Capítulo 14
Dandara Bernardes
Una despedida difícil
«El sabor de la vida no lo sienten sino los locos.»
—Pasaje de Las Mil y Una Noches.
Si algún día tuve curiosidad por saber cómo se siente una naranja después de ser abierta, chupada y exprimida, ya no la tengo.
Me despierto como si me hubiera atropellado un avión, hubiera vuelto por el cielo para comprobar si había hecho la ruta correcta, hubiera vuelto a chocarse conmigo y decidido aterrizar con mi cuerpo en sus ruedas.
Estoy destrozada, no siento bien las piernas y estoy de un humor excelente.
Observo la luminosidad del cuarto que entra por la ventana. El sonido del mar fuera resulta agradable de oír, me alivia la mente.
—¿ Khaled? —Lo busco en la cama, una de las más grandes que he visto en mi vida, pero no lo encuentro.
Lo que veo a mi alrededor, sin embargo, es un desayuno digno de un hotel de lujo, solo que en lugar de estar todo disponible en el restaurante, tengo un banquete alrededor de la cama.
Carritos y estanterías de metal muestran frutas que hasta brillan de lo maduras que están, todas cortadas con arte.
También hay dulces, pasteles, comida japonesa, pasta; en fin, platos de todas las culturas posibles, incluido cuscuz, queso, tapioca y otras delicias brasileñas.
Intento incorporarme; al tercer intento lo consigo.
Joder. ¿Por qué repetimos todo ayer unas tres veces?
En realidad, tuve suerte. Khaled quería cinco.
En la primera me atropelló, en la segunda fue la reconstrucción del accidente.
En la tercera vez fue mi misa de cuerpo presente, el alma ya había salido del cuerpo para bailar en el cielo mientras él iba más fuerte, con más sed.
En la cuarta le pedí —como quien mira el postre tras una comida copiosa— que lo dejáramos para el día siguiente y él enseguida accedió.
Me llevó al baño, me sumergió en la bañera de agua caliente y me cuidó de un modo que no pensaba que un hombre así pudiera hacer.
Ahora tengo un desayuno alrededor de la cama que podría alimentar a un barrio entero.
«No olvides que los nórdicos se van hoy» – Khaled.
La nota, de papel beige y letras doradas, tiene una caligrafía muy bonita. Donde la he encontrado hay un ramo de rosas y una caja de bombones de La Madeline au Truffe, algunos con pequeñas láminas de oro engastadas en los bombones.
Cojo una fresa que es del tamaño de cuatro dedos míos y me la llevo a la boca; me hace salivar de lo deliciosa que está. Después pruebo una de las trufas y escondo la caja para no caer en la tentación de comerme más de una.
—Buenos días, señora. —Una mujer que parece tener la edad de mi abuela entra en el cuarto—. ¿Ha dormido bien? —Su inglés tiene un acento marcado.
—Buenos días —digo con timidez, compruebo si el batín de seda está bien atado y busco el pañuelo.
—No hace falta que se cubra el cabello —me tranquiliza—. En casa no es necesario —sonríe de un modo maternal.
—¿Esta es la casa del Jeque? —Voy hasta la ventana.
Veo la playa y el mar allá abajo.
—Su apartamento favorito. —Viene hasta mí y comprueba mi estado—. Me llamo Fátima y soy el ama de llaves del palacio del Jeque Khaled. Hoy me pidió que me ocupara de sus necesidades. Tiene un masaje con piedras calientes en treinta minutos, después salón de belleza y...
No oigo nada de lo que dice después de lo de «señora».
Qué raro. Ahora soy una mujer casada.
—... Los nórdicos parten a las 14:00; hasta entonces, voy a encargarme de que su cuerpo esté relajado y su piel más brillante que nunca! —dice animada; la sonrisa blanca contrasta de un modo precioso con su piel negra.
—No hace falta que se moleste, Fátima —digo aprensiva; la mujer me sigue a donde quiera que vaya—. ¿Quiere desayunar? —Le ofrezco la comida.
—No es ninguna molestia, señora, estoy aquí para cuidar de todo lo que el Jeque o usted ordenen. Y, gracias, ya desayuné con Youssef.
—¡ Youssef! —Abro mucho los ojos—. ¿Dónde está? ¡Tengo que ocuparme de él!
Me impide correr hasta la puerta y me tranquiliza.
—Está en el colegio. No se preocupe, podrá cuidar del pequeño en cuanto regrese.
—Vale. —Lleno los pulmones de aire—. ¿Por qué tanta comida? —Lo veo todo con cierta tristeza, es realmente mucho.
—El Jeque no sabía cuál era su plato favorito para desayunar, así que pidió a la cocina que produjera todo lo que pudiera ser de su gusto. —Su sonrisa nunca se borra.
Pruebo el cuscuz y está aún mejor que el que comí hace días. Pruebo un poco de natillas, kiwi, ¡aquí hay gambas más grandes que mi cabeza!
—¿Esto es...?
—Champán —Fátima asiente.
¿Con alcohol? Abro la botella y me sirvo en la copa de cristal para probar. Baja muy ligero, me burbujea en la boca, me calienta el estómago y me produce una sensación placentera. Es alcohólico, pero suave. Lo pruebo con fresa y con chocolate, con nata; se convierte en otra experiencia.
—El Jeque se asegurará de que tenga todo lo que considere necesario —dice Fátima de modo respetuoso.
—Fátima, ¿qué pasará con toda esta comida? —Miro a mi alrededor, perdida con tantas opciones.
—Irá a la basura, claro, porque puede agriarse o estropearse...
Interrumpo lo que sería una buena justificación en su cabeza.
— No.
—¿No, mi señora?
—No, nadie va a tirar la comida, no si puedo evitarlo. —Como solo un poco más para que los cocineros no se sientan mal por haber preparado todo esto y yo solo haber picoteado una o dos cosas.
—¿Y entonces qué hago, mi señora?
Su forma sumisa y educada me deja un poco cohibida. Esta mujer tiene el triple de mi edad, no debería tratarme así.
—Dele a los empleados, pídales que se la lleven a casa... ¿podemos donarla?
—¿ Donarla? —Parece aún más sorprendida.
—¿Awmaj tiene personas sin hogar? ¿Orfanatos? —Busco más información.
Arquea las cejas, no sé si sorprendida por que yo no sepa nada del lugar o por mi actitud.
—No hay personas sin hogar en Awmaj —me asegura—. Sí, hay orfanatos, residencias de ancianos, también zonas periféricas y pobres.
—Fátima, dele a los empleados, y lo que sobre, dónelo. A partir de hoy nadie va a tirar la comida.
—Sí, señora —ahora hay algo más que cortesía y amabilidad en su voz, hay un punto de aprecio.
—Diga a los cocineros que no se preocupen, yo puedo decirles lo que me gusta comer y no tienen por qué matarse haciendo todo esto. —Miro a mi alrededor—. ¿Seguro que no quiere comer nada? ¿Nada?
La mujer arquea la ceja y niega con la cabeza.
—¿ Y si yo...? —Le tiemblan los dedos en dirección a las fresas grandes y a la fuente de chocolate caliente.
—Por favor, todo lo que quiera y pueda. —La acompaño en esta deliciosa degustación—. Es tan agradable comer acompañada —sonrío.
Parece desconcertada con todo, pero asiente.
—Gracias, mi señora.
—¿Fátima?
—¿Sí, señora?
—¿Podría llamarme Dandara?