101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Dandara Bernardes

Ciudad Abandonada

«El amor es ciego».

—Proverbio árabe.

Fue una experiencia distinta conocer al Jeque Al Khalifa y a su mujer, la hermana de Khaled. Por primera vez me sentí acogida por otros árabes, ya que en el palacio del Emir nadie parecía apreciarme.

Samira y yo nos hicimos amigas de inmediato; era una versión más madura de Vanessa.

Khaled me invitó a salir con él, pero solo lo hice después de atender todas las necesidades de Youssef durante el día, lo acompañé mientras paseaba por el jardín de cristal junto al Gatito-gatito (algo que aún no conseguía digerir muy bien) y lo dejé al cuidado de la tía Samira, a la que parecía adorar.

Sin duda, ella era el completo opuesto a Faridah.

—¿Estás lista? —Khaled me encuentra en el cuarto, ya está listo.

Llevaba las ropas habituales, la túnica blanca, llamada kandoora y el ghutra sujeto con el agal, que es un pañuelo en la cabeza atado con un cordón negro. Yo voy con vaqueros y blusa; cuando estoy a punto de ponerme el velo para cubrirme el cabello, me lo impide.

—No hace falta. Vámonos. —Me tiende la mano.

Hablamos poco ayer. Yo aún estaba irritada por el contexto general, decidí que era mejor enfriar la cabeza para tratar el tema de forma civilizada.

—¿Adónde vamos? —Entro en el Jeep bañado en oro.

Es casi el final de la tarde, el sol ya no es abrasador; sin duda, hace una temperatura agradable para quedarse al borde de la piscina o darse un chapuzón.

—Ya lo verás. —No pierde la ocasión de ser misterioso.

El trayecto por la ciudad lo hacemos en silencio. Yo elijo la música que suena desde el móvil y a él parece gustarle, aunque la canción tenga algunas palabras inapropiadas.

Dejamos atrás los edificios espejados, las construcciones majestuosas y la carretera.

Llega un momento en que el asfalto simplemente se acaba y todo lo que hay delante de nosotros es el desierto.

Aún se ven marcas de neumáticos por todos los rincones, pero la brisa suave y el viento cubren los rastros rápidamente.

—¿Adónde vas? —Estiro el cuello cuando se baja del coche.

El techo del vehículo se abre, me suelto el cinturón y me pongo de pie para observar. Khaled deshincha un poco cada uno de los neumáticos y luego me indica que me siente en el asiento del conductor.

—¿Puedo? —Me animo de verdad. Nunca he conducido un vehículo de este tamaño.

—Veamos cómo se te da. —No sé por qué todo lo que dice suena gruñón, pero al final esboza una sonrisa de medio lado para suavizar el gesto de fiera.

—¿Por qué has deshinchado los neumáticos? —Arranco.

Es raro conducir sobre la arena, el vehículo parece sacudirse más de lo normal; aun así, es agradable sentir el viento en la cara —solo espero que no haya una tormenta de arena—.

—Es mejor para conducir por el desierto. —Señala con la mano hacia dónde debo seguir—. ¿Conociste este sitio cuando paseaste con la reina Ravena?

—No, fuimos al centro comercial, a la mezquita, a los puntos turísticos, aquí no. —Me concentro en la conducción.

—Es extrañamente bonito —comenta.

Mi cabello revolotea hacia atrás según conduzco como una loca y Khaled no me ayuda.

Me anima a conducir cada vez más rápido, a hacer maniobras arriesgadas que tiran arena por todas partes e incluso a apretar el pie en el acelerador y ponerme de pie, sentir el viento contra mi rostro, mi ropa sacudiéndose con fuerza, mi cabello bailando en el aire.

Es una sensación indescriptible de adrenalina y libertad.

—¡Esto mola un montón! —Levanto los brazos y me desequilibro; antes incluso de caerme, él me sostiene la cintura con sus manos y me deja disfrutar el momento.

—¿Por qué no hemos traído a Youssef? ¡Le encantaría esto! —Abro los brazos en mi versión solitaria de Jack y Rose en Titanic.

Me gustaría que pasaran más tiempo juntos, compartiendo experiencias y creando un lazo de familia.

—Porque quiero hacer cosas contigo que no cuadran con traer a Youssef.

La indirecta, muy directa, se recibe y se entiende con éxito. Yo me divierto sin rumbo por el desierto durante unos minutos más hasta que él me da nuevas indicaciones; tardamos media hora en llegar a un lugar lleno de casas y pequeños edificios sepultados por la arena.

—Aquí es la Ciudad Abandonada —me explica—. Donde mis antepasados vivían antes de fundar Awmaj.

Es un lugar curioso, me provoca una sensación de claustrofobia ver la arena cubrir hasta lo alto de algunas puertas, salir por ventanas; algunas casas están completamente hundidas.

Aparco el coche por allí y Khaled coge una gran caja del asiento de atrás.

Bajamos del vehículo y caminamos hacia el lugar.

—¿Por qué me has traído aquí? —Miro todo el horizonte; vaya donde vaya, todo parece el mismo lugar. Apenas sé de dónde hemos venido, pues el viento ya ha cubierto buena parte de las huellas de los neumáticos.

—Quería que vieras el lugar de donde vinieron mis antepasados —dice con calma.

Subimos al tejado de una casa y desde allí me ayuda a subir a otro aún más grande.

Se quita el pañuelo de la cabeza y se atusa el cabello, cortado en horizontal y más alto arriba, como en un corte militar pero más moderno.

Se quita la túnica y la extiende sobre el suelo para que me siente, se queda con un polo que le resalta el trapecio ancho y los brazos musculosos y un pantalón de sastre.

—Gracias. —Sujeto su mano y me siento.

Lo observo sacar de la caja una botella de champán y otra de té. Fresas, nata, chocolate, carne enrollada en lechuga y masa fina, además de otras delicias.

Me quedo boquiabierta, no esperaba que tuviéramos un picnic; pensaba que solo íbamos a discutir lejos de la ciudad para que no nos oyeran gritar.

—¿Cómo está tu hermana? —Empieza así, me sirve el champán y se sirve un poco de un agua que parece sopa en un vaso, y bebe.

—¿Qué es eso?

—Agua aderezada, salada.

—¿ Cómo? —Lo cojo cuando me lo ofrece y bebo un poco—. Mmm. —Abro mucho los ojos—. ¡Sabe a caldo de frijoles!

Khaled asiente y va disponiendo la comida a nuestro alrededor.

—Mi hermana ha estado durmiendo cada día menos. Pero todo esto va a terminar en tres meses —digo contenta. Veo por su semblante que no se siente cómodo con eso, así que frunzo el ceño—. Pero voy a volver, lo prometo.

—¿Y tu abuela?

—Cansada, pero bien. Te sorprendería lo fuerte que es esa mujer.

—La tuviste como ejemplo de vida, así que no, no me sorprendería. —Me sirve un poquito de cada cosa y sigue mirándome—. ¿Por qué no quieres tener hijos? —Me observa mientras bebe su caldo de frijoles salado—. ¿O no quieres tenerlos conmigo ?

Carraspeo y luego me bebo toda la copa de champán de un trago. Si fuera uno barato y malo, me sentaría mal, pero este baja como si estuviera hecho para beber litros.

—No quiero tenerlos. Punto. Tomé esa decisión cuando aún era una niña, no se trata de ti —dejo claro.

— ¿Por qué? —Demuestra que no está satisfecho con la respuesta—. Yo tampoco lo quise nunca. Pero necesito engendrar herederos, asegurar un linaje, garantizar que el Clan Al Makariam sobreviva.

— Mmm. —Le pongo bastante nata a esta fresa gigantesca y le doy un buen mordisco, después bebo mi preciado líquido—. No sé si soy capaz de hablar de esto.

Aparte del hecho de que dormimos todas las noches en la misma cama y de que nuestros cuerpos desnudos encajan como si hubieran sido hechos el uno para el otro, Khaled es un completo desconocido.

No estoy preparada para compartir cosas de mi pasado con él. Sería como encontrarme a un extraño en la calle y abrirme.

Esto es raro. Siempre pensé que marido y mujer serían las personas que más sabrían el uno del otro.

Para mi sorpresa, no insiste en el tema. Asiente despacio y se come su sándwich al estilo árabe.

—Tenía 12 años cuando mi padre me puso un bebé en los brazos. —Mira al sol que se prepara para ponerse—. Dijo: esta es tu mujer. La mujer que te dará herederos y te acompañará el resto de tu vida.

Empiezo a comer más deprisa, intrigada.

—Casó a mí y a todos mis hermanos por intereses suyos... Cuando aquel bebé cumplió 18 años, volvimos a encontrarnos. Y nos casamos. Ella quería mucho ser madre, decía que soñaba con eso.

—¿Era guapa?

—Se parecía a Youssef —mueve la cabeza, entrecierra los ojos—. Yo solo la soportaba al principio. Nunca me enamoré de ella, pero la amé, porque tenía ese derecho. Y me dediqué a ella hasta su último suspiro. Prometí, cuando la enterré, que nunca amaría a otra mujer que no estuviera a su altura.

Detrás del rostro duro, el semblante cerrado y la mirada sombría, hay un hombre. Puedo verlo con claridad en este momento. Khaled no es exactamente el monstruo que pensé.

—Entonces empecé a soñar contigo, Dandara —me sorprende al decirlo—.

La primera vez que te vi fue aquí. —Señala con el dedo el edificio en el que estamos—.

Estaba aquí, viendo ponerse el sol, y cuando estaba a punto de desaparecer en el horizonte, en su último brillo que me cegó, vi tus ojos.

Después tu boca, tu nariz, tu cabello...

Las cejas se me suben mientras los labios se me entreabren.

—La última vez que soñé contigo, y cada uno de esos sueños fue mientras estaba despierto, fue aquí también. Antes de que llegaras. —Mira a su alrededor hasta que sus ojos brillantes me encuentran—. ¿Por qué soñaba contigo?

—No lo sé, Khaled. —Siento mucho frustrarlo. Me gustaría tener yo también esa respuesta.

Nunca he soñado con este Jeque.

Pero en el momento en que lo vi tuve un déjà vu . Fue como si lo conociera desde hacía años y supiera todo sobre él, aunque ni siquiera supiera su nombre.

—Quiero amarte. —Sus palabras me hacen temblar—. Quiero amarte tanto como estoy locamente enamorado. Quiero que sientas y creas en ese amor, cuando ocurra. No sé cuándo o cómo ocurre, solo sé que quiero que lo sientas y lo creas.

Pasan unos segundos.

Me doy cuenta de que estoy muda. Y no sé qué decir.

Está enamorado de mí. De verdad siente algo por mí.

—Creé una imagen tuya en mi cabeza, para casarme con la mujer perfecta con la que soñaba. Dulce. Obediente. Sumisa.

—Y luego me conociste y viste que no soy nada de eso. —Es mi turno de sonreír de medio lado, me coloco el pelo detrás de las orejas.

—Pues sí. —Mueve la cabeza—. Eso debería borrar todo tu brillo y acabar con la pasión... pero ella solo crece.

Sujeta mi mano y aquella sensación extraña se apodera de mí. No es parecida a cuando Mustafá me sujetó la mano, sentí algo paternal. Y es muy distinto a la vez que Raffaello me sujetó la mano, sentí como si fuera mi hermano.

Khaled es mi hombre. Y esa sensación no se explica, solo se siente.

—Yo siento tu pasión todos los días. —Asiento despacio y me abanico un poco. ¡Cómo siento esa pasión! Este hombre sabe beberme como si llevara días sin una sola gota de agua y sabe comerme como si lo hubieran obligado a un ayuno severo.

—101 días es poco tiempo. Debería haber hecho como aquella historia tonta para niños y haber pedido 1001 días...

— O noches —pestañeo.

Sonríe. Y cuando lo hace, brilla más que el sol. Es más cálido que la temperatura de este desierto. Y más vivo que cualquier otra cosa que pueda existir. Parece vivir dentro de mí.

—Cuando pienso que los días van pasando, recordándome que va a acabarse mi tiempo contigo, quiero mantenerte solo para mí. Decidiendo qué ponerte, para mí. Y notando mi pasión en las cosas que te doy.

Consigo entender a Khaled mucho mejor ahora, quizá más de lo que él se imagine.

—No necesito un coche bañado en oro, lencería de Victoria's Secret, vestidos, bolsos ni cosas de marcas famosas —suspiro—.

Está bien tenerlas. Está bien saber que puedes dármelas.

Pero eso no va a aumentar ni a disminuir lo que siento por ti, Khaled.

Dame menos cosas materiales y dame más de ti —tomo la iniciativa de levantarme y sentarme en su regazo, le rodeo el cuello con la mano libre—.

Un momento como este, en el que tengo más de ti y consigo verte de verdad, mirarte, es mucho más que cualquier cosa cara que puedas regalarme.

Parece confuso, pero lo entenderá con el tiempo; aprender es eso, constancia, repetición y tiempo.

—Ahora entiendo por qué intentaste mantenerme lejos de Youssef.

—Aprieto los labios—. Pero ese niño me necesita, de una manera distinta a como tú me necesitas.

Y si tu preocupación es el tiempo que estás perdiendo conmigo, puedo asegurarte que repondré en días, semanas y meses el tiempo que no esté contigo.

Sus ojos siguen fijos en mis labios.

Creo que nunca lo he visto tan de cerca, no mientras estamos vestidos, al menos.

—Y, que sepas que... —río—. Me gusta ser sumisa.

Obediente. Y dulce. —Respiro hondo—. En la cama.

Fuera de ella, no consigo serlo. Necesito imponerme.

Así que puedo prometerte ser todo eso en nuestros momentos íntimos, pero, aparte de eso, necesito luchar por lo que creo. ¿Crees que puedes aceptarlo?

—Sí.

Menos mal, porque si no lo aceptara solo se cabrearía más, porque yo no voy a cambiar.

—Mi padre tenía una amante —sonrío sin gracia—. Cuando mi madre se quedó embarazada de mí, dejó a la amante para quedarse con ella. Fueron días buenos... —Siento que los ojos me arden—. Hasta que nació mi hermana. Nació con síndrome de Down y eso le afectó a mi padre, no sé por qué...

Khaled me limpia los ojos con sus pulgares.

—Nos abandonó. Se fue a vivir con la amante. Y eso destruyó a mi madre. Por mucho que yo finja que está muerta. —Aprieto los ojos, las lágrimas se empeñan en caer, porque eso de verdad duele—. La verdad es que ella también nos abandonó.

—Lo siento. —Siento su mano libre rodearme la cintura y apretarme con fuerza contra él.

—No quiero tener hijos porque no quiero pasar por eso, Khaled. No quiero que me abandonen —lloro.

¡Qué tonta y estúpida soy!

¿Qué iba a entender un hombre como él de ser abandonado? Tiene todo lo que quiere.

—Yo nunca te abandonaría. —Me besa la nuca y me acaricia el pelo con suavidad—. No sería capaz de ser tan estúpido e idiota.

—¿Y si es algo genético? ¿Y si tengo un hijo con necesidades especiales, Khaled? —Parece que tengo una bola caliente en la garganta.

—Yo no soy tu padre. —Me levanta la barbilla con el dedo, me obliga a mirarlo, aunque esté horrible cuando lloro—. Jamás te abandonaría ni a ti ni a nuestro hijo. No importa cómo nazca.

¿Cómo es capaz de decir eso? No consigue amar a su propio hijo y ¿quiere hacerme creer en eso?

No lo sé. Estoy confundida.

Khaled tiene el increíble talento de revolverme las emociones por completo. Una parte de mí encuentra paz al oírlo, pero otra duda de que sea verdad.

—Llama a tu abuela y avísala de que la operación de tu hermana está fijada para dentro de 7 días. —Me masajea el cuero cabelludo—. Vamos a Brasil pasado mañana.

Frunzo la frente, no me creo que esto sea verdad. Pero Khaled no es el tipo de hombre que dice cosas por decir, siempre es firme en su palabra y hace lo que promete.

—Gracias. —Lo abrazo con todas mis fuerzas.

—No llores más. Vamos a ver la puesta de sol.

Y ese fue el momento más íntimo que Khaled y yo hemos tenido juntos.