Capítulo 8
Dandara Bernardes
Arrancar el Corazón
«Perdóname, Dios mío, por aquello que no conozco.»
— Pasaje de Las Mil y Una Noches.
Vanessa me llamó tantas veces al día siguiente que pensé que sería algún tipo de emergencia, y en mi primera pausa la atiendo.
—¡Por fin contestas! ¡Cuéntamelo todo! —dice eufórica, parece que se atraganta con la comida.
—¿Contártelo todo sobre qué? —Me llevo la mano a la nuca.
—Sobre el palacio, los Jeques, los niños...
— Mmm... —Miro a mi alrededor y trato de describir lo que aparece ante mis ojos—. El Emir de Awmaj tiene 25 hijos, la mayoría casados y con muchos descendientes. Así que, como puedes imaginar, hay decenas de niños correteando por el palacio.
Y no era una exageración. Mire donde mire, veía a los nietos del hombre poderoso jugando; en cuanto llegaban a alguna estancia armaban la fiesta y parloteaban con los adultos.
En realidad, había un niño en especial que se quedaba siempre en un rincón, calladito; su rostro parecía un paisaje pintado o un retrato inmortal: Youssef nunca mostraba sentimientos, ni de felicidad ni de tristeza, ni de hambre ni de cansancio.
— Mmm... ¿y cómo huele el Jeque? ¿Cómo es su forma de agarrar? ¿Tiene la mano floja o más firme?
—Muy firme, en realidad. Tiene un modo intenso que va desde la mirada hasta la forma en que me toca... —Detengo mi razonamiento de la nada—. ¡Eh! ¿De qué estás hablando?
—Ah, nada, solo que vi un vídeo por ahí del Jeque subiendo a una chica a su caballo premiado, cosa que no permite ni a miembros de la familia —Vanessa suelta una risita guasona—. Volví tantas veces a la parte en la que te agarra por la cintura y te sube al alazán que me sentí dentro de la escena.
—No fue nada —intento cambiar de tema.
— ¿Nada? Ay, Dandara, qué mal mientes. He visto tu cara, ¿sabes? Está grabada.
—Los niños se han despertado, tengo que volver al trabajo.
—¡Dandara! —protesta, pero ya es tarde, cuelgo el aparato y me lo meto en el bolsillo.
Pensar en Khaled ahora es algo que pone a prueba mi juicio, ya basta con soñar con él e imaginar cosas que prefiero no describir.
Su proposición indecente me deja descolocada, no porque me daría vergüenza bailar para el Jeque, sino porque me conozco. Sé que no podría resistirme... y no quiero que piense mal de mí.
Encima... siempre pensé que perdería la virginidad con alguien especial; nadie crece con el plan de tener su primera noche de amor con un hombre multimillonario árabe conocido como «Corazón de Acero». Estoy loca, me gustan las aventuras, pero hay una chica romántica dentro de mí. En algún lugar.
Mis pensamientos se interrumpen cuando veo al niño del que hablaba hace un momento. Sus ojos grandes y castaños estaban siempre centrados, las cejas nunca se levantaban, su boca se entreabría solo para leer el Corán, el libro sagrado que llevaba por todas partes para leer.
Voy hacia el niño para hacerle compañía, ya que los adultos parecen ignorar su existencia, ni siquiera lo miran.
—Hola, príncipe Youssef. —Esbozo una sonrisa alentadora—. ¿Por qué no vas a jugar con tus primos?
— As-salamu alaykom —me saluda formalmente, no aparta los ojos del libro sagrado—. ¿Qué es jugar?
Vaya. No me esperaba esa. Mi cerebro da unas vueltas hasta volver a su sitio.
—Correr, saltar, bailar, divertirte. Cosas de niños, ¿sabes? —Intento animarlo con la mirada.
—Me divierto cuando leo el Corán. Solo así enorgulleceré a mi padre y a Alá —al hablar de Dios, pronuncia una frase en árabe muy concentrado y dirige la mirada hacia mí.
—¿Qué otras cosas te divierten? —Intento mantener viva la conversación.
—Ver a mi padre montar a caballo, leer los libros de la biblioteca, rezar y jugar con mi gatito-gatito .
—¡Qué niño tan dedicado! —Muevo la cabeza—. ¡¿Y tienes un gatito?! ¡Me encantaría conocerlo!
—¿Te gustan los animales?
—¡Me encantan!
Como profesora, es muy placentero ver a los niños gastar sus energías en cosas buenas.
Normalmente cantan, corren, usan juguetes.
Pero siempre hay un tipo de niño que llama más la atención: el callado, silencioso y sin expresiones.
Es como ver a un pájaro que no puede volar, aun con las alas más bellas.
—¿Qué te gustaría ser de mayor?
—Algún día seré gobernante de Awmaj, por eso tengo que esforzarme.
Habla como un adulto, se sienta erguido, imponente; si llevara traje en lugar de la túnica parecería un hombre de negocios. Es la viva imagen de su padre, hasta la intensidad y el dolor de la mirada son los mismos.
—Eso lo serás de forma natural, porque eres el príncipe heredero, ¿no? —Sonrío—. Igual que Talita y Haakon IV, algún día vosotros gobernaréis vuestros países y seréis muy amigos.
—Sí. —Pasa la página del Corán, como si diera la conversación por terminada.
—¿Pero qué sueña Youssef, hijo del Jeque Khaled, con ser? Este niño inteligente, estudioso, muy apegado a sus valores y que tiene un gatito.
Me ignora mientras lee, los deditos masajean la hoja con suavidad hasta que termina la lectura.
— Gatito-gatito —me corrige primero—. ¿Qué son sueños?
—¿ Sueños? —Vuelvo a poner cara de asombro—. Bueno, además de ser algo que vemos en imágenes cuando dormimos, los sueños son lo que nuestro corazón desea profundamente y creemos que nos hará felices cuando lo alcancemos.
—Sueño con que mi padre sea feliz. —Tuerce el labio, cierra el libro con delicadeza y se levanta, mostrando que la conversación realmente ha terminado—. Y con tener una mamá solo para mí.
—¿Estás bien, Youssef? ¿Te gustaría hablar después? —Me levanto también.
—Después. Es hora de la oración.
En cuanto dice eso, un segundo después oigo una voz masculina cantar.
Parece algún tipo de llamada, una convocatoria.
Los empleados musulmanes del palacio dejan lo que están haciendo, cada uno se va a su cuarto.
A los niños los reúnen las madres; la mayoría no lleva el velo, están en casa y a sus anchas.
Cojo el cochecito con los bebés, que están durmiendo, y sigo a Youssef hasta la sala de oración; en cuanto doblo el pasillo veo a cuatro niños muy bien vestidos y sonrientes recibiendo cariño de una mujer ataviada de forma tradicional.
Las cejas son finas y arqueadas, los labios son carnosos y los ojos brillantes del color de la miel.
Me escondo en el pasillo y miro con mucho cuidado para que ella no me vea.
La mujer arregla el pelo a los niños, les toca suavemente la espalda como una caricia maternal, pero cuando llega el turno de Youssef, ni siquiera se digna a mirarlo.
—¿Dónde está mi papá?
—Es un hombre ocupado, ya lo sabes. —Respira hondo, cierra la puerta de la sala de oración—. Tiene que hacer muchas cosas durante el día para olvidar el dolor que su único hijo le causó.
Youssef asiente en silencio, abraza el Corán y entra en la sala.
Su actitud me revuelve el estómago. Simplemente empuja al niño con tanta fuerza hacia dentro del lugar que se cae; oigo el ruido del libro golpeando contra el suelo.
Mis instintos me empujan a ir hacia ella, agarrarle el brazo y echarle una bronca por hacerle eso al niño, pero me contengo donde estoy, porque estoy segura de que, si tengo tiempo de vigilar a esta mujer, la veré hacer cosas peores.
Lo sabía.
Un pájaro no vuela porque no quiere: está en una jaula o le han cortado las alas. Aparte de eso, está en su naturaleza sobrevolar el cielo en busca de libertad, como la naturaleza y Dios lo crearon ingeniosamente para hacer. Lo mismo pasa con los niños.
En la época en que hice mis prácticas de pedagogía, me topé con niños como el joven príncipe: callados, indiferentes, que se mantenían distantes de los demás.
Algunos compañeros bromeaban diciendo que eran futuros psicópatas que darían trabajo a la policía, pero yo sabía que no. Porque yo había sido una de esas niñas.
Ver a mi padre pegar a mi madre y tratarnos de forma tan cruel cuando bebía me dejaba inquieta, con mucha ansiedad; incluso tuve que ir a terapia durante algunos años para convivir con el síndrome del pánico.
Con los niños que conocí en las prácticas no era diferente: padres violentos, agresivos, abusadores.
—¿Qué podemos hacer, profesora? —le pregunté a mi tutora.
Su respuesta fue un encogerse de hombros y una sonrisa apagada.
— Nada. ¿No viste en el periódico la semana pasada lo de aquella profesora de la escuela pública que murió apuñalada? Quien la mató fue la madre de un alumno, porque ella quería llevar su caso a servicios sociales.
Yo nunca fui de las justicieras, ni nada de eso, pero la verdad es que aquello me quitaba la paz.
No tener nada que hacer era lo peor del mundo, porque si conocíamos el problema, lo mínimo que podíamos hacer era intentar resolverlo.
— ¡Lo estás haciendo mal! —Mientras los niños están con los ojos cerrados y se inclinan ante la alfombra, ella le da un sopapo en la cabeza a Youssef.
El niño parece aceptarlo todo con tanta pasividad que la conclusión a la que llego es: no es la primera vez, ya está acostumbrado a eso.
Junta las manos con más fuerza, reza con más fervor, se levanta y veo sus ojos brillando; las lágrimas le caen en silencio, su cara no cambia ni cuando llora, parece anestesiado.
Los otros niños ni siquiera lo notan, es como si también estuvieran acostumbrados a que el primo sea inestable emocionalmente y llore en medio de la oración.
Lo miran, en realidad, con cierta admiración, como si aquello fuera una señal de conexión con Dios.
Me escondo en la parte inferior de la pared, que es de hormigón; la parte superior es de cristal y se puede ver el interior de la sala de oración.
La mujer vigila el perímetro con cuidado; contengo la respiración cuando noto sus pasos hacia la entrada de la sala, pero un segundo después vuelve al centro.
*
No me atreví a hablar siquiera con la Reina Ravena sobre lo que vi. Cuidé a los gemelos todo el día y se los entrego a sus padres cuando vuelven de la reunión de negocios que tuvieron con los árabes.
Evito pensar en la propuesta del Jeque Khaled porque la respuesta es no. No voy a bailar para él, ni aunque pudiera cargar 100 lingotes de oro a la espalda.