miro bien. No se parece en nada al amigo de Khaled, pero me lo creo—. Ah. Estás diferente.
—Voy disfrazado. Salimos en una misión policial.
—¿Por qué hablas así? —me rasco la barbilla.
—Mantengo el disfraz hasta que me lo quite, muchacha —dice, relajado.
—¡Ah! —miro hacia atrás y veo que Khaled me espera en lo alto de la escalera, impaciente—. Precisamente quería hablar contigo.
—¿Sí?
—Raffaello, me diste un encendedor de cocina, pero todas las placas de esta casa son de inducción —lo miro con seriedad.
—Es que hay cosas, muchacha, que se encienden a la antigua. ¡Hala!