101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Dandara Bernardes

Baila Conmigo

«Más permanente que un tatuaje».

—Proverbio árabe.

Una de las cosas más bonitas que he hecho en mi vida fue ver oscurecer el cielo, las estrellas volverse cada vez más nítidas en el manto celeste y comer cosas sabrosas mientras disfrutaba de la vista.

Aunque Khaled y yo viniéramos de mundos diferentes, algunas cosas permanecían iguales: el sol anaranjado derramando infinitos colores cálidos en el horizonte era una de ellas. El hecho de que él apreciara la danza, tanto como yo, también era un punto en común.

—Voy a coger algunas luces —dice, y va al coche.

Vuelve de allí con tantas cosas que me impresionan: monta una jaima donde estábamos y también hace una pequeña hoguera que nos da calor. Fuera y dentro de la tienda esparce varios candiles que titilan como luciérnagas a nuestro alrededor.

Me entrega una manta para protegerme del frío que ya empezaba a molestarme.

Es atento. Piensa en mí y se anticipa a las cosas antes incluso de que se las pida; me gusta lo observador que es.

—¿Quieres que baile para ti? —Lo provoco con una sonrisa y él me observa en silencio, sentado junto al fuego.

Me pongo en pie, envuelta en la manta, y empiezo a moverme suavemente. Me cubro el cabello y el cuerpo, dejo solo los ojos a la vista, y bajo a su encuentro.

Me descubro el cabello como suelo hacer con el velo cuando estamos los dos solos y voy subiendo, serpenteando, bailando para él.

Hacía años que no me sentía así.

La danza se convirtió en una gran tristeza y un agravio en mi vida, porque ninguno de mis evaluadores parecía contento al verme presentar pasos, técnicas, todo mi corazón. Khaled, en cambio, disfruta cada segundo.

Giro en el aire y dejo que la manta sobrevuele por encima de él, la tela susurra en el aire hasta que me detengo y el movimiento cesa. La llama frente a él tiembla, o le voy a prender fuego a esta jaima o lo voy a apagar todo. Vuelvo a cubrirme el rostro.

—¿Te gusta así? —Sonrío del modo más provocador que puedo.

—Baila conmigo.

La petición es insólita y me deja paralizada.

—¿Sabes bailar? —Lo veo levantarse, es más alto que yo. Antes tenía que mirar hacia abajo, ahora lo estiro hacia arriba.

—No. —Me pone las manos grandes en la cintura y me atrae pegada a su cuerpo—. Pero tú haces que parezca fácil.

Sus palabras me resuenan por dentro. Es una frase sencilla, no tiene nada del otro mundo, pero es todo lo que aprendí de mi abuela. Ella decía:

—El papel de la danza es transmitir las emociones que la gente quiera ver, hacerlo con la mayor habilidad posible y hacer que parezca sencillo.

Dos mundos completamente diferentes. Con puentes que conectaban sus propias verdades.

Apoyo las manos en el pecho de Khaled y empezamos a movernos lentamente, un paso para acá, otro para allá. Tenemos cuidado para no chocar con el fuego, los candiles, ni siquiera derribar esta jaima que nos protege del viento frío de la noche.

—¿Sin música? —pregunto, y apoyo la cara en su pecho.

—¿ Hace falta? —Me devuelve.

El silencio vuelve a reinar entre nosotros. Erramos algunos pasos, en un momento él va para un lado y yo para el otro, desencontrándonos del modo más torpe posible.

Él observa mis pasos, yo lo observo soltarse. Vamos corrigiendo y adaptándonos hasta entender qué ritmo es este que estamos simulando. La armonía es cuando dos personas bailan la misma música, no la que cada uno quiere.

Cuando encontramos la forma perfecta de movernos en sintonía, mi velo, es decir, manta, se cae.

Él lo coloca de nuevo enseguida, me cubre el cuerpo con cuidado y vuelve a sujetarme la cintura. Hay una música entre los dos cuando nos quedamos así, callados, y acertamos el paso; consigo percibirla. Si es un vals, un tango o una samba, no lo sé. Solo sé que es bonito.

—Bailas muy bien —admito.

En respuesta me besa, como quien mira la noche y busca primero la luz de la luna.

Algunas cosas son instintivas, simplemente lo correcto que hacer.

Y es exactamente así como me siento ahora en sus brazos.