101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Dandara Bernardes

Mírame

«Quien no observa las cosas no tiene al destino por buen compañero.»

—Pasaje de Las Mil y Una Noches.

Tengo una pausa en el trabajo cuando la Reina Ravena va a amamantar a sus hijos. Aprovecho para pasear por el hipódromo, observar la arquitectura futurista del lugar y las carreras que se celebran en ese tiempo.

Claro que no consigo hacer nada de eso con tranquilidad, ya que, vaya por donde vaya, los rostros y las miradas se vuelven hacia mí.

Una cosa noté de inmediato: Awmaj era una ciudad árabe diferente a las demás del país. Por ser un lugar turístico y con muchos inmigrantes extranjeros, era posible ver a personas vestidas de todas las formas, siempre que estuvieran bien presentadas.

No vi vestidos cortos ni escotes pronunciados; fuera de ese detalle, las mujeres parecían libres para vestirse como quisieran, incluso sin cubrirse la cabeza.

Vi a una o dos en las carreras, montadas en caballos; a otras muy entretenidas observando el deporte y conversando animadamente con otras personas.

De tan distraída y curiosa por las distintas ropas, sombreros y comportamientos, apenas me doy cuenta de que tengo compañía.

Una mujer de cabello oscuro y ojos brillantes me abre sus labios rojos en una sonrisa, y eso me desarma de inmediato.

—No eres de aquí. —Lo constata al mirarme bien.

—Brasileña. —Le devuelvo la sonrisa y espero a que ella me indique el siguiente paso; no quiero ser descortés y tenderle la mano a alguien, no vaya a ser ofensa.

—¡ Brasileña! —Sus cejas se levantan deprisa, interesada—. ¿Conoces al Jeque?

— Ah. —Esquivo nuestro contacto visual y observo al hombre allá abajo, veloz y altivo sobre su animal premiado—. Trabajo para su amigo, el rey del Septentrión.

La mujer se queda aún más interesada. Aprovecho su momento contemplativo hacia el Jeque para fijarme en su atuendo: algo en ese vestido negro y rojo me hace pensar que es una gitana.

—El destino nos lleva a los lugares más inesperados —comenta, apoya los codos en la barandilla de cristal y la barra de metal—. O los lugares más inesperados nos llevan a nuestro destino. —Con una sonrisa cómplice, como si yo hubiera entendido la adivinanza, sigue caminando hacia el pasillo.

—¿ Señora? —La llamo; como no me responde, la sigo—. ¿Es usted de aquí?

Sé que estoy haciendo el loco entablando conversación con una completa desconocida, pero, de alguna manera, sentí una familiaridad en sus ojos. La sigo hasta que me responda.

—El destino me trajo a este lugar —comenta sin mucho interés.

—¿Es usted una especie de mística?

Su carcajada me quita la tensión. Su mirada dulce y amable recae sobre mí como si yo fuera solo una niña.

—Me sigues porque sabes que tengo algo que decirte —continúa con el rostro vuelto hacia delante, camina de un modo muy pomposo.

—Yo misma no sé por qué la sigo, solo es curiosidad...

—No te dejes engañar pensando que podrás ser feliz con el Jeque —dice de golpe, como un cuchillo que baja certero a cortar lo que esté en su camino—. Tu camino y el suyo no pueden unirse, si no, no habrá paz.

—Esto es... —me esfuerzo por seguirla y razonar. Va más rápido a cada paso—. ¿Esto es una especie de amenaza?

Algunas personas pasan junto a nosotras, distraídas, comentando a los ganadores del último derbi, hablan de lo encantadas que se quedan con el porte del Jeque Khaled.

—Aquel hombre no es como un caballo que pueda ser domado. —Me examina de pies a cabeza, aún no sé identificar si lo que dice es amistoso o no—. Vosotros pertenecéis a dos mundos opuestos, completamente diferentes, querida. El amor no será suficiente.

— Pero yo... yo... —me atraganto con mis palabras—. ¡Yo no tengo nada con él!

Su respiración entrecortada y la nariz puntiaguda apuntando hacia mí parecen discrepar respetuosamente.

—Los hombres árabes pueden ser encantadores, galanes, fascinantes, sí —suspira—. Pero nada ni nadie puede interponerse entre sus negocios y sus creencias. No te pongas en peligro, niña.

De verdad no consigo entender si sus palabras son una amenaza o el consejo de una desconocida que, de alguna forma, se ha dado cuenta de que algo estaba pasando.

Quiero decir, no debe de ser tan difícil notarlo cuando, delante de una multitud, él me tocó tantas veces, sin que le importara.

—Él puede protegerte de todo. De los enemigos que aparecerán, de la familia que intentará destruirte, de la cultura que pesará sobre tus hombros hasta que cedan. Pero no podrá protegerte de su corazón lleno de espinas y de los fantasmas de su pasado.

—¿Usted...?

Varias cosas sucedieron en ese momento.

La acompañaba, sin aliento, intentando entender el significado de sus palabras. De refilón me doy cuenta de que pasaremos por una puerta alta y ancha, por la que varias personas iban y venían. Cuando estamos a punto de cruzar la puerta, la mujer simplemente desaparece.

Desapareció, se evaporó, se esfumó de mi lado como si nunca hubiera estado aquí.

Mientras la busco, ajena a lo que ocurre a mi alrededor, choco contra un pecho fuerte que me empuja hacia atrás con fuerza, pero su mano grande me devuelve a su cuerpo.

Me golpeo contra su chaqueta y siento su cuerpo duro contraerse cuando mi cara se acerca a sus brazos.

—¿Perdida? —El Jeque Khaled aprieta las cejas, no me suelta ni cuando recobro el equilibrio.

—Estaba hablando con... —Busco por todos los rincones, pero no encuentro a la mujer—. Estaba aquí. —Vuelvo la cara de un lado a otro.

El hombre de ojos azules y pelo castaño claro que acompaña al Jeque, Raffaello Lamarphe si no me equivoco, sigue el rastro de mi mirada con mucho interés. Cristian, que venía también un poco más atrás, se detiene y lo observa todo, curioso.

—¿Ella? ¿Quién es ella? —Khaled se aparta estratégicamente, pero mantiene la mano abierta en mi espalda.

—Era una mujer, de cabello oscuro y un vestido... —Debo de parecer una loca—. Déjelo. —Sacudo la cabeza—. Discúlpeme, señor, voy a apartarme de su camino. —Le hago sitio para que continúe y bajo la cabeza.

—Mi camino me ha traído donde debía estar —dice de un modo muy serio y con un aire místico parecido al de la mujer que se ha esfumado.

No debe de haberse esfumado, en realidad. Mucha gente está transitando entre nosotros, y solo ahora me doy cuenta de la aglomeración que se forma detrás y alrededor por culpa del Jeque. Muchas mujeres llevan un burka que las cubre de la cabeza a los pies, quizá haya sido el caso.

Varios hombres comentan animados y elogian al futuro monarca; algunas mujeres, incluso con mucha timidez, se preguntan si conseguirán hacerse una foto con el guapo moreno.

—¿Ya has comido? —Me indica con la mano que dé media vuelta y me acompaña; el amigo y el empleado lo siguen a cierta distancia.

—No. En realidad, paré un minuto para ver la carrera y después estuve hablando con una mujer; luego iba a buscar un sitio para comer.

—Te acompaño. —El Jeque saluda con un gesto a sus súbditos, que lo llenan de elogios y sonrisas, y va conmigo hasta la zona de restaurantes—. ¿Qué te apetece comer?

—Cualquier cosa rápida, tengo que volver al trabajo en unos minutos —trago saliva.

—Si trabajases para la persona adecuada, no tendrías que preocuparte por volver al trabajo ni por el tiempo. —Pone mala cara y me lleva hasta un lugar que sirve comida brasileña.

Mi impacto es tan grande que necesito mirar una, dos veces, para asegurarme de que estoy de verdad ante un sitio que sirve comida nordestina.

—Dios mío, ¿tendrán tapioca? ¡¿Cuscuz?! ¡Qué ganas tenía de un cuscuz! —Ando desesperada.

Veo la carta, ansiosa, y se me hace la boca agua cuando veo que tienen lo que quiero. El hombre que me ha acompañado y se pone enseguida a mi lado me observa con cuidado, como si yo fuera un animal que puede descontrolarse en cualquier momento.

—Disculpe, hace semanas que no como nada de mi tierra. —Empiezo a reír—. ¡Viajar por Europa está bien, pero nunca pensé que echaría de menos el arroz con frijoles, la tapioca, el cuscuz! —llamo al camarero—. ¿Por qué me mira así, señor?

—¿Cómo debería mirarte? —replica con voz ronca y a un volumen que me provoca un escalofrío.

No lo sé. No sé cómo debería mirarme; solo sé que me siento descolocada por el modo en que lo hace.

—Es de mala educación mirar fijamente a los demás en tierras árabes, no sé si te lo habrán dicho. —Le tomo el pelo con humor.

No parece gustarle nada. Aprieta la mandíbula y me mira de un modo aún más feroz.

—No sé si te han avisado, yo soy el dueño de estas tierras árabes.

—Claro que lo es, señor —trago saliva y muevo la cabeza—. Era solo una broma.

—¿Y yo no estoy bromeando?

La mirada seria y las cejas gruesas parecen borrar cualquier rastro de que sea una broma. Asiento y me salva la presencia del camarero, que llega enseguida; le pido tantas cosas que se queda sorprendido.

—¿La señorita va a poder comerse todo esto?

Esbozo una sonrisa enorme cuando lo oigo hablar en portugués. Me dan ganas de abrazarlo en ese mismo instante.

—Lo que sobre me lo llevo a casa, no se preocupe —digo animada; creo que se nota que soy una turista completamente perdida.

El Jeque Khaled está pegado a esta interacción; si antes parecía serio y concentrado, ahora parece haberse convertido en un cirujano que necesita el máximo de cuidado en esta operación. Parece también muy irritado, no sé por qué.

—Te gusta mucho sonreír —comenta cuando el camarero se va.

—Sí. —Muevo la cabeza—. También debe de haberse dado cuenta de que soy muy expresiva, no solo con la boca, con todo el cuerpo. La danza les hace eso a las personas, ¿sabe?

—No. Me entero ahora. —Me examina como si yo fuera su paciente—. No he visto esa sonrisa antes.

—Ah... —me corto—. Estaba asustada, me pilló tan de sorpresa que no encontré una reacción...

—¿Y te gustó?

—¡Me encantó montar a caballo! —Trato de contener mi emoción, pero es difícil. Khaled parece quedarse intranquilo con mi forma expansiva—. ¿Te crees que fue la primera vez? Casi me da un infarto, pero cuando terminó, lo viví.

—Eso no. —Pasa de mi derecha a mi izquierda, su mano se cierra sobre mi cintura y me toca de un modo incisivo que me hace gemir bajito—. ¿Te gustó que te tocara yo? ¿Cómo se sintió mi mano sobre ti? ¿Mi respiración en tu piel? —pregunta bajito, como si fuera un secreto entre los dos.

Voy a tener que quitarme este pañuelo y abanicarme con él, la cabeza ha vuelto a cocinarse. Este hombre se va a comer mi juicio, parece que eso es lo que va a pedir en el restaurante.

— Yo... —Mis pómulos se contraen con tanta fuerza que no consigo responder.

—Te estás poniendo colorada —constata, deleitándose con ello.

—Pensé que en tierras árabes los hombres no podían tocar a mujeres que no sean de su sangre —lo provoco.

Tengo esa pésima costumbre. Cuando me siento acorralada y sin respuesta, me vuelvo arisca de repente.

—¿Vas a denunciarme? —Sube la apuesta—. ¿Quién me castigaría por tocar a mi futura mujer?

—¿ Qué? —Agudizo los oídos para asegurarme de lo que acabo de oír.

—¿Por qué aún no me has respondido a mi propuesta? ¿O te has olvidado de nuestra conversación?

A este hombre no le gustan los rodeos. Parece que solo sabe ir en línea recta, directo al grano; conduciendo debe de ser un peligro, debe de pasar por encima de los edificios y de cualquier otra cosa que se le ponga en el camino.

—Me acuerdo. —Bajo el rostro, miro a mi alrededor.

— Mírame —su susurro es imperativo.

—¿ Sí? —Parpadeo y trato de recordar cómo se respira.

—¿Tendré que aumentar lo que te he ofrecido? Unos cuantos caballos más, quizá un palacio, llamar a los mejores orfebres del mundo para que creen joyas exclusivas solo para ti?

—Jeque Khaled... —me humedezco los labios—.

Me siento muy halagada con todas estas cosas, pero no soy esa mujer.

—Muevo la cabeza—. Me ha encantado su país y me he quedado fascinada con su cultura, pero pertenecemos a mundos diferentes.

Y, por mucho que sea una adicta a vivir y coleccionar problemas por mis impulsos, creo que debo volver al Septentrión junto con mis jefes.

Me odia.

Desde lo más profundo de su alma, cada pedazo, desde los pelos hasta las puntas de la piel. Me odia tanto que querría que desapareciera del planeta tierra.

Es lo que consigo descifrar en sus ojos.

—Señorita, su mesa está lista, con todas las comidas que ha pedido —avisa el camarero al llegar.

—Para la comida de la joven señorita. —El Jeque saca unos billetes de la cartera, sin siquiera saber cuánto ha costado lo que pedí, y se los entrega al camarero, que se queda pálido al ver a quién le habla.

Antes de irse, Khaled hace que sus ojos brillantes me desnuden de mí misma.

—Que aproveches, Dandara —lo dice y agarra irritado el mango del látigo que lleva consigo, me da la espalda y sale del lugar.

Debo de estar muy jodida.

¡Jodida no, debo de estar acabada! Este hombre me va a destruir por completo; me imagino que se inventará un millón de delitos para encerrarme aquí, voy a quedar presa en un sitio bajo tierra y no voy a volver a ver el sol.

Pero ya lo pensaré después, ¡me voy a comer mi cuscuz con huevo y cecina!

—¿Aceptas compañía? —Cristian llega de manera tímida, lanza su sonrisa de niño rico mimado y se atusa el pelo rubio.

—No voy a compartir la comida, si esa es tu próxima pregunta —digo de buen humor y luego le saco la lengua—. Es broma, ¿vale? Conoces la ironía y el sarcasmo, ¿no?

—Sí. —Se divierte.

—Qué bien. Algunos hombres parece que no las conocen. —Señalo con la barbilla a quien acaba de irse.

—Lo entiende, si quieres saberlo. —Sacude la cabeza—. Lo que pasa es que no está acostumbrado a que le lleven la contraria ni a oír un no.

—Ah, debe de ser eso —digo sin darle mucha importancia, se me está haciendo la boca agua y ahora me voy a comer esta...

aaah... ¡esta delicia divina venida de los dioses!

Cuscuz, queso fundido, huevo y cecina. ¡Encima tienen tapioca y un montón de cosas que serán mi merienda y mi cena luego! ¿Quieres?

Lo pregunto ya con un mohín en la cara.

—No, disfruta. —Cristian parece fascinado—. A mí también me pasó cuando llegué aquí. En algún momento echas de menos la comida de casa...

—Menos mal que me entiendes, Cristian. —Pruebo un poquito de cada cosa y le pido a Dios que me quepa solo un bocado más de todo, otra vez.

—Tengo una amiga en la cocina del palacio, puedo pedirle que te lo prepare...

—Cristian. —Me limpio los labios—. ¡Te daría un beso en la boca, muchas gracias!

Echa el pelo hacia atrás y esboza una sonrisa fina.

—Eres muy divertida, Dandara.