101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Dandara Bernardes

Conocer, tocar y sentir

«No me asombra amarte; lo que me asombra es reconocer aún mi cuerpo, después de ti.»

—Pasaje de Las Mil y Una Noches.

Me toca como un niño sueña con tocar las nubes del cielo, solo para verlas deshacerse entre sus dedos.

Yo hago más que deshacerme.

Cada parte de mí parece desconectarse durante un segundo, me desmonto entera, solo para recomponerme al segundo siguiente con la respiración entrecortada y los labios temblando.

Khaled y yo estamos casados ahora.

Cuatro días después de aquella noche en la que bailé para él, nos casamos con solo dos testigos y un Jeque que formalizó nuestro contrato matrimonial secreto con una duración de 101 noches.

— Zayn —me falla la voz al pronunciar su nombre.

Sus brazos me lanzan sobre la cama. El hombre se coloca entre mis piernas y me quita el velo a cámara lenta, parece querer disfrutar cada segundo.

—Eso —murmura de un modo sexy—. Llámame solo por mi nombre. Ahora soy tu hombre y todo lo que un día deseaste o cualquier deseo de tu corazón se hará realidad con solo decir mi nombre.

Siempre he sido consciente de que no me gustaría tener hijos, desde que era niña, pero alimentaba el deseo de casarme, de ser amada y deseada por un hombre.

Primero fue Ramon, un compañero de octavo curso al que le pedí que me tirara de un dedo para ver si era mi pareja perfecta, un juego tonto de la infancia.

Después fue Fael, un bailarín extremadamente viril, el doble de mi tamaño, un paquetazo de los que se te saltan los ojos en aquel maillot apretado.

En la universidad tuve a Ricardo, nariz grande, cejas gruesas, pinta de hombre fatal, que no supo esperar la evolución de nuestra relación y se acostó con la primera falda que apareció.

El Jeque Khaled Zayn Bin Rashid Al Makariam era una mezcla de los tres.

Un aire de canalla mezclado con un hombre bruto y dominante.

El doble de mi tamaño, cuerpo viril, pantalón visiblemente marcado por la erección, algo que me hacía arder el cuerpo solo con mirarlo, un aire travieso y delincuente, de quien sería capaz de apretarme cada uno de los dedos, la mano, cada milímetro del cuerpo en caso de que yo lo desafiara a elegir un dedo para tirar.

Me quita el velo como si nunca me hubiera visto en la vida.

Y, en cierta forma, esta es la primera vez que nos miramos. Pero esta vez no somos desconocidos, extraños en la memoria del otro, ni jefe y niñera.

Somos hombre y mujer.

—¿Va a doler? —pregunto casi llorando.

Mi cabello está voluminoso y muy bonito. He tenido cuatro días de princesa en los que me cuidaron muy bien, pasé horas en el salón de belleza, SPA, masaje, me han tratado como si fuera la persona más importante del mundo de Khaled.

—Va a doler. —Me demuestra que no es un hombre que oculte la verdad—. Pero voy a hacer que te guste.

Me sujeta el pelo y acerca la cara para oler mi perfume. Cierra sus ojos brillantes cuando mis cabellos le tocan la cara; intento esconder mi vergüenza tratando de mirar al otro lado del cuarto.

—No lo hagas —dice, incluso con los ojos cerrados—. Quiero que me mires a cada instante. Para que recuerdes que durante 101 días me perteneces, como la luna pertenece al cielo, y aun así, de noche, ella brilla y llama más la atención que él.

Contrato secreto de matrimonio entre el jeque Khaled y Dandara Bernardes:

Artículo 3: La esposa será sumisa a su marido y se entregará a sus deseos.

Recuerdo la primera vez en que la abuela me puso a bailar delante de un tribunal de jurados: me bloqueé. Esto me está ocurriendo aquí, no sé qué hacer, salvo quedarme sentada y sentir las caricias de mi marido.

—¿Puedes hacerlo despacio? —Mis labios tiemblan, la voz apenas me sale—. ¿Puedes ser cariñoso?

El Jeque me mira con la misma manera amable con la que un león observa a un cordero. Después de cazarlo durante semanas, perderlo de vista y, por fin, tenerlo acorralado.

—Yo puedo hacer lo que quieras, Dandara —Khaled me murmura al oído—. Solo no puedo permitir que esta noche dure menos de lo que mi deseo pide.

Si tenía que responder algo, se me pasó la oportunidad. Porque me agarra del cuello y me besa de tal forma que las palabras, la respiración y la conciencia se me pierden en un limbo dentro de mí.

Mi bajo vientre arde y mis manos se ablandan sobre la ropa de cama.

¿Por qué está pasando esto? Nunca antes había tenido vergüenza de mi cuerpo y ahora me bombardean mil preguntas distintas sobre lo que él estará pensando de lo que ve.

Antes de que cubra mi desnudez, Khaled baja la barba por mi cuello, la lengua contornea mis pechos hasta llegar a las areolas y los lame con tranquilidad mientras me observa.

Joder.

¿De verdad tiene que mirarme? ¿Sus ojos van a estar atentos a cada expresión que ponga? ¿Y por qué mi piel está reaccionando así?

Siempre que el Jeque me tocaba era como si una corriente eléctrica nos atravesara. Ahora es como si los dos fuéramos el cielo nocturno y el relámpago iluminándolo. O la tierra que recibe el rayo que quema el cielo.

Contrato secreto de matrimonio entre el jeque Khaled y Dandara Bernardes:

Artículo 4: El Jeque respetará, protegerá y cuidará de su mujer física, emocional, espiritual y financieramente.

Khaled trae una jarra dorada y derrama sobre mi cuerpo un aceite muy perfumado. Siento un hormigueo en el cuerpo a la vez que una sensación cálida y excitante se apodera de mí. Mi corazón parece latir en los dedos, en la cabeza, en cada una de mis extremidades, incluida la vagina.

—¿No tienes curiosidad por conocer mi cuerpo? —me pregunta.

Conocer. Tocar. Sentirlo todo dentro de mí.

Ese pensamiento es absurdo, insensato y completamente sin sentido, porque estoy aterrada y apenas puedo respirar. Entonces, ¿por qué lo repito todo otra vez y otra más?

Quiero conocer.

Le quito la túnica blanca y, debajo, le desabotono la camisa blanca hasta el final, revelando su cuerpo moreno, grande y bien marcado. El abdomen definido es muy llamativo, no más que lo que su línea me indica más abajo.

Tocar.

Las proporciones del Jeque son de una simetría estúpida.

Su pecho, el dibujo de su entrepierna, los muslos gruesos, las pantorrillas fuertes, el hombre parece haber sido esculpido por Dios o por cualquier ser que quisiera poner a prueba la tentación del pecado.

Cuando su ropa interior baja, me doy cuenta de que es más que proporcional. Es realmente grande.

Sentirlo todo dentro de mí.

Aunque no sé si debo o si él me lo permite, acerco la cara.

Su piel tiene un olor diferente. No necesita ningún aceite para que su aroma me deje embriagada y la textura de su piel es suave y cálida, al mismo tiempo firme y a punto de combustión.

Deslizo mis labios por el glande del pene, que late contra mi cara, pesado y duro. Con todo el cuidado, miedo y deseo, mi lengua recorre toda su extensión desde la punta hasta la base; eso parece excitar al Jeque, que se entretiene con mi descubrimiento de su cuerpo.

Ese primer contacto libre que tengo al poder sentirlo me deja con curiosidad.

En Occidente, al menos en Brasil, o de donde vengo, la gente se casa después de salir, experimentar, vivir aventuras y encuentra en esa unión el sosiego de sus días. Aquí no. Aquí la gente se casa y solo después vive aventuras, experimenta, sale, se conoce...

Yo no conozco a este hombre, más allá de las pocas cosas que sé sobre él.

Contrato secreto de matrimonio entre el jeque Khaled y Dandara Bernardes:

Sobre la Dote: El Jeque entrega a Dandara 30 caballos pura sangre, un palacio en cualquier lugar de Europa o Asia que ella elija y el tratamiento, cuidado y atenciones de sus familiares con los costes cubiertos por el Jeque (el equivalente a 20 millones de euros).

—Sujétalo —ordena—. Con las dos manos.

No hay otra forma de reaccionar a su voz que obedeciendo.

—Métetelo en la boca.

— ¿Todo? —Abro mucho los ojos.

—Lo que aguantes.

No voy a aguantar ni siquiera un cuarto de eso. El glande me cabrá en la boca, un poco más quizá, el resto... pasará a la historia.

La sensación es suave y cálida. Lo siento palpitar en mi lengua, su pecho sube y baja muy despacio, su abdomen presenta algunas gotas de sudor.

—Lo que voy a hacer es más o menos esto —simula despacio y de un modo muy sexy, hay que decirlo, el movimiento de vaivén en mi boca.

No me quejo de la clase particular. La verdad, es excitante verle hacerlo.

—Y lo que vas a hacer tú. —Esboza una sonrisa de medio lado—. Es aguantar todo lo que puedas. Pedirme que pare cuando notes que has llegado al límite. Y probar toda esa flexibilidad tuya. —Levanta la ceja al final, en señal de desafío.

Podría replicar, pero tengo la boca llena y mi madre me enseñó que así no se habla.

—Eres más guapa ahora, porque eres mía —parece gruñir al decir la última palabra.

Me toca la barbilla con los dedos y empuja su polla para ir más a fondo en mi boca, pero no se puede tragar más—.

He viajado por todo el mundo, he vivido en los mejores lugares, me he sentado con los más poderosos... nunca he visto algo como tú.

Está realmente duro hasta el punto de que su glande apenas me cabe en la boca.

—¿Has visto algo como yo?

No sé qué quiere decir esa pregunta.

Solo sé que me levanta de la cama y, bajo los cientos de llamas de las velas esparcidas por la habitación, veo nuestras sombras sisear en la pared.

Presiona mi cuerpo contra un mueble y se unta el cuerpo con el aceite cuando restriega despacio, y de un modo que me quita el juicio, su cuerpo rígido contra el mío, que está más blando que nunca.

Tengo las piernas flojas.

Las manos me fallan incluso al intentar tocarle los brazos musculosos.

—Este es el tercer lugar al que voy en el mundo, creo que viví entre espacios precarios y gloriosos, no tuve mucho tiempo para sentarme —reflexiono—. Pero, sin duda, nunca he visto nada como usted...

—Khaled —me calla la boca, no con el dedo, con sus propios labios—. O Zayn —susurra.

Cada palabra hace más intensa la fricción entre nuestros cuerpos.

Su polla parece que va a abrir un agujero en mí, tales son las ganas y la fuerza con las que presiona mi piel, intenta entrar en mí o sube hasta más arriba de mi ombligo.

— Khaled —asiento.

—No intentes resistirte, Dandara, resistirse es peor.

¿Qué quiere decir?

Contrato secreto de matrimonio entre el jeque Khaled y Dandara Bernardes:

Artículo 14: En caso de tener hijos, como manda la ley, el hijo pertenecerá al padre. Podrá ser educado bajo la religión de la madre, pero pasará por los procesos rituales islámicos hasta tener mayoría de edad para decidir qué religión seguirá.

Adenda al artículo: La esposa pide, a efectos de que quede registrado, que no tendrá hijos.

Me arrepiento de hacer esta pregunta mentalmente una milésima después. Porque me lanza sobre la cama y se coloca entre mis piernas, las sujeta con las manos y va bajando con calma hasta que mis pies queden en la misma posición que mi cabeza. O sea, estoy toda abierta sobre la cama.

No contento con eso, toma un poco de distancia y, cuando vuelve, amigo mío, vuelve con la lengua abierta, pasa de lleno, mojada y caliente, por mi trasero, por mis grandes labios, por mi ombligo, en medio de mis pechos, por mi cuello, llega a mi boca y me besa como si esa explosión cósmica pudiera generar un planeta, vida y más conflicto del que Dios o el azar querrían.

—Hazlo otra vez —imploro cuando nuestros labios se separan.

Khaled se aparta enseguida, solo que con más intensidad, se demora en el chupetón que da entre mis grandes labios y no se contenta.

Me abre la vagina con la lengua, no usa las manos.

Es tan hábil que pasea dentro de mí como si tuviera el manual de mi cuerpo y solo estuviera comprobando si cada pieza está en su sitio.

Están. Todas las piezas están. Ahora ya no están. Están. Ya no están.

Pero ¿qué demonios está pasando?

Entonces sube, hace el mismo trayecto que antes, solo que esta vez su lengua peligrosa viene más caliente, sedienta, me besa como si en medio del desierto por el que vagó no hubiera tenido agua durante días y noches enteras.

Me besa como si esa fuera la única fuente de luz, calor y vida que encontró por el camino.

Me besa como si fuéramos los dos únicos en existir y no hubiera nadie más.

Es un beso que no me deja dudas: nunca he visto, vivido ni imaginado nada parecido a Khaled. No tendría con qué compararlo de todo lo que conozco.

— Otra vez —imploro, solo que de un modo más desesperado.

Estoy dividida entre la vergüenza de pedirlo y la desesperación por sentirlo con la lengua cada vez más profundo, caliente y mojada dentro de mí, suave, blanda y delicada, hasta que de repente se vuelve intensa, hambrienta y posesiva con lo que está haciendo.

Me chupa tan fuerte y empieza a masajearme la vagina de un modo tan intenso que, si no me sujetara las dos piernas y mantuviera mi cuerpo inmovilizado sobre la cama, ya habría saltado, dado patadas, bailado una Sapucaí entera, porque lo que estoy sintiendo es una mezcla de carnaval en las calles de Recife con el baile más peligroso que mi cuerpo ha intentado jamás.

— Khaled —su nombre me sale como un suspiro en la boca cuando su polla entra en mí.

Pierdo por completo el control de mi cuerpo. No sé qué estoy sintiendo.

Aprieto los ojos e intento buscar seguridad en cualquier recuerdo, contengo la respiración solo para fingir que esto no está pasando, pero en cuanto pasa el shock inicial, abro los ojos.

Su mirada sombría, aunque centelleante, está sobre mí. Sus rodillas se doblan y los muslos descienden un poco, se hunde dentro de mí, mucho más de lo que mi boca soportó, los músculos de su cara se contraen en una señal de placer que descifro por la forma en que me mira.

Es en este extraño momento cuando yo también siento placer.

Y cuando descubro que necesito esto. No solo la penetración, la mezcla de dolor y placer, el modo feroz con el que me mira...

Contrato secreto de matrimonio entre el jeque Khaled y Dandara Bernardes:

Respetados estos artículos, esposa debidamente instruida sobre sus derechos y deberes, incluido el derecho al divorcio y la conformidad entre ambas partes sobre el contrato, el Jeque Khaled y Dandara Bernardes quedan a partir de este momento casados.

Testigos: Rey Haakon III (novia) & Raffaello Lamarphe (novio).

Lo necesito.

Quiero que duela más. Quiero que me folle con más intensidad. Quiero que siga sujetándome así, mantenerme presa entre sus brazos, usarme como si fuera solo un juguete, porque no quiero volver a lo que era antes.

Y aun así estoy desesperada y con ganas de llorar porque duele y es aterrador.

Parece que hay dos Dandaras dentro de mí, una está disfrutando y excitada con lo que está ocurriendo, pero la otra solo quiere huir y resguardar su virginidad.

Ya no puedo huir. Ya no soy virgen. Firmé un contrato.

Un contrato de matrimonio.

Y pertenezco al Jeque Khaled durante 101 días.