Capítulo 24
Jeque Khaled
Yiijaaaaaaa
«Más rápido que la muerte».
—Proverbio árabe.
El día fue más ajetreado de lo que pensé.
Mi padre reunió a mis hermanos para delegar algunas tareas que antes eran mías —garantizó que no me estaba castigando, solo aliviándome el peso de todo lo que administraba para que pudiera centrarme por completo en el gobierno de Awmaj y en el futuro como presidente de los Emiratos Árabes—.
Yo estaba listo para irme a casa a ver a Dandara y descansar cuando apareció Raffaello.
Al principio fue difícil reconocerlo. Puse los ojos en blanco cuando bajé del coche e incliné la cabeza para mirarlo.
Mi amigo iba con el pelo y la barba largos; a primera vista parecía un cazador, después entendí que iba vestido como para un safari.
—¿Qué mierda es esta? —Cruzo los brazos.
—Sube y ponte esto. —Me lanza un burka a los brazos.
El jefe de inteligencia de los Emiratos Árabes es, digamos, un hombre un tanto exótico. Por supuesto, todo el mundo conoce a Raffaello, es una figura que, vaya donde vaya, llama la atención. Ya sea por su porte atlético, su aire italiano o sus costumbres musulmanas ligeramente dudosas.
A mi amigo le gusta disfrazarse.
Al principio me parecía todo muy estrafalario, después me di cuenta de que su trabajo era mejor así. Conseguía infiltrarse en todo tipo de cosas, descubrir información; el tío era un verdadero 007 turco.
—¿Qué has descubierto? —Empiezo a ponerme el burka sobre la ropa después de quitarme el traje y la corbata.
Llevamos semanas monitorizando cosas sospechosas en aquel hotel Al Jamah. El negocio de la prostitución parecía ser solo la punta del iceberg.
—Conocí a 5 tíos en el Al Jamah —dice con un acento medio paleto, medio bobo, no se sale de los personajes cuando los encarna—. Dicen ser cazarrecompensas, estaban comerciando con obras de arte en el hotel.
—¿Vas a fastidiarme la noche por unos cazarrecompensas? —Me preparo para bajar del coche.
—Tranquilo, que se pone interesante.
Raffaello conduce hasta el desierto, al principio coge el mismo camino que suelo hacer, luego sigue hacia el este.
—No supieron decirme para quién trabajan, pero descargan cajas en el hotel —informa.
—¿Y qué hay en esas cajas?
—Obras de arte —dice como si fuera obvio—. Por lo menos... fue lo que dijeron. —Encoge los hombros—. Los observé durante siete días distintos, vienen una vez por semana, en días y horarios diferentes.
Por fin le vi sentido a que pasara el día en aquel lugar.
—¿El comercio de arte es ilegal ahora? —Intento recordar.
—No —asiente y señala con la cara unas luces que están a kilómetros más adelante—. Pero me parece curioso ver a 5 hombres cargando una caja con uno o dos cuadros.
—¿Qué tiene de curioso?
—¿El papel y el marco pesan tanto? —Baja la nariz y me mira con sus ojos oscuros.
—¿Qué le ha pasado a tu nariz? —Noto el cambio. No tengo nada más que añadir a lo que ha dicho, lo he entendido todo.
—Bótox —explica—. Y llevo lentillas. Y he alquilado este coche —lo dice todo de golpe antes de que pregunte.
—Vale. ¿Y por qué vas a reunirte con falsos transportistas de arte? —gruño; estamos llegando cerca, son dos coches y una moto.
—Tranquilo. Se pone más interesante.
La luz de la luna ilumina las dunas que se mueven suavemente por el desierto. Aparte de eso, los faros de los vehículos hacen el resto del trabajo.
—Has venido de verdad —dice uno pelirrojo, escupe al suelo.
Definitivamente no son de aquí. Acento americano, aire bastante bruto, parecen matones de película de mafia. Un rubio junto con dos hombres de pelo negro está en una furgoneta, el pelirrojo salta del jeep y otro moreno está en la moto.
—Déjame ver esa ricura. —Ya viene hacia mí para ponerme las manos encima.
Antes de que reaccione, Raffaello me pone la mano en la cintura y me tira hacia atrás, exagera el acento paleto, llega a resultar ridículo de tan estereotipado.
—Eh, eh, calma. —Pone la mano contra el pecho del hombre—. El acuerdo no era ese.
—Estoy deseando ver esta ricura que voy a ganarme. —Mira a sus amigos detrás de él—. Hoy esta belleza va a tener 5 pollas dentro.
—Claro, claro, eso si ganáis la carrera.
¿Carrera? ¿Qué está pasando aquí?
—¿O me das ahora el contacto de tu vendedor de arte? —provoca.
—Solo si ganas la carrera —dice serio el pelirrojo.
—Pues eso, solo verás a Mimosa si ganas la carrera; si no, me la llevo a casa.
¿Mimosa? ¿Qué nombre de mierda es ese?
¿Y Raffaello me ha traído aquí para canjearme con esos tíos por una información del proveedor de arte? ¡Se ha vuelto completamente loco!
—No eres árabe, pero eres un buen negociador, Nelson.
¿Nelson? Esto se vuelve más loco a cada segundo. Solo Raffaello para meterme en semejante mierda.
—¿Vamos a por la carrera? —Lo gracioso es que su inglés suena como el de alguien que sabe inglés, fingiendo que no sabe inglés, hablando el idioma de un modo totalmente caricaturesco.
—Vamos a por la carrera.
El rubio y los dos morenos lo celebran, el de la moto se queda callado solo observando.
—Vamos, Mimosa. —Me aprieta el culo y me lleva de vuelta al Jeep.
—¿ ¡Qué haces! —Casi le doy un puñetazo en la cara—. ¡Suéltame el culo, tío!
—Estamos actuando —gruñe bajito; entramos en el coche.
Me quedo aprensivo cuando el rubio sale del coche y viene hacia nosotros.
—La carrera es hasta un oasis que hay a unos cuantos kilómetros. —Señala con la cabeza adónde tenemos que ir y se va con sus amigos.
—¿Van a ser tres contra uno? —Le doy un golpe en el rostro encubierto—. Te has vuelto loco. ¡No me vas a entregar a esos imbéciles, de ninguna manera!
—Claro que no. —Arranca el coche, les hace un gesto a los tipos—. ¡Esperaré la cuenta atrás! —grita.
—¡Hecho! —dice el pelirrojo después de una carcajada—. 3... 2...
El sonido de los motores se hace alto. Los faros hasta brillan. Antes incluso del «1», el polvo del desierto vuela a todos los lados cuando los vehículos empiezan una picada desenfrenada en busca del oasis. Por supuesto, dos de ellos van por delante de nosotros y un vehículo se queda detrás.
—¿Has negociado a una supuesta mujer que tienes por una información? —digo indignado.
—Intrigante, ¿no? —Mantiene el acento—. Ese hotel anda muy mal frecuentado. —Pisa el acelerador, estamos a punto de adelantar a uno—. Vendedores de arte un cuerno; trabajan como traficantes de personas, eso sí.
—¿Crees que había personas dentro de las cajas? —Abro mucho los ojos.
—Vamos a descubrirlo —resopla—. ¿Quieres un chicle?
—¡Una mierda de chicle! —Le golpeo el brazo con el puño cerrado—. ¡Gana esta puta carrera, Raffaello, si no, no respondo de mí!
—Relájate, tío, ¿te he decepcionado alguna vez?
—¿Quieres la respuesta en orden cronológico o directamente por orden de odio? —Le rebato.
Por un momento casi creo que vamos a ganar esta mierda de apuesta. Adelantamos a la furgoneta y pasamos por delante de la moto, conseguimos ver tres árboles altos justo adelante, probablemente debía de haber agua por allí.
Entonces, a unos metros por delante de nosotros, una mina explotó. Una tormenta de arena se levantó y los colores plomo y rojo iluminaron la oscuridad ante nosotros.
Raffaello giró el volante con todo para escapar de este pandemonio, pero perdimos la cabeza de carrera. El tipo del jeep aceleró a fondo y llegó antes que nosotros, ya saliendo del coche golpeándose el pecho.
—¡Mimosa es mía! ¡Yo voy primero! —dice carcajeándose.
—¡Raffaello! —Rechino los dientes—. ¡Ahora sácanos de esta!
—Nos conocemos desde hace más de diez años y aún actúas como si fuéramos desconocidos —ríe al lanzarme una mirada de reojo—. ¡Al mejor de tres! —avisa cuando los otros dos vehículos llegan.
—Nada de mejor de tres, paleto. Vamos, ¡llevamos esperando a esta mujer desde que hicimos la negociación!
—Sus ojos son preciosos —dice el otro.
Le lanzo una mirada mortal a Raffaello. O a Nelson.
—¿Qué foto les enseñaste? —Me intriga.
—La de Megan Fox —dice con calma—. Le di un retoque, le agrandé las tetas, le moví aquí y allá en la cara.
— Megan... —respiro hondo—. Fox...
—Claro, le puse tu cara encima. —Coge el móvil y me enseña esa mezcla loca—. Buena, ¿eh? ¿Te la comerías?
—¡Voy a comerte el culo con arena, puto desgraciado, sácanos de aquí!
—¡Al mejor de tres! —Nelson avisa a los 5.
Ninguno de ellos acepta nada de eso. El pelirrojo avanza en nuestra dirección, los otros se quedan aprensivos en sus respectivos vehículos.
—¡Estupendo, al mejor de tres! —Concluye y, lanzándole mucho polvo a la cara al pelirrojo, da media vuelta y sigue por donde vinimos.
El hombre que tragó arena va dando tumbos hasta la furgoneta, los otros se apresuran detrás de nosotros.
—¡Pero qué gran mierda! —Miro hacia atrás, pero una nueva explosión a pocos metros de nosotros me llama más la atención—. ¡Nos vamos a ir sin la información del proveedor y vamos a acabar explotando! ¡Eso si esos pirados no nos atrapan!
La tranquilidad de Raffaello me cabrea.
He conocido a mucha gente en la vida, incluso a maestros budistas. Ninguno, dije ninguno tenía una mirada más serena que mi amigo. La gente estúpida y ajena a su propia realidad suele transparentar esa mirada tranquila, de eterna paz y vacío, porque no sabe o ignora los peligros de la vida.
La mirada de Raffaello es aún más serena.
Él conoce todos los peligros de la vida. Y, la mayoría de las veces, es él quien los crea.
—¿Te he contado lo que hacía mi bisabuelo para ganar dinero? —pregunta de la nada.
—¡Quiero que tu bisabuelo y tú os vayáis a la mierda, joder! —Me agacho cuando un disparo impacta contra el coche, después otro.
—Pues sí. Mi bisabuelo vendía marfil, eso fue lo que le permitió a mi abuelo construir su gran imperio —dice como si no hubieran disparado al retrovisor, hecho añicos el cristal de atrás y alcanzado el lateral derecho del coche.
—¡¡¡Raffaello!!! —Gruño como un animal.