Capítulo 8 #2
Me voy al cuarto a tumbarme, llevo todo el día con náuseas, una sensación de mareo y malestar en el estómago como si hubiera viajado horas en un autobús y el olor, el movimiento y el calor me hubieran afectado.
Me duermo muy temprano y me despierto en mitad de la madrugada, llamo a la abuela, porque a esa hora le viene bien atenderme.
—¡Hola, amor! ¿Cómo estás?
—Estoy bien, ¿y tú?
— Ah —dice cansada—. Muchas cosas que hacer en la academia de ballet, mi espalda ya no ayuda tanto y Jana, que está teniendo crisis.
—¿Qué le pasa? —Cierro los ojos y me tiro a la cama de golpe.
—No consigue dormir, ha llorado toda la madrugada; al menos ahora está entretenida montando piezas de Lego.
— Mmm. ¿Puedo hablar con ella?
—Claro, espera un momento.
Lo que sigue son gritos y discusiones; a mi hermana le cuesta un poco cambiar de actividad, cuando se concentra en algo, no quiere parar.
—No pasa nada, abuela, ya llamo en otro momento, no te preocupes. —Lo decido para que no se irrite más de lo necesario.
Más gritos y llanto. Hasta bajo el volumen del móvil porque Jana está gritándome en la oreja, llora desesperada.
—Puedes volver a jugar, Jana, te llamo después.
— Danda —me llama—. ¡A Danda le está doliendo!
Me paso el índice por los ojos para secarme las lágrimas y miro por la ventana el precioso jardín con flores variadas en mitad de la noche.
La vista del alojamiento del personal es muy bonita; hay una fuente con ocho caballos de oro, el agua forma arcos alrededor que permiten entrar en la fuente sin mojarse.
Las flores, los árboles, el jardín parecen el Edén.
¿Quién diría que estamos en mitad del desierto?
—¡ Danda! —grita, oigo el sonido de sus manos golpeándose el pecho.
—¡No hagas eso, Jana, por favor, te vas a hacer daño!
— Danda —Janaína repite mi nombre una decena de veces mientras llora.
Pierdo la voz, no encuentro qué decir para calmarla, porque nada lo conseguirá. Le duele, es como si se estuviera asfixiando.
Me masajeo la cara y decido que necesito salir a caminar, respirar al aire libre y quedarme en aquel paisaje precioso hasta que salga el sol, a ver si así encuentro fuerzas para seguir aquí.
Lo que quiero, sin sombra de duda, es coger el primer avión, volver a Recife y abrazar a mi hermana, para que sepa que no está sola, que estoy intentando cuidar de ella, aunque sea de lejos.
Eso, sin embargo, no ayudaría en nada al final, porque no conseguiríamos pagar su cirugía.
Salgo del cuarto y camino fuera del alojamiento, respiro la noche oscura y las estrellas titilantes. El olor dulzón de las flores y la frescura del agua también son muy agradables.
Mi mente se divide entre estar en un lugar sereno y la desesperación de mi hermana. En realidad, es como si dentro de mí estuviera ocurriendo una tormenta, un huracán arrancando árboles y los caballos de oro del Emir de Awmaj de su fuente, una verdadera escena caótica.
—Te llamo más tarde, Dandara, tu hermana está teniendo una crisis.
—Danda, si pudiera, me arrancaría el corazón —es lo último que dice mi hermana entre el llanto y la llamada termina.
El móvil está mudo, pero el llanto de Janaína sigue resonando en mi cabeza.
Guardo el móvil en el bolsillo y cruzo los brazos. Camino un poco para despejarme, pero no parece suficiente.
Quería gritar. Quería derribar esa mierda de estatuas de oro que deben de valer el PIB de un país, con mis propias manos. Me siento el propio huracán, quería arrancar estas flores, derribar los árboles, acabar con este jardín porque su belleza no es capaz de contener el dolor de mi pecho.
No sé en qué momento empecé, solo sé que me doy cuenta de que estoy bailando alrededor de la fuente.
De una forma dramática, con los brazos bien extendidos y las manos delicadas, giro suavemente y dejo que mi cuerpo entre en trance otra vez para que mi corazón deje de doler y mis lágrimas me laven la cara hasta que se me sequen los ojos.
Hago una pirueta imprecisa en el aire y eso me irrita aún más.
—No tienes técnica —me dolió mucho el corazón al oír esa crítica.
Entonces bailo de forma más intensa, giro en el aire como si fuera más ligera que él, como si pudiera ser el pájaro que vivió muchos años en la jaula y, tras ver volar a tantos otros, por fin había llegado mi turno.
—No estás lo bastante delgada —siguen las críticas.
Y no me importa. Me pongo de puntillas y sostengo el peso de mi cuerpo manteniendo la gracia, la pureza, el aire dulce y tierno, como si ninguna de esas palabras, ningún peso de mi vida, ninguna de las veces en que me sentí una completa basura, pudiera impedirme soñar. Bailar. Sentirme viva.
— Uau —salgo del trance al oír la voz masculina.
Busco de dónde vienen los aplausos, pero todo lo que veo son sombras.
—¿Quién anda ahí? —digo sin aliento, cruzo los brazos contra mi cuerpo—. ¿ Cristian? —Respiro hondo al verlo.
—Tienes unos hábitos nocturnos muy raros. —Mueve la cabeza hacia un lado, vigila el perímetro—. Has tenido suerte de que los guardias no estén aquí, podrías acabar detenida.
—¿En serio? —Tengo el corazón en la garganta, la sangre demasiado caliente, la cabeza parece que va a explotar.
— Es broma. —Me muestra su buen humor y me tiende la mano—. Quiero enseñarte una cosa.
—¿Qué es?
—Ven conmigo. Te aseguro que te va a gustar.