Capítulo 12
Jeque Khaled
Baila para Mí
«Toda rosa tiene una espina como mejor amiga»
—Proverbio árabe.
Cientos de mujeres ya han bailado para mí.
Dandara arrastra el pie por el suelo de un modo tan natural que ni siquiera me doy cuenta de cuándo se pone de puntillas.
Gira suavemente en el aire, extiende los brazos hacia el techo y echa la cabeza hacia atrás.
Cierra los ojos y una expresión de serenidad se forma en su cara, que normalmente tiene un aire rebelde.
Ninguna de ellas bailó así.
Inhalo el aroma en la cachimba cuando la veo levantar la pierna derecha y sostener todo el peso del cuerpo sobre la punta del pie izquierdo. Gira en el aire como una gimnasta, una mezcla de gracia y violencia que me obliga a retener el humo hasta que empieza a salirme por la nariz.
Es como en mis sueños.
Ahora, en este instante, no sé si estoy despierto o dentro de mis delirios. Esta chica tiene el increíble don de arrancarme de la realidad y ahogarme en sus encantos, sin saber si este momento es real o fantasía.
—Acércate —la llamo con la mano.
Dandara, que estaba concentrada en ocupar todo el espacio del cuarto, girando y saltando como una atleta olímpica por el centro y los rincones del salón, empieza a venir hacia mí.
Su caminar es una mezcla de sintonía y ritmo.
Delante de mí, tan cerca que puedo tocarla, parece un poco asustada, aun así sigue centrada en su momento particular.
Abre las piernas despacio, separándolas con calma, hasta abrirse entera en el suelo en un espagat.
Parpadeo para asegurarme de lo que estoy viendo, sobre todo cuando empieza a subir y bajar en el suelo de un modo muy sugerente. Mi polla, que ya estaba lo bastante dura, comienza a doler, pidiendo salir del pantalón. La erección me palpita con tanta fuerza que tengo que acomodarme en el sillón.
—No he dicho que tuviera que ser sexy —doy otra calada a la cachimba para tranquilizar la mente.
Todos los cientos de mujeres que bailaron para mí lo hicieron desnudas o desnudándose. Querían agradar a su Jeque, porque todas ellas sabían que una noche conmigo significaba recibir tanto oro como pudieran cargar y, por fin, salir de esa vida.
Estar conmigo significaba no necesitar nunca más ser tocada por otro hombre para ganar dinero.
Dandara no empezó sexy. Mejor dicho, ella apareció sexy desde el momento en que mis ojos la vieron.
A diferencia de todas las demás mujeres, ella no forzaba una sensualidad para impresionar. Sus movimientos eran de una profesional que sabía muy bien cómo manejar el cuerpo para despertar cada uno de mis sentimientos.
—Mi abuela me enseñó a bailar —apoya las dos palmas abiertas en el suelo, levanta las piernas y con un giro en el aire, se pone de pie.
¡Qué control de cuerpo!
—Dijo que el baile va solamente de una cosa.
Sus ojos dulces y puros se vuelven salvajes. No sé si me gusta lo que veo. Pero debo admitir que es más interesante que todo el oro, los pétalos del suelo, las lámparas árabes o la comida de la mesa, todo lo que nos rodea.
—¿De qué va? —Antes de que me lleve la boquilla de la cachimba a la boca, ella cierra la mano sobre el tubo y tira de él hacia sí.
Lo desliza por encima de la ropa entre sus pechos como si fuera una serpiente vagando por las arenas, después lo toca con su labio y aspira un poco, guarda el humo en la boca por un instante y esboza una sonrisa de medio lado.
Aprecio su intento, sobre todo cuando me lanza a la cara una neblina que invade mi nariz.
—Bailar va de ser tú misma. —Pasa la boquilla del objeto por mi cara—. Y de hacer que quien te mira sienta las emociones más diversas, sin darse cuenta de que estás sintiendo mucho dolor mientras lo haces.
—¿Estás sintiendo dolor? —Observo que sigue de puntillas.
—¿Importa eso, si usted está sintiendo lo que necesita sentir? —Me guiña un ojo.
¿Quién es esta maldita mujer? ¿Cómo consigue ser tan dulce, amable y pura delante de todos los demás, y aquí conmigo parece otra persona?
—Mis condiciones son las siguientes —respira hondo—. Quiero cuidar del príncipe Youssef, y nadie más cuidará de él, a no ser yo misma o usted.
Como no reacciono de ninguna forma a sus palabras, ella continúa.
—Mientras esté aquí, necesito que garantice que estaré a salvo y tendré todo lo que necesite para vivir.
Sus ojos bajan por mi pecho, que sube y baja; no consigo controlar mi maldito cuerpo. Mi abdomen se contrae. Dandara aparta la mirada cuando observa el bulto grande y grueso en mi entrepierna.
—Usted va a pagar la operación de mi hermana.
El silencio entre nosotros se extiende, no sé cuánto dura, creo que estoy embrujado por lo que acabo de ver.
—¿ Y...? —pregunto cuando recobro los sentidos.
—Y usted puede hacer lo que quiera conmigo, Jeque Khaled. Durante 101 noches —es enfática sobre la fecha.
—¿Lo que yo quiera? —Necesito confirmar lo que acabo de oír.
—Lo que quiera —no titubea, lo dice como si no tuviera miedo de nada de lo que yo pudiera proponer—. Seré completamente suya durante 101 noches.
—¿Y después?
—Después puedo quedarme.
Mi corazón se detiene cuando lo dice.
Las llamas de las lamparillas dejan de titilar, las cortinas de seda que de vez en cuando se mecían suavemente con la corriente de aire se detienen, el tiempo y el espacio quedan congelados. Solo ella y yo nos movemos, y eso ocurre a cámara lenta.
—Después puedo quedarme y cuidar de Youssef hasta garantizar que esté bien. Esas son mis condiciones.
Que ella quiera quedarse por mi hijo me deja muy intrigado.
—Es todo.
Levanta las manos y se agarra a las columnas alrededor del sillón; con el torso quieto, consigue mover muy bien la cintura, contoneándose despacio. Una artimaña vil y traicionera para dejarme desconcentrado.
La mejor negociadora con la que he tenido el placer de tratar.
—¿Qué quiere usted de mí? —Mi silencio la pone aprensiva.
No sé qué me gusta más de esta chica. Cuando se siente intrépida y valiente, o cuando me mira así, inquieta.
—Vas a casarte conmigo.
Sus pupilas se dilatan. Antes de que se aparte, tiro de ella de la mano hacia mí, le guio las manos hacia mis hombros y estiro bien la cara para observarla de cerca.
—101 días y 101 noches —explico—. Como ya debes de saber, el simple hecho de tocarte sin que seas algo mío ya es bastante problemático. Y lo que quiero hacer contigo, sin que estemos casados, sería haraam.
—¿ Aram? —Frunce el ceño.
— Haraam —asiento—. Pecado. Contra la ley. Prohibido. Y te pondría en serios riesgos en caso de que alguien lo descubriera.
— Haraam —repite—. ¿Y podemos casarnos y divorciarnos en 101 días?
—El matrimonio es un contrato. Y en ese contrato dejaríamos claro cada uno de los términos de lo que queremos el uno del otro. Y tú no tendrás que preocuparte por ninguna denuncia a las autoridades, ni siquiera si algo me ocurriera.
—¿Qué necesitamos para esa boda?
—Dos testigos, un familiar tuyo y un familiar mío. Una dote que daré a tu familia. Y tu comprensión de las consecuencias...
—¿ Consecuencias de qué?
Solo ahora me doy cuenta de que sigue bailando, encima de mí. Es una sensación que despierta al animal dentro de mí hasta el punto de querer arrancarle esa ropa que lleva y demostrarle que no debe jugar conmigo, no de esta manera.
—Si tenemos un hijo en este tiempo, tienes que saber que me pertenece y será musulmán.
Cada palabra que digo noto que ella quiere apartarse, pero no se lo permito.
—No vamos a tener un hijo —deja claro.
—Pero puede pasar, incluso con todos los cuidados que tomemos.
—Nunca voy a ser madre —dice aún más firme—. No, no puedo...
Le paso el pulgar por la mejilla y le retiro las lágrimas antes de que caigan. Miro a Dandara con aún más interés que antes, no esperaba esa reacción de ella.
—¿Alguna enfermedad?
—Mi madre sufrió mucho, Jeque Khaled.
—Zayn —digo con suavidad.
—Mi madre sufrió mucho, Zayn. Tener hijas fue lo mejor y lo peor que le pasó en la vida. Al final, ella nos abandonó, como nuestro padre la abandonó a ella. Me prometí a mí misma que jamás sería madre para no sufrir lo que ella sufrió.
—Lo siento. —Le limpio las lágrimas hasta que terminan de caer; después le sujeto las dos manos, se las cierro y se las cubro con las mías. Beso la pequeña rendija en la que puedo tocarle la piel—. Nunca sufrirás en mis manos, a no ser que lo desees.
Sus cabellos voluminosos y rebeldes se balancean de un lado a otro cuando mueve la cabeza.
—¿Qué más debo saber? —pregunta.
—No exigiré que vistas ningún tipo de ropa en particular, pero mantén el hijab cuando salgas a la calle. No puedo permitir que ningún otro hombre vea lo guapa que es mi mujer hasta el punto de desearla.
Dandara tuerce la nariz al respecto, pero no comenta nada.
—¿Puedo exigir algo?
—Lo que quieras poner en el contrato. —Ahora que está más calmada, le bajo las manos abiertas hasta mi pecho. Se sienta encima de mi entrepierna.
—No podrás casarte con otra mujer mientras estemos juntos.
El alzar de mi ceja parece sorprenderla.
—Sé que los hombres como usted pueden casarse con hasta 4 mujeres.
—Puedo —confirmo—. Pero no necesito. —Mis dedos tocan sus cabellos, que le caen en ondas; se los aliso y se los echo por encima del hombro.
A continuación le toco la nuca despacio, le doy un masaje sin prisa y la veo cerrar los ojos, ladear la cabeza y suspirar.
—No quiero que mi abuela sepa que voy a casarme...
—Necesitas otro testigo —digo serio—. Aunque otras personas no sepan que estamos casados, tenemos que tener testigos conocidos de lo que estamos sellando.
—¿Por qué? —La extrañeza estampada en su cara es algo divertido de ver.
—Porque ningún contrato es serio hasta que otros lo sepan, aunque sean pocos. Y así, si yo incumplo el contrato, podrás separarte de mí cuando quieras. Y si tú incumples el contrato, te recordaré el acuerdo que sellamos.
Conozco esa expresión que pone. La gente occidental ve mi religión como una cosa del otro mundo y tiene prejuicios sobre muchos temas. Dandara puede haber buscado información o preguntado a otras personas, pero yo la ayudaré a entender todo lo que necesite saber.
—¿Tengo que volverme musulmana? —pregunta como si me leyera el pensamiento.
—¿Crees en Dios? —Le devuelvo la pregunta.
—¿En Dios o en Alá?
—Dios, God, Alá, es el mismo sustantivo masculino, en idiomas diferentes. Tu Biblia habla de Abraham y de Moisés. ¿En quién creían ellos?
—Dios —responde enseguida.
—Así es en el Islam, aquel al que llamamos Alá —explico—. No, no necesitas convertirte al Islam. Solo debes amar y honrar a tu Dios, porque es la base de todo lo que existe. Y si no lo amas y lo honras, no podrás hacerlo en un matrimonio.
El semblante duro va desvaneciéndose poco a poco.
—¿Hay algo más que quieras preguntarme, Dandara?
—No.
—Entonces pediré a alguien de confianza que redacte el contrato e incluya todo lo que has solicitado; recibirás tu copia para confirmar que está todo bien y sellaremos el acuerdo.
—Tú nunca te has casado con ninguna de las mujeres con las que has follado antes —dice de un modo afilado, una mezcla de celos y aquel tono salvaje en la mirada.
—Porque ninguna de ellas era tú —digo enseguida.
Si esto le resuelve o no las dudas, no lo sé. Solo sé que no me responde nada al respecto.
—Hay algo que necesito que sepas... —suspira, siento que sus manos quieren huir de mí, pero no se lo permito.
Las sujeto firme por el dorso y hago que la palma me masajee el cuerpo hasta el abdomen; cuando está a punto de llegar a la entrepierna, Dandara se desespera, así que vuelvo a subirla a mi pecho.
—Soy virgen.
La falta de respuesta por mi parte la pone colorada.
—Me reservé... —Traga saliva—. Para mi boda, pero... —respira hondo de nuevo—. Creía que era para el hombre al que fuera a amar.
—Yo soy el hombre al que vas a amar. —Le toco la barbilla—. Por 101 días.
Tarda, pero asiente sutilmente.
—Tenemos un acuerdo, Zayn. —Me tiende la mano, aun estando encima de mí. Y se la sujeto con mucho gusto.
—Tenemos un acuerdo, Dandara —replico.
Pasado otro momento de silencio y miradas, ella se levanta y dejo que lo haga. Empieza a alejarse lentamente, mirando a su alrededor.
—¿Puedo comer? —Apunta con la barbilla a la mesa repleta con fruta fresca, dulces y bebidas.
—Puedes absolutamente todo, solo no te permito una cosa. —Trago saliva—. Que te toque otro hombre.
Asiente, porque sabe, o al menos imagina, lo que puede pasarles a esos desgraciados.
No puedo pedir que no la miren. Pero puedo arrancarles los ojos a algunos, eso no es problema para mí.
Va distraída hasta la mesa y elige una fresa bien roja y grande, se la lleva a los labios para probarla. Baja la cara y observa todo el banquete, animada.
—Hay tantas cosas... —dice al girarse.
No permito que diga nada más. Sujeto firme la cintura de mi mujer, con la otra mano aparto los cabellos que se empeñan en caer sobre su lindo rostro. No quiero verlo cubierto por nada, quiero disfrutar de su belleza y sentir como si estuviera en el sueño más perverso e intenso.
Tomo sus labios sin prisa, aunque mi corazón llevaba desesperado por sentirla desde la primera vez que la vi.
Contorneo su labio inferior con el mío, después abro paso en su boca dulce y ligeramente ácida por la fruta que acaba de saborear.
Yo también tengo hambre de ella. Yo también necesito saborear cada parte de este cuerpo y hoy empezaré por la boca.