Capítulo 16 #2
—¡Ven, voy a enseñártelo! —Es lo primero que dice cuando llegamos al palacio, sale corriendo por delante.
—¡Tienes que rezar antes! —Se lo recuerdo y asiente, corre a darse un baño y me pide que lo espere en la sala de oración que hay junto a su cuarto.
—¿Qué pasa? —Khaled se ajusta las ropas blancas cuando viene hacia mí, con los brazos abiertos.
Lo aparto con la mano.
—¿Qué pasa? ¡Luego te cuento qué pasa! —gruño—. ¡No vas a engañarme, Khaled! ¡No vas a distraerme más!
Se queda atónito, sin saber qué responder. Lo dejo plantado en el vestíbulo de entrada y subo las escaleras, me doy una ducha helada para bajar la rabia y voy a buscar al niño, que ya ha terminado su oración.
—¿Quieres ver al gatito-gatito ahora?
—¡Claro! ¡Vamos allá!
Por fin vamos a hacer algo divertido y provechoso.
Creo que por primera vez voy a ver a este niño actuar como debe: un niño.
Niños y animales son una combinación difícil de echar a perder.
Es una bola de ternura junto con otra bola de ternura y no hay manera de que esta sencilla operación matemática dé un valor menor o igual a cero.
Youssef nos lleva al otro lado de la propiedad, a un jardín de invierno precioso, espléndido y realmente grande.
Empiezo a ver los árboles, las plantas y el pequeño lago en cuanto giramos por el pasillo, y la pared de cristal nos permite la visión interior.
Caminamos unos minutos más hasta llegar a la puerta, donde cuatro guardias permanecen firmes como estatuas vivientes.
Nunca me acostumbraré, vaya donde vaya, siempre veo a esos hombres. No es para menos, están protegiendo al futuro rey y a su heredero...
—Sabe hacer 4 trucos —Youssef casi da saltitos al hablar.
—¿4 trucos? —Muestro mi sorpresa—. Mi hermana Janaína tiene un gato también. Se llama Garfield. Y como el nombre sugiere, el único truco que aquella bola naranja sabe hacer es comer y dormir...
Entramos en la selva o jardín de invierno. El lugar es grande, parece un invernadero botánico de película, hay aves volando libremente, árboles que sobrepasan el techo alrededor y observo el cielo abierto allá arriba.
—¿No sabes quién es Garfield? —Pongo la mano en la cintura—. ¡El gato! ¡De las viñetas! ¡¿De las películas?!
—No. —Youssef parpadea.
—¿Te gustan los cómics?
El pequeño me mira como si yo fuera un E.T.
—¿Cuál fue la última película que viste?
—Una mente maravillosa —piensa un poco antes de responder.
—¿ Qué? —Me quedo horrorizada, pero suavizo el semblante para no asustar al niño, la culpa no es suya—. En fin... entonces no hablemos de eso. Cuéntame qué trucos sabe hacer tu gatito.
— Gatito-gatito —me corrige, como si fuera un tic nervioso—. Sabe sentarse, quedarse, traer y chuche.
— ¿Chuche?
—Sí. —Se ríe de mi expresión—. Y así sabe que puede comer.
—Qué gato más listo. ¿No come si no le dices «chuche»?
—No —me asegura.
Ese truco quiero verlo. Tendría que haber traído unos premios, pienso, y comida y probarlo yo misma, solo para confirmar que un minino tenga la capacidad de resistirse a la comida. ¡Lo dudo!
—¿Por qué vuestros guardias han entrado con nosotros? —Miro hacia atrás.
El niño empieza a llamar al bichito:
—¡ Gatito-gatito! —Empieza a saludar—. ¡Gatito-gatito!
—Lo que pasa es que se habrá perdido en medio de este sitio. ¿Tiene todo este espacio solo para él? —Pongo la mano en la cintura.
—Sí.
—¡Ven, gatito! Psst! Psst!
Voy hacia delante, haciendo el sonido con la lengua y frotando los dedos. Miro al suelo, detrás de las plantas, por cada rincón y no hay ni rastro del pobre gato.
—¡Allí! ¡Está allí! —Youssef explota de alegría.
Es la primera vez que lo veo radiante, hasta me calienta el corazón.
— ¡Ven, gatito-gatito! —Lo dice y el gato viene en nuestra dirección.
Y a mí me parece una pésima idea.
Porque gatito-gatito no es un gato.
En realidad, tendría que haberlo preguntado la primera vez que oí esa palabra repetida, solo para confirmar de qué se trataba. Me habría ahorrado casi mearme encima y desmayarme.
—¿Tu gatito-gatito es...? —Señalo con el dedo y lo escondo enseguida detrás de la espalda.
—¡Sí! —dice animado—. ¡Ven, gatito-gatito! ¡Buen chico!
Un animal de 4 metros de largo.
Debe de pesar más de 300 kg.
Ojos verdes amarillentos, centelleantes, pupilas pequeñas.
Pelaje anaranjado. Lleno de rayas. Una cola larga que oscila de un lado a otro.
El animal, contento de ver a su dueño, esboza una sonrisa encantadora.
Mostrando sus dientes afilados, capaces de arrancarnos un miembro del cuerpo de un solo mordisco.
—... ¿Un tigre? —Trago saliva.
—Un tigre. —El niño le acaricia la cabeza y le abraza el cuerpo; el animal parece contento de verlo—. Tu turno —me llama.
Doy un paso atrás.
—Youssef, ven aquí un momentito, deja que vea una cosa —lo llamo con la mano.
—¿Qué pasa? —Se vuelve hacia mí, se acerca y el animalito viene con él.
—No. Enséñame uno de tus trucos, dile que se quede —imploro antes de cagarme entera.
—¡ Quieto! —El niño mira serio al animal—. ¡Siéntate!
Enseguida el tigre se sienta, pero de un modo alerta y bastante altivo.
—¡Qué animal más listo! —Aplaudo, pero sin sonido—. Ahora ven aquí, Youssef, deja que vea una cosa.
—¿Qué pasa? —pregunta cuando se acerca a mí.
Cojo a este niño, me lo pongo bajo el brazo y salgo corriendo, desesperada, de este sitio de locos.