101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Dandara Bernardes

Condiciones y Concesiones

«En un momento se puede llegar a la iluminación, es tan sencillo como encender una luz. El problema es encontrar el interruptor».

—Proverbio árabe.

Al principio del día me quedé ida y huí de cualquier contacto humano. Todo a mi alrededor parecía demasiado peligroso e intenté por todos los medios mantener a salvo a los gemelos.

En algún momento después del almuerzo o de la llegada de Youssef del colegio, me di cuenta de que estaba siendo demasiado paranoica y que todo en el palacio seguía como si la madrugada no hubiera ocurrido; ni siquiera la ausencia de Cristian la notaron varios empleados.

La persona que me trajo de vuelta al mundo real fue la Reina Ravena.

—Ya sé lo que vamos a hacer. —Me muestra la pelota de fútbol que compró y trató de darle al niño, pero el padre se negó a que la recibiera.

Hasta pensé en contarle lo que había ocurrido la noche pasada, pero ahora parece irrelevante. Animar al pequeño Jeque se ha convertido en nuestra obsesión particular.

—Vamos a atraerlo al jardín y a jugar con los bebés; así se integrará y se soltará con nosotras —dice entusiasmada.

—Querría que se abriera más... que hablara... que sonriera —lamento.

—Es exactamente lo que vamos a hacer. —La reina parece intrépida.

Nos reunimos delante del espacio cerrado que da vista al día soleado, los árboles perfectos y la fuente de agua cristalina. El hijo del Jeque Khaled parece un adolescente entregado a estudiar para la selectividad de lo concentrado que está en el Corán. Me mira de soslayo cuando paso a su lado.

—Hace un día precioso ahí fuera. —Paso la pelota de una mano a la otra—. ¿Vamos a jugar, señora?

—¡Vamos! —Ravena aparece, entusiasmada, cargando a Talita—. ¿ Leon? —Llama al primo que lleva en brazos al otro gemelo.

—Yo voy, pero no creo que sea buena idea, Haakon IV acaba de comer.

—No pasa nada, necesita un poco de sol. —Mira a su alrededor y señala los caballos de oro, se los enseña a Talita—. Mira, hija, qué bonitos.

—¿Podrías leer el Corán fuera, Youssef? —Me agacho a su lado y paso la vista por las páginas de fina caligrafía, eso parece arte—. ¡Hace un día precioso!

El niño mira a un lado y a otro; como no ve a nadie que se lo impida, abraza el libro y me acompaña.

Ravena y yo nos quedamos a tres metros la una de la otra, chutando la pelota muy despacio y viendo a Talita gatear para intentar atraparla. Cada vez que el objeto rueda hacia un lado, ella se detiene en el césped, recalcula el trayecto y va en la dirección por la que ha ido la pelota.

Aprovecho que tengo la atención del príncipe árabe, que nos mira como si fuéramos algún tipo de extraterrestre , y le hago un gesto.

—¿No quieres venir aquí y jugar con nosotras?

—Sí. Tenemos dos plazas libres, ya que Leon está dando de comer al bebé —insiste Ravena.

El niño tiene la increíble habilidad de fingir que no va con él, vuelve la cara al libro y sigue leyendo con dedicación.

—No le va a pasar nada, estamos jugando con la princesa —explico y le lanzo la pelota a Ravena, voy hacia él y me agacho—. ¿Youssef?

— Mmm —dice distraído.

—Permíteme enseñarte qué es jugar. A cambio, enséñame cómo rezar, por favor.

—¿ Rezar? —dice bajito, los ojos se le pierden—. ¿Quieres hablar con Alá?

—Sí, quiero. Me parece muy bonita vuestra cultura y tú valoras mucho el contacto con Dios, algo que los niños de tu edad no valoran tanto. —Lo que querría es alisarle el pelo, abrazarlo e impedir que cualquier mal le ocurra a este niño. Pero no quiero asustarlo—. ¿Puedes enseñarme a rezar?

—Puedo.

—Entonces, ¿hacemos un trato? Yo te enseño a jugar y a divertirte, a ser un niño de verdad. Y tú me enseñas a hablar con Dios; quién sabe, así me escucha.

—Él siempre nos escucha, lo que pasa es que no da lo que queremos, da lo que necesitamos. —Cierra el libro y lo deja donde estaba sentado, me acompaña para jugar.

Oír eso de un niño es tan surrealista que se me queda en la cabeza durante varios minutos.

Formamos una posición de triángulo con la princesa Talita en el medio.

Ravena me pasa la pelota y la bebé se agita, suelta un grito de alegría y viene deprisa hacia mí.

Espero hasta que esté a una distancia segura y le paso la pelota a Youssef.

Tiene que sujetarse las largas vestiduras blancas para que sus pies detengan el trayecto de la pelota y después chuta hacia Ravena con una fuerza moderada.

—Un poquito despacio, ¿vale? Así. —Lo demuestra y devuelve la pelota.

Youssef baja la cara y da media vuelta para regresar al lugar en que estaba sentado.

—No sé jugar —dice, decepcionado.

Corro hacia él y lo sujeto por los hombros, cosa que lo asusta mucho.

— Perdón. No quise infringir ninguna ley, príncipe Youssef.

—No pasa nada. —Me toca la mano, noto que está temblando.

Eso parece darme valor y libertad para tocarle las mejillas. Me agacho y lo miro de cerca.

—Claro que sabes jugar. ¡Sí que sabes! Y cuando no sepas, aprenderás rápido. —No sé por qué, pero los ojos me brillan cuando lo miro.

Este niño, más que ningún otro, necesita cariño.

—No puedo equivocarme; así no enorgullezco a mi padre. —Baja la cabeza.

—¿Y cómo vas a acertar si no te equivocas? —Me agacho hasta entrar en su campo visual. Le toco la barbilla y se la levanto con calma hasta que me mira—. Eres hijo de tu padre. Él es bueno jugando al fútbol, tú también debes de serlo.

—¿ Tú crees? —Se seca las lágrimas; no sé cómo consigue mantener un semblante sin expresión incluso en una situación así.

—Sí, lo creo. Te pareces mucho a tu padre, debes de tener sus talentos. Tienes el mismo brillo en la mirada. —Le acaricio el pelo.

Ambas son miradas tristes, de dos personas que perdieron el lazo que las unía.

—¿Vamos a intentarlo de nuevo? —Lo animo.

Volvemos a nuestras posiciones originales.

—¡Estupendo! Chuta la pelota hacia mí, Youssef, ¡pero despacio! —pide la Reina Ravena.

El niño no sabe medir su propia fuerza, por eso aún chuta con mucha intensidad. Así es durante cuatro intentos, hasta que le coge el tranquillo y entiende que no es algo para demostrar su masculinidad o su fuerza, sino para divertirse.

Pasan unos minutos y se convierte en otro niño.

Es la primera vez que lo veo reír, sobre todo cuando consigue controlar la pelota con los pies y dirigirla hacia una de nosotras. Entrecierra los ojos, entusiasmado, al ver que está acertando.

—¡ Youssef! —Su padre explota cuando lo ve, viene a toda prisa.

La fuerza con la que asusta al niño lo deja paralizado en el sitio, los hombros caídos y los ojos clavados en el suelo.

—¿Qué estás haciendo? ¿No ves que puedes hacerle daño a la princesa? ¿Cuántas veces yo...?

—No pasa nada, solo estamos jugando —explico.

La mirada que el Jeque Khaled me lanza muestra que se esperaba de todo: que un objeto volador no identificado aterrizara en su césped, que Haakon IV metiera la mano en el pañal, cogiera la caca y se la lanzara a la túnica, que la fuente de oro se derritiera ante el sol abrasador, pero nunca, en ningún caso, a una niñera dirigiéndole la palabra, mucho menos para reñirle a su propio hijo.

—Es un niño muy fuerte, sano y muy listo —trago saliva—. Solo quiere disfrutar de un día de sol.

Como su respuesta no llega, y temo que saque el tema de Cristian o me detenga por haber sido tocada por un hombre, le chuto la pelota a los pies del Jeque Khaled.

Veo cómo entreabre la boca, sus aletas de la nariz se inflan, parece que va a explotar en cualquier momento.

—¡ Aaaaaah! —Talita grita fuerte y le llama la atención—. Ubukebubu —dice y se agarra a las piernas del hombre, después le palpa los pies y, por fin, la pelota.

El hombre, descolocado, se queda inmóvil mirando a la bebé hasta que la madre la coge.

—Disculpe, príncipe Khaled. Es que hace un día tan bonito. Su palacio es precioso y refrescante, pero a veces una criatura necesita estar al aire libre, disfrutando del tiempo —interviene Ravena.

Talita se estira entera para agarrar la cara del hombre, sujeta el pañuelo de su cabeza y tira con fuerza mientras balbucea cualquier cosa.

— ¡Hala! ¡No, no hagas eso, traviesa! —La madre la llena de besitos.

Voy hacia los dos y extiendo el brazo para coger a la bebé.

—Venga, mamá está hablando con un adulto. —Apoyo mi nariz en su naricita.

Miro de refilón al Jeque de Awmaj y veo que su rostro duro y ceñudo se ha quebrado con las cejas contrayéndose y una sonrisa casi imperceptible formándose en sus labios.

—No pasa nada, es solo una criatura —asiente.

Talita, animada por jugar, tira con fuerza del velo de mi cabeza hasta el punto de arrancármelo; me quedo sin reacción. Abro mucho los ojos cuando siento el soplo del viento pasar por mi cabello voluminoso, una frescura me recorre la nuca, me eriza la espalda.

—¡ Ay, Dios mío! —Intento agacharme para coger el pañuelo lo más rápido posible, pero no soy tan rápida.

Él se agacha primero y lo coge por mí.

—Si me lo permites —el Jeque Khaled se acerca a mí, me cubre la parte alta de la cabeza y me acomoda el velo, sin prisa, hasta que queda muy bien puesto.

¿Quién es este hombre? ¿Y por qué su presencia me hace esto?

Tengo miedo, mucho miedo de su presencia.

Pero también me siento atraída, hipnotizada, casi cautiva de su mirada.

En ningún momento, mientras me acomodaba el hijab apartó los ojos de los míos.

E incluso ahora que ha terminado, sigue mirándome en silencio, lo cual resulta intimidante y, a la vez, excitante.

—Le hice una propuesta a Youssef —digo, nerviosa, porque ya no aguanto sostenerle la mirada sin decir nada—. Le enseño a jugar y él me enseña a rezar. Cinco veces al día.

No sé qué pretendía decir, pero parece completamente desarmado. Mira del hijo a mí, incrédulo.

—También tengo una propuesta que hacerte, pero solo lo haré si te unes a nosotros —murmuro.

— Bueno... —Ravena se acerca; espero que no me haya oído—. ¿Qué tal si seguimos jugando? —Le sonríe a Youssef y luego le pide la aprobación al padre.

El semblante del Jeque vuelve a quedar duro, impenetrable, sombrío.

—Vimos algunos vídeos suyos jugando al fútbol, señor. —Aprieto los labios—. Por eso se me ocurrió pedirle a la Reina Ravena que comprara la pelota y el uniforme para Youssef. Para que crezca inspirándose en su padre.

El silencio incómodo y su mirada fuerte recae sobre mí.

Me da la espalda, decidido, y se va con paso largo.

Bajo la cara y suelto un suspiro de desesperación.

Es esto. Se acabó. No hay nada que pueda hacer por esta pobre criatura y creo que después de la noche de ayer me ve como una vagabunda. Seguramente ha desistido de la propuesta que me hizo antes, debe de haberse dado cuenta de que no valgo la pena.

— Vale, juguemos. —Se detiene a tres metros de distancia de nosotros y se vuelve en nuestra dirección.

—¡Eso! —dice Youssef animado, abre mucho los ojos y deja los labios bien abiertos, del impacto.

—¡Pero despacio, para no hacer daño a la niña! ¡Es una princesa! —dice en tono enérgico.

—Sí, papá —responde Youssef cohibido y ocupa su posición, igual que el resto de nosotros.

Se nota por la expresión del niño que admira y respeta mucho a su padre, pero falta ese tono de amor, que no viene de ninguno de los dos.

—Tú también eres un príncipe. Y uno que aprende muy rápido. —Chuto la pelota hacia el pequeño.

Talita se agita en brazos de su madre, pide volver al suelo, porque quiere coger la pelota que se está moviendo. Ravena la pone en el centro y la niña traviesa gatea para coger la pelota también.

— Eso, muy bien, despacio —le dice el hombre a su hijo.

El niño pálido y un poco tímido parece cobrar vida. Empieza a ponerse radiante, examina la manera en que se comporta su padre y trata de imitar su porte, la posición de las piernas, la forma de chutar la pelota, el aire altivo con el que nos mira.

—Ahora sí parecen una familia —Ravena me guiña un ojo y sonríe victoriosa.

Yo siento el corazón calentito, sobre todo al ver que Youssef sí tiene sentimientos. Parece tan impactado como nosotras de tener este momento con su padre y lo disfruta a tope.

Y el Jeque Khaled me mira con la expresión de que le debo algo y tendremos que tratarlo cuanto antes.

Espero que acepte mis condiciones, porque yo aceptaré las suyas.