101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Dandara Bernardes

Domar o ser domada

«Confía en Dios, pero ata primero a tu camello».

—Proverbio árabe.

¡Qué vida tan difícil estoy llevando!

Ayer tuve que cuidar a los gemelos todo el día mientras navegábamos por aguas cristalinas en un yate lujoso del Jeque Khaled.

Vimos delfines, comimos marisco y pude observarlo todo el día sin llamar tanto la atención.

El tedio y la monotonía no formaban parte del diccionario de estos hombres ricos.

Y cuando se trataba del rey de Awmaj, la tierra del edificio más alto del mundo, el palacio más caro del mundo y con una flota de coches cubiertos de oro, los días siempre estaban ocupados con lujo, ostentación y exageración.

—Mira, Haakon, un caballo. —Señalo a un équido elegante, altivo, de pelaje blanco.

Hoy hemos venido al hipódromo donde tienen lugar las carreras y los eventos relacionados con la pasión del Jeque. Llegamos en medio de una carrera, por eso los bebés se concentraron en los animales veloces nada más verlos.

El lugar, que recordaba a un estadio de fútbol futurista, con un césped verde perfectamente cortado y edificios supermodernos, está abarrotado.

Mire donde mire, hay gente con los móviles preparados para hacer fotos o grabar al Jeque; parece que lo quieren mucho.

Y, hablando del hombre... contengo la respiración cuando aparece.

No son las botas negras por encima de la rodilla las que me llaman la atención, ni el pantalón y la camisa ajustados al cuerpo que perfilan su cuerpo grande y bien hecho. Es el látigo negro en su mano, igual que vi en una foto. Lo sujeta con tanta destreza como si fuera una extensión de su brazo.

—Bajen —llama al rey y a la reina del Septentrión; por consiguiente, allá voy yo, ya que estoy cuidando a los hijos del matrimonio.

La gente a nuestro alrededor intenta por todos los medios sacar buenas fotos al hombre y él dirige una mirada amable a sus súbditos, pero no sonríe.

Nuestra llegada a la zona de césped coincide con la llegada de un caballo de pelaje negro, mirada violenta y claramente insatisfecho por estar siendo guiado por Cristian, el empleado brasileño que conocí en el palacio.

—¿A qué viene tanto suspense? —pregunta el rey Haakon; su pequeño hijo, en mis brazos, balbucea también una frase, imitando a su padre, y lanza una mirada desconfiada que dice más o menos así: Dandara, yo no sé andar, pero tú sí, prepárate para correr.

—Quería traerlos aquí y presentarles mi caballo premiado, Monarca. —Cuando el Jeque le toca la cara al animal, este abandona automáticamente la mirada feroz y se queda tranquilo—. No solo ganó cuatro premios cuando yo lo monté. —Enfatiza esa última parte.

Y su mirada recae sobre mí como si quisiera mandar un mensaje.

—Es el padre, con una línea de hijos impecable; todos tienen al menos tres trofeos —dicho esto, asiente con la cabeza para que el rey y la reina se acerquen a tocar al animal.

—De ninguna manera. —Ravena se pone a mi lado y apoya el hombro contra el mío—. ¿Has visto cómo nos ha mirado?

—Sí. —Aguanto la risa.

El esposo de la reina parece no tener tanto juicio. Va hasta el animal y casi recibe un cabezazo; al tercer intento consigue pasar la mano por la crin del animal. Esboza una sonrisa a su esposa, invitándola a hacer lo mismo, pero Ravena se aferra a mi brazo y los ignora a los dos.

—¿Tú también tienes miedo?

Solo me doy cuenta de que el Jeque Khaled me está hablando cuando todo el mundo —incluidos los bebés— vuelven la cara hacia mí.

—¿ Yo? —Apoyo la mano abierta en el pecho—. No. Yo no tengo miedo a nada. —Me encojo de hombros.

¿Por qué he dicho eso? ¿Por qué le he dado esa apertura?

La respuesta de Khaled es extender la mano hacia mí.

—Dandara, por el amor de Dios, ¡tengo que devolverte entera a tu familia! —Ravena me aprieta aún más el brazo.

—¿Dandara? —La llamada del Jeque me deja hipnotizada.

Miro su mano, después al caballo de mirada feroz, después al niño en mis brazos, que dice: ¿por qué vas a hacer esto, tía? Si yo ni siquiera he tomado mi papilla todavía.

Un segundo después devuelvo al pequeño al cochecito y suelto a la reina Ravena con suavidad, aunque ella no quiera soltarme, y doy un paso adelante. No consigo seguir sin agarrarme a la mano del Jeque que se cierra alrededor de la mía y tira de mí, me guía hasta el animal.

—¿No es hermoso? —Inclina la cabeza hacia un lado.

—Y violento —digo como respuesta.

— Los mejores lo son. —Su rostro queda inmóvil un segundo, sus labios se entreabren como si quisieran decir algo más, pero se cierran.

Tira de mí hacia él. Me coloca delante de su cuerpo y, estando detrás de mí, me alza la mano para tocar al caballo, que aparta la cabeza una o dos veces.

Cuando siento la piel suave y caliente del animal, me quedo fascinada por lo grande y peligroso que es y, aun así, lo dócil que se ha vuelto a mi contacto.

—Dandara, cuidado con esa mano —ruega Ravena—. Haakon, por el amor de Dios, prepárate para inmovilizar a ese caballo.

—¿ Inmovilizar al caballo? —pregunta el otro, aprensivo.

—No tengas miedo —oigo susurrar al Jeque en mi oído.

Esto viene acompañado de su mano libre abrazándome la cintura, sus dedos me presionan el abdomen con firmeza. Su cuerpo rígido se coloca detrás de mí, mi espalda tiene ahora su pecho y su abdomen como apoyo.

Y, claro, su respiración densa en mi cuello es un mero detalle, igual que de pronto mis pulmones se han olvidado de cómo se hace para enfriar este cuerpo que empieza a dar señales febriles.

—Si nota tu miedo, no permitirá que lo domes. —Su mano derecha, que está sobre la mía, presionando mi dorso para acariciar al animal, empieza a bajarme por el brazo.

Es lento, sin prisa, sería extremadamente sensual si no hubiera miles de personas mirándonos.

—Si no lo domas tú, es él quien te domará a ti —murmura junto a mi oreja, siento su labio inferior tocarme suavemente la piel.

¿A quién quiero engañar? Esto es muy sensual y necesito arrancarme el pañuelo de la cabeza y dejarla respirar, porque el juicio se me está cocinando.

—No tengo miedo, ni siquiera a ser domada.

No me arrepiento de haberlo dicho, aunque debería haberlo guardado solo en mi mente. Pero su reacción me deja desesperada y casi grito.

El Jeque me abraza por la cintura y me sube de un tirón al caballo, así, como si fuera la cosa más fácil del mundo. Me agarro a las riendas del animal, casi abrazándome a su cuello.

A diferencia de lo que imaginé, y eso implicaba que el animal soltara coces, diera saltos y se sacudiera para tirarme, Monarca permanece imponente.

—¡ Dandara! —A la Reina Ravena, en cambio, parece que se le va a salir el corazón por la boca.

—Está todo bien. —Intento tranquilizarla con una sonrisa.

—Aprieta bien las piernas aquí. —Khaled me coloca los pies donde deben quedar—. Mantén la columna recta; si va demasiado rápido, inclínate hacia delante. Tira de las riendas para hacerlo parar; si tiras hacia la derecha, irá a la derecha; si tiras hacia la izquierda...

—¿ Si va demasiado rápido? —pregunto.

La respuesta que da es un latigazo en el trasero del équido, que sale disparado.

Los primeros cinco segundos creo que me voy a morir.

Los diez segundos siguientes siento como si los ángeles de Dios bajaran a mi alrededor, bailando y cantando un precioso himno mientras mi alma sale del cuerpo.

En los cinco segundos finales, mi cuerpo helado y mi mirada perdida se deshacen enseguida cuando me doy cuenta de que tengo que tirar de las riendas hacia la derecha, y para mi total sorpresa el animal obedece.

Sigue ágil, rápido, al fin y al cabo es un alazán premiado. Pero obedece a mis órdenes y eso, de alguna manera, no me asusta.

Veo en las gradas e incluso a los corredores profesionales mirándome. Todo el mundo me está mirando. La carrera se ha detenido, los móviles que antes apuntaban al Jeque ahora apuntan hacia mí; el único que no mira es el propio Khaled.

Tras un paseo que me hace replantearme lo insensata que soy al aceptar desafíos así, regreso al sitio en el que estaba; entonces el Jeque me ayuda a bajar. No me tiende la mano. Me coge en brazos y me hace flotar hasta que piso firme en el suelo.

No me suelta la cintura ni cuando estoy en tierra firme; confieso que lo entiendo después, me tiemblan las piernas.

—¿Has tenido miedo? —Es la pregunta que me hace.

—Al principio, sí. Después... era como si... —Las palabras se me escapan de los labios. ¿Era como si qué? No sé decirlo. No sé explicarlo. Tendría que revivirlo todo de nuevo para tener una idea.

—Decías la verdad, entonces. No tienes miedo. —Asiente de forma respetuosa y me devuelve a mis jefes.

—¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? ¿Te has herido? —Ravena viene hasta mí como si fuera mi madre, me toca la cara, el cuerpo, me toma el pulso.

Esta mujer es más que mi jefa, es un verdadero ángel, prácticamente un hada madrina.

—Sí, estoy bien —respiro hondo.

Todavía no sé si mi corazón está fuera de control porque cabalgué por primera vez en mi vida o si fue por la manera en que aquel hombre me tocó.

Su mano deslizándose por mi cuerpo, su cuerpo presionando el mío, su respiración cálida y envolvente haciendo que se me calentara la cabeza, la forma en que me cogió en brazos, para montar y desmontar del caballo.

—Quería demostrar de lo que Monarca es capaz, para que tuvierais una idea de lo que estáis recibiendo —dice Khaled con altivez.

—¿ Recibiendo? —Ravena abre mucho los ojos.

Ella, igual que yo, solo se da cuenta ahora de dos potros de pelaje reluciente y mirada menos salvaje que la del padre.

—Estos son los únicos que aún no tienen premio, son muy jóvenes. Pero dejaré que sean tus hijos quienes decidan si serán competidores o solo mascotas, aunque esta última posibilidad sea triste solo de pensarla. —Aprieta los labios.

—¿ Qué? —El rey Haakon va hasta los animales, no oculta la emoción—. ¿ ¿Tú...?

—Un humilde regalo mío en homenaje al nacimiento de tus herederos. —El hombre hace una reverencia respetuosa.

—¿ Humilde? —Haakon mira a su esposa y después al Jeque—. Un potro así, encima hijos del caballo premiado, deben de valer... ¿trescientos mil euros?

—Medio millón, tío —aclara Khaled—. La madre también es campeona y de pura raza.

—¿Nos estás dando algo de un millón de euros? —La Reina Ravena parece desconcertada. Mira a su marido, me mira a mí, mira incluso a sus hijos, buscando alguna reacción.

El bebé Haakon IV lanza una mirada que mezcla interés y aburrimiento; parece decir: no tengo tiempo, colega, lo mío es ir en cochecito, en andador o en brazos de mi niñera.

La otra, Talita, parece más interesada: si me monto en él, ¿me dan la de papilla ahora?

Ambos, sin embargo, dicen lo mismo: aki bubu bubua.

—Khaled... no podemos aceptarlo. —Ravena arquea las cejas.

—¿El regalo no está a tu altura, reina? —Replica él con su astucia.

—Están...

Ni siquiera espera a que continúe. Asiente y recibe el abrazo de su amigo, el rey del Septentrión. Ravena sigue con los ojos como platos, mirándome sin saber qué decir.

—No os preocupéis, yo me encargo de su transporte hasta vuestras tierras. Y... son macho y hembra, también pueden procrear y tener su propia línea de campeones.

Hasta yo me quedo muda. El hombre acaba de regalar un millón de euros como si fuera nada, como si no le hiciera falta. Eso me deja desconcertada, no puedo ni imaginar cómo es una vida así.

—Necesito beber agua, de repente me he mareado un poco. —La reina va con el rey y yo voy detrás.

—¿ Dandara? —Oigo al Jeque detrás de mí; al volver la cara, siento la punta de su látigo tocarme el mentón y después la mejilla, se desliza por mi piel como si me hiciera una caricia.

—¿Sí?

—¿Ha quedado claro lo que soy capaz de hacer para conseguir que te quedes? —Esboza una sonrisa de medio lado y sigue adelante para reunirse con sus amigos.