Capítulo 17
Jeque Khaled
Fecha de Caducidad
«Si no lo entiendes con un guiño, seguro que lo entiendes con un bofetón».
—Proverbio árabe.
Mi hermano Omar vino personalmente a recoger el nuevo permiso para que el hotel Al Jamah volviera a funcionar.
Nos encontramos en la parte lateral del palacio, frente a la piscina exterior. Se sentó cómodamente en una de las tumbonas, ansioso por tener sus papeles firmados, y yo solo rubriqué tras comprobar que todo estuviera en orden en el documento.
—¡Tío Khaled! —Oigo varios gritos de niños y estiro la cara hacia el lugar de donde provienen.
Cuatro chicos y una chica corren desesperados hacia mí y empiezan a reír, a contarme su viaje y que querían ver a Youssef.
Sus padres vienen detrás. Mustafá Al Khalifa es un gran amigo y mi consejero personal en diversos asuntos, sobre todo los religiosos.
Samira, su esposa, es mi hermana, hija de la misma madre.
—Sabéis que a vuestro tío no le gusta el griterío —avisa Samira e intenta contener a sus hijos—. Pero no les importa, como ves. —Indica con la mano la alegría de estos niños.
—Fátima, ¿podrías darles algo rico de comer a estos niños? Nada con azúcar, claro. —Llamo al ama de llaves, que no tarda en aparecer y llevarse de aquí a estos ruidosos.
—Zayn —Los ojos de Samira brillan, me pone las dos manos detrás de la cabeza y recibe mi abrazo. Se demora en cada beso en mi mejilla y me mira muy de cerca—. Zayn.
—¿Qué pasa? —gruño.
—¡Estoy tan contenta por ti! —Sus labios se ensanchan, sus manos me tocan la cara—. ¿Entonces por fin has superado tu duelo? ¿La amas, Zayn? ¿Cómo os conocisteis? ¿Quién es su familia?
Lanzo una mirada rasante a mi cuñado, al que considero mi hermano.
Mustafá apoya la frente en la mía y me da un abrazo largo.
Las palmadas que me da en la espalda no son tan cariñosas, son de alguien con rabia, que solo no me da una paliza allí mismo porque hay gente mirando.
Después me da unas palmaditas en la cara, más fuertes de lo normal.
— ¿Has perdido por completo el juicio? —dice entre dientes y sonríe de un modo cortés.
—¿Entonces ya le has contado a tu mujer la novedad? —Le devuelvo la sonrisa.
—Vosotros los hombres deberíais saber que no se le puede esconder algo a una mujer.
—Se quita el hijab, sacude la melena oscura trenzada, empieza a revolver el bolso y saca unos leggings y una camiseta holgada—.
No hay secretos en un matrimonio. Y cuando los hay, no hay matrimonio.
—Lanza una mirada de desafío y camina hasta el baño exterior para cambiarse.
—¿De qué estáis hablando? —Omar entra en la conversación, curioso.
La única persona a la que confié lo del matrimonio temporal fue Mustafá, para pedirle consejo. Esperaba que respondiera a mi correo o a mis llamadas, pero no lo hizo. Ahora está aquí; parece que ha venido a hablarlo en persona.
—¿Qué es todo esto? —Sonríe, mete los papeles en la carpeta y coge su copa con zumo.
Mustafá no dice nada, así que me desahogo:
—Me he casado, hermano.
—¿Con Khadija? ¿Pero ya ha llegado de Ras Al Bawari? Creía que era solo mañana —se rasca la barba.
Esa información no la tenía, que la esposa que mi padre quería endosarme a toda costa iba a llegar pronto.
—Con Dandara, la niñera de mi hijo. —Asiento con la cabeza.
Mustafá se cubre la cara. La felicidad estampada en el rostro de Omar es impagable. Nos mira a cada uno y al final me abraza hasta levantarme del suelo.
— ¡¿No?! ¿¡Tú?! ¡Estoy tan contento, hermano!
—¿Sí?
Su mirada no lo oculta, está radiante. Omar me sacude un poco más en sus brazos y le pido que me baje, ya no soy un niño para estos juegos.
—¡Es una excelente noticia! ¡Ha vuelto a amar, Mustafá! ¿Por qué esa cara de vinagre?
Mi cuñado es conocido por ser tan gruñón como yo. Cuando respira parece un perro viejo gruñendo o roncando mientras duerme. Y solo lo hace cuando está muy irritado, o sea, todo el tiempo.
—¿Cuándo vas a darle esa noticia a toda la familia?
—No voy a hacerlo. —Sujeto el brazo de Omar—. Es un secreto. Nadie debe saberlo, fuera de nosotros. Y si alguien de fuera de aquí lo descubre, os lo cobraré a vosotros! —Los fulmino a cada uno con la mirada.
Omar hace el gesto de cerrarse la boca y tirar la llave. Mustafá retuerce las cejas gruesas, gira la nariz puntiaguda hacia mí como si fuera una flecha, una exclamación, un dedo apuntándome a la cara.
—¿Entonces Khadija será tu segunda esposa? —Omar lo evalúa—. ¿Cómo ha permitido eso padre?
—No lo permitió, no fue consultado —dice por fin Mustafá. Se estaba poniendo tan rojo que parecía que iba a estallar, pero la voz le sale tranquila—. Khaled se ha convertido en un rebelde.
Mientras uno me reprende, el otro celebra.
No podría ser de otra manera. Omar es conocido por tener cuatro esposas y amantes por dondequiera que pasa. Amantes no. Esposas de matrimonios temporales. A veces los matrimonios duran solo una noche, tres días, una semana.
Es exactamente lo que el hotel Al Jamah ha estado haciendo a escondidas. Y aunque no lo parezca, es un tipo de prostitución, porque no hay amor implicado, solo deseo carnal —algo contra lo que siempre me he posicionado y por lo que he luchado para que acabara—.
Hasta casarme por 101 días.
—Ten por seguro que tu secreto está a salvo conmigo, hermano.
Me alegra ver que estás cambiando... —respira aliviado—.
Y pensar que yo estaba preocupado de que crearas una policía religiosa para castigar a todos.
—Me sujeta el hombro y esboza la mayor sonrisa—.
¿Ves? No hace falta ser tan conservador y anticuado. ¡Bienvenido al siglo XXI, al futuro!
La emoción de Omar no es la misma que la de Mustafá. Su mirada de juicio me deja inquieto, quizá sea la única persona a la que tomo realmente en serio en todas las cuestiones.
—Habla —le doy total libertad.
—Khaled, está mal —empieza así, infla las aletas de la nariz y se le ponen los ojos hasta rojos—. ¡El matrimonio no puede tener fecha de caducidad! ¡No es ninguna broma! ¿Quiénes fueron los testigos de esta boda? ¿Quién es la familia de esa mujer? ¿De dónde viene? ¡No sabes nada sobre ella!
—La abuela se llama Dalva, la hermana se llama Janaína —digo, para sorpresa suya—. El padre las abandonó cuando nació la hermana, la madre desapareció después. Tiene tías y tíos, pero no parece que tengan buena relación.
—¿ Cómo sabes todo eso? —Cruza los brazos.
La llegada de Raffaello es como el gong que me salva. Lo señalo con la cara.
—Igual que yo me entero de todo en este país, a través de mis ojos y oídos en cada rincón.
—Ay, hermano, debes saber que ese amor es recíproco y verdadero, aunque yo de verdad sea hetero. —Raffaello me sujeta el hombro—. Triste condición la de ser ese hombre talentoso, rico, inteligente y depender por completo de las mujeres. Una condición adorablemente triste. —Se chupa los dedos.
—¡Raffa! —La voz estridente de mi hermana casi me revienta los oídos.
Viene corriendo y abraza a mi mejor amigo.
Es extremadamente inusual que hombres y mujeres que no sean de la misma familia puedan tocarse o tener cualquier intimidad. Pero Raffaello es como de la familia y también padrino de uno de los hijos de Samira; parecen más hermanos que ella y yo.
—¡Cuéntame todo sobre Estados Unidos! Aquel lugar esquizofrénico y supermovido —dice Raffaello como si fueran dos comadres en un té de la tarde.
—¡Una hervidura! ¡Traigo proyectos increíbles para los Emiratos, tengo que enseñártelos!
Ah, claro, y ambos trabajan para el gobierno. Mi hermana como ministra de Cultura y Raffaello como Jefe de Inteligencia del país.
—¿Podemos tratar el tema realmente importante? —Mustafá contiene la rabia cuando Raffaello lo abraza, después vuelve al semblante gruñón—. ¡No sabes nada sobre esa mujer!
—Claro que lo sé. —Cruzo los brazos.
—No sabes. No sabes. Si no has conocido a su familia en persona y no habéis tenido conversaciones profundas, que no incluyan sexo, ¡no sabes, no la conoces!
—La conozco como la palma de mi mano —garantizo—. Es dulce, amable, tierna... delicada como una flor.
—¡Khaled! —Otra gritando. Cielos. Esta vez es Dandara.
—Hablando del rey de Roma... —vuelvo la cara.
La veo venir furiosa, con Youssef bajo el brazo como si fuera una maleta pesada de viaje que tiene que cargar porque no había ningún carrito disponible. Suelta al niño en el césped y viene hacia mí, agarra firmemente mi túnica blanca, a la altura del pecho, y me sacude.
—¿Pero qué mierda es esta, Khaled? —gruñe, está temblando como un chihuahua—. ¡No puedes! ¡No tienes escrúpulos! ¡Estás completamente loco! —Empieza a darme golpes en el pecho.
—¿Y quién es esta descompensada de la cabeza? —Mustafá evalúa a la salvaje de cabello voluminoso y ojos llenos de furia.
—Mi dulce esposa. —Le sujeto el hombro, aunque casi intente morderme.
—Me encanta. Vamos a ser mejores amigas —decreta Samira.