Capítulo 15
Dandara Bernardes
Habibit
«Hay tres cosas que cuesta dejar atrás: el agua, los árboles verdes y una cara bonita»
—Proverbio árabe.
Esa misma noche, el Jeque me llevó a conocer su palacio.
Desde el principio nos hospedamos en la casa del Emir porque el rey y la reina del norte tenían asuntos oficiales que tratar con el gobernante de este país. Ahora que ya no estaban aquí, yo viviría en otro palacio, lo que hasta me tranquilizaba.
El príncipe Youssef quedaría a mi cargo, lejos de cualquier abuso, y yo no tendría que preocuparme por hombres graciosillos intentando aprovecharse de mí.
El palacio en el que vivían el Jeque Khaled y el príncipe Youssef era más modesto que el de su padre, es decir, tenía solo 50 habitaciones, una docena menos de cocinas y la mitad de los baños. Aun así, era una belleza arquitectónica para llenarse los ojos.
Detrás de los portones de oro y ónix, protegido por los altos muros con estatuas de felinos, el palacio tenía tres plantas, muchas puertas y ventanales de cristal.
Me sorprendió ver no solo una gran piscina, sino un jardín y un bosque muy bien cuidados —el niño tenía su propio parque de atracciones más al fondo, con derecho a montaña rusa y tiovivo—.
—Yo la llevo. —Khaled me coge la maleta grande de las manos y va delante.
Youssef lo acompaña, siempre intentando imitarlo; es gracioso y, al mismo tiempo, triste de ver.
Veo a doña Fátima —no sé si debo llamarla así, pero en mi cabeza es doña Fátima— venir toda sonriente.
—Bienvenida, señora. Hemos hecho café y preparado la cena con cosas que pidió usted, esta vez sin desperdicio de comida.
—Gracias, Fátima. ¿Qué pasó con aquel desayuno?
—Lo donamos a un orfanato, señora.
—Estupendo. —Hago una expresión de aprobación y eso le devuelve una paz a la cara de la mujer que ni entiendo—. Y, Fátima, recuerde: me llamo Dandara.
—Sí, señora... —Traga saliva—. Dandara.
No la culpo. Cuesta acostumbrarse a cosas nuevas.
Yo misma no soy más que una forastera en medio de todo esto y aún no consigo asimilar que voy a vivir en una mansión con pilares de oro, más de treinta coches en el garaje y un parque de atracciones justo ahí detrás.
Youssef se va a bañar para comer. Yo me quedo medio perdida entre tantas puertas, lámparas y cuadros por esas paredes impecablemente blancas.
—¿Aquello es un Frida Kahlo? —Señalo—. ¿Tarsila do Amaral? —Abro mucho los ojos y corro hacia las preciosidades que veo en la pared.
—Sí, Dandara. Originales. —Fátima asiente.
Me quedo boquiabierta. Khaled no solo tiene buen gusto, ¡aprecia el arte! Y eso me hace sonreír, sin saber por qué.
—¿Desea tener una habitación separada de la del Jeque o dormirán en la misma?
Es directa, discreta y transmite mucha confianza.
Reflexiono sobre el asunto, porque nunca pensé que marido y mujer pudieran dormir en lugares distintos.
—En la misma habitación —la voz masculina surge en el pasillo y lo dice alto y claro, como si dentro de estas paredes no fuera ningún secreto.
Mi pecho reacciona de un modo extraño y se me revuelve el estómago, nada de esto parece malo.
—¿Alguna sugerencia sobre su ropa y sus pertenencias? —Fátima coge una tableta para tomar notas.
—Tiene poca ropa y ninguna joya. Que vengan mañana los mejores costureros y joyeros de este país; no quiero ver nada que tenga réplica ni nada parecido, mi mujer tendrá solo piezas únicas —dice Khaled de un modo gruñón—.
Las mejores tiendas de zapatos y bolsos, llama a los cocineros y a los nutricionistas del palacio para que anoten los pedidos de su señora...
Fátima teclea todo aquello con mucha habilidad. Escucha otra decena de órdenes y lo apunta todo.
—Le traigo su agenda de mañana justo después de la cena. —Hace una reverencia larga y se va a continuación.
—¿Para qué todo esto? —Cruzo los brazos.
Como si no bastara con sentirme una extraña, una invasora de hogar en este lugar lujoso, ahora voy a sentirlo conmigo misma al vestir prendas de ese estilo.
—Una mujer tan guapa no debería refunfuñar. —Me toca la barbilla con el índice—. Date un baño, yo me daré el mío y estaré en la sala de oración con Youssef. Puedes esperarme en la habitación.
«Puedes esperarme en la habitación» suena de un modo muy sexual y, por su mirada, me imagino que es lo que pretende.
*
Para sorpresa de nadie, uno de los baños del cuarto del Jeque —el lugar tenía 3— parecía un jardín con derecho a cascada, árboles altos y piedras oscuras adornando la pared.
Me ducho bajo la cascada de agua templada, me demoro un buen rato para disfrutar y relajarme. Ya no siento ningún dolor de la noche anterior, he recibido tantos masajes y cuidados durante el día que parezco haber nacido de nuevo.
Después del baño voy a la habitación espaciosa, minimalista, con pocos muebles y unas ventanas gigantes escondidas tras unas cortinas perladas.
Las aparto para poder ver la noche fuera y me sorprendo con la belleza de la ciudad iluminada, sus edificios altos y su vida movida justo detrás del bosque.
Del otro lado, más a lo lejos, alcanzo a ver el desierto.
Curioso cómo dos cosas así pueden convivir en una misma vista.
—¿En Brasil hace frío en esta época? —Es la pregunta que Khaled me hace para anunciar su presencia.
—¿ Cómo? —Me vuelvo en su dirección y lo miro, sorprendida.
Lleva ropa parecida a la del día del hipódromo: las botas altas le suben hasta por encima de la rodilla, lleva una chaqueta que le entalla el cuerpo y un látigo en la mano.
¿Acaso este desgraciado sabe que verlo así me revuelve por completo?
—Depende. En Recife hace calor incluso cuando, teóricamente, debería hacer frío. En las regiones más al sur sí debe de hacer frío. —Sacudo la cabeza, intento disimular que estoy hipnotizada.
Coge el móvil y dice algunas cosas en árabe, después se lo guarda en el bolsillo.
—¿Por qué? —Intento averiguarlo.
—Para tu elección de nueva ropa. Vamos a ir a Brasil muy pronto.
—¿Por qué? —Parezco un disco rayado.
—Para la operación de tu hermana. —Arquea la ceja—. ¿Cuándo creías que iba a ser?
—No creía que fuera a ser tan pronto —digo aliviada, corro hacia él y lo abrazo.
El Jeque claramente no se lo esperaba, tanto es así que se queda parado durante unos segundos, hasta que sus manos grandes bajan por mi batín, me acarician la espalda y luego me deslizan los dedos por la cintura.
—¿Estás contenta? —pregunta.
Y desnuda. Por debajo de esto.
—¡Claro!
Una sonrisa de medio lado deja claro que está contento, a la vez que me sugiere que él es así, decide las cosas y luego avisa. En este caso en particular, estoy radiante.
—Voy a cabalgar con Raffaello y vuelvo en dos horas. Vamos a resolver un problema —informa, y se aparta despacio.
¿Se piensa que va a venir aquí con ese aire de bad boy, vestido de domador de caballo peligroso, con un látigo en la mano, y se va a ir?
—Tiene otro problema que resolver antes.
Vuelve la cara con sutileza y, antes de que abra los labios para preguntarme qué es, deshago el nudo del batín y dejo que la prenda cálida y cómoda caiga al suelo. Le muestro mi cuerpo.
—Pensaba que estabas cansada y dolorida. —Guarda el látigo dentro de la bota.
—Yo también lo pensaba —suspiro—. Pero ya no.
Omito la parte en la que tendría que decir: pero estoy lista para quedarme así otra vez.
—Estupendo. —Se pasa la lengua por los labios y viene hacia mí.
—¿Khaled?
—Sí.
—Coge el látigo otra vez. Me gusta vértelo en la mano.