Capítulo 5
Jeque Khaled
«A veces el oído se enamora antes que el ojo.»
—Pasaje de Las Mil y Una Noches.
Antes de que el primer rayo de sol ilumine el horizonte, me despierto y me doy una ducha helada para alejar los pensamientos peligrosos que sondean mi mente. Debidamente vestido y preparado para empezar el día, me dirijo a la sala de oración.
Me encuentro con Faridah, la primera mujer de mi medio hermano Omar. Se ofreció a cuidar de Youssef desde el día en que Sara murió en el parto, eran muy amigas y yo deseaba que ese lazo se extendiera entre sus hijos y mi hijo.
—¡Aquí está, listo para la Salá (las cinco oraciones que los musulmanes hacen a diario)! —dice orgullosa, le arregla las ropas al chico y esboza una sonrisa maternal.
—Muchas gracias, Faridah, tu dedicación y tus cuidados a mi hijo son como cuidados a mí. —Le estrecho las manos.
—Somos una familia, Khaled, tenemos que ayudarnos. Así es como Alá lo quiere.
—Alabado sea. —Asiento con la cabeza y le indico a Youssef que entre primero.
Él deja la mochila del colegio fuera de la sala de oración y camina respetuosamente hasta el lugar que le corresponde sobre la alfombra traída de la tierra sagrada.
Permanece en silencio, con los ojos cerrados y las manos extendidas, hace una breve plegaria en su corazón y luego me mira, buscando aprobación.
—Muy bien —admiro su porte—. Vamos a rezar.
Como musulmanes, debemos hacer cinco oraciones al día. Por lo menos tres de ellas Youssef y yo las hacemos juntos, es nuestro tiempo de estar uno al lado del otro y conectarnos con Dios.
El joven príncipe tiene días ajetreados y yo también, así que este es el contacto que mantenemos uno con el otro a diario.
—Que tengas un buen día en el colegio —digo en cuanto terminamos todo el ritual y me preparo para salir primero.
—¿ Papá ? —me llama el pequeño. Oigo sus pasos venir hacia mí.
—¿Sí?
—Los hijos del rey Haakon tienen a alguien que los cuida, una niñera.
Mi fantasma consigue ser tan impactante que hasta mi hijo se ha fijado en ella. Me giro con interés para oír lo que tiene que decir.
—Es muy amable y atenta, es como si tuvieran dos mamás.
—Sí, Youssef. —Lo miro con rigidez para que llegue a algún lado en esta conversación, antes de que yo salga.
—¿Puedo tener una niñera?
Arqueo la ceja en cuanto lo oigo, incrédulo. De todas las cosas que pensaba que el pequeño podría decir, esta era la última opción. Aparte, me humedezco los labios y bajo la cara hacia mi hijo, sorprendido.
—Ya tienes a la tía Faridah, te cuida y es sangre de tu sangre, tu familia. ¿No estás agradecido por eso? —Frunzo la frente.
—Yo estoy agradecido. —Hace un gesto respetuoso con las manos—. Pero ella tiene sus propios hijos y ocupaciones. Sería muy feliz si tuviera a alguien que me cuidara.
Youssef mantiene la mirada distante cuando habla conmigo, puedo notar que está ansioso y temeroso por esta conversación. Junta las manitas delante del cuerpo y baja el rostro al suelo, sus labios se mueven y reconozco una oración.
—Es occidental y cristiana, hijo. Es diferente a nosotros, no puede cuidarte, no te entendería. Además —suspiro, mantengo la mirada firme y me agacho hasta entrar en el campo de visión del pequeño—. Una mujer como aquella te ablandaría el corazón, te haría débil.
Le sujeto el hombro a Youssef y él me mira de inmediato, se muerde el labio inferior.
—Eres mi heredero. Actualmente yo soy el heredero de mi padre. Debemos ser fuertes y honrar al Clan Al Makariam. Ya eres mayorcito y puedes cuidarte solo, incluso sin tu tía Faridah. —Es mi decisión.
El niño me da a entender que lo ha comprendido, asiente despacio. Así, me levanto y voy hacia la puerta.
—Todos tienen una mamá. Me gustaría tener una mamá que cuidara de mí, solo de mí —dice bajito, aun así lo oigo.
—¿Qué has dicho? —Cojo su material del colegio del suelo y se lo tiendo.
—Nada, papá. Me gusta cuando rezamos juntos.
—El lazo más importante que un hombre puede forjar es con Dios, necesito que entiendas eso desde joven. —Le entrego la mochila—. Que tengas un buen día en el colegio.