101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Dandara Bernardes

Gatito-gatito

«La palma de una mano no eclipsa el sol».

—Proverbio árabe.

Los días fueron pasando y todavía no conseguía acostumbrarme a la nueva rutina. Mis días estaban llenos; en cuanto sacaba un ratito para descansar, ahí estaba el milkshake reclamando atención.

Al principio me daba apuro compartirlo todo con Vanessa, mi mejor amiga, pero llegó el momento y fue liberador.

—Tía, eres una adicta de verdad a vivir y coleccionar problemas —se divierte—. Joder... ¡cuesta creerlo! ¿El Corazón de Acero?

—El Corazón de Acero. —Sacudo la cabeza, como si pudiera verme.

—¿ El Milkshake?

—Vanessa, ¿cómo que «Milkshake»? —Me quedo aprensiva.

— Milkshake , tía. Que te lo agita en el sitio justo y a ver si no se convierte en un milkshake —ríe.

—Madre mía, no me lo puedo creer...

—Pero dime, Danda, ¿te ha dejado entrar en ese corazón de acero?

Bueno... no es exactamente eso lo que ha ocurrido.

—Vanessa, ¿te acuerdas de cuando perdiste la virginidad?

— Uy, la cosa se ha puesto interesante. Suéltalo ya, ¿la tiene grande?

—¡Respóndeme! —Intento esquivar su pregunta.

—Sí, me acuerdo, ¿por qué?

—Después de hacerlo por primera vez... ¿te sentiste rara?

Por ejemplo, mi vida transcurría con normalidad, ¿sabes?

No me ponía a pensar en sexo. Ahora... —empiezo a abanicarme, porque me está dando calor—.

Es todos los días. Varias veces al día. A veces varias seguidas.

Aquel hombre no cría solo caballos, él es un caballo.

— Suertuda hija de puta —rezonga—. Qué vida tan dura, ¿eh, amiga?

—Difícil —concuerdo.

—¿Y te estás sintiendo mal por qué...?

—Porque... no lo sé. —Encojo los hombros—. Pienso en él. Y en su cuerpo. Y en la forma en que me mira cuando estamos en nuestros momentos íntimos. No hace ni dos semanas que nos casamos y no afloja el ritmo. Y no me estoy quejando, ¿sabes?

—El principio de una relación es la mejor parte. Al menos ahora te hace sufrir y te gusta; después solo viene el desencanto...

—¡Vanessa! —Me muerdo la lengua para no reír.

—Disfrútalo, amiga. No hay ningún problema en que una mujer sea sexualmente activa y le guste el bombo. A todo el mundo le gusta. No vamos a ser unas mojigatas; si lo hace rico y no paras de pensar, no tiene nada de malo.

¿Será?

Me da miedo estar volviéndome ninfómana. Estoy pensando incluso en ir a terapia por esto.

—Ahora cuelga el teléfono y ve a atender a tu Milkshake.

— Argh —gruño por el apodo que le ha puesto a Khaled—. Te quiero. Te echo de menos.

—Yo también, amiga. Espero que nos veamos pronto. Byyyyye —cuelga toda animada.

Estar lejos del palacio del padre de Khaled cambió un poco mi percepción de las cosas. Aquí él es un poco diferente, aunque va todos los días para allí, a trabajar.

Él y su hijo se sientan más cerca en la mesa del comedor, Khaled de vez en cuando lo ayuda con algunos deberes y también lo observa jugar, pero no mantiene mucho contacto, no son muy de hablar.

Me he dado cuenta de que Khaled es un buen proveedor.

La verdad sea dicha, Youssef tiene todo lo que necesita y mucho más.

El pequeño tiene un coche de verdad bañado en oro —de su tamaño, así que es un juguete, pero tiene motor y marchas—, ordenador de última generación, una biblioteca gigantesca solo para él, además de aquel parque particular detrás del palacio.

Khaled le dio lo mejor de lo mejor a Youssef: lo más caro, lo más bonito, lo más impactante. Salvo lo más importante: su corazón.

—¿Dónde está Youssef? —le pregunto a Fátima.

—En la sala de oración —responde enseguida.

Lleva diciéndomelo unos días.

Y después llegan vendedores de lencería, vestidos, bolsos, coches, toda clase de cosa que Khaled quiere echarme encima, pero hoy quiero seguir de cerca el día del pequeño.

—No lo he encontrado —le digo a Fátima, después de ir a las cuatro salas de oración del palacio.

— Oh... —mira a su alrededor—. ¿No debería estar eligiendo zapatos?

—Fátima —entrecierro los ojos.

En ese momento entiendo lo que está pasando.

—Fue él, ¿verdad? Te ha hecho mantenerme ocupada y no perder mi tiempo con Youssef? —Me doy una palmada en la frente.

¡Qué tonta he sido!

Khaled me ha ocupado todos estos días. Vale que pasé algunas horas con Youssef, pero si fueron más de una o dos al día, fue mucho. ¡Quería tenerme lejos del niño!

—En la sala de oración del palacio del Emir —revela Fátima tras alguna presión.

—¿ Qué? —No quería alterar la voz, pero me sale chillona—. Y en los días anteriores... ¿también?

La respuesta llega con un gesto de cabeza, la mujer no es capaz de decirlo.

—¡Aquel milkshake disimulado! —Echo fuego por la nariz.

Como el chófer se hace el remolón para llevarme al palacio del Emir, yo misma cojo uno de los coches que me regaló Khaled y conduzco —y entonces el graciosillo, junto con varios guardias, se viene detrás de mí—.

¡Que vengan!

Al principio el corazón casi se me sube a la boca, es la primera vez que conduzco en Awmaj, pero ese miedo no me paraliza.

Ahora me siento culpable. ¿Cómo no me he dado cuenta de que todas las ocupaciones de los últimos días eran para alejarme de mi trabajo?

¿Qué clase de persona soy? Eligiendo bolsos y lencería, preocupada por aceites y perfumes, masajes y cuidados de la piel...

¡y el niño en las garras de aquella naja!

Aparco y entro en el palacio sin problemas. Nadie me detiene, en realidad me saludan y me miran extrañados, como si yo no debiera estar por ahí, pero no van a impedirme el paso.

Me sé de memoria el camino a la sala de oración. Llego allí en unos minutos, justo a tiempo de ver a la mujer estirar el pie en dirección a Youssef, que está concentrado en su oración.

—¡Con permiso!

Asusto a todos los niños, pero la cara de la tal Faridah, cuñada de Khaled, es impagable.

—¿Está perdida? —Pone la mano en la cintura y recoge la pierna en el suelo.

—No. Acabo de encontrarme. —Señalo a Youssef—. ¿Vamos?

—No ha terminado. —Sujeta el brazo del niño; desde aquí puedo ver que es con una fuerza excesiva.

—Lo terminará en casa. —Voy hasta ella y le retiro cada uno de sus deditos de su mano.

—¿Sabes con quién estás hablando? —Sube el tono.

—Y tú, ¿sabes con quién estás hablando? —Le devuelvo el mismo tono.

Primero se pone roja. Luego empieza a soltar un millón de palabras en árabe. Viene detrás de nosotros gritando, montando un escándalo, queriendo llamar la atención de los guardias, empleados y demás personas del palacio.

Bien podría yo ponerme a gritar en portugués y quedarnos las dos hablando palabras que ninguna entendería, pero prefiero hacer algo mejor.

—¿Qué tal el día en el colegio? —le pregunto a Youssef como si no tuviera a una loca detrás de nosotros.

—Bien —comenta sin mucha energía.

No lo culpo. Estaría igual si tuviera a una sanguijuela como esa pegada al cuello.

—¿Puedes terminar la oración en casa? —Suspiro, la sangre me sigue caliente, pero me cae una gota de juicio en la cabeza.

—Sí —dice tras pensarlo un poco.

—Con permiso, señorita. —Los guardias que me permitieron entrar no me dejan salir.

La Faridah aprovecha para señalar, patalear, monta un escándalo en árabe. Me gustaría saber su idioma solo para entender lo que está diciendo.

—No puede salir con el niño, la Jequesa Faridah es la responsable de cuidarlo —dice el hombre en un inglés pulido y policial.

—¿ Ah, sí? —Como no estoy para faltas de respeto, cojo el móvil del bolsillo.

Salí tan loca que se me olvidó cubrirme el pelo con un velo; aun así no me importa.

—¿Algún problema? —Es así como me atiende Khaled.

Lo pongo en altavoz.

—Youssef, ¿dónde estamos? —Miro al pequeño. Y él dice enseguida el nombre del palacio—. Youssef, ¿dónde debería estar yo? —Dice el nombre de casa—. Youssef, ¿qué estabas haciendo?

—Salá con mis primos y la tía Faridah.

—¿Has oído, Khaled? —Acerco el aparato a mi boca—. ¡Pero esa no es la mejor parte! La mejor parte es... —Acerco el aparato a la boca del guardia—. Díselo.

El hombre nos mira a cada uno, un poco cohibido. No estaría así si no me hubiera impedido salir.

—La señorita no puede salir con el niño de este palacio.

—¿Y quién ha dado esas órdenes? —pregunto.

El hombre no lo dice.

—¿No puedo salir de aquí con Youssef, Khaled? —Espero su respuesta con interés; la propia Faridah sonríe.

Contrato secreto de matrimonio entre el jeque Khaled y Dandara Bernardes:

Artículo 2: Los cuidados del hijo del Jeque, el príncipe Youssef, quedan bajo la tutela de su esposa (el incumplimiento de los artículos del contrato puede usarse para el divorcio)

—Sí puede —dice después de respirar hondo—. Dandara tiene plena autoridad para llevar y sacar a Youssef de donde quiera. Cuando yo no esté disponible para tomar decisiones sobre mi hijo, es a ella a quien se debe consul...

Ni le dejo terminar de hablar.

—Gracias —cuelgo la llamada—. Ahora, con permiso. —Sujeto la manita de Youssef y nos vamos a casa.

La loca sigue gritando en árabe. Por mí, que grite hasta en japonés.

*

Khaled es listo, pero en el colegio en el que él estudió yo daba clase. Después de este resbalón, voy a estar con el ojo bien abierto cada vez que intente apartarme de lo que me propuse cuando me quedé aquí: cuidar de este pequeño.

—¿Te ha hecho a ti daño?

El niño no responde. No dice nada que pueda incriminar a la tía, hace como si yo no le estuviera hablando.

—¿Tienes móvil?

—Sí. —Lo saca del bolsillo y me lo enseña.

—Apunta mi número. Vas a llamarme cada vez que me necesites.

—No quería importunarte.

«Importunar». Un niño de 7 años ha dicho «importunar».

Parece la miniatura de un adulto y eso me deja descolocada.

—Yo me quedé aquí para cuidarte. Para que nadie te haga daño y tengas todo lo que necesites. No vas a importunarme, vas a ayudarme, así que llámame.

—Vale. —Sus grandes ojos brillan y respira hondo.

Tardamos un ratito en llegar a casa, así que seguimos hablando de la escuela, los deberes y... ¡gatito-gatito!

Youssef se pone a hablar de su mascota con tanta pasión que me pregunto por qué no he visto a ese animalito desde el día en que llegué a su casa.