Capítulo 11
Jeque Khaled
Mi Valor
«Quien toca la miel no resiste lamerse los dedos».
—Proverbio árabe.
Cancelé una reunión importante esa noche para hacer Maghrib con Youssef. No creí que Dandara apareciera en la sala de oración hasta el último momento, pero realmente vino, llevaba ropa modesta y hijab.
Acompañó el rezo desde fuera de la sala y yo tuve que redoblar mi atención para mantener todos mis sentidos entregados a lo divino en ese momento, porque cualquier resquicio que dejara, ella me robaba los pensamientos y la atención.
En cuanto terminamos, Youssef se levanta y sale corriendo entusiasmado. Oigo el final de su frase, ilusionado.
— Maghrib es la primera oración del día, porque nuestros días empiezan al ponerse el sol —aguarda ansioso la respuesta de Dandara.
—Es muy bonito —es todo lo que ella dice—. Ahora creo que tiene sentido. Vosotros seguís el calendario lunar, así que los días, en realidad, empiezan por la noche —piensa un poco.
—¡Sí! —El niño no contiene la emoción—. Ahora se sirve la cena. ¡Vamos!
—Ve delante, te alcanzaremos. —Le indico con la cara que se vaya.
—Sí, papá. —Youssef junta las manos al cuerpo y se va caminando por el pasillo.
—¿Cuál es tu plan en todo esto? —Me vuelvo hacia Dandara.
— ¿Plan? —Se hace la despistada—. No sé de qué hablas, solo quiero conocer de cerca tu cultura, religión, costumbres. ¿Algún problema?
—Ninguno. —Pestañeo.
—¿Los hombres y las mujeres no pueden rezar juntos? —Se muestra interesada.
—En la mezquita hay áreas separadas para hombres y mujeres. Aquí en casa, las mujeres y los niños rezan aparte de los hombres, es la costumbre del palacio —explico, intrigado por su curiosidad.
Dandara no se lo toma como una cosa del otro mundo ni algo extraño. Hay algo genuino en su mirada, una curiosidad verdadera, como una niña descubriendo la vida.
—¿Te importa si os veo rezar?
—¿Por qué harías eso? —Arqueo la ceja.
—Ya te lo dije, Jeque Khaled, quiero conocer —dice con firmeza.
Nos interrumpen unos pasos rápidos en el pasillo; me aparto dos pasos del cuerpo de la mujer para que no se interprete mal nada.
— ¿Llega tarde? —chista Faridah—. ¡No estaba en el cuarto, en ningún rincón, busqué a Youssef por todo el palacio!
—No llega tarde, ha rezado conmigo —calmo a la mujer.
— Oh, sí —asiente—. ¿Y quién es esta? —Mira a Dandara con curiosidad.
—Esta es Dandara, va a quedarse aquí, al parecer. —Le lanzo una mirada que cuestiona esta información y me la devuelve con un gesto positivo—. Dandara, esta es Faridah, la mujer de mi medio hermano Omar —presento a las mujeres.
Se saludan rápidamente, mi cuñada más interesada en la extranjera. Como su rostro deja traslucir sus emociones, noto que la niñera conoce a Faridah de algún sitio, o que al menos ya la ha visto antes.
—Bueno, si es así, voy al salón comedor a vigilar que Youssef se porte bien... —dice en árabe.
Lo cual es gracioso, porque parece que la otra entiende. Pues acto seguido me dice, en inglés:
—Si de verdad voy a quedarme, yo misma me ocuparé del príncipe Youssef. No necesita a nadie más, solo de mis cuidados.
El modo tajante con que lo dice lo vuelve todo interesante, suena casi a desafío.
—Ve, Faridah. —Le indico el camino para que vaya y se va sin replicar.
Cruzo los brazos; cuando ya no hay peligro de movimiento alrededor, vuelvo a acercarme a Dandara.
—¿Entonces te quedas por mi hijo y no por mí?
—Me quedo por los dos. ¿Estás celoso? —Me provoca.
¿Quién diría que esa carita angelical escondía a una mujer astuta y decidida? Parece que estaba equivocado sobre mi propio fantasma.
Esperaba a una chica dulce, obediente y que supiera el tono que usar conmigo, pero me sorprendió con su rebeldía.
—Digamos que soy un hombre posesivo —admito, aprovecho para acomodarle el hijab para que le caiga mejor—. No suelo compartir mis juguetes.
— Juguetes. —Se lame los labios y respira hondo—. ¿Eso te parezco? ¿Un juguete?
No respondo a su tono insolente, pero tampoco la reprendo.
—¿No va a detenerme por lo que pasó de madrugada? —Sus labios tiemblan, veo la vulnerabilidad en sus iris.
—No pasó nada de madrugada —soy firme.
—¿Qué fue de aquel mierda?
Solo el hecho de que ella no diga el nombre de otro hombre me deja menos tenso. Doy una vuelta entera a su alrededor mientras recuerdo todo lo que hice.
—Recibió lo que se merecía por atacarte. ¿Tienes algún problema con eso?
—No —traga saliva—. No, no lo tengo. Y no me cuentes los detalles. —Baja la cara—. Gracias.
—No me lo agradezcas por tan poco —minimizo con una mueca.
—Lo respeto, Jeque Khaled.
— Khaled. Solo Khaled. O Zayn, si lo prefieres. —Le doy esa libertad.
— Zayn —dice sorprendida—. Lo respeto mucho, sé que es un hombre poderoso, uno de los más ricos del mundo y que nada de lo que diga o haga va a cambiar su vida.
— Mmm.
—Ese niño te quiere. Va en serio, te idolatra, siente algo profundo por usted, aunque lo trate como si no fuera nada. Yo me voy a quedar porque él me necesita, igual que usted me necesita. —No titubea en ninguna palabra.
No parece la mujer ausente y reticente a la que le propuse algo antes.
—Los hombres como nosotros tienen que ser fuertes, o no sobreviven, y él tiene que acostumbrarse. Así fue como me trataron a mí, crecí y me convertí en hombre. Así será con ese muchacho —explico.
—Así te trataron a ti, Zayn —pondera—. Y entonces creciste y te convertiste en este hombre... ¿y por casualidad eres feliz?
La respuesta a su pregunta no llega. No a mis labios.
—¿No quieres que sea feliz? —Insiste más.
—Quiero que sea fuerte y que sobreviva.
—¿Y no puede ser fuerte, sobrevivir y ser feliz? ¿Crees que los hijos de tu gran amigo, el rey Haakon, no van a ser fuertes y felices?
—¡Ellos tienen una madre, alguien que cuide de ellos! —rebato.
—Y todo lo que ese niño tiene eres tú, Zayn. Solo tú. Y por mucho que tenga todo el oro, el petróleo, el dinero del mundo, al final del día sabe que lo único que tiene de verdad... es él.
Hago un gesto negativo con la cabeza para que sepa que discrepo. Dandara tiene una visión distorsionada de mí y no me gusta.
— ¡Dónde se ha visto que una mujer le diga esto a un hombre! —gruño.
—Si crees que soy el tipo de mujer que te verá equivocarte y lo dejará pasar, que te escuchará y se quedará callada, has escogido a la mujer equivocada. Busca a otra. Esa no soy yo. —Frunce la frente y me lanza una mirada felina.
— ¿Y quién eres tú?
—Puede que crea que, por haber venido de Brasil y no tener dinero ni dónde caerme muerta, soy la última persona para enseñarle algo. Si voy a quedarme y no cambiar nada en su vida, ¿qué diferencia hay? Yo quiero ser útil.
—¿Por qué seguir siendo niñera de un niño si vas a ganar todo el dinero que necesitas bailando para mí? —Sonrío.
—Porque ese niño necesita a alguien. —La forma en que lo dice es como una bofetada—. Yo no entiendo el árabe, no sé lo que decís a Dios cuando rezáis, pero lo siento en sus palabras, él pide a alguien.
—¿Y ese alguien eres tú? —Levanto las cejas.
—No sé si estoy a la altura de ser ese alguien, Zayn —dice mi nombre en un tono que no me gusta.
Empiezo a preguntarme si fue buena idea darle el derecho a ser informal.
—Pero voy a luchar por ser la respuesta a lo que pide.
Todo lo que un hombre árabe detesta en una mujer está delante de mí: alguien que lo contradiga, lo irrite, vaya contra sus reglas e intente hablar de tú a tú con él. No es de extrañar que el rostro de esta chica haya sido siempre mi fantasma y me haya atormentado.
Es mi peor pesadilla.
—Es esto, o vuelvo al Septentrión en 5 días —dice resuelta.
—Tienes alma de negociadora —concluyo.
—Usted me puso un precio. Ahora estoy cubriendo su oferta con mi valor.