101 noches: El jeque viudo y la niñera virgen (Sangre Real 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Jeque Khaled

Encontrar un Motivo

«Aunque cada vía sea diferente, solo existe un camino».

—Proverbio árabe.

Aún seguía anestesiado, incluso después de la cena.

Apenas podía creer que el destino hubiera puesto en mis brazos a la mujer de mis sueños. Y yo no permitiría que se fuera.

—Tu recibimiento ha sido digno de un rey —dice Haakon de buen humor mientras caminamos hacia los aposentos de mi padre.

El Emir no pudo estar presente en su llegada, está postrado, cada día más débil, pero quería ver al nuevo rey del norte. El padre de mi amigo y el mío se trataban de igual a igual y de ahí viene nuestra amistad.

—Porque eres un rey. —Lo aclaro, mirándolo con seriedad.

—Gracias a ti, hermano. —Haakon III me sujeta del hombro, sus ojos de esmeralda brillan—. Estaré eternamente agradecido por tu ayuda. De no ser por ti y el ejército de los Emiratos, el Septentrión habría sucumbido a una tragedia.

—No me lo agradezcas todavía. —Imito su gesto y le sujeto yo también el hombro—. ¿Quién es la chica?

Corto enseguida la cháchara, porque no soy el tipo de hombre que da rodeos cuando quiere algo.

—¿No has logrado reconocer a mi mujer? —Esboza una sonrisa blanca—. Es Ravena, la viste embarazada.

—La que sujetaba a tu heredero. —Trago saliva.

— Ah —Haakon respira aliviado y mueve la cabeza—. Dandara, la niñera de mis hijos. Contratamos a seis, pero ninguna estaba a la altura de lo que Ravena quería, así que la trajimos de Brasil. Lleva con nosotros algunas semanas y fue a la que decidimos traer.

Dandara. Mi mente repite ese nombre decenas de veces y resuena dentro de mí.

¿Así que mi fantasma se llama así? Un nombre fuerte y que me sacude profundamente, igual que su mirada, su olor y su piel.

Tuve que contenerme para no volver a tocarla delante de los demás, porque no habría sido apropiado y levantaría sospechas sobre mis intereses con la brasileña.

—Ravena y ella se entienden. Mi mujer está contenta porque por fin ha encontrado a una niñera de su agrado...

—Se queda. —Le sostengo la mirada hasta el fondo de los ojos—. Ve preparando a tu mujer para eso.

—¿Dandara? ¿Quedarse? ¿Ha cometido algún delito? ¿Ha deshonrado tu casa?

—Me pertenece —es todo lo que consigo decir.

Qué gran mierda. Mi corazón late con tanta fuerza ahora mismo que las palabras apenas pueden salir.

Siento como si estuviera en medio de una tormenta de arena y, en lugar de cubrirme la cara y buscar refugio, tuviera el mentón alzado hacia el cielo marrón, observando las nubes cargadas de polvo y sucumbiendo al poder de las arenas.

—¿ Cómo? —Haakon se detiene en el pasillo previo al del cuarto de mi padre.

—El día en que viste a tu mujer en un aeropuerto, le rompiste los dientes a su agresor, ¿recuerdas lo que me dijiste? «Una fuerza me decía por dentro que ella era mi elegida». Aquella es la mía.

—¿Una «fuerza» te dijo eso? —Bromea y me da una palmada en la espalda—. Hombre, yo nunca me interpondría en algo que tú quieres, lo sabes, hermano.

No respondo nada más que eso.

Indico el camino para que sigamos. En el siguiente pasillo encontramos a una docena de guardias protegiendo la puerta, que enseguida nos dejan entrar.

El Emir nos espera sentado en su sillón de descanso, lleva un polo azul marino y pantalones de sastre. El semblante está cansado, está mucho más delgado que el hombre fuerte que un día fue. Hace ademán de levantarse cuando nos acercamos, pero Haakon y yo se lo impedimos.

—Mira cómo has crecido. —Sujeta la mano de nuestro invitado—. Eres igual a tu padre a esa edad. —Lo mira como si viera al viejo amigo que se fue; ellos también se conocieron en la juventud y forjaron un vínculo fuerte entre vikingos y árabes.

—¿Igual? —Haakon sonríe, halagado.

—Más guapo y tan estúpido como él —empieza mi viejo, hace una mueca al acomodarse y me llama con la mano para darme unas palmaditas en el hombro—. ¿Cómo va tu reino?

—Bien. A salvo de locos, golpistas y usurpadores, gracias a la ayuda de su pueblo. Tienen mi eterna gratitud y la prioridad en las cuestiones de petróleo de mi país.

—Este chico sabe lo que les gusta oír a los viejos —el Emir se yergue y la sonrisa se va apagando poco a poco—. ¿Te quedarás hasta el compromiso de Khaled?

—¿ Compromiso? —Lo pillan por sorpresa tanto como a mí.

—Compromiso —reafirma el viejo—. Con la hija de los Al Bawari. Si no tiene un hijo varón en un año, tendrá una segunda esposa, y así hasta que toda la línea de los herederos quede asegurada.

La manera en que habla mi padre no asusta a Haakon. Venimos de familias poderosas, reyes acostumbrados a ostentar el control total de todo y de todos a su alrededor. Desde el día en que nacimos aprendimos que nuestros destinos no nos pertenecen: están en manos de nuestros padres.

—Si me lo permite, señor... Khaled ya le ha dado un heredero, Youssef.

—Un buen chico. Me gusta cómo se está criando. —Asiente lentamente.

—¿No sería mejor que mi hermano pudiera encontrar el amor?

La mirada soñadora y la sonrisa de príncipe de Disney de mi amigo nórdico no convencen a mi padre. Lo escucha sin interrumpirlo, pero acto seguido dice:

—Guapo y estúpido como su padre. —Chasquea los labios con lentitud—.

Tu padre también quería casarse por amor y yo intenté disuadirlo.

El amor no es para hombres, mi joven rey del norte.

Los hombres dominan, controlan, toman posesión de lo que les pertenece.

Son los proveedores, los protectores, los dueños de sus mujeres.

Ellas son las que deben amarnos o temernos , nunca al contrario.

Haakon y yo nos conocemos desde hace tiempo suficiente para comprender que es una pésima idea discrepar del presidente de los Emiratos . Entonces él prosigue:

—Tu tierra fue amenazada y tu trono casi se perdió por un capricho tuyo, joven rey.

Si te hubieras casado con la japonesa o con cualquier otra de linaje real, nadie se habría atrevido a conspirar contra tu trono.

Por eso, mientras yo viva, controlaré a todos mis hijos y a los hijos de ellos. Y nadie se casará por amor —asegura.

—Pero al final del día yo gané, ¿no? Soy el rey y estoy casado con alguien a quien amo profundamente. Lo haría todo de nuevo, lo viviría todo de nuevo, sabiendo que ese sería el resultado —dice mi amigo.

Estoy cansado de esta conversación.

Son dos cabezotas que no van a cambiar de idea y seguirán discutiendo para siempre.

Sé que mi amigo quiere defender mi lado, aunque no le haya pedido nada. Y mi padre quiere asegurarse de que no cometamos los errores que él cometió cuando era joven.

— Y tampoco mires fijamente a la gente, brasileña, puede considerarse una ofensa. —El recuerdo me golpea.

Le miré el rostro más de cerca cuando tuve la oportunidad, ya que ella apartó la mirada. Era tan pequeña y delicada como una flor en medio de las tierras áridas y sin vida, que la habría notado a cualquier distancia.

Ya no era un sueño, ni un truco de los genios encerrados en lámparas sepultadas en la arena que tentaban a los hombres en busca de libertad. Ella existía, era de carne y hueso, su cuerpo llamaba al mío.

Sentí envidia de aquel niño, porque era yo quien debería estar en sus brazos. Solo yo debería poder tocarla, sentir la suavidad de su piel y desatarle el velo lentamente hasta que el aroma de sus cabellos me dejara sin aire.

—¿ Usted nunca va a cambiar, tío? —se queja Haakon.

—Yo imito a mi padre, que imitaba al suyo. La vida es feliz cuando seguimos lo que conocemos, joven rey. Recuérdalo. Y espero que tu esposa un día valga todo el sacrificio.

—Lo valió desde el día en que la vi por primera vez —responde con mucha educación y respeto—. Por favor, cuídese, porque necesitamos su energía y sus cuidados sobre nosotros.

—Gracias. Que Alá bendiga a tu familia y la alianza entre nuestros pueblos.

—Que Él cuide de todos nosotros. —Mi amigo termina de saludarlo y se pone en pie.

Ayudo al mío a cambiarse de ropa y lo acuesto en la cama, lo arropo hasta el pecho.

—¿Dónde están sus esposas? —pregunto.

—Me he cansado de ellas. Quiero morir en paz. —Vuelve la cara y me indica que apague la luz.

—Que duermas bien, papá. —Le doy un masaje sobre el pecho.

— Khaled —me llama cuando estoy a punto de salir—. No seas estúpido como el joven rey. No te dejes seducir por ideas que puedan destruirte. Te casarás y no será por amor ni por esas historias ridículas que cuentan los occidentales.

—Sí, padre. Descanse. —Asiento con la cabeza.

Salimos del cuarto en silencio, atravesamos algunos pasillos hasta llegar al ala en la que se hospeda la familia real del Septentrión. Antes de seguir su camino, el rey del norte se vuelve hacia mí y dice:

—No ha cambiado nada.

—Me sorprendería que cambiara. Las cosas aquí son así desde antes de que yo naciera y seguirán así después de que me vaya.

—La vida cambia cuando nosotros cambiamos, Khaled. Yo cambié. —Expresa una mirada de preocupación—. Pensaba que no sería un buen rey ni haría feliz a mi pueblo, pero Ravena me dio fuerzas para luchar por todo y por todos, incluso cuando lo único que quería era a ella.

No tengo una respuesta para eso. Es su verdad y la respeto.

Haakon es occidental, pero sabe muy bien cómo funcionan las cosas de este lado del mundo. Cuando un hombre como mi padre quiere algo, no hay otra salida, solución ni respuesta que su deseo.

Personas así son capaces de destruir absolutamente todo para asegurarse de que lo que quieren se haga.

—¿Por qué no se ha tratado el cáncer? Él nunca había sido descuidado así. —Arquea la ceja y tuerce la boca.

—No lo sé. De hecho, parece que lo había descubierto antes, pero no hizo nada para impedirlo.

Y ahora ahí está... rezongando y llenándome de trabajo.

—Pongo los ojos en blanco—. No entiende que estamos sufriendo por él, porque él era la cabeza de nuestra familia, del país, todo lo que teníamos. Y ahora...

—Ahora te toca a ti. —Se acerca y me pone las dos manos sobre los hombros—. Tu turno, Khaled. Para hacerlo a tu manera y no cometer jamás los mismos errores que tu padre.

— Tsc —le indico que siga su camino—. Tienes sueño. Ve a cuidar a tu mujer y descansa.

—El mundo que gobernaron nuestros padres ya no es el mismo mundo que vamos a gobernar nosotros —dice con una firmeza que nunca le había visto antes—.

Nuestro papel es dejar todo esto aún mejor para nuestros hijos, no igual a como lo recibimos de nuestros padres.

Sabes que siempre tendrás mi apoyo y mi alianza, porque somos hermanos.

Y de hermano a hermano, escúchame: no importa un palacio de 1000 habitaciones, lingotes de oro en el subsuelo o cualquier capricho que la vida vaya a ofrecerte.

Nada de eso importa, Khaled, sin que tengas algo o a alguien por lo que luchar.

—¿Ahora te gustan las guerras? —Le reprocho con la mirada.

—Porque sin tener por lo que luchar... —Señala el pasillo del que veníamos al salir del cuarto de mi padre—. La vida queda así... vacía.

—Eres mi hermano y mi invitado, Haakon. —Es mi turno de sujetarle los hombros y mirarlo a los ojos—. Pero no ofendas a mi clan.

—No estoy ofendiendo nada. Tú también eres tu clan. Y tú tienes la oportunidad de no acabar de aquel modo. —Señala de nuevo en aquella dirección—. ¿De qué importan cuatro esposas, setenta amantes, todo el dinero del mundo, si optas por no cuidarte porque no hay motivos para sobrevivir?

Si no le pego un puñetazo en la cara y le rompo los dientes es porque tiene razón.

Me quedo tan paralizado con la verdad, que nada consigue hacerme moverme ni decir nada, salvo suspirar fuerte y cerrar los ojos.

Mi padre siempre fue un hombre respetado, nuestra familia es una de las más ricas del mundo y nunca le faltó nada, excepto... un motivo para permanecer vivo.

—Cuando Dandara no está cuidando a los niños, baila.

Es bailarina. Le enseña a bailar a Ravena en los ratos libres.

Esa chica hace feliz a mi mujer y mi mujer me hace feliz a mí, Khaled —Haakon aprieta la mandíbula y me mira muy de cerca—.

Yo no le voy a quitar la felicidad a mi mujer a no ser por una buena causa.

Así que... ¿baila?

Cada palabra que me dice me llega a slow motion. El tiempo se detiene en torno a los dos y mi fantasma va cobrando color y forma a mi alrededor, prácticamente bailando en la oscuridad mientras intento seguirla con la mirada.

Un pájaro batiendo sus preciosas alas y flotando libre, alegre, esparciendo su perfume y su calor sobre mí.

Sabía que los deseos de mi padre eran intransitables.

Igual que Haakon debería saber que entre mis deseos y yo, nadie debía interponerse.

—Encárgate tú mismo de hacer feliz a tu mujer. —Le sonrío a mi amigo.

Recordándole con la mirada que me debe la propia vida y la de todo su pueblo.

—Aquella chica se queda y bailará solo para mí.