101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Dandara Bernardes

Polo en el Desierto

«Más traicionero que un lobo».

—Proverbio árabe.

—¿Qué quieres enseñarme? —Murmuro a Cristian, pero él sigue adelante.

El jardín del personal es como un gran laberinto. Arbustos altos que forman paredes separan la parte más noble del palacio del lugar en el que yo estaba.

Llegamos a un sitio colorido, donde los árboles tienen formas de animales y nacen frutas distintas en un mismo árbol. Es tan surrealista que parece de mentira, pero no, está delante de mis ojos.

Grandes cabezas de caballo hechas de árbol me llaman la atención, así como parterres multicolores y una zona con miniaturas de animales.

—Les gustan las cosas extravagantes —dice Cristian.

Me lleva a una parte más oscura del jardín y solo así consigo ver farolillos esculpidos en las plantas, y dentro de ellos, luciérnagas brillando como si fueran pequeñas llamas. Es increíblemente bonito y me pregunto cómo lo han conseguido.

—Awmaj es una ciudad interesante... Tiene la torre más alta del mundo, el único hotel de 7 estrellas que existe, un sitio árabe tradicional y, a la vez, moderno para llamar la atención de los turistas.

—Esboza una gran sonrisa cuando me acerco a los insectos luminosos para verlos—. Bueno... no tan modernos en realidad...

— Mmm. —Vuelvo el rostro un instante para mirarlo, pero la vista es realmente increíble.

Saco el móvil del bolsillo para hacer fotos, tengo que enseñárselo después a Vanessa y a la abuela.

—Tienen tanto dinero que ya ni saben en qué gastarlo. Pagan fortunas por mantener un lugar como este, que solo puede apreciarse de noche, y casi nunca vienen. —Cruza los brazos y se queda analizándome.

En algún momento siento la respiración cálida de Cristian en mi cuello, pero imagino que debe de ser porque está tan concentrado en las luciérnagas como yo.

—El gobierno prácticamente vigila a la gente. ¿Sabías que no se pueden hacer videollamadas desde el móvil? Solo con permiso del gobierno.

—¿En serio? —Camino al otro lado de los farolillos artificiales para hacer fotos desde otros ángulos—. Ah, sí, es verdad. Intenté hacer una con mi abuela y no funcionó —digo cuando caigo en la cuenta de lo que ha dicho; estaba tan ida que no le había prestado tanta atención.

—Pues sí. ¿Has intentado entrar en alguna página adulta? Tampoco funciona.

—¿ Página adulta? —Arqueo la ceja.

—Porno —dice con tanta sencillez que parece que somos íntimos, lo que me hace sospechar.

Abro mucho la boca en un falso bostezo y guardo el móvil en el bolsillo.

—Pero tú elegiste venir aquí, ¿no? Deberías saberlo, y estás ganando el dinero que querías, así que... —encojo los hombros y bostezo otra vez—. Tengo que volver a mi dormitorio. Va a amanecer enseguida, quiero dormir un rato más.

—¿A qué viene la prisa? —Cristian se planta en mi camino—. Podemos quedarnos aquí y disfrutar, nadie nos verá.

—No, Cristian. Gracias. Buenas noches. —Asiento con la cabeza.

Por un momento contengo la respiración, doy zancadas para alejarme de allí lo más rápido posible y, cuando por fin lleno los pulmones, siento el corazón latir con tanta fuerza que hasta me palpitan las orejas.

Camino deprisa, pero cuanto más recorro este maldito laberinto, menos encuentro el camino.

¿Cómo salgo de aquí?

—¡Cristian! —Grito cuando lo veo con el pantalón bajado, el pene en la mano, viniendo hacia mí.

Se lleva el dedo índice a la boca y suelta un sonoro «shhh!» mientras se acerca.

—¿Sabes lo que tiene gracia? —Esboza la sonrisa de tío legal, pero ahora sé que no es tan legal—. Lo ingenua que eres. Eso lo hace todo más divertido.

—¡Cristian, voy a gritar! —ya elevo la voz.

—Grita —me anima—. Va a ser divertido.

—¿ Divertido? ¿Estás enfermo? ¿Qué sería divertido?

No para lo que está haciendo. No sé por qué está tan excitado y me mira de ese modo. Se quita la camisa y enseña su cuerpo, pero yo no siento ningún deseo, ninguna atracción.

Cuando lo conocí, me pareció guapo. Un tío simpático, hablaba bien, sería agradable salir con otro brasileño por Awmaj.

Ahora ha perdido cualquier brillo que tuviera. Es solo un imbécil intentando aprovecharse de mí.

—Pon esa boquita aquí, muñeca, va a ser rico.

—¡Quítame las manos de encima! —Lo empujo con fuerza e intento escapar, pero él es más fuerte y me inmoviliza contra la pared de hormigón—. ¡Cristian!

—Mira cómo me has puesto —murmura contra mi cara, restriega la nariz, resopla con fuerza y me baja las manos por el cuerpo hasta llegar a su vello, a su miembro; cierro las manos y las llevo contra mí, pero me hace daño al empujarme hacia abajo—.

Tú solo vas a pasar unos días en este infierno, yo llevo aquí años.

Estoy harto de follarme a putas baratas, tú tienes pinta de las que les gusta hacer travesuras.

—Que. Me. Sueltes. Animal. Asqueroso. —Pronuncio cada palabra lentamente y le escupo en la cara cuando consigo incorporarme.

Por reflejo intenta protegerse la cara y esa es mi señal para correr.

Puede que no sepa cómo salir de aquí, pero puedo correr lejos de él y esconderme en algún rincón. Hay agujeros, madrigueras, castillos hechos de árbol en este lugar. Si gano tiempo...

—¿Sabes lo que tiene gracia, Dandara? Ahora te lo cuento. —Silba bajito mientras camina detrás de mí; me he escondido dentro de un arbusto de conejo gigante.

Respiro poco e intento por todos los medios no hacer ruido.

—El sexo fuera del matrimonio es delito aquí en Awmaj —me explica, parece entusiasmado—. Y la violación, debes de saberlo, es sexo fuera del matrimonio.

Empiezo a temblar solo de oírle decir esa palabra.

—Si me denuncias, no solo me detendrán a mí. También te detendrán a ti. Y por aquí, por mucho que sea el país árabe más occidental del mundo y que pretenda dárselas de moderno, la palabra del hombre siempre vale más que la de la mujer.

Lo dice con tanto placer que me pongo a pensar a cuántas mujeres habrá engañado para hacer cosas tan atroces.

Cristian se escurre por los rincones, salta de golpe en algunos escondites como si pudiera pillarme por sorpresa y luego sigue su cacería.

— Ah —mira en mi dirección—. Ahí estás, conejita mía. —Se lame los labios—. No tienes que tener miedo, te prometo que voy a ser dulce.

Miro a mi alrededor e intento recalcular la huida.

Puedo esconderme en el castillo multicolor y amplio o correr sin parar. Gritar, sin sombra de duda, pero a estas alturas será mi palabra contra la suya, aunque no hayamos hecho nada.

—Sal de la madriguera, conejita. Ven aquí. —Sacude el pene e intenta agarrarme por el arbusto; yo simplemente salgo por el otro lado y corro—. ¡Puta de mierda! —gruñe—. He intentado ser amable, ahora no te me escapas.

—¡Socorro! —digo en voz alta, jadeante, mirando a los rincones.

¿Dónde están los guardias de este sitio? ¿Por qué no hay nadie despierto? ¿Por qué se me ocurrió acompañar a un completo desconocido?

—¡ Soco!!! —No me deja terminar la palabra, me cubre la boca y me empuja contra la pared más cercana, me mete la mano dentro del pantalón y me arranca las bragas con fuerza.

—Déjame ver cómo estás, no me cabe duda de que estás excitada. —Me lame la mejilla—. Prepárate para el mejor polvo de tu vida. —Intenta besarme a la fuerza.

Aprieto los labios y giro la cara. Él lo entiende claramente como un desafío, me aprieta la nariz con su mano sucia e impide que respire, obligándome a abrir los labios y tomar aire.

—Buena chica. —Presiona el pene contra mi piel.

En cuanto su boca intenta besarme, me llevo un susto enorme y solo no grito porque estoy en shock.

A un centímetro de mi cara, una daga se clava con fuerza en la pared. La hoja es brillante y bien pulida, el mango reluce, tiene un símbolo extraño de una cola de pez saliendo de una concha; en el centro hay un ojo.

Cristian se lleva la mano inmediatamente a la oreja; cuando la extiende hacia su cara, comprueba que hay sangre.

Veo el corte minucioso, que parece haber sido hecho muy de cerca y calculado, cuando, en realidad, el hombre que aparece en la oscuridad está a unos cuantos metros de nosotros.

—La próxima te va a atravesar el cráneo —dice con sencillez, en inglés.

—Imbécil. Podemos disfrutar juntos, es la oportunidad perfecta —murmura Cristian, irritado.

El hombre da unos pasos al frente y la poca luz del lugar se refleja en sus ojos brillantes, las pupilas oscuras inconfundibles.

Es como si la noche y él fueran uno solo.

Y, por la tensión de su mirada, diría que puede ser aún más sombrío que el momento en que el cielo está más cubierto, antes del amanecer.

—¡ Jeque! —Baja la cabeza.

Lo primero que hace Cristian es subirse los pantalones, agarrarme del brazo como si yo fuera una estatua viva y arrastrarme hasta el hombre.

—¡Fue ella! ¡Ella! ¡Es una prostituta, intentó seducirme, me convenció de que sería una buena idea! —Me sacude mientras habla y yo lo miro, todavía en silencio por el shock.

Fui acorralada, asustada, tocada sin mi permiso y lloré. Estoy en pleno pánico, sin poder moverme ni procesar lo que ha pasado. Parece que veo todo desde fuera de la escena.

—Usted sabe cómo son las brasileñas. No se hacen respetar, no se valoran, se ofrecen a cualquiera y...

Cristian deja de hablar.

Veo a cámara lenta cómo la mano del Jeque, en horizontal, va como un relámpago hasta la nuez de Cristian, que tose, entreabre los labios para decir algo, pero no le sale la voz.

—¿Estás bien? —Me mira muy de cerca, pero no me toca.

Sus ojos ahora parecen azules y reconfortantes, pero eso dura solo un segundo. Yo no digo nada, no he recibido ningún golpe en el cuello, aun así me cuesta hablar. Solo sacudo la cabeza despacio.

He estado mejor, pero dada la situación que se ha interrumpido, creo que estoy bien.

—Te acompañaré hasta tu habitación para asegurarme de que llegues a salvo. —El Jeque muestra un semblante serio, se le ve una vena saltada en la frente.

—Gracias —es todo lo que consigo decir.

—¿Quieres pedirme algo?

No sé cómo debo responder a esa pregunta, varias cosas me cruzan por la cabeza.

—Por favor, no me encierre, solo salí a llamar a mi abuela y entonces él me trajo aquí y empezó a actuar raro de la nada...

— Mentira —Cristian usa todas las fuerzas del cuerpo para gemir eso.

La simple mirada que Khaled le lanza lo deja mudo.

Sus labios tiemblan como si tuviera mucho frío y su cara emite mil emociones que van de la desesperación a la tristeza en una milésima de segundo.

—Te enseño la salida —Khaled va delante, sujeta a Cristian por el cuello y tira de él consigo; yo voy detrás.

Cristian gime y murmura muchas cosas.

La única que entiendo es:

—Por favor, entrégueme a la policía, no me mate —y luego sigue un llanto mezclado con tantas palabras y gemidos que es difícil entender.

Lo hace durante todo el camino, se pone rojo y sin aliento, tose mucho. En algún momento intenta huir, pero solo la mirada del Jeque basta para recordarle que la sentencia no puede ser revocada.

—Date una ducha e intenta dormir. Mañana hablaremos más sobre esto. —El Jeque inclina la cabeza hacia un lado y me indica que entre en mi cuarto.

—Gracias, señor, muchas gracias. —Junto las dos manos.

No sé si estoy agradeciéndole haber impedido que sucediera una desgracia o si es, por ahora, por haberme dejado con vida.

—Echa la llave —sugiere.

No se va hasta que cierro la puerta y echo el cerrojo.

Veo por el pequeño hueco de la puerta que se queda aún unos segundos y después oigo una voz masculina de desesperación y horror; me cubro la boca y siento el cuerpo temblarme, y no es de frío.