101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Dandara Bernardes

Encendedor de Cocina

«Con cuidado se descubre la oportunidad».

—Proverbio árabe.

—¿Podríais dejarnos un momento? Mi hermano Khaled y yo tenemos que hablar —dice Mustafá.

Apenas lo conozco, pero ya somos amigos de quedar juntos en el recreo. Su expresión de horror e incredulidad era lo que esperaba de un ser humano normal ante el asunto.

—Claro. Voy a cuidar de Youssef —digo, lista para salir dando saltitos como un hada Barbie Fairytopia princesa de Disney edición de lujo limitada , mi trabajo aquí está hecho.

—La acompaño. Quiero hablar contigo —Raffaello tira el cubo de palomitas en cualquier rincón, se ajusta la túnica blanca cuando se levanta y viene hacia mí.

Nunca habíamos tenido la oportunidad de hablar solo nosotros dos, así que iniciar la conversación es difícil. El hombre me acompaña hasta la entrada lateral del palacio y me indica que vayamos al jardín de invierno.

—No, porque no me he vuelto loca —digo enseguida.

—¿A la galería de atrás, entonces? —sugiere.

Cada vez que recorro este lugar parece una casa diferente. Descubro puertas, pasadizos, cuadros... el sitio es realmente extenso; si caminara por aquí días enteros, no tendría tiempo de conocerlo todo.

Raffaello se detiene a mitad de camino, entra en una sala y coge una caja grande; llegamos a la parte trasera unos minutos después.

—Muy bien, ¿de qué quieres hablar conmigo? —Cruzo los brazos y demuestro que no estoy para bromas.

—Tu regalo de boda. —Me da la caja y me indica que me siente.

— Ah, no hacía falta, gracias. —Me corto.

En mi tierra normalmente hacemos algo llamado Chá de Panelas, que es lo mismo que la baby shower, solo que para los recién casados.

Cacerolas, vasos y platos son los regalos más típicos.

Juegos de cama y demás piezas para el hogar son intermedios.

Quienes tienen verdadera capacidad regalan, o se juntan con otros para regalar, electrodomésticos.

¿Cómo sería mi Chá de Panelas con el Jeque?

Lo tiene todo. Tiene 5 cocinas, todas bien equipadas y llenas de empleados.

Solo este palacio —sin contar sus diversos apartamentos y mansiones— debe de tener 50 habitaciones como mínimo.

Cada una de ellas debe de tener ropa de cama con hilos de oro, seda fina, almohadas tan suaves que parecen algodones de azúcar.

—¿Qué es? —Sacudo la caja.

—Puedes abrirla después —me impide—. Es sobre el tigre.

—Raffaello, no me digas que tienes algo que ver con esto. —Aprieto los labios, irritada.

—Fui yo quien lo trajo —me informa, y ya me pone de mal humor—. Tiene siete años, igual que Youssef. Desde que nació acompaña al niño. Tenían las cunas la una al lado de la otra. Y antes incluso de aprender a gatear, Youssef jugaba con el animal.

Lo dice con tanta naturalidad que ahora estoy segura de que las únicas personas normales de este lugar somos Mustafá y yo.

—¿No os da vergüenza? ¡Le quitasteis al pobre tigre a su madre solo para hacer los originales!

Me angustia. Vale que estos árabes tengan delirios de grandeza. Quieren hacer coches bañados en oro, palacios con columnas de marfil o plata, las torres más altas del mundo, el hotel con más estrellas que existe..., pero ¿un niño y un tigre?

—Mataron a su madre —dice serio. Abro los ojos de par en par y él rápidamente complementa—: A la de la tigresa, en este caso. Y él estaba dentro de la barriga. Fue difícil salvarlo, pero lo conseguimos. Tuvo una segunda oportunidad y ahora está aquí.

No soy una mujer con corazón de acero, aunque esté casada con el susodicho. Esto me ablanda, pero no me convence.

—Podríais habérselo llevado a su hábitat natural —soy firme, pero el tono es suave.

—Le creamos el hábitat perfecto —me garantiza—. Dime, Dandara, ¿alguna vez han intentado matarte cuando eras niña?

Esta vez me desarma. Me siento muy incómoda e inquieta con esa pregunta, frunzo la frente y me cuesta volver a la normalidad. Recuerdos malos me vienen a la memoria después de ese detonante y prefiero olvidarlos.

—¿Por qué me preguntas eso? —Me rasco el brazo.

—¿Sabes cuántas veces han intentado matar a aquel niño? —Ahora se refiere a Youssef—. Trece veces.

— ¿Trece? —Ahora entiendo por qué me ha traído aquí. Mi reacción es exagerada y hablo demasiado alto, menos mal que estamos lejos de todos—. ¿Trece? ¿Trece veces?

Entonces es peor de lo que imaginé.

—¿Cómo le cuentas a un niño de 4, 5, 6 o 7 años, Dandara, que desde que nació están intentando matarlo insistentemente? —Se rasca el mentón.

No tengo respuesta para eso.

—¿Sabes cuántos hombres están enterrados en aquella selva artificial? —Levanta la ceja.

— ¿Cuántos? —Me inclino sobre la caja.

—37 —dice con calma, como si eso no le impactara—. ¿Sabes quién los mató?

—¿El tigre? —Esa es mi suposición.

—Este palacio, igual que todos los demás, tiene muchos pasadizos secretos. La mayoría se bifurcan. Uno te lleva a la salida correcta, al lugar seguro. Los otros, tsc... —Chasquea la lengua—. Te llevan directos al tigre.

— Mmm... —Ahora tiene toda mi atención.

—¿Sabes cuántas veces ese tigre ha herido a Youssef?

Encojo los hombros.

—La misma cantidad de veces que ha herido a cualquier persona que entrara ahí dentro con el niño: ninguna.

El animal es el guardián del muchacho. Sabe a quién quiere el niño y cuándo el niño tiene miedo.

Y hace lo que tenga que hacer para proteger a la persona que lo quiere, con independencia de que pueda arrancarle a alguien la cabeza, un brazo o una pierna de un solo mordisco —lo dice con tal serenidad que casi me convence de que tener un tigre aquí es buena idea.

— ¿Nadie sabe lo del tigre? —pregunto interesada.

—No —garantiza—. Solo tú, yo, Khaled, Youssef y los cuatro guardias que siempre acompañan al niño cuando entra ahí dentro. A esos hombres los traje yo, dos de Italia, dos de Turquía. Yo confiaría mi vida a ellos.

Muevo la cabeza y respiro hondo.

—¿Han intentado invadir este palacio?

—¿Cuándo no intentan invadir este palacio? —Me devuelve. Extiende la mano y yo tardo en estrechársela—. Estamos del mismo lado, Dandara. Tú y yo queremos lo mismo: el bienestar de Youssef y protegerlo de todos los peligros. Tú lo harás a tu manera y yo a la mía.

—Vale —pero le sujeto la mano. Y siento una confianza inmediata. Raffaello es un hombre muy bueno. Pirado como una cabra. Pero bueno.

—Acompaña al niño cuando entre ahí. Haz que el Gatito-gatito se acostumbre a ti.

Así, cuando corras peligro y tengas que coger un pasadizo secreto, si caes en la selva del tigre junto con alguien que intente matarte, no te quepa duda de a quién va a respetar el tigre y a quién va a destrozar delante de ti. —Me guiña un ojo.

Vaya animador. Este tío debería ser coach, creo que motivaría a la gente.

—Ahora sí, abre tu regalo. —Me suelta la mano.

—Vaya, ¿qué es? —Rasgo el papel, animada, desesperada por saber qué hay en una caja tan grande.

Primero hay una más pequeña. Un collar de diamantes y zafiro que paso un buen rato rechazando, pero él insiste en regalármelo.

—Una mujer casada con un árabe es una mujer de muchas joyas. Khaled es mi hermano y no podría darle menos a una mujer a la que voy a considerar también mi hermana —sonríe.

—¿Aunque sea solo por 101 días? —Sonrío nerviosa, levanto la joya para verla de cerca.

—Tú puedes dejar este lugar en 101 días, Dandara. Pero créeme. Aquel hombre te esperó mucho tiempo y nunca te dejará, ni siquiera cuando tú te vayas.

No conocía esa faceta de Raffaello. Ahora parece serio y habla como un adulto, pero todas las veces que lo he visto era puro cachondeo.

—Y... ¿qué es esto? —Tardo en sacar el objeto de la caja.

—Un encendedor de cocina —explica.

— Un... —trago saliva. Esto es del tamaño de un extintor. ¿Quién diablos encendería una cocina con esto? — Encendedor de cocina —repito.

Parece un arma. Como una ametralladora. Tiene gatillo y todo.

—Esto parece un lanzallamas —observo bien.

Asiente con la cabeza, pero dice:

— Encendedor de cocina.

—¿Eso es para usarlo en la cocina? —Arqueo la ceja.

—Eso depende de quién esté allí contigo. —Me guiña un ojo.