Capítulo 21
Dandara Bernardes
Futura Esposa
«Estate atento al idiota, porque es como una prenda vieja. Cada vez que la remiendas, el viento vuelve a rasgarla».
—Proverbio árabe.
Contrato secreto de matrimonio entre el Jeque Khaled y Dandara Bernardes:
Artículo 1: Dandara Bernardes, la primera esposa del Jeque Khaled, no permite que él se case con otra mujer mientras estén casados.
Me quedo tan desnortada que no sé hacia dónde ir, a quién mirar o qué hacer. Menos mal que, en la duda, Khaled me sujeta la cintura y no permite que mis piernas temblorosas me hagan bailar samba delante de toda esta gente.
Khaled va a saludar a las visitas con cortesía, aunque no esboza ninguna sonrisa.
La chica parece tan emocionada e incómoda con este encuentro que parece la protagonista de una novela; en cualquier momento siento que se va a desmayar y su pareja romántica —en este caso, mi pareja romántica— evitará que se estampe contra el suelo.
—Pensé que solo llegarían dentro de tres días —observa el anfitrión, vuelve hasta colocarse a mi lado.
Me corto, claro. Todas esas miradas dirigidas a mí me dejan visiblemente tensa.
—Khadija no quería esperar ni un día más —dice el otro emir, me mira con bastante curiosidad—.
Mi hermano y su cuñada pidieron que no dejara sufrir a la pobre niña, no es más que una chica de 17 años, todos hemos tenido esa edad, sabemos cómo es.
—Mueve la nariz y el bigote pomposo, que parece una araña, se sacude con él.
—Sí lo sabe —mueve la cabeza el padre de Khaled—. Será un matrimonio próspero. Khaled espera al menos 7 hijos varones y total obediencia de su esposa.
Los dos viejos negocian como si los que van a casarse no tuvieran voluntad propia, eso me deja descolocada.
Por otro lado, mientras hablan, miro detrás de ellos y veo a Raffaello. No solo está doblando a ambos al mover los labios, también está haciendo muecas impagables. Intento concentrarme para no reír.
—Por cierto, Khaled no explicó por qué llegó tan tarde y qué hacía con esta hermosa muchacha. —El Emir Al Bawari me lanza una mirada inquisitoria.
Estaba lista para responder cuando me interrumpe Khaled.
—Estábamos haciendo cosas que solo nos atañen a los dos —dice de forma seria, pulida y un tanto arisca.
Imaginé que diría: estábamos por ahí, esperando para llegar tarde y mandar a la mierda al curioso que preguntara cualquier cosa. De alguna manera, encontré lo que dijo más ofensivo y elegante.
—Y no debo dar explicaciones sobre la hora a la que llego a mi propia casa. —Mira a su alrededor, como si quisiera confirmar que está en el lugar correcto. A continuación, le lanza una mirada al Emir pidiéndole explicaciones de por qué el viejo está allí.
—Claro —asiente el hombre, cortado, sujeta el asa de la taza y bebe su té, callado.
Parece que la vena de su frente va a explotar.
—Esa pregunta me lleva a otra —el Emir Rashid Al Makariam, padre de Khaled, parece decidido a ignorar mi presencia—.
Has pasado poco tiempo en el palacio real.
Ahora solo vas allí para despachar y resolver asuntos del gobierno.
Pensé que vivirías allí, como antes, para acostumbrarte.
—Se yergue en el sillón—. Al fin y al cabo, ese será tu hogar muy pronto.
—Prefiero separar las cosas ahora —asiente; cuando le responde a su padre es un poco menos gruñón.
—Claro. —El hombre les sonríe a la familia Al Bawari—. Bueno, este viejo necesita descansar, así que dejaré que se acomoden en sus habitaciones y...
¿Se van a quedar aquí?
Eso hace que se me abran los ojos como platos.
¿Voy a tener que convivir con Khadija bajo el mismo techo? ¿No bastaba con aguantar a Faridah?
—¿Acomodarse? —Khaled esboza una sonrisa irónica, no sé si se está riendo de la actuación de Raffaello detrás o si ha puesto esa cara por voluntad propia.
—Se quedan. La chica tiene que acostumbrarse al hogar en el que va a vivir, tiene que habituarse a Youssef y a cómo funcionan las cosas aquí —dice el padre.
—No se quedarán en mi casa.
—¡Khaled, son mis invitados! —El Emir lo dice indignado.
—Estupendo, pueden quedarse en el palacio real. Cedo mi habitación, es espaciosa —Khaled le lanza una mirada a Fátima—. Mi casa no estaba preparada para recibir a visitas tan nobles. Fátima, si sus maletas ya han sido llevadas a alguna habitación, tráelas de vuelta.
—Pero Samira, Mustafá y los niños se van a hospedar aquí. —El Emir está decidido a convencer al Jeque.
—Porque ellos son mi familia. —La mirada de Khaled se arrastra en un dulce y suave parpadeo en dirección a su hermana y a su cuñado y va arrastrándose hasta volverse sombría en dirección a Khadija y a su familia.
—Podemos acomodarnos en cualquier sitio, no te preocupes, Jeque Khaled.
—El Emir Al Bawari va a explotar en cualquier momento.
La vena de su cabeza ya parece una barriga de embarazada cuando el bebé está enorme y dando patadas—.
Nuestros antepasados compartían tiendas en medio del desierto en las tormentas de arena más temibles.
—Le sujeta el brazo al Emir Al Makariam—.
Dos o tres habitaciones, lo más sencillas que sean, nos servirán.
—Estupendo, Fátima, llama al hotel Al Jamah. —Señala a la mujer, que asiente de inmediato—. Reabrió hoy. Siete estrellas. El único del mundo.
Creo que el mensaje quedó claro, porque todos se levantan.
Los dedos de Khaled se deslizan lentamente de mi cintura para quedar libres y estrechar las manos de sus no-invitados.
—¿Está todo bien, hijo? —El Emir intenta entenderlo.
—Perfectamente bien, padre. Solo quiero dejar claros algunos límites.
—No te preocupes, Rashid. —El otro viejo le da una palmada en la espalda—. El chico solo no quiere caer en la tentación... con una joven prometida bajo su techo, ¿iba a poder resistirse?
Los dos viejos ríen. Parecen dos tiazos haciendo bromas que solo tienen gracia para ellos.
—¡Youssef, vamos! —Me sorprendo cuando el Emir llama al chico, que enseguida obedece.
—¿Adónde se lo va a llevar? —pregunto.
Es la primera vez que me manifiesto.
Un silencio sepulcral recorre el ambiente. Y soy sumariamente ignorada como si fuera un fantasma.
—El día de mañana será largo. —El Emir le da una palmada al hijo en el hombro.
—Youssef, tú te quedas. —El padre observa al chico, que se contiene mucho para no celebrarlo.
—Sí va —garantiza el Emir—. Faridah dijo que seguirá cuidando del chico mientras tú tienes días tan ocupados en el gobierno.
—Se queda —ahora soy yo la que lo digo.
Y ahora todos me observan, porque si puedo ser un fantasma, también voy a poder atemorizarlos.
—Youssef ahora tiene a Dandara, alguien para cuidarlo solo a él. Ya no necesitamos los cuidados de Faridah, dale las gracias de mi parte.
Parece otro Khaled. No es el mismo hombre de antes, no el que me propuso bailar para él por primera vez días atrás. Eso me hace sonreír de medio lado y asentir.
—¿Una occidental cuidando a un príncipe árabe? —Al Bawari tuerce la nariz—. Esto no puede ocurrir con los siete hijos que el Jeque tendrá con Khadija —le comenta al viejo amigo.
—Yo respeto al señor, a su país y a su clan —Khaled vuelve la cara sutilmente.
Sus pupilas se vuelven tan oscuras y sombrías que el hombre da un paso atrás—.
Pero si el señor ha venido a mi casa a decirme lo que debo hacer, entenderé que no me devuelve el respeto.
Y si no lo devuelve, yo tampoco podré dárselo.
Es un aviso. Más que eso, parece una amenaza velada.
El hombre se comporta como si una espada afilada estuviera en su cuello. Solo se aparta y va rápidamente hacia la puerta, para salir.
—¿Seguro de que está en buenas manos? —pregunta el señor Rashid.
—En las mejores —Khaled me observa en silencio.
—Bueno, eres el futuro rey, si eso es lo que crees, está bien. —El viejo arquea las cejas y le sujeta el hombro al hijo—. Llega temprano mañana al palacio del gobierno, tenemos mucho que hacer.
—Sí. Buenas noches, padre.
—Buenas noches, Khaled.
Por mucho que este viejo no me caiga bien, puedo ver, por la forma en que mira a su hijo, que lo quiere mucho, hay un cariño ahí, aunque no sepa demostrarlo. Vuelve a ignorarme como si yo ni existiera y sale. A continuación, Fátima y algunos sirvientes vienen con más de una docena de maletas.
—Pensaba que no se iban a ir nunca —dice Samira, por fin, y empieza a recoger a los niños del sofá para llevarlos a dormir a la cama.
—Aquellas viejas cacatúas —Raffaello hace una mueca final y se dirige a la puerta—. Me voy, mi casa está hecha un desastre, hoy duermo en el hotel.
— Ya. Hecha un desastre —Khaled lo acompaña.
—¿Vamos a dormir, Youssef? —Llamo al pequeño con las manos.
—¡Vamos! —dice tan contento que me apuro.
Samira y yo vamos charlando por el camino, tiene muchos planes mientras esté aquí, quiere llevarme a mil lugares y yo estoy curiosa por conocer tantas cosas.
Nos separamos en un pasillo y yo llevo a Youssef a su cuarto, espero fuera de su vestidor y sale todo monísimo con su pijama de tigre, una preciosidad.
—¿Qué tal el día? —Me siento a su lado en la cama y le coloco la manta cuando se acuesta.
—Bien —dice animado y soñoliento.
—¿Estás contento?
—Ajá —sacude la cabeza.
Le acaricio el pelo y lo observo un momento. Ya no se asusta cuando intento tocarlo, antes parecía estar siempre alerta para recibir un sopapo o una patada. Espero que nunca vuelva a sentir eso en la vida.
—¿Dandara?
—Sí, Youssef. —Aprieto sobre su manita, que está bajo la manta.
—¿Me prometes que nunca te irás?
Aprieto los labios y le acaricio con más fuerza las manos.
—Llegará un momento en que tendré que irme. Pero te garantizo que hasta entonces nadie te hará daño y aprenderás a defenderte —es lo que prometo.
—Está bien, pero es que —respira hondo y empieza a frotarse los ojazos, intento impedírselo.
—No hagas eso, te vas a hacer daño en los ojos.
—Vale. —Respira hondo y vuelve a quedarse inmóvil bajo la manta—. Mi papá está diferente ahora.
—¿Diferente cómo?
—Desde el día que llegaste parece que ha vuelto a vivir. —Se gira de lado—. No te vayas, papá está mejor contigo aquí. ¿Me prometes que te quedarás?
—Puedo prometerte que voy a quedarme el tiempo suficiente para que los dos estéis bien y aprendáis a seguir estándolo, incluso sin mí. —Le beso la frente.
La forma dulce e infantil con la que sonríe... nada en el mundo podría pagar eso.
Está volviendo a ser un niño. O está descubriendo cómo serlo.
—¿Dandara? —Me llama cuando estoy a punto de salir.
—¿Sí, Youssef?
—¿Me cuentas una historia?
—Claro. ¿Cuál quieres oír?
—1001 noches.
*
Después de que Youssef se duerme, voy directo a la habitación y me doy una ducha templada. Me da muchas vueltas la cabeza y ni sé qué pensar de todo lo que ha pasado.
Como diría Vanessa: fue demasiada información para un solo día.
Quizá si descanso y duermo las cosas se ordenen dentro de mí.
Originalmente quería llamar a la abuela y contarle la novedad, pero ya ni sabía si la operación iba a ocurrir tan pronto. Menos mal que, antes de acostarme, Khaled entra en la habitación, porque si hay alguien que puede informarme de todo, es él.
Entra al baño, se ducha y vuelve unos minutos después con un batín azul marino envuelto en su cuerpo. Va hasta los ventanales y abre las cortinas.
La luz de la luna y de las estrellas baña la habitación, cuando con un gesto apaga la luz eléctrica.
— ¿Segunda esposa, eh? —me arreglo el pelo, rizo a rizo, forma parte de mi ritual antes de dormir.
—No puedo tener una segunda esposa si mi primera esposa no lo permite —dice tranquilo, camina por la habitación dejando cada cosa en su sitio y después regresa.
—En tres meses tendrás una nueva esposa. Ni siquiera tendrás que echarme de menos —giro la cabeza para mirarlo, aunque sea difícil.
—¿Necesito tener una nueva esposa si tú no te vas? —Me devuelve.
Es una guerra de espadas. Y los dos somos muy hábiles en esto.
—¿Y si no me voy?
Casi suelto un grito cuando me agarra las piernas y me lanza sobre la cama; me acuesto con un impulso tan fuerte que el cuerpo me da un pequeño bote.
—No necesitaré una nueva esposa. —Me baja el pantalón del pijama como si hubiera sido hecho para eso.
—Claro que aquel viejo señor Al Bawari va a permitir... —Pongo los ojos en blanco, no sé si por disgusto al haber conocido a aquella figura o por el placer que me alcanza de golpe cuando él hunde bien la cara entre mis piernas y me chupa con ganas.
Tengo que palpar la cama y agarrarme con fuerza para no moverme, porque es intenso y empuja, sacude, remueve todo mi cuerpo; igual que hace con mi cabeza.
—Él puede permitir cosas en su ciudad. Aquí mando yo.
— ¿Seguro? —Arqueo la ceja cuando él levanta la cara para mirarme.
—Sí. —Su mano derecha me sujeta el cóccix y me gira de golpe para que quede a cuatro patas en la cama. Sube, se pone de rodillas detrás de mí y me restriega su bulto bajo el batín—. Estoy seguro, soy yo el que manda.
Este desgraciado sabe muy bien qué decir y cuándo decirlo, es impresionante.
—Me sorprendió la forma en que actuaste hoy. No esperaba que te enfrentaras a tu propio padre —confieso.
—Aún nos estamos conociendo, Dandara... —Su batín cae, siento una parte pesar sobre mí.
Las manos fuertes del Jeque me dan un masaje prolongado que empieza en mi nuca, se vuelve más intenso en la espalda y casi me aplasta cuando llega a mi cintura.
Entonces entra en mí, tengo que hundir la cabeza en la cama y sujetar el grito, porque empieza ya con fuerza.
Como me gusta.
—... Aún te vas a sorprender con muchas cosas.